Rumbo a la reforma universitaria


Dadme un punto de apoyo y levantaré al mundo.
Arquímedes

De todos es bien sabido que la educación en general y la superior muy en particular, forma un cuello de botella que sigue deteniendo el desarrollo socioeconómico de nuestra sociedad. Lo mas grave es que lo sabemos desde hace tiempo sin que hayamos sido capaces de dar una respuesta adecuada. Los intentos esperanzadores para los mexicanos, que surgieron después de la revolución de 1910, que lograron establecerse a lo largo del periodo del crecimiento estabilizador, los barrió violentamente el proceso de globalización.

Es claro que el principio de continuidad, que tal vez fuese operativo en otros ámbitos, en la universidad ha favorecido el que perduren los vicios tradicionales de la educación, con pequeños retoques de matiz, que a veces incluso han empeorado las cosas. Tres son los elementos que forman a la universidad: en primer lugar, los estudiantes, nada se puede enseñar si no existe la voluntad de aprender, luego los profesores, poco se puede enseñar, si no se tiene los conocimientos y la autoridad para hacerlo; y, en tercer lugar, es fundamental el modo de relacionarse los unos con los otros para que la transmisión del saber resulte lo más provechosa posible. Ambos grupos conforman a la universidad, y su calidad depende, en último término, de la que tengan profesores y alumnos.

En los años setenta, con la masificación de las aulas, comienza la crisis del modelo de universidad basada en combinar investigación y docencia. La universalización de la enseñanza tuvo su mayor expresión a través de crear centros educativos en todos los estados de la republica. Sin duda alguna el cambio en las relaciones de cantidad, los estudiantes eran unos cuantos miles, para contarse hoy por cientos de miles, ha tenido consecuencias en la calidad. Con razón se vincula la crisis de la universidad a su masificación, pero hay que advertir que no había alternativa a este proceso de democratización y de apertura. La salvación no hubiera estado, como todavía piensan algunos, en haber cerrado las compuertas a la espontánea y creciente demanda social; no hubiera sido posible, mucho menos deseable.

La universidad de masas, además de las tareas heredadas del pasado en lo que concierne a la educación superior, cumple nuevas funciones sociales, ligadas tanto a la movilidad social, la universidad se presenta como el instrumento más importante de ascenso social, aunque no es seguro que lo sea. También juega un importante papel en la absorción de una parte de la población juvenil, muchos estudiantes permanecen en la universidad a falta de mejor alternativa. Tal vez, algunos de los egresados son ya parte de esa gran ola social de emigrantes. La mayor parte de los problemas a los que tiene que enfrentarse la universidad provienen de la confluencia de las viejas tareas pedagógicas con estas nuevas funciones sociales, no siempre compatibles entre sí.

Si la selección del profesorado se ha convertido en un gran problema, con una norma que muestra a todas luces inoperancia. Restringir el ingreso a la universidad a los que den prueba de una menor inteligencia y capacidad, sea cual fuere su origen social, no parece realizable mientras los sistemas de selección no terminen de perfeccionarse de manera democrática.

En consecuencia, en el muy corto plazo, mejorar la universidad puede iniciarse principalmente de los modos y formas cómo se seleccionen profesores y alumnos. He aquí la cuestión clave; todo lo demás puede ser abordado en el mediano y largo plazos. La universidad es sustancialmente una institución selectiva, si se quiere emplear un calificativo, digamos que elitista, aristocrática, si utilizamos la palabra en su sentido etimológico. Sólo funciona si profesores y alumnos, además de ser capaces, un cierto nivel de competencia es imprescindible en los dos grupos, para crear una comunicación de mutuo apoyo en el estudio de la naturaleza y de la sociedad. La historia nos enseña que las universidades son comunidades vivas de profesores y estudiantes, siempre que se rijan con autonomía.

La autonomía de la universidad, como la autonomía de la persona, son principios irrenunciables. Si se considera que una institución de enseñanza superior no tiene la madurez suficiente para ser de verdad autónoma, pierde buena parte de sus raíces y la totalidad de su legitimidad a los ojos de los universitarios y de toda la sociedad.
Respecto al problema principal, la selección de profesores y alumnos, lo primero que hay que decir es que ha de resolverse de manera distinta para cada universidad, y dentro de ella, para cada facultad, como corresponde a la enorme heterogeneidad de la enseñanza, que exige muy distintos conocimientos y formas didácticas y, por tanto, sistemas de selección diferentes de profesores y alumnos, según las disciplinas.

