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Costos y alcances mundiales de la guerra de Bush
Nada se parece tanto a una persona como la forma de su muerte.
Gabriel García Marquez en "El amor en los tiempos del cólera"
Una estrategia de dos vías gobierna la política de Estados Unidos hacia buena parte del planeta. Un brazo de esa estrategia es asegurarse más petróleo del resto del mundo; el otro es refinar la capacidad de intervenir garantizando así la dominación estadounidense en el siglo XXI Al asumir el cargo a principios de 2001, la prioridad central de la política exterior del presidente George W. Bush no era evitar el terrorismo o frenar la diseminación de armas de destrucción masiva; tampoco algunos de los otros objetivos que impulsó aquel año después de los ataques del 11 de septiembre al Centro de Comercio Mundial y el Pentágono. Más bien su prioridad era incrementar el flujo de petróleo enviado por los abastecedores extranjeros al mercado estadounidense. Durante los meses anteriores a su presidencia, Estados Unidos había experimentado severas insuficiencias de crudo y gas natural en muchos rincones del país, además de apagones periódicos en California. Por primera vez en la historia las importaciones de crudo aumentaron hasta representar más de 50 por ciento del consumo total, lo que provocó gran angustia por la seguridad de largo plazo en el abasto del país. Bush recalcó que enfrentar "la crisis de energía" de la nación era su tarea más importante como presidente.
Sus asesores y él consideraron que el abasto de petróleo era esencial para la salud y rentabilidad de las principales industrias estadounidenses. El argumento era que cualquier escasez energética podría tener severas y agudas repercusiones económicas en sectores como el automotriz, aerolíneas, construcción, petroquímica, transporte de bienes y agricultura. Se consideró entonces que el petróleo era especialmente crucial para la economía por ser la fuente de dos quintas partes del abasto energético estadounidense -y la mayor fuente de energía-, además de proporcionar la casi totalidad del combustible del transporte del país.
Se percataban también del papel vital que el petróleo juega en la seguridad nacional por ser el motor de las formaciones de tanques, aviones, helicópteros y embarcaciones, columna vertebral de la maquinaria de guerra estadounidense.
"En los próximos 20 años America sufrirá una importante crisis energética", dijo el 19 de marzo de 2001 el secretario de Energía, Spencer Abraham, ante una reunión, al más alto nivel, en torno a la energía nacional. "Si no pudiéramos sobreponernos a este desafío, quedaría amenazada la prosperidad económica de la nación, se comprometería nuestra seguridad nacional y literalmente se alteraría la forma en que llevamos nuestra vida".
Como se conoce, hasta mediados de marzo del 2003 el presidente norteamericano, George Bush, no ocultaba su deseo de derrocar el régimen de Saddam Hussein. Según el mandatario estadounidense, Irak pertenecía al "eje del mal", y su líder era un hombre que envenenaba a su propio pueblo, amenazaba a sus vecinos y desarrollaba armas de destrucción masiva. Antes del comienzo de la guerra contra Irak, una gran mayoría de los países miembros de la ONU opinaba que no había, hasta ese momento, justificación alguna para iniciar una guerra contra Irak; no había pruebas de que este país constituyera una verdadera amenaza y de cuáles eran los riesgos para Estados Unidos. La labor de Naciones Unidas quedó traspasada con la insistencia y presiones estadounidenses. Millones de personas salieron a las calles en todos los continentes, para decir "No a la guerra". Si bien estos esfuerzos fueron un freno a las intenciones belicistas de Bush, éste continuó amenazando con llevar a cabo una guerra contra Irak, aún sin el apoyo de las Naciones Unidas, tal como finalmente lo hizo
Los errores estratégicos de la guerra contra Irak han colocado a los Estados Unidos en una de las peores etapas de su política exterior. Porque aquello que pensaron los estrategas que podía resolverse en los salones diplomáticos, le ha costado a los norteamericanos, cientos de muertos y la desolación de sus tropas en Bagdad. No contaron con un factor intangible y demoledor en toda guerra: el tiempo. Y la gente ha comenzado a reevaluar el volumen de la fuerza desplegada.
El tipo que pretende que vivas aterrado, amenaza con matarte. El que desea tu muerte te mata.
¡Qué nos regresen a nuestros hijos, qué ya termine la guerra, qué ya no se derrame más sangre en Irak!”, exclamó un grupo de padres de familia durante una manifestación en San Diego California, en la que condenaron a la actual Administración Bush.“¿Cuántos barriles más de sangre desea derramar el presidente Bush para llenar sus arcas de petróleo?, cuestionaron diversos grupos de manifestantes en su mayoría latinos.
Los importantes grupos de norteamericanos también han reprobado las acciones del presidente Bush y de su gabinete, que según los activistas han costado la muerte de más de 560 soldados americanos y miles de víctimas inocentes.“Es un precio muy alto por un poco de petróleo”, dijo un grupo de padres de familia que busca alternativas para presionar a la Administración Bush a fin de que abandone Irak y traiga los soldados de regreso a casa.
