Otras alternativas energéticas norteamericanas

 

Por la palabra, el hombre es superior al animal; por el silencio se hace superior a sí mismo.
Paul Masson


Aunque Estados Unidos siga dependiendo del petróleo árabe localizado en el área del golfo Pérsico por mucho tiempo más, los funcionarios buscan minimizar lo más posible esta dependencia diversificando las fuentes de energía importada por la nación. La pluralidad de fuentes es importante, no sólo por la seguridad energética; también por su propia seguridad nacional. La sobre dependencia de cualquier fuente de energía, especialmente si es extranjera, hace vulnerable a cualquier consumidor a las sacudidas en los precios, a interrupciones en los abastos y, en el peor de los casos, al chantaje. Para evitar esto, el plan energético del gobierno de Estados Unidos llama a un esfuerzo sustancial para impulsar la producción en varias áreas distintas al Golfo Pérsico, incluida la cuenca del mar Caspio, la Costa occidental de África y América Latina.

Aquella que probablemente reciba mayor atención de los estrategas norteamericanos es la cuenca del mar Caspio*, que incluye a países como Azerbaiján, Georgia, Kazajstán, Kyrgizstán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán y partes adyacentes de Irán y Rusia. Según el Departamento norteamericano de Energía, esta área aloja reservas probadas (con 90 por ciento de probabilidad) de entre 17 y 33 mil millones de barriles de crudo, y reservas posibles (con un 50 por ciento de probabilidad) de 233 mil millones de barriles. De confirmarse estos montos, constituirían las segundas reservas no explotadas después del área del golfo Pérsico. Para asegurar que gran parte de ese petróleo fluya eventualmente a los consumidores de Occidente, el gobierno estadounidense hace colosales esfuerzos por desarrollar la infraestructura petrolera y el sistema de distribución del área. Fue durante el gobierno de William Clinton que Estados Unidos comenzó a buscar acceso a las existencias de crudo del Caspio.

El gobierno era renuente a aceptar que el crudo del Caspio fluyera por Rusia en su camino a Europa occidental, pues esto daría a Moscú cierto grado de control sobre los abastos de energía a Occidente. Transportar este petróleo atravesando Irán estaba prohibido por las leyes estadounidenses debido a que dicho país buscaba contar con armas de destrucción masiva. Así que Clinton respaldó un plan para transportar crudo y gas desde Bakú, en Azerbaiján, a Ceyhán, en Turquía, vía Tbilisi, en la antigua república soviética de Georgia. Antes de abandonar el cargo, voló a Turquía y presidió la ceremonia de firma de un acuerdo regional que permitía la construcción de un oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhán con un costo de 3 mil millones de dólares.

A partir de los esfuerzos de Clinton, el gobierno de Bush buscó acelerar la expansión de las instalaciones productivas y los oleoductos del Caspio. Los inversionistas extranjeros y su tecnología son necesarios para el rápido desarrollo de nuevas rutas comerciales de exportación viables, se afirma en el reporte Cheney. Un desarrollo así garantizará que el crecimiento de la producción petrolera del Caspio se integre efectivamente al comercio mundial petrolero. Se hace énfasis particular en completar el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhán y en incrementar la participación de las compañías estadounidenses en proyectos de energía en el Caspio.

Hasta el 11 de septiembre de 2001, el involucramiento estadounidense en la cuenca del mar Caspio y en Asia central se había restringido en gran medida a acuerdos económicos, diplomáticos y militares. Para combatir a los talibanes y a Al Qaeda en Afganistán, el Departamento de Defensa desplegó decenas de miles de combatientes en la región y estableció bases militares en Kyrgizstán y Uzbekistán. Se supone que esto busca ayudar en la guerra contra el terrorismo, pero es también una salvaguarda al flujo petrolero. El gobierno desplegó instructores militares en Georgia para proporcionar entrenamiento en contrainsurgencia a unidades especiales que cuidarían el segmento georgiano del oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhán.

La Casa Blanca tiene grandes esperanzas en el desarrollo de los abastos de energía procedentes del mar Caspio, pero quedan por resolver algunos obstáculos. Algunos de ellos son logísticos: hasta que puedan construirse nuevos oleoductos, será difícil transportar grandes cantidades de crudo a Occidente. Otros obstáculos son políticos y legales: los regímenes autoritarios que predominan en las antiguas repúblicas soviéticas destilan corrupción y son renuentes a aceptar las reformas legales o fiscales necesarias para atraer, de Occidente, inversiones en gran escala. Pero aun resolviendo todo esto, el principal problema que enfrenta Estados Unidos es que la cuenca del Caspio no es más estable que el golfo Pérsico. Cualquier esfuerzo encaminado a la seguridad de las entregas de energéticos requerirá los mismos compromisos militares que Estados Unidos tiene con sus abastecedores del Golfo.

Otra área que el gobierno de Bush vislumbra como prometedora fuente de crudo es África occidental. Pese a que los estados africanos fueron responsables únicamente del 10 por ciento de la producción global de crudo, el Departamento de Energía norteamericano predice que su cuota crecerá a 25 por ciento hacia 2020. Esto añadirá mas de 8 millones de barriles diarios a las existencias globales, buenas noticias para Washington. Se espera que África occidental sea una de las fuentes de petróleo y gas que más rápido crezcan en el mercado estadounidense, se observa en el informe Cheney.

