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La estrategia energética Bush: "conseguiré el petróleo de Irak"
El bien de la humanidad debe consistir en que cada uno goce al máximo de la felicidad que pueda,
sin disminuir la felicidad de los demás.
Aldous Huxley
Una estrategia de dos vías gobierna la política de Estados Unidos hacia buena parte del planeta. Una ruta de esa estrategia es asegurarse más petróleo del resto del mundo; la otra es refinar la capacidad de intervenir. Mientras que uno de esos objetivos surge de preocupaciones energéticas y el otro de aspectos de seguridad, resulta una dirección única: la dominación mundial estadounidense en el siglo XXI.
Al asumir el cargo a principios de 2001, la prioridad central de la política exterior del presidente George W. Bush no era evitar el terrorismo o frenar la diseminación de armas de destrucción masiva; tampoco algunos de los otros objetivos que impulsó aquel año después de los ataques del 11 de septiembre al Centro de Comercio Mundial y el Pentágono. Más bien su prioridad era incrementar el flujo de petróleo enviado por los abastecedores extranjeros al mercado estadounidense. Durante los meses anteriores a su presidencia, Estados Unidos había experimentado severas insuficiencias de crudo y gas natural en muchos rincones del país, además de apagones periódicos en California. Por primera vez en la historia las importaciones de crudo aumentaron hasta representar más de 50 por ciento del consumo total, lo que provocó gran angustia por la seguridad de largo plazo en el abasto del país. Bush recalcó que enfrentar "la crisis de energía" de la nación era su tarea más importante como presidente.
Sus asesores y él consideraron que el abasto de petróleo era esencial para la salud y rentabilidad de las principales industrias estadounidenses. El argumento era que cualquier escasez energética podría tener severas y agudas repercusiones económicas en sectores como el automotriz, aerolíneas, construcción, petroquímica, transporte de bienes y agricultura. Se consideró entonces que el petróleo era especialmente crucial para la economía por ser la fuente de dos quintas partes del abasto energético estadounidense -y la mayor fuente de energía-, además de proporcionar la casi totalidad del combustible del transporte del país. Se percataban también del papel vital que el petróleo juega en la seguridad nacional por ser el propulsor de las formaciones de tanques, aviones, helicópteros y embarcaciones, columna vertebral de la maquinaria de guerra estadounidense.
En los próximos 20 años sufriremos una importante crisis energética, dijo el secretario de Energía, Spencer Abraham. "Si no pudiéramos sobreponernos a este desafío, quedaría amenazada la prosperidad económica de la nación, se comprometería nuestra seguridad nacional y literalmente se alteraría la forma en que llevamos nuestra vida".
El torbellino energético de 2000-2001 lanzó a Bush a establecer el Grupo para el Desarrollo de una Política Nacional de Energía (NEP), un grupo de representantes de gobierno, de alto nivel, con el encargo de desarrollar un plan de largo plazo que resolviera las necesidades de energía estadounidenses. Para encabezar este grupo, Bush escogió a su asesor político más cercano, el vicepresidente Dick Cheney.
Resuelto militante del Partido Republicano y antiguo secretario de Defensa, Cheney había sido presidente y ejecutivo en jefe de Halliburton Co., empresa de servicios en los campos petroleros, antes de unirse en 2000 a la campaña de Bush. Como tal, Cheney reclutó a altos ejecutivos de empresas vinculadas con el campo energético en busca de asesoría relacionada con asuntos importantes.
Conforme el estudio avanzo sus miembros se percataron de que Estados Unidos se hallaba frente a una grave decisión entre dos caminos muy divergentes. Podía continuar por el camino que había transitado desde mucho tiempo atrás consumiendo cantidades crecientes de petróleo y, debido a la caída irreversible en la producción interna de crudo, hacerse más y más dependiente del abasto de importación. O podía buscar alguna ruta alternativa confiando en las fuentes renovables de energía para reducir gradualmente el uso del petróleo.
Es claro que el resultado de esta decisión tendría profundas consecuencias para la sociedad, la economía y la seguridad nacionales. Seguir el camino de siempre ataría mucho más estrechamente a Estados Unidos con los proveedores del golfo Pérsico y a otros países productores de petróleo, lo que impactaría la política de seguridad estadounidense. Buscar estrategias alternativas requeriría enorme inversión en tecnologías de generación y transportación de nuevas energías, lo que levantaría o desplomaría industrias enteras. De cualquier modo, el público experimentaría el impacto de esta decisión en la vida cotidiana y en la dinámica de la economía como un todo. Nadie, ni en Estados Unidos ni en otras partes, dejaría de sentir los efectos.
El Informe Cheney es muy cauteloso en torno al monto de crudo extranjero requerido. La única clave proporcionada por el texto es una tabla de consumo neto de petróleo y de producción real estadounidense a lo largo del tiempo. Según estos datos, la producción interna de los campos petroleros decrecerá de 8.5 millones de barriles por día en 2002 a 7 millones en 2020, mientras que el consumo crecerá de 19.5 millones de barriles por día a 25.5 millones. Eso sugiere que las importaciones u otras fuentes de energía, tales como los líquidos de gas natural, deberán crecer de 11 millones de barriles por día a 18.5 millones. Casi todas las recomendaciones del capítulo 8 de la NEP proponen obtener este incremento de 7.5 millones de barriles por día, lo que equivale al total de crudo consumido por China e India.
