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Apología de la pobreza
(Primera Parte)
La Pobreza. Ser pobre es un término impreciso, con importantes variaciones históricas en cuanto a los niveles de acceso al consumo, la salubridad, la educación y el ocio que definen lo que es la pobreza. Ser pobre tiene un significado determinado por la sociedad en que se vive y su experiencia histórica. No es lo mismo ser pobre en una sociedad rica, que serlo en un país periférico; también es distinto ser un pobre productivo y autosuficiente, por ejemplo un campesino en Chiapas, a ser un pobre enteramente dependiente, parasitario, como tienden a serlo los pobres urbanos de los países industrializados.
Porque adicionalmente a la pobreza económica, tambien existe, en paralelo, una pobreza política. Generalmente los pobres no participan en los procesos de toma de decisiones, tienen dificultades para expresar sus intereses y ser oídos, tienen poca fuerza de negociación. Esta debilidad se acrecienta día con día en tanto que los pobres parecen cada vez menos necesarios. Los trabajadores pobres de antes eran necesarios; los nuevos pobres, inactivos, dependientes tienen crecientemente como la única carta restante su capacidad de manifestarse y ser una carga para el resto de la sociedad.
Dentro de su indefinición la pobreza varía en connotaciones; sus significados implícitos y emocionales son también variados y de la mayor importancia. En los últimos años se ha dado un intenso combate ideológico que, una vez más, los pobres parecen haber perdido. Los pobres han perdido su derecho y su posibilidad de ser pobres y lo que antes podía ser una pobreza digna ha sido confundida con la miseria.
Se trata de una pérdida filosófica-ideológica, buscando expresar aquí, el hecho de que la aspiración a la universalización de niveles de vida basados en el derroche energético y la destrucción del medio pareciera universalizarse, cerrándole a la humanidad entera la única salida posible, la de la dignificación de la pobreza y nos conduce a una brecha sin salida. El cambio en el significado tradicional de la pobreza es evidente.
En los años cuarenta era posible que los artistas populares mexicanos presumieran, en sus películas, de pobres. Eran "pobres pero honrados"; eran hombres pobres pero muy trabajadores, autosuficientes, dignos. Se decía que el dinero no daba la felicidad, que se podía ser feliz y pobre al mismo tiempo. Este tipo de películas era una forma de entretenimiento orientada a las masas.
Amplios grupos de población disfrutaban del amplio reparto de tierras y de los avances de la organización sindical e institucional Mexicana de los años treinta. Con empleo y un ingreso modesto; con agua entubada y electricidad; con salud y acceso de los hijos al sistema escolar, se disponía de lo básico y con ello todo parecía haberse conseguido.
Tratar de obtener más, mucho más, implicaba, en la visión y la moral popular, la pérdida de los valores, de la honestidad, en aras de conseguir lo superfluo, lo que no garantizaba la felicidad; esta última necesariamente más vinculada a la firmeza de la familia y la comunidad, asentada en el pueblo rural, el barrio urbano o la vecindad.
Tal vez, se forjó de esta manera una imagen idílica. Era aceptable, sobre todo, por que era la situación de casi todos. El ideal de pobre, era un pobre trabajador y honrado; pero el pobre ideal seguía siendo pobre y la película no nos imponía un final feliz en el que el pobre dejara de serlo; al final era simplemente un pobre que, a pesar de contratiempos y vicisitudes, podía sentirse satisfecho de si mismo.
La propuesta no era absurda ni novedosa; recogía una herencia de siglos durante los cuales el cristianismo había pregonado la pobreza como ideal. Recordemos la parábola de que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja a que un rico entrara al reino de los cielos. El reino de Dios era casi exclusivo para los pobres. Algunas ordenes religiosas, las menos, todavía recogen esa tradición y sus integrantes aceptan, incluso buscan voluntariamente vivir en la pobreza.
Pero de la pobreza que ellos hablan, no es miseria, ni hambre; sino simplemente tener una alta satisfacción personal en un nivel de vida modesto, ajustado a lo necesario, y con aspiraciones y logros definidos por valores no económicos, sino encaminados a forjar y fortalecer el espíritu a base de dejar a un lado bienes materiales superfluos.
