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La batalla tras el referendo en Venezuela
La estadística es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches
y yo ninguno, los dos tenemos uno.
George Bernard Shaw
Este 15 de agosto el presidente de Venezuela el general Hugo Chávez ha obtenido la votación más alta que jamás haya tenido un mandatario venezolano. Tras la victoria de Chávez seguramente se envalentonará la izquierda continental (pudiendo ganar las presidenciales uruguayas), y se mejoraran las posibilidades de Brasil y Argentina para privilegiar un bloque sudamericano ante el Alianza para el Libre Comercio en las Americas. Para los partidarios del No quedan dos opciones, los sectores militantes demandarán ‘profundizar la revolución’ exigiendo nacionalizaciones o no pagar la deuda externa. Chávez, quien no quiere ello, busca tender la mano a sus contrincantes invitándoles a garantizar cierta ‘estabilidad democrática’ para frenar extremismos de uno y otro lado. La oposición está ante una disyuntiva. Pueden persistir en desconocer los resultados, pese a que la OEA y Carter le han avalado, o promover una salida violenta, tal como lo pide el ex mandatario Carlos Andrés Pérez. De otro lado pueden aceptar su derrota y la legalidad para tratar de ir moderando a Chávez y prepararse para las elecciones generales del 2006.
El jefe de la misión de observación electoral de la Organización de Estados Americanos en Venezuela, Valter Pecly Moreira, expuso que desde las siete y media de la noche del 15 de agosto conocía, por medio de controles internos de la OEA, las primeras proyecciones que daban ganador al presidente Hugo Chávez. Comentó que, junto al secretario general del organismo, César Gaviria, pudo observar que los porcentajes no variaron a partir de ese momento. Consideró que la OEA desempeñó un papel constructivo para la aceptación de los resultados en el ámbito nacional e internacional. En este sentido, Gaviria destacó que la auditoria practicada al proceso sirvió para aclarar cualquier duda, pues dijo que puede asegurar que la muestra fue aleatoria y se controló todo el sistema. Sin embargo, señaló que está por analizarse la teoría de los topes por el "Sí" que maneja la oposición y manifestó que continúan abiertos a recibir pruebas de esta anomalía estadística. Las miraremos con cuidado para ver si ese comportamiento matemático tuvo lugar", expresó.
La oposición reclama que ella forzó al gobierno a aceptar que había cumplido con el requisito del mínimo de firmas necesarias para pedir el referendo. El oficialismo acusaba a la derecha de utilizar documentación falsa o de fenecidos para inflar sus peticiones. Chávez pudo haber querido seguir encontrando razones para negar que sus contrincantes cumplieran con los requisitos para ello pero optó por la decisión de aceptar el reto. Por una parte estaba la enorme presión interna e internacional (en particular de Estados Unidos y de la mayor parte del continente) y por otro está su idea de aprovechar estos comicios para derrotar por octava vez a sus contrincantes y de demostrar la superioridad de su “democracia participativa”.
Para los duros en el campo revolucionario aceptar el referendo fue errado y peligroso pues se pudo haber repetido un escenario similar al de Chile, Nicaragua o Haití en el cual Washington aprovecho el caos o el desencanto de varios sectores populares para forzar el desplome del gobierno ya sea por medios constitucionales, golpistas o de intervención armada extranjera.
La oposición se centraliza tras la Coordinadora Democrática. Esta está compuesta de un amplio abanico que va desde conservadores hasta sindicalistas y algunos antiguos izquierdistas. Están desde federaciones empresariales y dueños de canales de TV hasta la Confederación de Trabajadores de Venezuela, y desde los partidos tradicionales del viejo orden (como Acción Democrática y el COPEI socialcristiano) hasta partidos que se reclaman izquierdistas como Bandera Roja, Causa Radical y un ala del Movimiento Al Socialismo.
Esta es una alianza muy contradictoria. La derecha acusa a Chávez de querer hacer otra Cuba mientras que sus aliados socialistas en la Coordinadora cuestionan al Presidente por su autoritarismo. Sin embargo, la Coordinadora no puede ofrecer un programa de gobierno alternativo.
