El inevitable ocaso de Arafat


Palestina territorio codiciado por árabes y judíos, escenario de cuatro guerras declaradas, causa de miles de muertes y origen de la comunidad de refugiados más importante del mundo. El problema de Medio Oriente es quizá el conflicto sin resolver más reñido y el centro de una compleja red de intereses geopolíticos, religiosos y simbólicos. La proclamación del Estado de Israel en 1948 para compensar al pueblo judío del Holocausto nazi solucionó un problema bastante serio, pero creó otro de descomunales dimensiones. Medio Oriente ha vivido desde 2001 tiempos aciagos en el que se han confirmado los peores presagios: la amenaza de un conflicto fratricida entre los propios palestinos y una ofensiva israelí sin precedentes, aprovechando la ola de repulsa internacional al terrorismo desatada por el ataque a las torres gemelas y al pentágono de los Estados Unidos. El inicio de la Intifada (levantamiento), que estalló el 28 de septiembre de 2000 tras la visita del responsable de la actual ola de violencia Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén y que ya ha costado la vida a más de dos millares de personas, más de 1800 palestinos y 350 israelíes, ha amenazado 36 meses después con anular a Yasser Arafat y al embrión de su futuro estado, la Autoridad Nacional Palestina.

Calificada por Israel como una "entidad que apoya al terrorismo" por permitir sangrientos atentados de organizaciones al margen de su control y opuestas al proceso de paz y criticada por gran parte de la población Palestina por corrupta e ineficaz, la Autoridad Nacional Palestina se ha convertido en el principal objetivo de los aviones de guerra F-16, los helicópteros Apache y los tanques del Ejército israelí, que han destruido sus delegaciones, sus antenas de televisión y sus edificios al tiempo que mantuvieron virtualmente preso e incomunicado a Arafat en su residencia de Ramala en Cisjordania. El año 2001 comenzó con el regreso del poder a manos de la derecha israelí, partidaria de una solución militar impuesta unilateralmente.

El laborista Ehud Barak, que fue más allá que ningún otro líder israelí en las concesiones a Arafat y que estuvo a punto de firmar la paz definitiva con los palestinos en las negociaciones de Campo David II, dimitió el 9 de diciembre de 2000, abandonado por sus ministros y acorralado por la opinión pública. Los israelíes, cansados de promesas y de buenas palabras, optaron por entregar las riendas del país al ex general Ariel Sharon, que logró un 62,2% de los votos en las elecciones del 6 de febrero, casi el doble que Barak.

Sin embargo, la abstención fue abrumadora, la más alta en los 53 años de historia del Estado israelí: el 62% del electorado. Si los palestinos solían decir que Barak era lo menos malo que les podía pasar, Sharon, el responsable de las matanzas de Palestinos en Sabra y Chatila(Líbano), es sin duda lo peorque pudo haber llegado. Durante su primer año de mandato al frente de un Gobierno de unidad nacional, que había prometido a los suyos paz y seguridad ha roto los acuerdos de Oslo, ha bombardeado e invadido zonas palestinas autónomas, ha apretado el cerco a la población árabe, ha entorpecido el diálogo entre Arafat y su ministro de Exteriores, ha multiplicado los asesinatos selectivos de dirigentes palestinos y ha lanzado un cerco y una ofensiva contra Arafat para obligarle a sofocar la Intifada y desarmar a las facciones armadas como condición para volver a la mesa de negociaciones.

Tras los tradicionales modos reservados que caracterizan a la práctica totalidad de los regímenes árabes, cabe adivinar que la enfermedad del máximo líder de la Autoridad Nacional Palestina (AP), Yasser Arafat, es algo más que una infección viral. A sus 75 años, y tras haberse labrado una historia casi legendaria en torno a la buena suerte que siempre le ha permitido sobrevivir, política y vitalmente, a tantas supuestas derrotas finales, así como a atentados y accidentes, parece llegar a hora el momento en que a su creciente marginación política se le une, esta vez sí, el declive vital definitivo.

Al margen de que finalmente su vida se consuma en este viaje a Paris, que puede ser sin retorno tanto por su propia debilidad como por deseo expreso del gobierno israelí (a pesar de que parezca existir un mínimo compromiso para permitirle la reentrada), la situación actual plantea en toda su crudeza las dificultades a las que se enfrenta el pueblo palestino y su causa por la autodeterminación.