El combate ideológico sobre la pobreza. Pero algo ha cambiado en los últimos años. Desde el primer mundo, desde los países industrializados y desde las grandes centros financieros, se ha convertido a la pobreza en un término peyorativo. Pobreza y miseria se han vuelto indistinguibles una de la otra y ahora se trata de combatir ambas como si fueran lo mismo y como si todos pudiéramos ser ricos. Se combate a la pobreza en una batalla que, por no definir objetivos precisos (nutrición, salud, autonomía, dignidad, etc.), amenaza convertirse en una propósito difícil e incluso inalcanzable.
Se ofrece, implícitamente, un sueño a millones de seres humanos: ser "no pobres". Pero, ¿que entiende el pobre con dejar de serlo?. Cuando el discurso promete acabar con la pobreza parece haber una promesa que a los oídos del que escucha puede significar muchas cosas, pero que sin duda se asocia a las nuevas imágenes de la televisión: los prototipos triunfadores, el consumo de las clases medias industrializadas, incluso el "american way of life".
Las imágenes que ofrece la televisión de los estadounidenses "pobres" los muestran con electricidad, teléfono y refrigerador; su ropa parece adecuada y los hijos van a la escuela. Bueno, hasta carro tienen. Por demás decir que cuentan con agua corriente en sus hogares y no parecen desnutridos. Obviamente los estadounidenses "no pobres" se encuentran todavía mejor (tarjeta de crédito, autos, computadora, microondas, videojuegos, golf, esquís, etc.). Entonces, ¿cual es el estándar que se ofrece al prometer la erradicación de la pobreza?
Las dificultades de definir a la pobreza y a los pobres han sido grandes. Definir lo que se ofrece como un nivel de vida no pobre, es poco menos que imposible. El discurso ideológico que pregona el progreso y la modernidad, que ofrece acabar con la pobreza y deja a la televisión repetir constantemente la promesa del consumo inalcanzable, nos roba la posibilidad de una pobreza digna y satisfecha a cambio de un engaño.
El cambio en los valores que imponen los medios masivos de comunicación, es brutal: del pobre honrado y trabajador hemos pasado al pobre fracasado por ignorante e ineficiente; del rico sin valores, al triunfador cuyo triunfo lo justifica todo, incluso el consumo más absurdo y derrochador de recursos que son, finalmente, patrimonio de la humanidad.
Hoy en día la norma que se impone es ser rico... es inaceptable ser pobre. La satisfacción interior que daba el orgullo del propio trabajo, la rectitud en la vida, la unidad familiar, muy frecuentemente se desvanece ante la urgencia de alcanzar el disfrute de un consumo cada vez más sofisticado e inaccesible.
El pobre de los años noventa se siente irremediablemente un rezagado; alguien que quedó atrás cuando todos los demás lograron avanzar y parecen estar disfrutando los beneficios del progreso y el consumo moderno. Lo muestra en sus imágenes la tele y los medios de comunicación masivos, y no puede sino repetir constantemente la promesa implícita porque otra cosa sería revelar el engaño del fin de la pobreza. Es posible, si, en un tiempo razonable acabar con la miseria; pero no ofrecer que pronto todos accederemos al consumo suntuario.
Cada día hay más pobres, dependientes. No son, por desgracia, aquellos pobres dignos, trabajadores, autosuficientes que podían ser el sustento de una sociedad democrática. Más bien son los nuevos pobres, desempleados o subocupados, insatisfechos, encandilados por el faro de una modernidad que los reduce a la improductividad y a la pérdida de sus recursos individuales y colectivos.
Pobres que buscan trabajo y se les ofrece caridad; sus capacidades no son únicamente redundantes, sino incluso ineficientes. El mercado ha sido rediseñado solo para los productivos y eficientes, los modernos, los que prestan a los pobres para una nueva dosis de consumo moderno a cambio de las escrituras de sus derechos a la propiedad, la producción y la autodeterminación.
Los pobres, en números son más, pero parecen menos en su presencia social. Son menos porque se han quedado sin discurso y sin rumbo propio; el mensaje de la modernización es apabullante. Los pobres, la mayoría de la humanidad (no los verdaderamente miserables) han perdido la batalla ideológica en torno a la pobreza; es decir que han perdido la posibilidad de definir su forma de producir y consumir. Esta derrota ha facilitado el inutilizar sus capacidades y recursos ("no competitivos"), destruir sus redes y mecanismos de intercambio (familiares, comunitarios, solidarios) y orientarse progresivamente al modelo de producción del mercado apabullante, de consumo, de cultura y de vida asociado a la industrialización masiva.
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