Aunque Arafat ha muerto su lucha continuará

 

Es más fácil ignorar las cosas que enterarse de ellas.
Mariano de Larra.

La población árabe llora a Yasser Arafat, representa para muchos, incluso después de su muerte, el símbolo, la esperanza y la unidad del pueblo palestino. La muerte le ha llegado pocos días después de que su principal enemigo, el primer ministro israelí, Ariel Sharon, celebrara la victoria electoral de George W. Bush, el presidente de Estados Unidos, que ha torpedeado el proceso de paz y aplaudió sin rubor la humillante reclusión del líder palestino en la Mukata su cuartel de operaciones, en Ramala Cisjordania.

El presidente palestino, Yasser Arafat, ha sido enterrado en medio de una multitud que abarrotó la Mukata, y alteró los planes de un gran funeral para hacerlo en su lugar de manera rápida y discreta. Anteriormente en Egipto se celebraron las exequias por el presidente palestino. Yasser Arafat, no ha tenido el funeral que hubiera deseado pues Ariel Sharon señalo que sus restos no reposarían en la mezquita de Al Aqsa en localizada en el lado oriente de Jerusalén, tercer sitio en importancia para el Islam pero que fue ocupada y anexada por el Estado hebreo en la guerra de 1967.

Tampoco sus funerales han tenido la pompa de un gran jefe de estado, el mundo ha despedido a Arafat se diría que casi tan clandestinamente y asediado como vivió gran parte de su vida.

A diferencia de los entierros musulmanes comunes, en los que el cadáver es colocado sobre el suelo, sin féretro, Arafat será introducido en una suerte de sarcófago de piedra en cuyo interior se colocará tierra de la mezquita de Al Aqsa, tierra de Jerusalén, donde Arafat anhelaba ser enterrado, será volcada en la fosa. Un símbolo esperanzador de complacencia celestial lo seguirá hasta el final de sus días, pues ha sido enterrado como desearía todo buen musulmán, el último viernes del mes sagrado del Ramadán, cuando el Corán dice que las puertas del cielo están abiertas y el diablo se encuentra atado.

Egipto le ofreció los honores militares. Cosa poco habitual en los funerales de un dirigente árabe, y para un líder tan popular como lo fue y lo sigue siendo el Rais (PREMIER) palestino, en el Cairo la población no ha sido autorizada a participar en la ceremonia por temor a que la enorme afluencia fuera difícil de controlar. Si el cuerpo del presidente palestino se hubiera paseado por el centro del Cairo, se habría tratado probablemente del funeral de estado más multitudinario tras la muerte del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, en 1970.

No es casualidad que el mundo se haya despedido del legendario dirigente palestino en El Cairo. Según sus biógrafos, Mohammad Abdel Raouf Arafat, nació en El Cairo el 24 de agosto de 1929 en el seno de una familia modesta de comerciantes. Arafat creció y se titulo en ingeniería en la Universidad del Cairo, se unió a los rebeldes que combatían las tropas inglesas en el Canal de Suez y pasó una temporada en el Ejército egipcio.

Que el funeral se haya celebrado en la capital cultural del mundo árabe, es tanto un símbolo de los lazos que le vinculaban con ese país. Egipto se ofreció a acoger las exequias de Arafat para evitar a muchos líderes árabes y musulmanes el trago amargo de viajar a los territorios palestinos ocupados por Israel. Ser la capital del mundo por un día, permite también a Hosni Mubarak reforzar el papel de mediador en Oriente Medio que lleva desempeñando desde hace años.

Abu Ammar, como se le conocía por su nombre de guerra, comenzó en 1965 como líder del movimiento nacionalista Al Fatah, que más tarde se convertiría en la Organización para la Liberación de Palestina, OLP. ¿Su propósito? El desmantelamiento de Israel y el regreso de los refugiados palestinos a su país natal. Sin embargo, este fin y métodos como atentados y secuestros de aviones, nunca le merecieron el apoyo internacional. De allí que se modificaran los propósitos: un Estado palestino al lado, y no en vez de, Israel. Su primer despuntar en el terreno internacional llega en 1974, cuando se le autorizó pronunciar su controvertido discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas.

En 1982, Israel invade Líbano, bajo el comando del entonces ministro de Defensa, Ariel Sharon, con el propósito de destruir a Arafat y su OLP. La operación fracasa, pero Arafat y su grupo son desterrados a Túnez. En diciembre de 1987 estalla la intifada (la sublevación del pueblo palestino en los territorios ocupados). Gracias al levantamiento palestino y al creciente reconocimiento internacional de la necesidad de hallar solución para el conflicto, Arafat regresa al escenario político. En diciembre de 1988, en un segundo discurso ante las Naciones Unidas, rechaza formalmente el terrorismo y, para que quede perfectamente claro, lo hace en inglés.

En 1993, el tan denostado líder palestino fue recibido por el entonces presidente norteamericano Bill Clinton. En aquella ocasión se firman los acuerdos de Oslo y, ante los ojos del mundo, estrechan sus manos el primer ministro israelí, el laborista Yitzhak Rabin, y el líder palestino, Yasser Arafat. En 1994, Arafat, Rabin y el ministro israelí de Relaciones Exteriores Shimon Peres reciben el premio Nóbel de la Paz.

