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La guerra por el petróleo y la política exterior de EUA
Cuando hay dinero de por medio es difícil la libertad.
Gonzalo Torrente Ballester
La política de fuerza contra Irak iniciada esta semana por el principal consumidor de combustibles fósiles del planeta y sus empresas, está encaminada al apoderamiento de los vastos yacimientos de crudo de esa nación y conlleva impactos internos y externos de gran magnitud. Conviene tener presente que la amenaza de utilizar instrumentos militares para que las petroleras estadounidenses asuman el control de los yacimientos de Medio Oriente no es nueva, pero se ha intensificado desde el embargo petrolero aplicado por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) contra Estados Unidos (EEUU) en 1973, mismo que puso al descubierto la vulnerabilidad esencial de la potencia norteña, derivada del abrupto agotamiento de sus reservas petroleras convencionales y de la correspondiente dependencia de fuentes externas para mantener su economía civil y militar en funcionamiento.
La dependencia se acentuó como resultado de la resistencia al ahorro energético y al desarrollo de fuentes alternas de energía por parte de los principales grupos de interés centrados en la industria del gas y del petróleo, así como de la automotriz, mismos que ahora dirigen de manera directa y explícita los instrumentos de Estado bajo la presidencia de Bush.
Al complejo escenario es necesario agregar la existencia de crecientes indicios de un probable agotamiento del petróleo convencional de los principales campos petroleros del mundo, que varios estudios indican podría empezar a registrarse en la primera década de este nuevo siglo.
Los problemas y dilemas que se presentan son de orden mayor, tanto desde la perspectiva de la ecuación política internacional y doméstica como de los aspectos geofísicos y técnico-militares presentes. Son riesgos para la paz internacional que no impresionan a los encargados del diseño de la política de fuerza que aplica Washington. Se trata de un grupo que opera desde la Casa Blanca y el Pentágono: un puñado de halcones extremistas liderados por personajes como el secretario y el subsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, respectivamente, liderados por George Bush y Richard Cheney.
Esta línea de acción, auspiciada por dicho grupo de halcones, privilegia los intereses de corto plazo del alto empresariado de la industria del gas y del petróleo, incluyendo grandes empresas contratistas, aderezado por algunos ingredientes religiosos. Sus miras están centradas en el establecimiento de un nuevo régimen iraquí que les facilite el control y usufructo de los pozos petroleros actualmente en operación, con capacidad de producir 3 millones de barriles diarios y de otros campos petroleros ya identificados en Irak, que pueden generar, en un plazo relativamente corto, 5 millones de barriles adicionales. Este es el fundamento de la insistencia de la Casa Blanca, no tanto en el desarme de Irak, como en el cambio del régimen, término con el que se encubre una política abiertamente intervencionista que conlleva capacidades para el desmantelamiento o control estadounidense de la OPEP, de Arabia Saudita y la ambicionada dominación regional. Esta postura desproporcionada, centrada en intereses de corto plazo, no sólo deja a un lado los factores políticos, económicos, sociales, legales y morales, sino también otros de corte militar.
Según los análisis del Departamento de Defensa de Estados Unidos, el "éxito" de tal operación sólo se lograra: a) tomando intactas las instalaciones petroleras requeridas; b) asegurando su control por semanas, meses o años; c) restaurando lo más rápidamente posible las instalaciones destruidas; d) operando las instalaciones a pesar de que no cuenten con el consentimiento de sus dueños legítimos, y e) garantizando las líneas marítimas y terrestres de suministros petroleros.
El nuevo gobierno tendría que desplegar decenas de miles de soldados y técnicos para mantener el control de los campos petroleros que se extienden en regiones de miles de kilómetros cuadrados, y cada uno de ellos, incluyendo un conjunto impresionante de instalaciones y unidades: pozos, estaciones de separación del gas y petróleo, plantas estabilizadoras, plantas de inyección de gas y agua, oleoductos, estaciones de bombeo, tanques, refinerías, plantas de generación e instalaciones portuarias. Se trata de complejos interdependientes en los que cualquier unidad con problemas puede afectar la operación total; consecuentemente son altamente vulnerables al sabotaje. Finalmente, los problemas y retos a la capacidad militar que se plantea por medio de esta operación son inmensos. Solo Arabia Saudita tiene más de 800 pozos conectados por más de 4 mil 800 kilómetros de oleoductos.