Pese a todo lo dicho contra él Chávez está en su puesto de la presidencia de su país por la decisión de las urnas y él mantiene “libertad de mercado y partidos”. El define a su “revolución” como “humanista” y rechaza al comunismo por estar contra la empresa privada que él defiende y alienta.
Venezuela, si bien es una sociedad de mercado con una fuerte intervención estatal en la economía, tiene una amplia gama de transnacionales operando en su suelo. Pese a sus discursos contra la oligarquía, Chávez no ha expropiado a ningún sector rural o urbano de ésta.
Lo que al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica George Bush molesta no es el supuesto autoritarismo o castrismo de Chávez, sino que la principal potencia petrolera sudamericana sigue teniendo una fuerte participación estatal en la producción del oro negro y en el mercado. La Casa Blanca tiene un modelo ideológico y político que pretende ir imponiendo en la parte sur del continente y que se basa en el “consenso de Washington”. Según éste las Americas (Norte, Centro y Sur) deben irse unificando en un sistema de liberalización económica y política continental.
La revolución bolivariana el gran fondo no es ni socialista ni anticapitalista. Se enmarca en la tradición histórica del nacionalismo castrense latinoamericano (en la cual están el general Juan Domingo Perón, el peruano Velasco, las juntas bolivianas de 1936-39, 43-46 y 69-71 o el panameño Omar Torrijos) que tratan de desarrollar un modelo de capitalismo nacional. Este modelo dista de la apertura al capital extranjero (al cual buscan poner limitaciones) y al de una economía socialista.
El discurso proteccionista de Chávez es tanto crítico a las oligarquías y al imperialismo como también al comunismo. Es más, juegan entre ambos polos. Contra la derecha utilizan la presión popular (a la cual buscan controlar) y contra los marxistas utilizan unas Fuerzas Armadas unidas y la necesidad de mantener un Estado al servicio de una economía de mercado.
La oposición venezolana tiene varias alternativas contra Chávez. Los más ultras, de cualquier ideología política quisieran derrocarlo aunque sea vía un cuartelazo. Algunos sectores continúan acusando el referendo aduciendo que fue un gigantesco y verdadero fraude. El gobierno ha denunciado un complot con paramilitares colombianos e incluso la posibilidad de un magnicidio.
En el campo bolivariano existen desde quienes estarían dispuestos a conciliar con la oposición aceptando un “chavismo sin Chávez” hasta quienes quieren acentuar la polarización para radicalizar al proceso. La extrema izquierda toma la palabra presidencial que propone luchar contra el imperialismo, formar milicias e ir hacia una reforma agraria para realizar y radicalizar éstas. Promueven asambleas y milicias populares para lanzar tomas de tierras y empresas y plantear la nacionalización de grandes compañías y latifundios.
Chávez preferiría reconciliarse con la derecha antes que ir a esta salida. El apuesta hacia ser una bisagra entre ambos extremos de su movimiento así como para evitar una mayor confrontación interna. Los márgenes de giro a la izquierda que podría dar Chávez se ven limitados por la escena internacional. Ya no existe la Unión Soviética ni hay un polo de países de economía planificada que pudiesen cubrirlo. La tendencia de todos los anteriores gobiernos nacionalistas tercermundistas (desde la Libia de Khadafi hasta la Cuba de Castro) es la de buscar reconciliarse con la Unión Europea para reinsertarse en la economía global.
Igualmente Chávez no quiere ser desbordado por un levantamiento popular que para él sería sinónimo de caos. El, al fin de cuentas, es un hombre del viejo Ejército y que está a favor de una economía basada en la iniciativa privada.
La batalla electoral venezolana ha de influir en toda la región, incluyendo en los comicios presidenciales norteamericanos. Una victoria del “no” alentará las protestas sociales contra el neoliberalismo y permitirá a Castro, Lula y Kirchner un mayor margen de maniobra frente a las presiones de Washington. Una victoria del “sí” fortalecerá a las fuerzas que promueven el ALCA, la liberalización continental y una política dura ante la guerrilla colombiana.
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