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Desde las ruinas de Irak hasta las Naciones Unidas
Cuando dos hombres desean la misma cosa que no pueden gozar juntos se convierten en enemigos.
Thomas Hobbes
Tal vez debemos principiar por reconocer que el daño causado a la ONU tanto por la postura bélica de cada uno de los países beligerantes como por su propia debilidad institucional y la incapacidad de alcanzar consensos en el seno del Consejo de Seguridad, es cuantioso si no irreparable". En sus casi 58 años de vida, la Organización de las Naciones Unidas debió atravesar por diversas crisis, pero nunca como la que enfrenta ahora.
Lo que en el pasado la puso en jaque, en particular sus problemas financieros; su imposibilidad de contar con una fuerza de despliegue rápido para contener a tiempo las amenazas a la paz; sus dificultades para modernizarse, agilizarse y reformarse venciendo la burocracia interna y la de sus miembros, nada tiene que ver con lo que hoy acontece: la decisión de Estados Unidos y sus aliados que al erigirse en los vigilantes del orden mundial han mostrado su falta de compromiso con esta organización multilateral de vocación universal.
La frustración que todo ello causa es enorme. Tal vez así se sintieron los miembros fundadores de la Sociedad de Naciones cuando la segunda conflagración mundial se desató en Europa. Curiosamente esa organización fundada en 1919, en la ciudad de Ginebra, había tenido como inspiración al último de los Catorce puntos presentados por el Presidente estadounidense Wilson ante el Congreso de su país el 8 de enero de 1918. De hecho, el propio Presidente lo habría calificado como uno de los pilares fundamentales sobre los que debía levantarse el nuevo orden internacional, una vez consolidada la paz en el planeta.
Curiosamente también, un año después el Senado de Estados Unidos habría de negarse a ratificar el Tratado de Versalles, que en su parte primera incluía el texto del pacto que creaba la Sociedad de Naciones y en cuya redacción tanto se había comprometido el Presidente Wilson.
Con ello el país se marginaba de esta experiencia que contribuiría de manera tan determinante a la construcción de la sociedad internacional de esos años.Es así que hasta podría decirse que la Segunda Guerra Mundial, más que evidenciar la inutilidad de la Sociedad de Naciones, puso de manifiesto la necesidad de imaginar una organización internacional similar.
Lamentablemente no parecería que la presente crisis desatada por la decisión estadounidense con el apoyo de sus aliados, pero sin el refrendo del Consejo de Seguridad, de irse a la guerra contra Irak habrá de dar lugar a una tendencia semejante. Al contrario, todo llevaría a pensar que el futuro orden institucional a nivel mundial será bien diferente.
En la Carta de San Francisco, documento clave en la vida de la organización, es absolutamente claro cuando señala que el uso de la fuerza contra terceros países sólo se justifica en casos de agresión o violación de la paz. Igualmente contundente es la disposición según la cual toda decisión del Consejo de Seguridad, deberá ser tomada con el voto afirmativo de nueve de sus miembros, incluidos los cinco permanentes. Es obvio que esto no ha sucedido así en el caso de Irak. Ante la declarada intención de Francia de vetar una resolución que legitimara la guerra contra ese país y cancelara la posibilidad de una solución pacífica, Estados Unidos decidió no someter la cuestión al Consejo.
Debe recordarse que cuando el 24 de marzo de 1999 se abatieron las primeras bombas de la OTAN sobre Kosovo, el Consejo de Seguridad habría sido igualmente relegado para evitar la amenaza de un eventual veto ruso. Entonces como ahora, la máxima organización mundial resultó vulnerada al no respetarse sus disposiciones referentes al uso de la fuerza. Sin embargo el argumento de violaciones masivas a los derechos humanos; la definición del conflicto en la antigua Yugoslavia como uno cuya solución necesariamente debía incorporar a sus vecinos europeos, principalmente a aquellos miembros de la Alianza Atlántica; y la urgente necesidad de que en la reconstrucción de los Balcanes la ONU desempeñara un papel central, fueron elementos que ayudaron a cauterizar la herida abierta por la marginación del Consejo de Seguridad.
Hoy la situación es distinta. Además del daño ocasionado a la Organización por la omisión de las obligaciones estatutarias por parte de Estados Unidos y sus aliados, la propia OTAN se encuentra dividida entre quienes apoyaron un ataque contra Irak y quienes lo rechazaron. Recuérdese que cuando el 4 de abril de 1999 se cumplieron los primeros 50 años de la constitución de la Alianza, sus miembros se propusieron sustituir su antiguo mandato defensivo por uno que pusiera el énfasis en la cooperación y el fortalecimiento de sus relaciones.Incluso en los años subsecuentes se planteó la ampliación de su membresía y se formalizaron nuevos vínculos con Rusia. La ruta parecía entonces clara y segura. En la actualidad ésta es incierta.
Con la ONU y la OTAN debilitadas, por un lado, y con una Unión Europea que difícilmente puede evadir el cuestionamiento acerca de la efectividad de su supuesta política exterior y de seguridad común, por el otro, el multilateralismo del mundo de la posguerra irakí está por diseñarse, en el entendido de que habrá una decisión universal en tal sentido.
Podría esperarse que aquellos componentes del sistema multilateral de naturaleza esencialmente técnica como el FMI, la OMC, la OMS, etcétera, se mantengan. Sin embargo, podría no suceder lo mismo con aquellos considerados como "susceptibles politizar", especialmente el Consejo de Seguridad que es el único de los seis órganos principales de la ONU con competencia para recomendar la aplicación de medidas coercitivas, o la Asamblea General con su difícil manejo de una membresía que abarca a más de 180 países. Si esto es así, la imaginación enfrenta hoy un reto más delicado que en 1945.
Por lo pronto habrá que dar respuesta a preguntas centrales como ¿qué tipo de nuevo multilateralismo puede construirse a partir de los escombros? ¿Uno donde el regionalismo encuentre cabida no únicamente por razones geográficas sino también por posiciones políticas, afinidades culturales y raíces históricas? ¿Uno que garantice que no se legitimará el poderío de facto de la superpotencia? ¿Uno con foros de encuentro que ni sean masivos ni privilegien a algunos con derechos y excluyan a otros? ¿Uno que universalice experiencias concretas que han resultado exitosas en diversas partes del mundo, como el caso de la guerra entre Perú y Ecuador resuelta con el apoyo de los países garantes del Tratado de Paz, o el de Timor Oriental donde la participación portuguesa y el acatamiento indonesio resultaron esenciales? Pero sobre todo, ¿Uno que responda a una nueva realidad en la que participen todos los sectores sociales, demostrando que la humanidad ha aprendido tanto del Foro de Davós como del de Porto Alegre?
No hay duda de que es indispensable iniciar ya ese debate. La embestida contra Irak no puede ni debe aniquilar al pensamiento creativo. Si algún legado dejó el horror de la Segunda Guerra Mundial fue la ONU.
La juventud del mundo de hoy tiene el mismo derecho que la de entonces. Se habla ya de la reconstrucción de Irak. Se dice que la producción de petróleo deberá normalizarse en el curso de dos semanas.
¿No será momento razonable para iniciar la reconstrucción de un multilateralismo que solucione los conflictos de intereses entre naciones, que incorpore los valores nacionales e individuales, que resuelva para los miles de millones de habitantes del planeta que cotidianamente ven vulnerados sus mas elementales y esenciales derechos?
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