Sería absurdo establecer las mismas formas de selección y de enseñanza para las ciencias naturales, las ciencias sociales o para los estudios de filosofía y las humanidades., para aquellas facultades que preparan a profesionales con alta demanda social, y aquellas otras que forman a especialistas en ciencias teóricamente importantes, pero para las que no existe una demanda social.

Cada universidad tiene que elegir en uso de su autonomía al profesorado que le convenga, y ha de ofrecerle las condiciones de trabajo y de sueldo que pueda permitirse dentro de sus presupuestos, acatando unas normas generales de calidad mínima, que podrían probarse con la habilitación del candidato, o con la ocupación de un puesto similar en otra universidad. Sin embargo es de llamar la atención que en nuestra Universidad, con 1,429 docentes, solo 19 de cada 100 tienen algún postgrado. Más lejos, solo 2 de cada 100 tienen un doctorado (Proyecto Académico UNACH 2002-2006.) Las universidades públicas nacionales tienen un promedio de postgrado entre sus docentes de un 65% y las británicas en un 95%. Si bien los estudios obligatorios de postgrado para nuestros docentes no son garantía de mejores maestros, al menos será garantía que estarán mejor preparados si lo hacen dentro de un padrón de excelencia, y dentro de un plazo razonable para los maestros ya contratados.

Para las nuevas contrataciones de académicos debería ser requisito indispensable poseer al menos una maestría. Eventualmente toda la planta docente será poseedora de mayores bases de conocimientos y consecuentemente podremos formar profesionales con mayor y mejor pertinencia social. Cada universidad dicta también las normas de admisión del alumnado para cada facultad, que sin dudas será más o menos duro, según sea la demanda.

En una universidad autónoma, las normas generales de selección del profesorado y del estudiantado han de aplicarse con criterios propios. Ello quiere decir que de la autonomía de la universidad se deriva la diversidad. No son compatibles autonomía y uniformidad. Donde hay autonomía, reinan variedad y diferencia. En consecuencia, no cabe dictar una ley general de educación que tenga la virtud de mejorar en bloque todas las universidades, sino que lo único que ha de garantizar la legislación, dentro de un marco general, es la libertad para que cada una busque la manera de destacarse, superando a las demás.

De los muchos errores cometidos en la educación superior en estos últimos años, tal vez el de mayor impacto por sus consecuencias negativas a largo plazo haya sido el de multiplicar las universidades de poca calidad, desparramando unos recursos que habrían de haberse empleado en mejorar las existentes. El criterio que hay que aplicar a la universidad es uno, de calidad, no de cantidad. Gran Bretaña, actualmente está reduciendo el número de universidades principalmente a través de fusiones entre las existentes; en cambio, la ciudad de Tuxtla Gutiérrez cuenta con más de 15 instituciones docentes que llaman universidades. La costosa infraestructura que necesita una universidad que merezca este nombre, desde bibliotecas hasta laboratorios, hace por completo humana y económicamente imposible que se pretenda distribuirlas por doquier, como si fueran gasolineras, con el pretexto de satisfacer la falsa necesidad juvenil de estudiar sin moverse de casa.

Acercar la universidad a 118 municipios y así a las viviendas de los chicos, para que puedan permanecer en los domicilios de los padres, conlleva de paso eliminar una de las experiencias pedagógicas de mayor alcance: obligar al alumno a vivir como adulto fuera del recinto familiar.

Autonomía, diversidad y competitividad son los tres principios de cuya confluencia cabe esperar alguna mejora en la universidad. Principios, claro está, que no se convierten en realidad por la simple voluntad expresa de una persona, aunque, evidentemente, de ningún modo se pueden arraigar, si la comunidad universitaria en general no los impulsa. En efecto, mejorar la calidad de profesores y de alumnos, y de esto se trata en última instancia nuestra función, es una labor ardua y sobre todo lenta, dura que habrá de requerir el paso de algunas generaciones. Lo que importa ahora es establecer lo antes posible las condiciones mínimas para que este proceso pueda ponerse en marcha.

 

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