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Apología de la pobreza
(Segunda Parte)
Inviabilidad del modelo de consumo de los ricos. Al destruir ética y moralmente la concepción tradicional de la pobreza, al romper las distancias entre pobreza como forma modesta de vivir y la cruda miseria. Lo que pareciera quedar como único camino a seguir es el modelo de consumo de las clases privilegiadas de los países industrializados. El mensaje de fondo del combate a la pobreza es: tienes que producir y consumir como rico.
La situación real es que sabemos que este es un modelo de consumo difícil de generalizar. Su asimilación por la mayoría de la humanidad es imposible, tan sólo intentarlo con un 20 por ciento de la población y se amenazaría con agotar los recursos naturales, destruir la capa de ozono, y agotar los hidrocarburos.
El mundo muestra ya diversas señales de agotamiento y alarma, en los juegos de poder de las élites mundiales, es un requisito ya la mención de lo autosustentable; lamentablemente se hace sin intentar tocar y definir su elemento más indispensable: la definición de la franja de consumo verdaderamente viable y generalizable para todos. Un consumo accesible para todos y que no destruya el planeta. No es este el caso del nivel de consumo de las clases privilegiadas de los países industrializados; intentar generalizarlo, además de inviable sería suicida.
Además de la definición de la línea de consumo generalizada se encuentra el asunto del uso eficiente de los medios de producción disponibles y del empleo racional de los recursos no renovables. Marchamos en el sentido opuesto de lo primero; la globalización del mercado tiene como impacto inmediato la abolición y negación de las capacidades y recursos productivos en manos de los pobres. Sólo la agricultura con alto nivel de insumos agroquímicos y tecnificación es competitiva; sólo la construcción con materiales no biodegradables es económicamente viable; sólo el pan envuelto en plástico tiene una durabilidad de almacén que permita su comercialización masiva, etc.
En contraste los recursos y capacidades en manos de la población pobre del mundo, que el mercado condena por no competitivos, parecen tener algún grado considerable de eficiencia energética autosustentable y adaptabilidad y menos agresividad con la naturaleza (menos desechos no biodegradables, por ejemplo).
Ni las previsiones más optimistas permiten considerar que la elevación de los niveles de consumo de los países periféricos se acerquen al actual consumo norteamericano, pues esto ocasionaría el total consumo del petróleo y otros recursos no renovables. Este acercamiento en niveles de consumo del resto del mundo agotaría tales reservas prácticamente de inmediato.
La conclusión es contundente. Las poblaciones periféricas no podrán alcanzar los modelos de consumo de materias primas y de energéticos de las sociedades industrializadas. Simplemente no quedan suficientes recursos para que otras tres cuartas partes de la humanidad tengan un nivel de consumo similar al que, con sólo una cuarta parte de la población beneficiada, ya se revela insostenible.
La nueva preocupación mundial por el desarrollo sustentable implica que, en particular los países y las poblaciones pobres se verán obligados a vivir con un racionamiento de materias primas y energéticos, y un nuevo respeto por la naturaleza, totalmente ajeno a lo conocido por los países centrales, que no sólo han dispuesto de los recursos propios ubicados en sus territorios, sino que han hecho uso de buena parte del patrimonio de toda la humanidad. La creación de clases medias locales ya es una meta lejana de alcanzar ya que los países han iniciado la consolidación de dos estratos, unos cuantos muy ricos y una mayoría en descenso socioeconómico.
Las soluciones de los pobres. Nuestro camino, el de las poblaciones en vías de desarrollo, deberá ser necesariamente una vía original y deberá estar marcada por nuevos conceptos crecientemente en boga: los límites del crecimiento y del consumo, el cuidado del patrimonio ecológico, el reciclamiento en todas las escalas.
Todo hace suponer que tendremos que pensar en una estrategia económica para los pobres. Muy pronto nos veremos obligados a abandonar las fantasías de los modelos de consumo de las clases acomodadas de los países industrializados, y aceptar que somos pobres y que seguiremos siendo pobres.
Esto no significa resignación ante nuestro futuro. Todo lo contrario. El abandono de lo irreal abre importantes posibilidades de evolución económica y social fincadas en lo cierto. Implica dejar atrás los espejismos y comenzar a actuar. Implica abrir las puertas a la imaginación, no para acabar con la pobreza y convertirnos en la rica clase media pregonada por los medios de comunicación, sino para apoyar una nueva estrategia, con nuevas soluciones acordes a nuestras capacidades y recursos y con el imperativo de que sea una vía que preserve el patrimonio ecológico propio y de la humanidad.