Quienes dentro del Pentágono llaman a la cordura fundamentan su caso desde un análisis de la movilización cotidiana de fuerzas estadounidenses en el mundo para concluir que una intervención militar en el Medio Oriente, como la que contemplan Bush y la industria del gas y del petróleo, supondrá costos superiores a los 120 mil millones de dólares.
Según un informe del Grupo para el Desarrollo de la Política Nacional de Energía, la dependencia de los Estados Unidos respecto al petróleo extranjero pasará del 52% sobre la producción total en 2001 al 66% en 2020. El aumento de la dependencia del exterior está relacionado con el aumento del consumo total de energía. Según el Departamento de Energía norteamericano, los Estados Unidos deberán aumentar sus importaciones de petróleo, de aquí a 2020, en un 60% (de 10,4 a más de 16 millones de barriles al día).
Ésta es una de las razones esenciales que explican la nueva orientación de la política exterior norteamericana y gran parte de las decisiones que se están tomando al respecto. No sólo el inminente ataque norteamericano a Irak, sino también su presencia en Asia Central y el discreto desembarco en África Occidental como región esencial para los intereses estratégicos de la superpotencia. Según Richard Cheney la política energética norteamericana tiene dos objetivos esenciales: fortalecer las importaciones de petróleo de los países del Golfo Pérsico y aumentar las importaciones de África Occidental (Angola, Nigeria y los nuevos yacimientos de Guinea Ecuatorial) y Asia Central y el Mar Caspio.
Después de los ataques militares en territorio afgano, los Estados Unidos poseen cinco bases militares en el país. Asimismo, las bases temporales situadas en Uzbekistán y Kirguizistán van a convertirse en permanentes. Por otro lado, el ejército norteamericano reconstruye una base aérea al borde del mar Caspio, en Kazajstán. Más aún: los militares de Georgia, aliado regional de los EEUU, reciben entrenamiento de expertos estadounidenses. Sin embargo, a pesar de la importancia creciente de estas y otras zonas productoras como Colombia, Estados Unidos no puede prescindir del petróleo de Oriente Próximo.
La inestabilidad de la región, la pérdida de legitimidad frente a la población del régimen saudita y otras dictaduras apoyadas por Estados Unidos, así como las pruebas que vinculan al régimen saudita con el terrorismo islámico internacional son problemas evidentes. Pero en Oriente Próximo se concentran dos tercios de las reservas mundiales confirmadas. Además, el conjunto de los países de la zona exportan el 44,5% del petróleo del planeta y sólo Arabia Saudita, primer productor mundial, acapara la mitad de la producción total de los países pertenecientes a la Organización de Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP). Por si fuera poco, la dependencia del petróleo exterior parece ir en aumento. Según el informe "Perspectivas Energéticas Mundiales", publicado por la Agencia Internacional de Energía en 2001, el consumo de petróleo aumenta cada año un 1,9%. Así, en 2020 habrá alcanzado los 114,7 millones de barriles al día. Para cubrir esta demanda, Arabia Saudita deberá duplicar su producción y los países de Oriente Próximo que pertenecen a la OPEP aumentarla en un 41%. De esta manera, la dependencia respecto a la producción petrolífera de Oriente Próximo alcanzará respectivamente en Europa y el Pacífico el 79 y el 92% de su consumo total. Mientras, en el caso de Estados Unidos se pasará del 44% actual al 58% sobre las importaciones totales de petróleo.
Es en este contexto energético donde hay que situar el análisis, unido a la persecución de las redes internacionales del terrorismo islámico -que en otro tiempo Washington apoyó-, y al deseo manifiesto de los Estados Unidos por aumentar y perpetuar su evidente supremacía económica, tecnológica, política, militar y cultural. Una última pista: en Irán e Irak se han encontrado grandes yacimientos de petróleo y gas aún por explotar. El guión está escrito. Sólo hay que seguir el curso de los tubos que conducen el oro negro para saber a donde se ubicaran los próximos escenarios.
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