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La mujer en el mundo del trabajo: ¿Y el compromiso social?
(Primera parte)
En la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social de 1995, gobiernos de todo el mundo se comprometieron a promover las metas del pleno empleo y de los derechos de los trabajadores y en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de ese mismo año, se comprometieron a lograr el progreso necesario de las mujeres. Seis años después, los objetivos del pleno empleo y los derechos de las trabajadoras aún siguen siendo más fantasía que realidad. Aunque se presta mayor atención a los derechos de las mujeres, el discurso no se tradujo en políticas de trabajo integrales en favor de la mujer. La mayoría de los gobiernos se muestra reacia a realizar cambios de política sustantivos. El ajuste estructural y el libre comercio son obstáculos para lograr el pleno empleo.
En este contexto, la consecución de «medios de vida seguros y sustentables para las mujeres mediante el trabajo y el empleo productivos elegidos libremente» se encuentra, en el mejor de los casos, limitada. La cantidad de mujeres desempleadas es superior a la cantidad de hombres en igual situación, y las mujeres también están subempleadas. A medida que aumenta la feminización de la pobreza, estos fracasos representan más que palabras vacías y teorías abstractas: millones de mujeres están pasando hambre, viven sin techo, mueren al dar a luz y padecen una mala calidad de vida.
¿Posibilidad del pleno empleo?
Tras la segunda guerra mundial, se consideraba que la mayoría de los países industrializados había logrado el pleno empleo. El informe de 1999 sobre el empleo mundial de la Organización Internacional del Trabajo establece que el pleno empleo sigue siendo una valiosa y ambiciosa meta de la política, pero que ya no es el objetivo gubernamental que era antes de 1972.
Hoy, los países de Europa oriental están más comprometidos con la liberalización, la privatización y la transición hacia la economía de mercado que con las metas de pleno empleo del pasado. El nivel de empleo de las mujeres se vio perjudicado, en parte debido a los recortes de los servicios sociales que permitían competir a las mujeres. En la Federación Rusa antes de la transición, los salarios de las mujeres representaban el 70% de los de los hombres; ahora, las mujeres ganan un 40% de lo que ganan ellos.
En Europa occidental, los gobiernos intentan lidiar con las altas tasas de desempleo. Las políticas macroeconómicas parecen provocar la pérdida de trabajo de las mujeres a un ritmo igual o superior que el de los hombres. El pleno empleo está lejos de ser una realidad en la mayoría de los países africanos, donde causan estragos la paralizante deuda externa y los programas de ajuste estructural. En Asia, las políticas de pleno empleo y la vida rural se están deteriorando. El impacto del ajuste estructural sobre los servicios sociales y los programas de apoyo rural programas que hasta hace poco ayudaron a las mujeres en situación de pobreza- es desconocido aún, pero las mujeres parecen cargar con el mayor peso de la crisis.
América del Norte no se jacta de tener políticas de pleno empleo, pero Estados Unidos y Canadá tienen en la actualidad bajas tasas de desempleo. Hay más mujeres subempleadas que hombres: aunque la mayoría de las mujeres dice aspirar a trabajos de tiempo completo, dos tercios de los trabajadores de tiempo parcial y dos de cada tres trabajadores temporales en Estados Unidos son mujeres. Las mujeres de color y las aborígenes padecen tasas de desempleo más elevadas y ganan menos que las mujeres blancas. La tasa de desempleo entre las aborígenes canadienses varía entre un 20 y un 80%, según vivan o no en reservas indígenas, frente al desempleo de 9,4% para las mujeres en general.
En América Latina, los efectos perdurables de la crisis de la deuda externa de los años 1980 y los programas de ajuste estructural son el alto desempleo y el trabajo no especializado, informal y con baja remuneración. Aunque los servicios sociales y el desarrollo intensivo en mano de obra beneficiaron a las mujeres en países como Chile y Costa Rica, en general, el desempleo de éstas es más elevado que el de los hombres (en República Dominicana, la cantidad de mujeres desempleadas triplica a la de los hombres) y las violaciones a las leyes de trabajo son generalizadas (el Departamento de Trabajo estadounidense informó que en algunas fábricas mexicanas, las mujeres embarazadas son despedidas para evitar pagarles la licencia por maternidad).
Aunque los gobiernos adoptan medidas positivas para apoyar a las mujeres, estos ejemplos indican que se necesita hacer más. A pesar de la licencia de maternidad y las políticas de atención infantil mejoradas en algunos países europeos, los ajustes estructurales perjudican a las mujeres. Esta situación sugiere que el compromiso con el progreso de las mujeres exige cuestionar la misma naturaleza de los programas de ajuste estructural. A menos que se encare el trabajo de las mujeres simultáneamente a través de una multitud de frentes (como la inversión en los servicios sociales, programas de créditos para las pequeñas empresas y la protección de las leyes laborales), persistirán las desigualdades y, por consiguiente, la inferior calidad de vida y la pobreza de las mujeres.
El género y el trabajo deben progresar a la par
Desde 1995, los problemas de la violencia doméstica, los derechos reproductivos y la participación política de las mujeres se hicieron más visibles. Pero existe en los planes de gobierno y en la evolución social una persistente brecha en la intersección de las cuestiones de género y de empleo.
En otras palabras, el área Empleo aparece como un área de menor prioridad relativa, mientras que «Mujer y Desigualdad de Género» se revela como un área de mayor prioridad política relativa, en lo que hace a las medidas tomadas por los gobiernos, previstas en los acuerdos de Copenhague y Beijing.
También se debe destacar que la atención al empleo de las mujeres suele restringirse a la licencia por maternidad, el cuidado de los hijos y los planes crediticios. Aunque éstos son importantes, no son integrales.
El hecho que «Mujer y Desigualdad de Género» reciba atención por encima del promedio de parte de los gobiernos representa un avance significativo. Este avance se retrasa, sin embargo, si proporcionalmente se presta menos atención a los programas de empleo y si éstos no son coordinados con los programas de igualdad de género. Pasar por alto la importancia del status de la mujer como trabajadora (remunerada o no) perpetúa la devaluación del trabajo de la mujer y la invisibilidad de la trabajadora, y provoca políticas de trabajo insensibles a las cuestiones de género. También ignora la realidad de que el tipo de trabajo que hacen las mujeres y las condiciones en que trabajan están determinados por su género. De manera coherente, es un «asunto femenino» el que tantas mujeres estén concentradas en el sector informal (como en Ghana, donde muchas mujeres son trabajadoras independientes sin beneficios de salud ni seguridad laboral).
PROPUESTA
La violencia contra la mujer nunca será erradicada si las mujeres no tienen la estabilidad financiera o el acceso a los recursos financieros para conseguir empleos que les permitan dejar relaciones abusivas y mantenerse a sí mismas. Asumir compromisos, con determinación, significa encarar todos estos problemas de la vida de las mujeres, desde la violencia hasta el trabajo y comprender que ambas situaciones no se pueden resolver por separado.
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