Dado el modelo de poder personalista y clientelar que Arafat ha ejercido hasta ahora- amparado y rodeado por sus viejos compañeros de armas- el panorama de la sucesión no se presenta claro. Si ya de partida podía afirmarse que ningún momento parecía bueno para provocar su relevo, por otra parte demandado desde tantos sectores nacionales e internacionales, más problemático parece en mitad de una Intifada que no apunta todavía a su final y en el marco de una dinámica de acción-reacción violenta que ha sustituido a cualquier intento negociador. A las dificultades internas para promover las necesarias reformas que demandan la población y los líderes palestinos crecientemente críticos con la gestión de Arafat, se añade la estrategia de marginación seguida por Sharon en estos últimos años. Su intención (saldada con apreciable éxito internacional, a pesar de los esfuerzos de la Unión Europea por evitarlo) de excluir a Arafat del escenario político, ha incrementado notablemente las dificultades para permitir un desarrollo normal en la escena política palestina que facilitara la aparición de líderes alternativos.

Por una parte, la política de Sharon ha provocado el cierre de filas en torno a Arafat, tanto de la población como de otros dirigentes, abiertamente opuestos a la AP pero obligados a defender al líder legítimo de los palestinos frente al acoso exterior. Por otra, ha abortado la aparición de iniciativas más democráticas, en la medida que cualquier alternativa orientada a desplazar finalmente a Arafat sería percibida por la población de Gaza y Cisjordania como una traición a la causa personificada por el histórico líder y sería tachada asimismo de colaboracionista con el gobierno israelí.

Si bien es cierto que las leyes aprobadas en estos últimos años determinan que la incapacitación o desaparición del presidente de la AP implica la designación automática, como sustituto temporal, del presidente en ejercicio del Consejo Legislativo Palestino, nadie apuesta por Rouhi Fatouh como tal. Las presiones para ocupar el lugar que pueda dejar vacante Arafat hacen que ni siquiera pueda darse por hecho que se guardarán las formas (designación de Fatouh por un periodo de sesenta días, en los cuales tendrán que organizarse unas elecciones para encontrar al sucesor de la obra del líder palestino). Su escaso peso político y las ansias desatadas por quienes se consideran capacitados o legitimados para sucederle harán muy difícil un proceso pacífico.

En este momento, que debería ser el de los homenajes y la revisión del papel fundamental que Arafat ha jugado para mantener viva la causa palestina (con sus aciertos y sus numerosos errores), la lucha ya se ha iniciado. El primer movimiento ha provenido de la vieja guardia de la OLP intentando controlar el proceso, antes de que otros candidatos puedan tomar posiciones. Su intención de establecer una especie de triunvirato, parece condenado al fracaso desde el principio. Cabe esperar que, entre bambalinas, se produzca ahora un serio enfrentamiento entre diferentes opciones.

Únicamente, por nombrar a las más significativas, cabe recordar que en la carrera se encuentran no solamente los viejos dirigentes de la OLP, sino también figuras como Mohamed Dahlan (que cuenta con el apoyo explícito de Estados Unidos.

Hablar de la posibilidad de una guerra civil entre palestinos no es, desgraciadamente, una hipótesis irracional. Es, por el contrario, una opción real si se tienen en cuenta las sólidas fracturas entre los dirigentes del interior (que protagonizaron la anterior Intifada) y los que llegaron desde el exilio de Túnez con el propio Arafat, en 1994. Lo mismo puede decirse en lo que afecta a los cuadros de la Autoridad Palestina y grupos que tienen una agenda no coincidente con el modelo de pacificación y entendimiento con Israel llevado a cabo, sin mucho éxito, por Arafat y sus colaboradores.

Por si esta situación no fuera suficientemente explosiva, hay que contar con que Sharon tratara de aprovechar las circunstancias para continuar su política de fuerza, eliminando a quienes puedan parecerle más problemáticos y tratando de influir en el proceso.

En todo caso gana Sharon, que ha apostado definitivamente por el lema cuanto peor en medio oriente, mejor para el hombre que quiere repetir el holocausto pero teniendo hoy como victimas a los palestinos. ¿Falta algo más para preocuparse?

 

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