George W. Bush: el paladín, el magnánimo, el multilateralista


Conocer el valor propio y honrar el valor de los demás
es la verdadera manera de ganar respeto.

 

Como demanda la escenografía de un acto planificado para mayor gloria del elegido, George W. Bush se presento ante los estadounidenses y ante la opinión pública internacional con sus mejores galas. Los tres días de celebraciones costaron más de 40 millones de dólares. Bush ha comenzado a develar las líneas directrices de su Gobierno. Según la mayoría de los analistas, la mejora de la economía y los planes para Medio Oriente ocuparán un lugar prioritario. Este último punto relega a un segundo plano las relaciones con América Latina. Pese a la amenaza de la designada secretaria de Estado, Condoleeza Rice, contra Cuba y Venezuela, la agenda republicana no piensa ir más allá de las ya trazadas relaciones comerciales. Afianzar los tratados de libre comercio con Centroamérica y avanzar en las negociaciones con el grupo andino son los dos aspectos principales de política norteamericana hacia Latinoamérica. Prevemos poco avance en las relaciones de México con el vecino.

Si bien en el ámbito interno inicia su segundo mandato con un bajo nivel de apoyo popular (reflejo muy directo de la profunda fragmentación que su propia figura provoca en el país), se ha preocupado de mostrar desde el principio su empeño en desarrollar una serie de reformas sociales y económicas, que pueden suponer la ruptura del ya debilitado marco del Estado de bienestar. Bush ofrece una serie de discursos por todo su país para presentar una agenda sobre temas nacionales, particularmente su ambiciosa y riesgosa propuesta de privatizar parte del sistema estatal de pensiones y hacer de la norteamericana una sociedad más próspera, justa y equitativa.

En su agenda exterior ha intentado, sobre todo, reforzar su imagen de defensor de la libertad frente a las tiranías y de líder generoso con sus aliados. Esta vez Bush le ganó a su opositor demócrata, John F. Kerry, por más de tres millones de votos, diferencia que el Presidente ha considerado como un mandato del pueblo estadounidense para implantar la libertad en todos los rincones de la Tierra.

En su discurso de toma de posesión, de 21 minutos, Bush declaró que no es intención de su país imponer sus ideas y su estilo de gobierno. “La mayor esperanza por la paz en nuestra casa es la expansión de la libertad en el mundo entero". Estas son las palabras que dirigió al mundo el presidente norteamericano, George Bush, cuando asumió su segundo mandato. El discurso inaugural puso énfasis en la política exterior. "Libertad" fue la palabra que más utilizó el presidente de Estados Unidos, pero nunca mencionó a Irak en su discurso. Bush aseguró que no quiere imponer un modelo, pero que tratará de ayudar a otros países a obtener la libertad por sus propios medios. "Que se mantenga la libertad en nuestra nación dependerá del éxito de la libertad en otros países", afirmó.

Si hasta ahora ha apostado por el mantenimiento de una doble vara de medida para enjuiciar (y castigar, cuando lo ha creído necesario) el comportamiento de determinados grupos del gobierno, con decisiones basadas fundamentalmente en la defensa de sus propios intereses, nada hace pensar que ahora serán los principios y valores los que pasen a constituir los pilares de su acción exterior. A modo de ejemplo, su favoritismo hacia el gobierno israelí, asumiendo incluso el coste de utilizar su capacidad de veto en el Consejo de Seguridad, no cabe prever que vaya a modificarse hasta el punto de convertirse ahora en un intermediario honesto, en busca de la paz que demanda Oriente Próximo.

Por el contrario, es mucho más previsible que Bush siga colaborando con Ariel Sharon en el intento de lograr algo que, formalmente, pueda hacerse pasar por un acuerdo de paz con los palestinos, sin que Israel tenga que ceder nada a cambio (o, lo que es lo mismo, creando el germen para nuevos episodios de resistencia y violencia). Otra de las interesadas señas de con las que Bush pretende ser identificado a partir de ahora es la de luchador por la libertad, convencido de que Estados Unidos será un país más seguro cuando la causa de la libertad florece.

