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La mujer en el mundo del trabajo: ¿Y el compromiso social?
(Tercera parte)
La crisis financiera mundial
En las dos publicaciones anteriores analizamos la situación financiera de la mujer en Europa, África, Norteamerica y América Latina. Ahora corresponde el turno a Asia y el Pacífico a donde veinticinco países desarrollaron planes de acción tras la conferencia de Beijing, y parecía probable que al menos doce alcanzaran los objetivos asumidos para fines del año 2000.
Aunque muchos gobiernos de Asia demostraron interés en el trabajo de la mujer tras Beijing y Copenhague, las trabajadoras en los países en crisis fueron las primeras en perder sus empleos. Lai Dilokvidhayarat señaló dos factores por los que las mujeres corren mayor riesgo que los hombres de ser despedidas: Primero, las mujeres siempre tuvieron menos oportunidades de avanzar en el trabajo. Segundo, se considera que las mujeres no ameritan la inversión o la capacitación de la compañía debido a la percepción tradicional de que sus energías se dividen con las tareas del hogar.
Existe a nivel mundial la creencia generalizada de que la aprobación de una nueva legislación laboral que facilite el despido de los trabajadores aumentará el número de desempleados y que las mujeres serán las primeras en irse. Una investigación en México sugiere que una vez que las mujeres pierden su trabajo, tienen mayor dificultad para conseguir otro: hay dos veces más mujeres que hombres buscando trabajo en la República Mexicana. La fragilidad de los nuevos empleos creados en las industrias exportadoras es cada vez más evidente. La mayoría de las compañías que despiden a los empleados en nuestro país pertenece al sector exportador, como la industria textil, donde la mayoría de los trabajadores son mujeres. A estos problemas se suma el hecho de que las principales economías regionales no tienen seguro de desempleo ni redes de previsión. La economía informal está en crecimiento, pero permanece ajena a la mayoría de las leyes laborales. Para el caso de México es necesario estar preparados ya que la disminución en las tasas de crecimiento en los Estados Unidos de Norteamérica, traerá consigo consecuencias de lamentar en los niveles de empleo, particularmente es de esperarse una contracción gradual en las exportaciones con diversas consecuencias negativas en el grado de bienestar social, con mayor impacto en los grupos vulnerables.
Como se mencionó con anterioridad, la mayoría de las mujeres en los países en vías de desarrollo son agricultoras de pequeña escala. Los gobiernos pretenden que se pase de una agricultura de subsistencia a una comercial. Una manera de hacerlo es disminuyendo el apoyo a los pequeños agricultores y aumentándolo a los grandes con cultivos dirigidos a la exportación (en contra de los compromisos asumidos en Beijing a favor de los campesinos y las oportunidades crediticias para la mujer). El colapso de la agricultura rural provocó la inseguridad alimentaria y la emigración de la mayoría de los países mas afectados por la crisis. Muchas mujeres que pierden su tierra tienen que trabajar en las granjas de otros.
Cuando no ganan lo suficiente en sus países de origen las mujeres Centroamericanas, toman un segundo trabajo; o se trasladan a centros urbanos y zonas Mexicanas donde trabajan como empleadas domésticas y en restoranes, clubes nocturnos y bares que a menudo suelen ser pantallas para la prostitución. Lo mismo sucede con las mujeres Mexicanas que emigran a la frontera norte del país o a Estados Unidos de Norteamérica. La incidencia de las infecciones de VIH (Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida) entre estas mujeres migrantes es muy alta.
En consecuencia, cuando hablamos de objetivos de desarrollo social y de igualdad de género, los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional también deben sentarse a la mesa y asumir compromisos. Sus prácticas actuales socavan la potencial mejoría de las políticas de los gobiernos nacionales y exacerban las desigualdades. Los problemas de la mujer aumentaron su visibilidad en el Banco Mundial.
Por ejemplo, se lanzaron Planes de Acción de Género en cada región. Por desgracia, el Banco no cuenta con un marco claro para integrar la igualdad de género en sus políticas, su integración del análisis de género ha sido lenta, no hay mecanismos de responsabilidad para conseguir que las políticas sean sensibles al género, no tiene un proceso minucioso de autocrítica para revisar estos temas y los ajustes estructurales no fueron repensados para eliminar los efectos perjudiciales para las mujeres.
Hay quienes señalan que la globalización no es algo que cayó del cielo. No es inevitable: la hacen seres humanos que toman decisiones en los países ricos. Podemos cambiar esas reglas: en la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Hagamos que esos cambios se den pronto.
Conclusión
A tres años de las conferencias de Copenhague y Beijing, los derechos de la mujer reciben más atención de los gobiernos que antes. Pero al trabajo de las mujeres, que es fundamental tanto para ellas como para toda la sociedad, no se le otorga prioridad como tema multifacético integrado a las prioridades de las políticas nacionales. La consecuencia es la persistente desigualdad entre hombres y mujeres. Con las presiones que existen sobre los gobiernos, en especial los programas de ajuste estructural, estos problemas son comprensibles pero no aceptables. En consecuencia, la feminización de la pobreza está en aumento, y según la tendencia actual, parece improbable que se detenga a corto plazo.
Esto no tiene por qué ser así, los gobiernos federal y estatal pueden compensar los ajustes estructurales con más cooperativas y apoyo para los trabajadores del sector público. Se pueden brindar viviendas y planes de acción afirmativa para las mujeres a través de programas de recapacitación. Las mujeres no progresan cuando los gobiernos no adoptan un enfoque integral hacia sus necesidades: cuando se otorga prioridad a la política macroeconómica por sobre el gasto social, las leyes laborales, los derechos sindicales, el entrenamiento para el trabajo y los sectores económicos donde se concentran las mujeres. La calidad de vida y los derechos de las trabajadoras se pueden mejorar, pero los gobiernos y los organismos internacionales deben trabajar más para que ello ocurra pronto, porque la gente que padece no puede esperar para siempre.
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