En esta nueva estrategia habremos de apoyar a los desposeídos en la solución por sí mismos, de los problemas de ellos y los nuestros. Lo que significa que será necesario recuperar y desarrollar soluciones para marginados. Esto es muy distinto a llevar a los pobres las "soluciones" de los ricos.
Llevar a los pobres soluciones de ricos, es lo que hasta hoy se ha hecho como estrategia fundamental de combate a la pobreza. Se intenta que los pobres tengan algunos elementos del consumo de los ricos, alegando que son derecho de todos. Es, sin embargo, una estrategia absolutamente ajena a las necesidades y recursos de los pobres.
Los elementos de consumo de los países industrializados que se llevan a los países en vías de desarrollo tienen que ser, necesariamente, proporcionados por las áreas modernas de la economía, por así decirlo por los países altamente desarrollados. Por ello, en el combate a la pobreza los más beneficiados son los sectores sociales, medios, institucionales y productivos insertos en la modernidad y que operan como intermediarios de las soluciones para pobres.
Son distintas las respuestas para pobres que las respuestas de pobres. Ampliando este comentario nos damos cuenta que las soluciones para pobres son usualmente soluciones de ricos, así sean para pobres.
Llevar a los pobres desayunos escolares y complementos al consumo alimenticio con productos llevados de fuera del país o de la región, termina por devaluar y eliminar sus propias capacidades de producción de alimentos locales, en una tendencia de dependencia crecientes. Otra cosa sería apoyar el fortalecimiento de las capacidades para la producción, la transformación y el autoabasto de los grupos marginales.
Proporcionar a los pobres vivienda y servicios urbanos (agua potable, alcantarillado, electricidad, caminos, transportes, etc.) con casas, infraestructura y servicios construidos y proporcionados por compañías constructoras, instituciones y obreros foráneos, les da acceso a un bien de consumo, no siempre sustentable y menos apreciado al no tener incorporados componentes que denoten esfuerzos o rasgos locales . Es imposible que pueda funcionar una estrategia en la que la elevación de los niveles de consumo de los pobres no se ve sustentada en la elevación de sus propias capacidades productivas, y evidentemente de su ingreso monetario. De esa manera se logran hacer clientelas sociopolíticas crecientemente dependientes, con el riesgo de que llegue un momento en que su incremento las haga insostenibles para los sectores modernos de la economía y se rebelen al no disponer de los bienes a los que el sistema los ha acostumbrado.
Lo que aquí se propone es apoyar a los pobres en sus capacidades productivas, en el diseño de sus propias respuestas y soluciones, para que se hagan cargo fundamentalmente por sí mismos de la atención a sus carencias. Ello implica repensar las soluciones de ricos para pobres... en nuevas soluciones de pobres para pobres. Es decir el cambio de estrategia reclama un cambio de tecnologías, de mecanismos de solución, de estrategias. No es aceptable una estrategia modernizadora que se traduce sólo en beneficios para las transnacionales por la importación de nuevas tecnologías y equipos al tiempo que se desechan los recursos y capacidades productivas locales. Por el contrario, se trata de apoyar a los pobres para que eleven sus niveles de autosuficiencia a partir de la reactivación y movilización de sus capacidades productivas. Este propósito implica una nueva concepción económica y social.
No se trata de que produzcan como ricos de los países mas modernos y tecnológicamente avanzados. Se trata de permitir que los pobres produzcan como pobres; con las tecnologías de pequeña escala que les resultan conocidas, en redes de intercambio también de pequeña escala (comunidad, región, grupo social), con las capacidades y recursos con los que ya cuentan.
No está cuestionado si se puede producir con tecnologías de pobres; se podía antes, ¿por qué no ahora?. Hoy en día la producción de los pobres es invendible; sus cereales, frutas y hortalizas se pudren en los campos; sus botes pesqueros se pudren en los muelles; su alfarería, muebles, calzado, sombrero, textiles y ropa no hay quien la compre; sus alimentos, dulces y bebidas preparados ya no tienen demanda.
Ser un pobre autosuficiente y digno implica recuperar un contexto cultural prácticamente perdido, lo opuesto al mensaje común imperante en los medios masivos de comunicación. Requiere también recuperar una gama de tecnologías y capacidades productivas tradicionales y reconstruir los mercados comunitarios y regionales en los que los pobres encontraban una salida adecuada al ejercicio de sus capacidades productivas y el uso de sus propios recursos; solo el intercambio entre pobres, fincado en la reciprocidad, nos permitirá recuperar el control del propio destino, a partir del abandono de la fantasía.
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