Alentadores eventos en el oriente medio


Conocer el valor propio y honrar el valor de los demás
es la verdadera manera de ganar respeto.

 

En la segunda mitad de enero, dos acontecimientos del Oriente Medio captaron el interés mundial y generaron expectativas de que las dos mayores crisis de la región, las cuales afectan también indirectamente al resto del planeta, podrían estar en vías de una gradual solución. Nos referimos, obviamente, a las elecciones en Palestina e Irak, que en el primer caso abrieron –finalmente- conversaciones de paz entre israelíes y palestinos, y en el segundo se demostró la vocación democrática de gran parte del pueblo iraquí, cansado de décadas de dictadura y violencia, que espera así decidir pronto su propio destino.

Si en el caso palestino los observadores son cautelosos en demostrar mucho entusiasmo, se debe a que ha pasado más de medio siglo desde la creación del estado de Israel, sin que se pueda producir una paz duradera, a pesar de que la región ha visto cuatro guerras, mucho terrorismo y dos intifadas desde entonces, con saldo de miles de muertos, además del creciente encono de los pueblos judía y árabe debido a sus diferencias sobre asuntos limítrofes y de seguridad. Sólo se puede hablar de avances en la paz los logrados por Israel y Egipto en 1979, y el acuerdo de Oslo en 1993 entre Rabin y Arafat, ambas logradas con la intermediación de Washington, durante las administraciones de Carter y Clinton, respectivamente. Pero la violencia había llegado a niveles insoportables, tanto por las acciones de grupos radicales islámicos como por las crueles respuestas del gobierno conservador de Sharon a las mismas, por lo que era muy poco probable que se produjera un entendimiento de no haber ocurrido la desaparición de polémico Arafat y la reciente elección de Mahmoud Abbás a la presidencia palestina, logrando este último la anuencia condicionada del mayor grupo radical, Hamas, para iniciar conversaciones de paz. Y aunque en ambos lados –y en el resto del mundo- hay sólo un prudente optimismo, muchos conocedores del problema palestino son bastante pesimistas, pues esta especie de armisticio puede ser muy frágil si Abbás no logra controlar a otros grupos radicales para que no realicen durante este delicado período actos terroristas, que pueden echar todo a perder de la noche a la mañana por intereses extraños a los de las dos comunidades. Como en un juego de azar, las probabilidades están en su contra, pues tanto estos grupos terroristas como los sectores “duros” del lado israelí, nunca se han caracterizado por su racionalidad y visión, especialmente desde que se ha intensificado el antagonismo entre las culturas judeo-cristiana y musulmana.

En el caso Irak, hay otros intereses en juego, desde 2002, con la injustificable ocupación, el lado árabe tiene otro pretexto para odiar más tanto a israelíes como a estadounidenses y británicos, recordando su pasado colonial y a ciertos errores cometidos durante la posguerra (como el apoyo al Sha en Irán, y al mismo Saddam Hussein durante la guerra Irán-Irak), a veces por la influencia de los yacimientos petrolíferos en la región, que han sido tanto un freno para escaladas como una razón para involucrarse, tratando de proteger los esenciales y cuantiosos suministros petroleros y su natural incidencia en el progreso material de occidente. Esta compleja situación se ha radicalizado en los últimos dos años por la ocupación de Irak.

Ciertamente, los comicios realizados el 30 de Enero en Irak son un avance significativo, pero su resultado concreto tendrá que evaluarse a mediano plazo, pues todavía quedan los problemas del antagonismo entre las tres facciones principales: sunitas, chiítas y kurdos, cada uno con proyectos políticos diferentes. Los primeros quieren recuperar el desproporcionado poder que tenían durante el gobierno de Hussein, mientras los chiítas apoyaron la “salida democrática” sabiendo que son la mayoría y que seguramente obtendrán la mayor cuota de poder durante cualquier gobierno que se forme. Por esto Irán ha intervenido poco en el conflicto iraquí, haciéndole el juego a EE.UU., ya que no valía la pena gastar sus contados recursos en apoyar a sus correligionarios, cuando pueden obtener igual influencia en el vecino país con los votos de los chiítas. Y aunque los líderes chiítas han afirmado que serán equitativos en su gobierno, puede ser una simple declaración retórica que luego no cumplirán al estar en el poder, en una lucha sin cuartel que se parece mucho a las guerras religiosas entre católicos y protestantes de siglos pasados. Por otra parte, los kurdos se han mantenido al margen del terrorismo, ya que ellos apuntan a una región semiautónoma dentro del futuro estado irakí, o incluso una unión con los grupos rebeldes kurdos que habitan las zonas orientales de Turquía, para formar el “gran Kurdistán” que ansían desde hace siglos, al tratarse de una etnia diferente a la árabe, aunque sea de religión musulmana.

