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Juan Pablo II: uno de los más notables Papas en la iglesia católica
"Tendríamos que clonar a Juan Pablo II y la Iglesia se opone a la clonación”
Thomas Reese
Sólo dos Papas, tres si se incluye San Pedro, han ocupado el trono por más tiempo que el actual pontífice. Y pocos han tenido tanto efecto en la Iglesia, o en la época que les ha tocado vivir. Realmente Juan Pablo II se ha convertido en el "pastor universal", utilizando el transporte aéreo y los medios de comunicación para llevar su mensaje al mundo. En 26 años, viajo a casi todos los rincones del planeta, redefiniendo el papado para la edad moderna. La persona que lo suceda se verá obligada a seguir su ejemplo. Talento para usar los medios de comunicación y el dominio de varios idiomas se han convertido en requisitos para el puesto. "Para millones de católicos, Juan Pablo II se ha convertido en una figura paternal", dice Madeleine Bunting, una escritora sobre temas eclesiásticos. "Nunca tuvimos un Papa tan conocido y tan popular".
Sin embargo, el16 de octubre de 1978, cuando fue elegido el papa número 264, pocos fuera de Polonia habían escuchado hablar de Karol Józef Wojtyła, el entonces arzobispo de Cracovia. Los cardenales que lo escogieron sabían que podían contar con él para defender las creencias tradicionales en un momento en el que muchos católicos estaban cuestionando las enseñanzas de la Iglesia. Durante su papado, no ha habido vacilaciones en la posición del Vaticano con respecto a temas polémicos como el control de la natalidad, el aborto y el divorcio. Tampoco ha estado en discusión el celibato de los sacerdotes o el papel de las mujeres en la Iglesia. Eso también es parte de su legado. De hecho, la visión inflexible de Juan Pablo II puede limitar la capacidad de maniobra de su sucesor. "En todos esos temas delicados, Juan Pablo II lo ha dejado muy, muy difícil para su sucesor porque un Papa no puede deshacer las enseñanzas de su predecesor", señala Bunting. "Por ejemplo, ha sido tan categórico en señalar que las mujeres sacerdotes son inaceptables y que tomará mucho tiempo, décadas, para que eso cambie gradualmente".
Pero si bien Juan Pablo II ha sido un conservador en términos de doctrina, por otro lado ha intentado ser un factor de cambio promoviendo la justicia social. En su juventud en Polonia, Karol Wojtyla fue testigo del surgimiento de la Alemania nazi. Después de la Segunda Guerra Mundial, enfrentó el reto de convertirse en un sacerdote en un país comunista. "Cuando la Iglesia eligió un Papa polaco en el medio de la Guerra Fría, todo el mundo sintió que fue un verdadero pronunciamiento político", recuerda el padre Thomas Reese, una autoridad sobre el funcionamiento del Vaticano. "Juan Pablo II desempeñó un papel extremadamente importante en la caída del comunismo en Europa Oriental. Su elección fue una inspiración". Con su estilo dinámico, Juan Pablo II subrayo que el Papa no es sólo un guía espiritual; también es un protagonista en el contexto diplomático mundial. Habló en contra de la guerra en Irak, intentando en vano persuadir a Estados Unidos y el Reino Unido para que evitar una intervención militar.
Karol Józef Wojtyła, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kilómetros de Cracovia, el 18 de mayo de 1920. Era el segundo de los dos hijos de Karol Wojtyła y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941. A los 9 años hizo la Primera Comunión, y a los 18 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media se matriculó en 1938 en la Universidad de Cracovia y en una escuela de teatro. Un tema principal de su papado fue el intento de alcanzar otras religiones, en busca de la reconciliación, después de siglos de hostilidad y recelos. Viajo a países islámicos, convirtiéndose en el primer Papa en visitar una mezquita. Como un gesto de tolerancia religiosa, fue algo que tuvo un nuevo significado después de los sucesos del 11 de septiembre de 2001.
Lo visible. Desde su asunción a la silla de San Pedro en 1978, Karol Woytila, el Papa polaco, mostró una dedicación preferencial por América Latina «Nuestra América», en la expresión del prócer cubano José Martí. Así recorrió todos nuestros países en tiempos de guerra como sucedió con motivo del conflicto de Malvinas entre Argentina e Inglaterra (1982). Fue él quien intervino por la denominada guerra del fútbol entre Honduras y El Salvador, y quien evitó una guerra ya comenzada, aunque pocos lo saben, entre Argentina y Chile por el canal de Beagle en 1978. Su histórico primer viaje al Brasil, país continente que recorrió de sur a norte y de este a oeste, fue el más largo de su pontificado. Y no se cansó de reclamar en toda ocasión al gobierno brasileño de turno, mayor justicia con los pobres, los marginados, los desposeídos, los enfermos. Conmovió y fue conmovido por la extrema pobreza del gigante lusitano. La tarea del Pontífice no se limita a la restauración del espíritu católico dentro de la Iglesia. No es simplemente clerical. Como su nombre lo indica PONT-FACERE hace puentes entre las necesidades espirituales y materiales de nuestros pueblos.