Lamentablemente, un año más tarde, Rabin es asesinado (curiosamente lo hace un extremista religioso judío) y, con él, Arafat pierde a su principal interlocutor israelí. El siguiente gobernante israelí es Shimon Peres, quien, ante una ola de atentados suicidas cometidos por Hamas, se ve finalmente obligado a ceder el cargo a Benjamin Netanyahu, contrario a los acuerdos de Oslo. En consecuencia, el proceso de paz se interrumpe.

Una nueva esperanza nace cuando Ehud Barak asume la presidencia del Gobierno israelí, pero la famosa cumbre de Campo David, en julio del 2000, fracasa porque las supuestamente generosas ofertas de Barak son consideradas insuficientes por Arafat, a quien, en definitiva, se imputa el fracaso.

Pese a las numerosas críticas sobre su autoritarismo y sus elecciones estratégicas, su condición de símbolo de la resistencia de su pueblo es indiscutida, incluso entre sus propios enemigos. La imagen del hombre bajito, enfundado siempre con un traje militar verde olivo, con su pistola al cinto y su inseparable kefia a cuadros blancos y negros, estuvo presente en todas las grandes cumbres árabes y era siempre el centro de la atención. Para el mundo árabe, el enemigo es Israel y nadie, después de líder nacionalista egipcio Gamal Abdel Nasser, ha representado y simbolizado tanto la lucha contra el Estado Hebreo como Arafat. La muerte del dirigente palestino deja pues a Oriente Medio huérfano de ese líder que dio sentido al concepto de nación árabe.

Quien sustituya a Arafat deberá de ser capaz de poner orden dentro de la familia palestina, acabar con la corrupción que corroe al gobierno y a la administración, y, lo más importante, encauzar un proceso de paz con Israel que permita crear un Estado palestino. Arafat estuvo cerca, pero fracasó. Si Arafat ha muerto, su lucha continúa.

Quizá habrá una especial conmoción para todos los árabes, pero creo que este golpe los hará mejorar para hacer algo nuevo. “Hay un dicho árabe que afirma que cualquier golpe que me duela me hará más fuerte”. Todos falleceremos algún día, pero la causa libertadora no morirá.

El argumento de Sharon de que no había interlocutor ha desaparecido, aunque era exactamente lo contrario: en junio de 2003 la única persona capaz de unificar a todos los grupos armados de la resistencia Palestina y declarar una tregua fue Arafat, tregua que fue respetada durante tres meses sin que Israel haya cesado sus ataques, su política de asesinatos selectivos, control de la población, detenciones indiscriminadas y demolición de casas.

En 1995 durante un intercambio académico de varios meses en el Instituto Internacional de la Histadrut en Kfar Saba Israel, tuve la oportunidad de viajar por todo el pequeño país de solo 20,000 Kmª. y escuchar de viva voz de muchos israelitas el deseo de garantizar un proceso de paz duradero a cambio de entregar a los palestinos las tierras que por resolución de las naciones unidas en 1967 definieron como Cisjordania y Gaza. Sin embargo a pesar de que los gobiernos laboristas como el de Rabin y Peres han solidamente impulsado este proceso de reconciliación, el Likud, partido conservador hoy encabezado por Ariel Sharon ha revertido los procesos reduciendo los esfuerzos internacionales a cenizas. Ello me permitió entender que no es el pueblo de Israel el que desea la guerra sino que es una camarilla de radicales (calificativo que le dan a Arafat) quien impulsa este genocidio.

Después de haber leído las biografías de los personajes mas celebres que forjaron y han consolidado el estado de Israel entre ellos Teodoro Herzl, el barón de Rostchild, David Ben Gurion, Jaim Weizman, Golda Meier, Moshe Dayan, Menagen Begin, Itzjak Rabin, todos son de orígenes y ambientes muy variados. Lo único en común que tienen son los ideales, la determinación y el método de lucha permanente y testaruda para lograr la creación de un estado libre y soberano, fundado en la libertad, la justicia y la paz a partir de la manutención de la buena vecindad con los países árabes circundantes( esta es la síntesis de La declaración del establecimiento del estado de Israel 14 de mayo de 1948). Lo que agregaría a este párrafo es que Arafat busco permanentemente lo mismo para el pueblo palestino y pareciera entonces que lo que para unos fue el paso a la gloria y a la celebridad para otros es motivo de condena y de opresión.

A Yasser Arafat le habría gustado pasar a la historia como el Nelson Mandela de Oriente Medio. Lo dijo en una de les últimas entrevistas que concedió antes de caer gravemente enfermo. El líder palestino compartía con el primer presidente sudafricano de raza negra una causa noble, una larga vida de lucha y un Premio Nóbel de la paz. Los paralelismos, sin embargo, acabaron ahí. Arafat no ha llegado a cumplir el sueño de su vida: ser el primer presidente del Estado Palestino.

Ahora, el dolor palestino de su muerte es un dolor sin tierra propia: la arrogante actitud de Sharon de no permitir su entierro en Jerusalén y las duras restricciones que ya han sido impuestas para la realización de cualquier ceremonia en honor a Arafat, se suman a la falta de un Estado palestino, realidad que disemina aún más el dolor de este pueblo por todo el mundo. Sin embargo las bases de lucha están sentadas ya y habrán de ser la semilla de un nuevo estatus ganado ya por el pueblo palestino.

 

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