Sin embargo, el presidente Bush ha sostenido que la presencia en Irak continuará hasta que ese país tenga estabilidad en su gobierno. Los erráticos esfuerzos de inteligencia militar y los millones de dólares destinados a sostener la guerra han generado ya severas críticas al interior del gobierno norteamericano. Herederos del pragmatismo, los americanos también reconocen las dificultades para instaurar un sistema político democrático. ¿Qué interés puede tener un chiíta seguidor de los clérigos, en un régimen parlamentario? ¿O un sunnita para aceptar la regla de mayorías? ¿O los kurdos anteponiendo sus tribus a un gobierno elegido por votos? Porque los intereses para invadir a Irak fueron distintos a los pregonados por la Casa Blanca. Inversionistas y ex funcionarios cercanos al gobierno Bush pusieron sus ojos en el petróleo. Las viudas y los huérfanos, los pobres y la triste economía irakí, no importaban. La reconstrucción y los contratistas tenían ambición en los oleoductos. Y pronto las refinerías fueron por esto objetivo insurgente. Los habitantes de Bagdad y Nayaf repudian a Norteamérica. Y los gobiernos interinos no son tomados en serio.
¿Por qué los Estados Unidos no han abandonado Irak?, se preguntaba en el Times el investigador Edward N. Luttwak. Varias razones parecen relevantes. Si las tropas americanas salieran corriendo, serían juzgadas cobardes por la comunidad internacional. Se desatarían crecientes burbujas de conflictos que pondrían a los gobiernos interinos contra el paredón. O un retiro de los Estados Unidos crearía condiciones para una guerra promovida con represalias entre las tribus, grupos religiosos y personas leales a Saddam. En especial, los seguidores del régimen de Baath. Se reanudarían verdaderas espirales de violencia entre los extremistas locales Sunnitas. Una guerra civil desastrosa. Luego, los americanos no van a cometer este error. Saben que después del 11 de Septiembre las redes terroristas olfatean las calles de Nueva York o Washington. Pareciera ser que Bush espera un ataque terrorista en su país antes de las elecciones el próximo noviembre, lo mas dramático para el seria perder por esa causa la presidencia de la nación mas poderosa del mundo actual, a manos de Kerry.
Han reunido enemigos como nunca antes. Los extremistas son una bomba que podría sacudir sus metrópolis. Y los intereses americanos nunca quedarán liberados, mientras no se resuelva parcialmente la gravedad de los daños causados. El problema que preocupa a los americanos es cómo espera su gobierno graduar la salida. Una salida ya comparada con la de un elefante mareado en una cristalería.
Las amenazas al clérigo chiíta, Muqtada Al-Sadr y sus seguidores, pueden obrar con menos beneficio que la pelea hereditaria sostenida contra los guerreros sunnitas. Ambos grupos religiosos no se moverán por intereses distintos a la causa Islámica. Cuenta también que podrá suceder con Irán. La hecatombe del conflicto religioso interno en Irak, podría extenderse por las fronteras y reavivar el fuego encendido de los kurdos. Por su parte Turquía estaría más interesado en reunir a sus ciudadanos en Irak.
Mientras tanto Kuwait como Arabia Saudita, han dado la espalda a las alianzas estratégicas con los Estados Unidos para concentrar sus intereses en el aprovechamiento del negocio que se pueda derivar de los precios del petróleo. Una anarquía reinante en Irak pondría en peligro su estabilidad sólo cuando la extensión de la guerra tribal sea una amenaza en sus propias tiendas.
El objetivo político inmediato sería conseguir que Kuwait y Arabia Saudita reemplacen a Estados Unidos en su papel de Gran Perro Guardián. Esto cree Edward N. Luttwak. Ambos países estarían en condiciones de contribuir a la pacificación en Irak, e invertir financieramente en la reconstrucción de la región. Ocupando mano de obra barata de los musulmanes más pobres. Y planeando la reconstrucción de mediano y largo plazo del Medio Oriente.
Con el apoyo de los organismos internacionales.
Un mapa geopolítico bastante complejo, como puede deducirse. La estrategia militar ha tenido vacíos gigantes. Pero no tanto como los errores políticos. El gobierno Bush, preocupado como está en la campaña presidencial, hace ruegos porque no se presenten nuevos ataques de las redes islámicas. Pero tiene una hoguera encendida en Irak que puede volvérsele un infierno antes de Noviembre.
Bush no contó con un arma demoledora en la guerra: el tiempo. Sus enemigos en Irak y en la región pertenecen a tradiciones milenarias. Que han aprendido a librar duras guerras. Saben estratégicamente que no siempre contar con mayor fuerza es la clave. También una religiosa paciencia puede ser mortal contra el agresor del Islam.
Aunque el amor no basta por sí solo para eliminar todos los obstáculos, al menos allana el camino hacia la paz.
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