Esta compleja situación es poco comprendida por las autoridades estadounidenses, empeñadas con imponer su autoridad y su modo de gobierno en la región, con la firma creencia de que con eso estarán más seguros en su propia casa y no se repetirán actos terroristas tan impactantes como el que sufrieron el 11de noviembre.

Precisamente, Bush ganó la reelección porque logró persuadir al electorado que él sería más efectivo y duro en garantizarle su seguridad. Pero la misma ha sido lograda a expensas de miles de muertos y mucha inestabilidad en regiones lejanas, con una estrategia que implica alejar del territorio norteamericano a los terroristas y enfrentarlos en el exterior. De ahí que el pueblo estadounidense ha tolerado los mil quinientos soldados expedicionarios muertos en combate y los numerosos heridos –además de los miles de millones de dólares en deuda interna- un sacrificio que ha sido vendido como necesario para tener una relativa tranquilidad en su propio territorio. Sin embargo los tiempos cambian, y mientras se acumulan las bajas estadounidenses en las tareas policiales y militares, la posición política de los republicanos se debilitará gradualmente, aunque ahora pareciera que ha mejorado debido al aparente éxito comicial, ciertamente un logro del pueblo iraquí al desafiar toda clase de amenazas de los grupos rebeldes y terroristas y hacerse contar en las urnas. Pero todos reconocen que una rápida solución está lejos de concretarse, aunque la administración Bush, sigue bastante empeñada –ahora más que nunca- con la “solución democrática” para entregarle el poder a un gobierno local, mayormente con la esperanza en una pronta retirada honorable para no perder más capital político. Pero Washington olvida que es difícil implantar una democracia funcional a un país que sólo ha conocido la ocupación colonial, la dictadura y el conflicto bélico durante el pasado siglo, y que aunque se logre elegir a un gobierno (alguien ganará las elecciones), éste difícilmente será representativo o muy funcional en materia de seguridad.

Obviamente hay bases para tener optimismo, especialmente con la sorpresiva alta afluencia de electores, pero siempre sin tener expectativas irreales en una región demasiado volátil, con factores internos y externos que atentan contra el compromiso y el entendimiento pacífico entre las partes en conflicto. En medio de este relativo progreso en el campo político, está la renovada agresividad del gobierno estadounidense, con un moralismo anacrónico de tipo fundamentalista y planes anunciados de intensificar su línea dura, ya que alegan estar legitimados por la reciente reelección. También está el altísimo gasto militar que implica la necesaria tutela militar-policial en Irak -por unos años más cuando menos- para un país con fuerte déficit presupuestario y el asedio constante de la oposición demócrata, que utiliza el déficit como argumento clave para regresar al poder en 2008, recordando en cada oportunidad que Clinton dejó un superávit. Por esto en medios liberales se sigue especulando en que hubiera sido más efectivo y menos costoso –en términos humanos y materiales- el haber empleado los 100 mil millones de dólares anuales que cuesta la aventura irakí, en mejorar el nivel de vida de los pueblos islámicos y así reducir el evidente antagonismo cultural que existe entre las sociedades involucradas.

Sin embargo, aparentemente Washington sigue empeñado en su estrategia de construir una nación a su imagen y semejanza, confiando en la fuerza de la democracia, una estrategia ciertamente factible de realizarse a largo plazo si se juegan bien las cartas, algo que muchos dudan, especialmente los europeos. En este peligroso juego, los países petroleros tienen –aparentemente- mucho que ganar a corto plazo en cuanto a la afluencia de petrodólares a sus arcas, pero ignoran que la batalla por un desarrollo sustentable puede perderse a mediano o largo plazo, por la tendencia a malgastar dichos fondos, no relacionados con la saludable producción de más bienes y servicios, por lo que es evidente que disfrutan ahora una bonanza artificiosa y seguramente efímera, especialmente por su consabido potencial de corrupción y derroche.

Así junto con signos de optimismo, nos llega una advertencia muy evidente y oportuna, que se espera sea escuchada por las naciones más previsivas, aunque también en esto hay sobradas razones para ser pesimistas si recordamos las tristes experiencias anteriores de las alzas súbitas de precios. Está visto que el hombre tiende a exhibir una tenaz resistencia a aprender de las lecciones de la historia, debido al tradicional facilismo que se filtra constantemente en la conducta humana, siempre tendiente a obtener gratuitamente algo valioso sin el esfuerzo requerido. Queda por ver si aprenderemos la lección esta vez, y en esto hay que tener siempre alguna esperanza, pero sin un optimismo exagerado.

 

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