La nueva guerra fría y la democracia


"Algunas personas se enmiendan cuando ven la luz;
otras cuando sienten la cercanía de las llamas”

 

Los que creían que con la caída del muro de Berlín en 1989 se había terminado la llamada “guerra fría” se estarán sorprendiendo por los eventos de los últimos años, cuando los mismos protagonistas de esa etapa están protagonizando nuevamente situaciones muy tirantes, aunque difícilmente se llegaría ahora a amenazas de “guerra violenta” como en el pasado. Nos referimos a las tensiones que arrecian entre China y EE.UU. por una parte, y Rusia y EE.UU. por la otra. En todos los casos se están notando grandes ambigüedades en sus respectivas políticas externas, pues mientras se evidencia una retórica altisonante en sus declaraciones oficiales, todas las partes disfrutan de un renovado auge en sus comercios bilaterales, lo cual hace muy difícil que se llegue a enfrentamientos frontales, y menos en el campo militar.

En el caso de China, causó revuelo la aprobación de una ley “anti-secesión” que oficializa su conocida reclamación sobre la isla de Formosa, considerada por Beijing como una “provincia rebelde” pero donde opera el gobierno de Taiwán, estado reconocido como soberano por apenas una treintena de naciones, mayormente centroamericanas y caribeñas. Sin embargo en la ONU se la reconoce como país miembro, pero su participación se limita a actividades culturales, ambientalistas y humanitarias, a raíz de su status anterior, siempre que no choquen con la posición china. Curiosamente, ni siquiera EE.UU. tiene ahora relaciones diplomáticas con Taiwán, aunque la aceptaba como el gobierno legítimo de China desde 1949 hasta el viraje iniciado por la apertura de Nixon en 1971 y el restablecimiento de relaciones con Beijing por Carter en 1977. En los años 90, Clinton definió mejor las relaciones con Taiwán con tres principios negativos: a) No a la independencia, b) No a dos Chinas y c) No a nuevas membresía de Taiwán en organismos internacionales.

A simple vista, se hace patente la ambigüedad de estos principios, que persiguen perpetuar las confusas relaciones actuales, que parecen tan poco realistas como la anterior postura de que Taiwán, una isla de una veintena de millones de habitantes, representara a la China Continental, con más de mil millones habitantes y con un gobierno estable, aunque su origen sea de imposición. Bush también tomó el camino del medio, pues mientras reconoce a Beijing como el legítimo gobierno de China, aunque sea un “competidor estratégico” en materia geopolítica, advierte a Taiwán que sea mesurado en sus actos, evitando cualquier declaración de independencia que comprometa la posición privilegiada con EE.UU., su proveedor de armas y virtualmente su protector desde sus inicios. Pero el gobierno actual en Taipei se opuso enérgicamente la nueva “Ley Anti-secesión” de Beijing, al haber autorizado el Parlamento taiwanés al gobierno central a “tomar medidas militares”, si fuera necesario, para evitar la anexión forzosa de la isla a la China continental.

EE.UU. y Taiwán parecían satisfechos hasta ahora de estas extrañas relaciones, que implica un reconocimiento extraoficial del gobierno taiwanés, especialmente cuando Washington afirma que cualquier cambio forzoso del status causaría graves tensiones entre China y EE.UU., pero sin comprometerse a un pacto defensivo formal. Ahora esas tensiones serían muy poco probables, después de que la apertura económica de Beijing en las últimas dos décadas ha hecho llover cuantiosas inversiones estadounidenses a China Popular, además de que EE.UU. es el principal socio comercial de China. Así, ambas naciones se necesitan mutuamente en el plano económico y las fuertes declaraciones mutuas se convierten en la práctica en mera retórica nacionalista para fines políticos, pues cualquier rotura de relaciones tendría graves repercusiones en el área política. También cuenta mucho la opinión pública estadounidense, poco dispuesta a librar una guerra para defender a sangre y fuego la soberanía de una nación asiática después de la polémica invasión y “democratización” de Irak, sin olvidar el serio revés de Vietnam. De modo que, para ser realistas, lo más probable es que siga vigente el actual y ambiguo status de Taiwán, por lo menos en el futuro previsible, con los altibajos propios de una relación forzada por la historia y las circunstancias, pero con riesgo de que vuelva a aparecer otra crisis según los mandatarios que gobiernen los países involucrados.

