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El terrorismo en el siglo XXI y la importancia de los medios de comunicación
Entendemos al terrorismo como un medio violento de presión, ejercido por grupos cuyo poder es insuficiente como para enfrentar directamente a las fuerzas regulares del Estado. Es un fenómeno de carácter preferentemente urbano, en sociedades avanzadas, pues su fin último es causar la mayor dosis de notoriedad en la opinión pública con el menor gasto de recursos posible. Su lucha no es frontal, sino selectiva y dirigida a determinados objetivos que puedan mermar la legitimidad del Estado por la vía del temor y el contraataque desproporcionado. Por lo tanto, su principal arma no radica en la acción misma, sino en la difusión que ella conlleva, y, por ende, en el efecto que provoca en la población. De ahí su espectacularidad y muchas veces desmedida violencia. La acción terrorista pierde todo sentido si no es conocida ampliamente, y por tanto necesita ser anunciada en forma previa o bien reclamada su autoría. Es aquí donde entran en escena los medios de comunicación, pues ellos se convierten en la caja de resonancia y escaparate para los fines de la agrupación terrorista, e indirectamente en sus principales cómplices.
Existen tantas definiciones de terrorismo como autores que han tratado el tema. Entenderemos al terrorismo como un medio de presión que transforma a la política en un tipo de guerra, y cuyo fin NO es la rendición incondicional del oponente (pues es técnicamente imposible), sino que su desorientación. El terrorismo posee, al menos, tres características que le son esenciales: Primero es impredecible, segundo es indiscriminado (hay víctimas inocentes) y por último produce sufrimiento innecesario. El terrorismo es un tipo de violencia política que actúa sobre la incertidumbre social, desquiciando la convivencia democrática, y el funcionamiento del Estado. Su papel es demoledor, pero nunca constructor de sociedades. Su fin último es la derrota del Estado por la vía de su propio desquiciamiento y el temor ejercido sobre la sociedad civil. Generalmente, el terrorismo se nutre de dos núcleos causales: el primero corresponde a aquellos grupos marginados de la toma de decisiones dentro del Estado y el segundo se refiere a la existencia de una doctrina fundamentalista, sustituyendo, por la fuerza, lo que la popularidad o el arraigo nacional les niega.
Según Rolando Rodrich... "el terrorismo es una estrategia de guerra que recurre a la violencia indiscriminada, con el fin de crear una situación de terror, un generalizado estado de pánico e inseguridad, en fin, una desconfianza para minar el sistema y las instituciones que el terrorista considera causantes de su situación". De esto último, se deduce que lo más importante detrás de una acción de este tipo, es que sea conocida de la forma más amplia y cruda posible, recordando aquel clásico principio de la sociología: "aquello que no se conoce, no existe", y donde la realidad es una construcción social surgida de la información de la cual los individuos disponen. Bowyer Bell plantea la existencia de un binomio inseparable entre profesionales de la prensa y terroristas, donde los primeros son parte activa del problema y no meros espectadores objetivos de una realidad externa. En este sentido, los autores holandeses Schimid y Graaf definen al terrorismo como un lenguaje violento, el cual no puede existir sin una comunicación efectiva, pues su fin no es la caída del Estado por la fuerza, sino su derrota por la vía de la presión popular y la deslegitimación pública. La comprobación de su teoría viene dada por la correlación que verificaron entre el aumento de la violencia política y el desarrollo tecnológico de los medios de comunicación.
Históricamente, la prensa se desarrolló fuertemente en el hemisferio norte durante la segunda mitad del siglo XIX. Es en esta época cuando aparece la prensa amarilla, que es la primera que se vence a sí misma y no representa a grupos de interés. Los editores del “New York World” y el “Journal”, William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, respectivamente, hacían cualquier cosa para vender, inventaban historias increíbles que nunca habían sucedido, por todo esto los dos diarios empezaron a ser llamados como “The Yellow Kid Papers” y rápidamente el termino fue acortado a “The Yellow Papers”. Así fué como surgió el nombre del amarillismo periodistico. Daniel Bell dice que una de las mayores contradicciones del capitalismo es que sus propios medios de comunicación se convierten en portavoces de quienes tratan de destruir el sistema. El terrorismo, al ser un lenguaje violento, no necesita de la palabra. Basta una fotografía, es por ello que, bajo el prisma terrorista, importa más el mensaje que la víctima. Esta se elige en función del eco que su muerte podrá despertar en el público, aplicando el principio de: "mata a uno y espantarás a diez mil".