El gobierno espera concentrar sus esfuerzos en Nigeria, en sus vecinos en el golfo de Guinea y en Angola. Como en la región del Caspio, las expectativas estadounidenses de obtener crudo adicional de África podrían frustrarse a raíz del desasosiego político y las guerras étnicas. De hecho, mucha de la producción nigeriana tuvo que cerrar durante la primavera de 2003 a causa de la violencia étnica en la región del Delta, enclave de gran parte del crudo en tierra con que cuenta Nigeria. Los activistas locales han ocupado las instalaciones petroleras fuera de tierra para negociar financiamientos a proyectos comunitarios. El crimen y el vandalismo han empantanado los esfuerzos que hace Nigeria por incrementar la producción de crudo.

Estados Unidos no es propenso a responder a estos retos desplegando tropas. Eso sin duda evocaría imágenes de colonialismo, lo que provocaría fuerte oposición en casa y en el extranjero. Pero Washington sí piensa escalar la ayuda militar para los regímenes amigos en la región. La asistencia estadounidense total a Angola y Nigeria suma 300 millones de dólares para los años fiscales entre 2002 y 2004, incremento significativo sobre el trienio anterior. En 2004, Angola y Nigeria tienen la posibilidad de recibir armas sobrantes de acuerdo con el programa del Pentágono relativo al exceso de artículos de defensa. Entre tanto, el Departamento de Defensa comenzó a asegurar derechos para establecer bases navales en la región, sobre todo en Nigeria y en las Islas de Santo Tomé y Príncipe.

Finalmente, el plan Cheney llama a incrementar significativamente las importaciones estadounidenses procedentes de América Latina. Estados Unidos ya obtiene de esa región una gran tajada de su crudo importado. Venezuela es actualmente el tercer más grande proveedor de Estados Unidos, después de Canadá y Arabia Saudita; México es el cuarto abastecedor y Colombia es el séptimo.

El plan energético enfatiza la adquisición de petróleo adicional procedente de México y Venezuela. México es una fuente confiable y pujante de petróleo importado, observa el Informe Cheney. Sus extensas reservas, aproximadamente 25 por ciento mayores que nuestras propias reservas probadas, hacen de México una fuente probable de producción de crudo en expansión durante los próximos diez años.

Pero el esfuerzo estadounidense por saciar su apetito de las abundantes existencias energéticas mexicanas y venezolanas puede terminar en un revés importante. Debido a la historia de predación colonial e imperial, estos dos países han situado sus reservas de energía bajo control estatal, y establecieron fuertes barreras legales para la inversión extranjera en la producción interna de crudo. Aunque desean capitalizar los beneficios derivados de un mayor volumen de exportaciones a Estados Unidos, los países latinoamericanos son propensos a resistir una mayor participación estadounidense en sus industrias energéticas y en cualquier incremento significativo en la extracción de crudo. La Nueva Política Energética norteamericana llama a los secretarios de Comercio, Energía y Estado a cabildear con sus contrapartes latinoamericanos con el fin de eliminar o suavizar las barreras existentes. Sin embargo, en México, las reformas que facilitarían la entrada de compañías petroleras privadas, se han topado con una dura resistencia en el Congreso. En Venezuela, la nueva Constitución adoptada en 1999 prohíbe la inversión extranjera en el sector petrolero, y en 2003, el presidente Hugo Chávez despidió a los administradores de la empresa petrolera estatal, Petróleos de Venezuela S.A., que favorecieron nexos con firmas extranjeras.

En su búsqueda de petróleo, Estados Unidos se está entrometiendo en los asuntos de las naciones abastecedoras de crudo. En el proceso, se expone a mayores riesgos de involucrarse en conflictos regionales y locales. Esta realidad ya influyó en las relaciones estadounidenses con las principales naciones productoras de crudo y es seguro que tendrá en el futuro aun mayor impacto. No hay ningún apartado donde la Nueva Política Energética reconozca este hecho. En cambio, se enfoca en las dimensiones económicas y diplomáticas de la política energética.

Sin embargo, los arquitectos de la política Bush-Cheney saben que asegurar su acceso a algunas fuentes petrolíferas puede resultar imposible sin el uso de la fuerza militar. La estrategia militar del gobierno asume el punto enfatizando fuertemente el requisito de proyectar capacidad de fuego en campos de batalla claves. Estados Unidos debe retener la posibilidad de enviar fuerzas bien armadas y con buen apoyo logístico a puntos críticos por todo el globo, incluso frente a la oposición del enemigo, ha señalado el gobierno norteamericano. Estos puntos críticos necesariamente implicarán áreas que son fuentes de petróleo. Sea que el gobierno vincule conscientemente sus políticas de energía y seguridad o no, es indudable que Bush priorizó refinar la proyección del poder estadounidense mientras respaldaba un aumento en la dependencia del petróleo procedente de áreas inestables.

El resultado es que una estrategia de dos vías gobierna la política estadounidense hacia buena parte del mundo. Un brazo de esta estrategia es asegurar más petróleo del resto del mundo; el otro es refinar la capacidad de intervenir. Mientras que uno de estos objetivos surge de preocupaciones energéticas y el otro de aspectos de seguridad, resulta una dirección única: la dominación estadounidense en el siglo XXI. Es esta combinación de estrategias, más que ningún otro aspecto, lo que anclará las relaciones internacionales de Estados Unidos en los años venideros.

 

* Michael T. Klare.- Guerras de recursos: nuevo panorama del conflicto global y es profesor de estudios sobre la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College de Amherst, Massachusetts (EU); es analista de asuntos militares de Foreign Policy in Focus.

<<anterior

unach
ir al índice
Imprimir
ir arriba

 

Hosted by www.Geocities.ws

1