¿Se dividirá Irak?

 

Una injuria no queda reparada cuando el castigo alcanza al reparador;
tampoco cuando el vengador no tiene el cuidado de darse
a conocer a quien ha cometido la injuria.
Edgar Allan Poe en "El barril de amontillado"

 

En el medio oriente, la ocupación se acerca inexorablemente a la hora de la verdad, con la fuerte resistencia de la oposición interna, mientras se trata de dilucidar si hubo ingenuidad, negligencia o premeditación criminal en la confusa estrategia de la superpotencia en Irak. Según las opiniones más realistas, las noticias de los últimos meses procedentes del medio oriente no son muy prometedoras. Los recientes ataques y atentados terroristas en capitales europeas mantienen al Occidente anglo-norteamericano-europeo en ascuas, y nuevamente surgen las comparaciones con el trágico conflicto de Vietnam, especialmente cuando en Estados Unidos se pide más tropas para dominar los tres actores recalcitrantes, o sea los insurgentes sunítas leales a Saddam, las milicias radicales chiítas y los terroristas islámicos infiltrados, que están provocando conjuntamente en ese país la actual situación de inseguridad e ingobernabilidad, con ataques frecuentes contra las fuerzas de ocupación, violentas manifestaciones de protesta y ahora con secuestros que ponen en entredicho la lealtad de los aliados, revelando de paso una nueva falla de inteligencia al sorprender de plano a las fuerzas anglo-norteamericanas.

Al hacer un balance en este momento, no hay duda que ha habido más terrorismo en los meses siguientes al 11 de Septiembre y en especial desde la invasión de Irak lo que lleva a dudar de la efectividad de la estrategia de Washington, que muchos tachan de ingenua, arrogante y errada, pues trata de frustrar la amenaza terrorista y cambiar la geopolítica del medio oriente a favor de ellos mismos, pero sin tener un plan coherente ni considerar una salida honorable. Todo lleva a cuestionar si no había otra manera menos traumática para resolver el “problema Saddam”, el cual pareciera creado por una obsesión familiar de los Bush, ya que nadie está convencido ahora de su clara relación con el terrorismo islámico o de su peligrosidad genocida, al menos como para justificar una costosa y traumática guerra de ocupación. Lo que se ahora están comprobando los estrategas norteamericanos es que, en países con tantas tensiones tribales, étnicas y religiosas, que nunca han conocido la democracia, no será nada fácil implantar ese sistema, por la obvia inmadurez ciudadana, la pobreza e ignorancia reinantes, y las escasas instituciones funcionales.

Tal es el caso evidente de Afganistán e Irak, y ha sido también la experiencia casi generalizada en el tercer mundo post colonial. Si a esto le añadimos las tensiones geopolíticas generadas por el vecino y casi insoluble conflicto palestino, la actitud arrogante de los norteamericanos y el suministro petrolero de la región, tenemos una receta para un complejo ‘problema’, que jamás podría ser solucionado con enfoques ingenuos de funcionarios en Washington. Y menos con planes diseñados en la CIA, ente que como se admite abiertamente ya ha demostrado incapacidad para prevenir tanto el ataque terrorista de las torres gemelas como para estimar la capacidad de armamento genocida del antiguo régimen iraquí, y ahora con la sorpresa de las milicias armadas chiítas. Igualmente ingenuos fueron los soviéticos y británicos en Afganistán, cuando trataron de colonizar ese país en diferentes épocas, imponiendo una pacificación forzada en una sociedad tribal que todavía opera a la usanza medieval, con señores feudales, parcelas de poder y pueblos esencialmente atrasados que respetan la autoridad y la fuerza, en lugar del debate civilizado de una democracia.

Hasta ahora hemos hablado de los factores “ingenuidad e incapacidad”, claramente visibles en ambas situaciones del medio oriente, región que se encuentra ubicada en el mundo musulmán. Pero también se pudiera pensar que ambas aventuras bélicas sean producto de una fría premeditación de la actual dirigencia gubernamental estadounidense, con fines de mantener activo el sector militar-industrial y hacer una demostración de fuerza del poderío norteamericano para obtener ventajas geopolíticas y económicas. Todavía cuesta creer hayan ignorado las recientes experiencias de Vietnam y Somalia, así como la de Afganistán de la era soviética. O también las raíces étnicas e históricas del conflicto regional y de la creciente animosidad del mundo islámico contra los invasores, donde prevalecen fuertes sentimientos anticolonialistas al lado de tensiones culturales por la obvia disparidad en niveles de vida, ahora más visibles por el auge en las comunicaciones. Por otra parte, la ausencia de las naciones árabes vecinas en un conflicto que les concierne grandemente, junto con una guerra sin la bendición de la ONU y con la oposición de importantes aliados (Canadá, Francia y Alemania) y potencias importantes (Rusia, China, India) ha sido un error diplomático garrafal de la inexperta administración Bush, como lo han reconocido importantes analistas.

Algunas naciones europeas han sido algo hipócritas en todo este asunto, pues se están beneficiando de los cambios causados en Afganistán e Irak sin invertir mucho en términos políticos y económicos. Aún cuando en la mayor parte del mundo se aplaude la defenestración tanto del brutal Hussein como del anacrónico régimen Talibán, no se puede evitar la crítica a la actitud arrogante de las potencias anglosajonas y de su política de “guerra preventiva unilateral” para frustrar las supuestas amenazas a la seguridad nacional. Política que no ha tenido felices resultados en los últimos años, si observamos el notable auge del terrorismo mundial, las crecientes tensiones regionales y las constantes bajas tanto locales (varios miles, todavía no precisados) como de fuerzas de ocupación (que ya suman más de 700). Estas últimas son las más preocupantes desde el punto de vista de política interna, pues tanto en Estados Unidos y el Reino Unido como en los países que participan en la aventura irakí, la cifra de muertos y heridos de esas fuerzas influyen directamente en la popularidad de sus respectivos gobiernos, como ya hemos visto en España, y pronto seguramente veremos en Italia, Reino Unido, Australia, Japón, Corea del Sur y otras naciones de la heterogénea “coalición”, formada apresuradamente a falta del apoyo de las Naciones Unidas, para compartir responsabilidades y obtener más recursos.