Por ser muy cierta esa idea, lo que cabe cuestionar es tanto la manera en la que hasta ahora ha perseguido (con el protagonismo claro de los medios militares para imponerla por la fuerza), como la selectividad de su estrategia (enfocando la tarea hacia países con los que Washington tenía asuntos pendientes, como Afganistán e Irak y próximamente Irán) y, sobre todo, el verdadero nivel de compromiso con este principio.

En lo que corresponde al mundo árabe-musulmán, existen suficientes evidencias para confirmar que la instauración de la democracia (visibilización más inmediata de la libertad) nunca ha sido una prioridad definida para la política exterior estadounidense.

Como buen alumno de las potencias coloniales europeas de este vasto mundo, rico en petróleo y gas, Estados Unidos se siente muy cómodo apoyando a los actuales gobernantes de Arabia Saudita y Kuwait (sea cual sea su nivel de compromiso con los valores democráticos y con los derechos humanos). Sabe que presionarlos realmente, para que lleven a cabo las necesarias reformas en sus cerrados y discriminatorios marcos políticos, puede suponer la llegada al poder de los movimientos islámicos radicales que, ya hoy en día, constituyen los principales polos de atracción para la mayoría de esas sociedades. En consecuencia, la defensa de sus intereses seguramente le convencerá de que resulta más ventajoso conservar a los mismos interlocutores (aunque trate de empujarlos suavemente hacia algunas reformas, y para eso se ha ido preparando la iniciativa de un Gran Medio Oriente con Israel como guardián), que ofrecer oportunidad a otros que muestran poco afán de subordinación. Lo mismo puede decirse de sus referencias al multilateralismo.

La próxima visita de Bush a algunos países de la Unión Europea puede servir para conocer con mayor precisión el alcance de una idea que más parece responder a la necesidad de encontrar ayuda para atender a tareas pendientes, en las que se ponen de manifiesto las incapacidades propias (en un entorno en el que aumenta el número de gobiernos que están decidiendo el abandono militar de Irak), que a un sincero compromiso con el reforzamiento de las capacidades de la comunidad internacional. ¿Acaso cabe esperar que Washington apueste a fondo por impulsar a la ONU como actor principal?

Esa incapacidad del gobierno Bush puede llevarlo a algún gesto conciliador, pero selectivo con algunos gobiernos europeos, aprovechando que la totalidad de ellos están tratando de fortalecer su apuesta por el más fuerte, con Gran Bretaña, o de recomponer sus deterioradas relaciones bilaterales con España. En todo caso, habrá que ir acostumbrándose a que los desencuentros entre la Unión Europea y los Estados Unidos serán cada vez más frecuentes, tanto por cuestiones coyunturales como estructurales (la aceleración del proceso de unión política de la Unión Europea, si finalmente se confirma, creará más dificultades para el diálogo).

Nuestro vecino del norte presenta un panorama políticamente dividido, pues un número significativo de estadounidenses plantea propuestas que se oponen a las políticas y decisiones que caracterizaron, la luz de la lucha contra el terrorismo internacional y la guerra en Irak, durante el primer mandato del presidente Bush.

Frente a este escenario, surge la interrogante del rumbo de la acción gubernamental los próximos cuatro años. Por un lado, cabe ponderar la hipótesis de que se profundice la dirección y el sentido que caracterizaron al primer tramo de gestión que recién ha terminado y, por otro, aparece la posibilidad de que superado el desafío de la reelección y abierto un nuevo término de responsabilidad, se piense más en construir un legado para esa nación.
A juzgar por algunas de las designaciones más relevantes para la integración del nuevo gabinete estadounidense, como el nombramiento de Condoleeza Rice como secretaria de Estado, apunta hacia la vertiente de la profundización de lo hecho los últimos cuatro años. Sin embargo, vale la pena observar y evaluar paulatinamente el desarrollo de la política de nuestro principal socio comercial.

El Bush vencedor, que interpreta su reelección como el sello definitivo de legitimidad de su apuesta militarista, difícilmente va a modificar ahora su rumbo, cuando ostenta la mayoría en ambas cámaras parlamentarias y presupone un respaldo sostenido del Tribunal Supremo, para convertirse en lo que no es. Lo más probable es imaginar que será ahora, ya sin sombra de duda sobre su victoria, cuando con más firmeza se dedicará a desarrollar su verdadera agenda: hacer del siglo XXI el siglo de Estados Unidos.

 

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