Sus múltiples viajes a México vinieron a restañar las heridas de la guerra de los cristeros entre el pueblo católico y el gobierno masón de los años veinte, también fuimos testigos de su determinación por la beatificación de Juan Diego. Sus viajes a Centroamérica consagrando la hazaña colombina en Santo Domingo ante la oposición internacional del pensamiento «políticamente correcto» que atribuye todos nuestros males a España. Amonestando al marxismo en el poder en Nicaragua. ¿Quién puede olvidar la reprimenda pública y notoria al poeta y sacerdote Ernesto Cardenal por desatender sus funciones sacerdotales en favor de la política de los hermanos Ortega? Y la defensa del cristianismo católico ante el presidente Ríos Montt, jefe de una secta en Guatemala.
Y su reclamo fuerte ante la cruenta invasión norteamericana a Panamá el 20 de Diciembre de 1989. Esto último es reconocido explícitamente por Noam Chomsky, uno de los intelectuales más renombrados de la segunda mitad de este siglo. Norteamericano Quien en uno de sus últimos libros Política y cultura a finales del siglo XX (1994) afirma que: «La Iglesia con el Papa a la cabeza viene librando una guerra sorda en Centroamérica contra la intromisión norteamericana a través de las sectas». Este mismo enfrentamiento se prolongó hasta el último viaje a México cuando afirmó que «la caída del comunismo no implica la aceptación lisa y llana del capitalismo salvaje como solución adecuada a los problemas de la humanidad». Esta actitud se vio claramente expresada en su última visita a tierras americanas cuando viajó a Cuba en donde no sólo reconvino a Fidel Castro en orden a facilitar la vida religiosa del pueblo cubano, sino que también solicitó a los Estados Unidos la anulación del embargo contra la perla de las Antillas.
Lo invisible. Lo que acabamos de enumerar muy someramente es lo visible, lo que apareció en los medios de comunicación. Lo que cualquiera con un poco de tiempo puede recortar de los diarios de la época. Pero, ¿y lo otro? Lo que no apareció. Lo invisible. Fue la subterránea tarea de desarmar pieza por pieza el proyecto moderno mundialista de corte socialista que Paulo VI, quien apostó a favor del imperialismo geográficamente activo, asignó a la Iglesia como tarea en cuanto derivación lógica del Vaticano II. Para América «Latina» como la denominan los funcionarios vaticanos, la voz cantante la llevaba la teología de la liberación que las autoridades eclesiásticas del CELAM (Conferencia episcopal latinoamericana) apoyaban sin chistar, esto es, sin juicio crítico. Es sabido que dentro de la denominación genérica de teología de la liberación hay varios matices y variantes, pero básicamente puede definirse como el maridaje entre socialismo y teología. Esto llevó no sólo al extrañamiento del mundo católico americano con sus tradiciones seculares sino que marchitó sus vocaciones. Cuando Juan Pablo II viajó por primera vez a Nuestra América los seminarios estaban vacíos dado que la tarea de la Iglesia era libresca. Había dejado de hacer misiones, reduciéndose al libro y a las distinciones sociológicas.
Hoy, en el ocaso de su pontificado, está tratando de modificar los episcopados nacionales. Pues la mayoría es resistente a su política de eliminar la falsa pugna de la Iglesia iberoamericana entre progresistas y conservadores, para encaminarla a un sano tradicionalismo que se manifieste en la recuperación de la función redentora y misionera. Tradicionalismo entendido como la transmisión de cosas valiosas de una generación a otra, y no simplemente de recuerdos y cosas viejas por ser viejas.
Marco Polit, uno de los más reconocidos estudiosos italianos del Vaticano, piensa que Juan Pablo II pasará a la historia no sólo como un gran Papa, sino como unas de las principales figuras del siglo XX. "Hace 26 años, el Papa era una importante personalidad para los católicos, quizás para los cristianos", dice. Ahora él es un símbolo y un guía espiritual y reconocido por personas de distinta fe".
Pero mientras algunos en la Iglesia ya hablan de "Juan Pablo el Grande", otros mantienen dudas sobre su legado. Indican sus críticos que durante su papado, el Vaticano ejercio demasiado poder y es ahora menos tolerante a la disidencia. Algunos quieren ver un pontificado diferente en el que los obispos de todo el mundo tengan más peso en la dirección de la Iglesia. Eso representaría un desafío a la Curia, la autoridad de la burocracia central de la Iglesia. En todo caso, quien suceda al Papa tendrá ante sí un reto muy grande. El padre Thomas Reese sostiene que el talento de Juan Pablo II es único y que su sucesor no será una copia al carbón. "No hay nadie como Juan Pablo II", dice con una sonrisa.
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