Ahora estamos en una situación delicada, pues si llegara a suceder oportunamente otro atentado de la magnitud del 11 de Septiembre en Estados Unidos (o incluso como el 11 de Marzo en Madrid), los comicios estadounidenses seguramente darían un giro a favor de una posición más pacifista, aislacionista y multilateral, sin contar el efecto de la deserción de importantes aliados, presionados por sus propios factores políticos. Por ello la generación de una prolongada y sangrienta intifada iraquí, que puede volverse un foco crónico de tensiones étnicas, religiosas y políticas, sería lo más dañino para los planes de reelección de cualquier presidente norteamericano en funciones. Es lógico que Kerry y los demócratas exploten intensamente este hecho en la campaña, aunque si llegaran a ganar- seguramente se verían obligados a continuar la ocupación como sucedió en Vietnam.

Así, las naciones ocupantes confrontan difíciles dilemas en ambos casos, pues a estas alturas no pueden abandonar Irak y Afganistán a su destino, a riesgo de sufrir irreparables pérdidas en credibilidad, influencia diplomática y status geopolítico. Después de haber ignorado a la ONU, difícilmente pueden soltarle esa papa caliente a la organización mundial, -máxime después del sangriento ataque a su sede en Bagdad- y en momentos cuando los conflictos irakí y afgano están en franco aumento, sin entreverse una solución fácil a corto plazo. Pero tampoco pueden seguir en la situación actual de violencia e ingobernabilidad, que erosiona su caudal político interno y genera sentimientos adversos. Aparentemente, los irakíes preferirían regresar a la relativa estabilidad y seguridad del tiránico desgobierno de Hussein, antes que sufrir una humillante ocupación.

Esto, sin contar los elevados costos bélicos -que se reflejan en enormes déficit fiscales y eventualmente en impuestos-, además del ambiente de incertidumbre general en la región –y en otras latitudes-, algo nada favorable a los intereses y negocios que tanto tratan de proteger esas potencias con sus improvisadas políticas o medidas. Eventualmente, sin embargo, la ONU tendrá que encargarse forzosamente de esas crisis, como la única autoridad mundial capaz de intervenir legalmente y evitar males peores. Y las potencias europeas tendrán que ayudar a pagar los costos de estas crisis asiáticas, a riesgo de perder influencia en esos países, pues con una situación de inseguridad difícilmente pueden hacer buenos negocios. El costo de la guerra hasta ahora ha sido de $150 mil millones de dólares, y le costará a Estados Unidos unos $ 50 mil millones anuales mas, mantener las tropas de ocupación y garantizar que los protectorados iraquí y afgano se mantengan leales a los anglo-norteamericanos. Sólo en la protección de la industria petrolera iraquí se invierte $ 2,000 millones anuales, sin ninguna garantía de que sea efectiva ni que permita ampliar las instalaciones para aumentar la producción, como lo contemplaba el plan inicial para ayudar a pagar la reconstrucción iraquí.

A simple vista, todo parece obedecer a la lamentable falta de sinceridad, y de estadistas que sepan comprender adecuadamente los procesos históricos, sin olvidar el papel distorsionado de una impaciente opinión pública interna, ansiosa de resultados inmediatos. Pero a final de cuentas, todo apunta a la ausencia de una visión constructiva en las relaciones internacionales, donde prevalece, como en siglos pasados la fuerza sobre la razón, y la manipulación política sobre el interés colectivo. Aparentemente hemos avanzado poco en términos de verdadera gobernabilidad y democracia, sin aprovechar cabalmente las amargas lecciones de la historia.

Cualquier tonto puede pelear, pero el prudente sabe no enredarse en peleas

En el plano geopolítico, ya es hora de abandonar los arrogantes enfoques militaristas para solucionar problemas políticos y culturales, a favor de la diplomacia y la cooperación internacional, tal como se especificaba claramente en los objetivos idealistas de la ONU, definidos en la inmediata posguerra precisamente para evitar la repetición de los costosos y trágicos errores del pasado, esencialmente los mismos que han conducido a la actual coyuntura mundial, a saber : incomprensión cultural, intolerancia ideológica, egoísmos exacerbados, ambiciones territoriales, intereses económicos y nacionalismos enfermizos. El drama palestino es un ejemplo típico de estas actitudes negativas, con su absurda y prolongada espiral de violencia, y ahora el pantano de Irak está iniciando otro caso similar y lamentable de ocupación indeseada, con dolorosos dilemas que empujan precipitadamente hacia situaciones perder-perder, donde sólo se beneficiarán los complejos militares-industriales y traficantes de armas, y quizás algunos contratistas y políticos oportunistas, pero nunca los sufridos pueblos involucrados. Ojala se pueda minimizar las pérdidas y tratar de darle un poco de paz a los pueblos iraquí, palestino y afgano, para que puedan retomar el camino del progreso, interrumpido a menudo por ambiciones personalistas, interferencia foránea y gobiernos despóticos.


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