En otro caso de relaciones frías, entre Moscú y Washington se nota últimamente una situación igualmente ambigua, pues aunque parecía que Rusia se integraría al concierto de naciones democráticas, siguen manifestándose tanto un enfoque autocrático interno y unas serias contradicciones en su política exterior, todo lo cual hace pensar en una renovada guerra fría con EE.UU., si bien de menores proporciones que la anterior. Más bien se habla de una “paz fría”, en vista de que ya no existen amenazas constantes con armamento nuclear, dado que el poderío bélico y la rol geopolítico de Rusia han sido fuertemente disminuidos con la desintegración de la Unión de Republicas Soviéticas Socialistas (URSS) y la debacle económica posterior. Pero quedó una resentida casta militar, que resiente el papel secundario que tiene actualmente y que presiona constantemente para recuperar la influencia que tenía anteriormente en materia política. En vista de que las naciones no pierden de repente sus antiguos vicios, Moscú trata ahora de reponer su arsenal militar mientras el gobierno central utiliza prácticas autoritarias para reafirmar su dominio sobre las provincias y evitar una ulterior fragmentación de su territorio, como sucede en el caso de Chechenia. En este caso, como Rusia ha sido víctima de sonados atentados terroristas en su territorio, Moscú se ha solidarizado a menudo con EE.UU. en su intento de controlar el terrorismo de inspiración islámica. Sin embargo Washington ha hecho saber su disgusto cuando Moscú ha usado métodos antidemocráticos y hasta brutales para reprimir movimientos secesionistas, aun en provincias con mayoría musulmana, levantando la protesta en muchos ámbitos sensibles a toda violación de derechos humanos.

De este modo, mientras Moscú condena teóricamente el terrorismo, se ha opuesto a las iniciativas de EE.UU. en Asia e incluso ha apoyado regímenes abiertamente antagónicos a la superpotencia, como Irán y Corea del Norte, mientras tiene una agresiva política de acercamiento a sus ex socios de la era soviética, como China, Cuba, Vietnam y toda nación del tercer mundo que manifieste una oposición constante a las ambiciones hegemónicas de Washington, esgrimiendo nuevamente el argumento del antiimperialismo y la multipolaridad. Mientras tanto, Rusia trata de convertirse nuevamente en una potencia militar de consideración, aprovechando el discurso nacionalista en confrontaciones electorales, a sabiendas de que genera adeptos por elevar el maltrecho orgullo de los rusos, todavía resentidos por la repentina desintegración del imperio soviético.

Una política evidentemente ambigua, pues mientras no puede darse el lujo de ahuyentar a los capitales extranjeros -mayormente europeos y norteamericanos, tampoco puede dejar de insistir en una cierta independencia en materia diplomática, revirtiendo a los antiguos y ambiguos discursos antiimperialistas soviéticos, obviamente poco realistas cuando la misma URSS representaba la mayor potencia imperialista del globo, con un férreo dominio de Europa Oriental y de las regiones anexadas durante la era zarista (Ucrania, Bielorrusia, las ‘mini-repúblicas’ del Caucazo y de Asia Central) y la etapa soviética (los países Bálticos), así como su apoyo abierto a regímenes autoritarios en Cuba, Vietnam y Corea del Norte, y a naciones islámicas de tendencia autocrática de izquierda, como Libia, Siria, Sudán e Irán. Así, no parece haber cambiado mucho las cosas, pues, como antes, Rusia sigue dando apoyo moral y material a ejércitos de liberación nacional, aunque ya con una intención más comercial y no tanto con fines ideológicos, ahora que ha abrazado a regañadientes el sistema capitalista.

A final de cuentas, es difícil no concordar con el pragmático concepto de que no existen lealtades ni ideologías, sólo intereses grupales y personalistas, ejercidos por camarillas que llegan al poder explotando las debilidades de la democracia. Algo que da que pensar, y enfatiza la necesidad de que las sociedades de las naciones democráticas, o con apariencia de serlo, se involucren más decididamente en la selección de sus gobernantes, para no arrepentirse luego. Es evidente que la democracia está bajo ataque por sus lentos resultados y sus tímidos esfuerzos para disminuir la pobreza en muchos países, mayormente cuando se aplica a sociedades poco maduras en materia política, un hecho palpable y que tendrá que encararse seriamente si se quiere que prevalezca ese sistema en el siglo XXI, y no sólo en teoría.

 

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