Un tercio de las recomendaciones del informe se relacionan con las maneras de obtener acceso a fuentes de petróleo en el extranjero. Por ejemplo, la NEP hace un llamado a los secretarios de Energía, Comercio y Estado a "profundizar el diálogo comercial con Kazajstán, Azerbaiján y otros estados del Caspio para propiciar un clima de negocios fuerte, transparente y estable en aras de establecer proyectos de energía y otros relacionados con infraestructura".
El Informe Cheney tendrá un profundo impacto en el futuro de la política militar y exterior estadounidense. Los funcionarios tendrán que negociar estas existencias foráneas y hacer arreglos para invertir, de tal modo que se incrementen la producción y las exportaciones. Tendrán que dar pasos para asegurar que las guerras, las revoluciones y el desorden civil no impidan las entregas extranjeras a Estados Unidos. Estos imperativos serán especialmente significativos para la política hacia el área del golfo Pérsico, la cuenca del mar Caspio, África y América Latina.
La política estadounidense relativa a la protección deL petróleo del golfo Pérsico no tiene ambigüedad alguna: cuando surge una amenaza, Estados Unidos hará uso de cualquier medio a su alcance para garantizar el flujo continuo de petróleo. Este principio, conocido como Doctrina Carter, fue articulada por vez primera por el presidente James Carter en enero de 1980, después de la invasión soviética a Afganistán y de la caída del Sha en Irán. Desde entonces es parte de la política estadounidense. De acuerdo con este principio, Estados Unidos usó la fuerza en 1987 y en 1988 para proteger los buques-tanque kuwaitíes de los misiles iraníes y de los ataques de las lanchas artilladas, y luego en 1990 y 1991 cuando sacó las fuerzas iraquíes de Kuwait.
Al explicar la necesidad de usar la fuerza en tales ocasiones, los funcionarios estadounidenses enfatizan la importancia del crudo del golfo Pérsico para la estabilidad y la prosperidad internas. "Nuestros intereses estratégicos en la región del golfo Pérsico, pienso, son bien conocidos, pero importa reiterarlos", dijo el entonces secretario de Defensa Cheney ante un comité del Senado en torno a servicios armados, el 11 de septiembre de 1990, cinco semanas después de iniciada la invasión iraquí de Kuwait. Además de los otros vínculos de seguridad con Arabia Saudita y sus vecinos, agregó: "Obviamente tenemos un interés significativo porque en el Golfo la energía está en juego". Irak poseía 10 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y adquirió otro 10 por ciento al apoderarse de Kuwait, explicaba el secretario. La ocupación de Kuwait colocaba a las fuerzas iraquíes a unos cuantos cientos de kilómetros de otro 25 por ciento de estas reservas, situadas en el este de Arabia Saudita. "Una vez que Saddam Hussein adquirió Kuwait y desplegó un ejército tan grande como el que posee, estuvo en posición de dictar el futuro de las políticas mundiales de energía, y consiguió una llave privilegiada de nuestra economía y de la de casi todas las otras naciones del mundo", resaltó. Cheney insistió en que Estados Unidos no tenía otra posibilidad que emplear la fuerza militar en defensa de Arabia Saudita y de otros Estados amigos en el área.
Cuando las fuerzas iraquíes fueron expulsadas de Kuwait, Estados Unidos adoptó la política de contener a Irak, poniendo en práctica severas sanciones económicas y zonas "sin vuelos" en el norte y el sur de Irak, con el fin de debilitar el régimen de Hussein y evitar nuevos ataques a Kuwait y a Arabia Saudita. Al mismo tiempo, Washington expandió sustancialmente su presencia militar y sus bases en el área del golfo Pérsico a modo de facilitar las futuras operaciones militares estadounidenses en la región. Lo más importante es que el Departamento de Defensa envió enormes cantidades de municiones a Kuwait y Qatar para que hubiera la posibilidad de enviar a combate grupos de tropas sin tener que esperar semanas o meses el arribo de equipo pesado.
A principios del 2002, el gobierno de Bush concluyó que la política de contención no era suficiente para eliminar a Hussein. Aunque se alegó mucho sobre la supuesta posesión iraquí de armas de destrucción masiva como razón central para actuar de esta manera, Cheney le confirió igual importancia a la seguridad energética estadounidense en su muy citado discurso del 26 de agosto de 2002. En información táctica se señala los planes estadounidenses para proteger los campos petroleros iraquíes en la eventualidad de una guerra, fuentes del Pentágono revelaron que el general Tommy Franks y su equipo identificaron estrategias que permitirían asegurar y proteger dichos campos lo más pronto posible, de modo de evitar su destrucción.
Dicha información proviene del secretario adjunto, Paul Wolfowitz, quien indicó que el gobierno de Bush buscaba capturar intactos los campos petroleros iraquíes, y proporcionar así una fuente de ingresos para la reconstrucción del país. Bajo el régimen de Hussein, Irak era un importante abastecedor de petróleo para Estados Unidos y entregó un promedio de 566 mil barriles diarios en 2002, 5 por ciento del total de importaciones. Mucha gente en Washington esperaba obtener en el futuro más crudo de Irak.
Según el departamento de Energía estadounidense, Irak posee reservas probadas de 112 mil 500 millones de barriles, más que cualquier otro país excepto Arabia Saudita, y se piensa que posee otros 200 mil millones de barriles en campos sin desarrollar.
Irak podría convertirse, según algunos funcionarios del gobierno norteamericano, en el principal abastecedor de crudo a Norteamérica en las décadas venideras, esto seria posible si se estableciera en éste país un gobierno estable que abriera su territorio para que algunas firmas estadounidenses lo explotaran y garantizar el proyecto de la dominación mundial estadounidense en el siglo XXI.
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