Por lo tanto, el nexo principal entre el terrorismo y el público son los medios, quienes han aumentado explosivamente su cobertura gracias al avance tecnológico. Hoy en día es posible apreciar una acción terrorista en vivo y en directo, con un mínimo gasto logístico para sus autores. En tal sentido, predomina la lógica de que la "violencia escasa contemplada por muchos tiene mayor efecto que grandes violencias contempladas por pocos". Es así como la mayoría de los grupos terroristas localizan sus atentados tomando en cuenta la ubicación de corresponsales de prensa, o avisando directamente a los medios de comunicación. Algunos de los errores más comunes en los cuales caen los medios al informar sobre el fenómeno terrorista son: Por el afán de informar, los medios caen en la trampa de hechos prefabricados. Quienes practican esta política informativa, se sustentan en la idea de que el público tiene derecho a saberlo todo. Por otro lado lo inesperado de los atentados lleva a muchos periodistas a escribir primero y pensar después. La lógica actual es que vale más el golpe noticioso que las repercusiones posteriores. También la cruda razón de mercado: "si yo no publico primero, otro lo hará, y obtendrá la mayor tajada de las ventas y de la publicidad".
Según el siquiatra Frederick Hacker el terrorismo se ha convertido en una forma de entretenimiento de masas. Se percibe al mundo bastante más violento de lo que en realidad es. La televisión muestra un 80% de actos de violencia en su programación por lo que existe una redimensión del fenómeno violencia. Asimismo sucede que al difundir públicamente, por ejemplo, que entre un grupo de rehenes de un avión se encuentra un personaje importante, se beneficia al grupo terrorista en sus peticiones. También, con la cobertura en directo, se dificulta la acción y la sorpresa de los policías. En casos extremos, el líder terrorista puede controlar y decidir los horarios de transmisión.
Estos puntos ayudan a comprender que el terrorismo, mediatizado por los medios de comunicación, ofrece todos los ingredientes del drama teatral: los buenos, los malos y la intriga. Además el desenlace queda en suspenso hasta el último momento. La violencia informativa surge de una fascinación por los acontecimientos, pero no por sus causas. Existe una propensión en el periodismo a conducirse impersonalmente y no a elaborar propias conclusiones. Miranda** plantea, que el terrorismo es un tipo de violencia cuyo fin es que..."la gente mire". En un mundo globalizado por las comunicaciones, los efectos de un acto terrorista pueden alcanzar dimensiones planetarias (Torres Gemelas de Nueva York). Sin duda, no es casual el hecho de que éste se haya incrementado a fines de la década de 1960, coincidiendo aproximadamente con la fecha en que el acceso a la televisión se hace masivo en todo el mundo. En tal sentido, los modernos medios de comunicación representan una vitrina ideal para los terroristas. Así el éxito de una operación terrorista depende, casi por completo, de la cantidad de publicidad que recibe. Lo novedoso en el terrorismo contemporáneo radica en la divulgación instantánea a través de los medios de comunicación, especialmente la televisión. Al terrorista de hoy no le interesa solamente capturar un avión o una figura pública, sino también capturar simultáneamente a los medios y evidentemente a la comunidad internacional.
Cabe destacar el papel de los medios de comunicación en relación al terrorismo moderno y plantear las enormes dificultades que existen al tratar de resolver o atenuar dicho problema. Sin embargo, creemos necesaria una salida por la vía de la reformulación del derecho internacional, tanto en la definición sobre terrorismo, como en las medidas conjuntas para combatirlo. Podemos concluir que la conmoción sicológica que provoca el terrorismo es desproporcionadamente grande en relación al daño efectivo y si bien es cierto que el terrorismo ha ocupado un lugar dominante en el escenario internacional en estos últimos veinte años, lo ha hecho no tanto por sus actos sino por la atención que ha recibido.
Entonces cabe la pregunta: ¿Por qué entonces no establecer una política informativa acorde con esta realidad?, y por otro lado: ¿Es posible defender a ultranza los principios liberales a costa de que sea destruido el propio sistema que les da cabida? Las preguntas quedan abiertas y nos llaman a la reflexión.
** Fernando Miranda. La política del terror, apuntes para una teoría del terrorismo, México, Grijalbo, 1998.
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