Si Arafat pierde, todos pierden


Territorio codiciado por árabes y judíos, escenario de cuatro guerras declaradas, causa de miles de muertes y origen de la comunidad de refugiados más importante del mundo. El problema de Medio Oriente es quizá el conflicto sin resolver más encarnizado y el centro de una compleja red de intereses geopolíticos, religiosos y simbólicos. La proclamación del Estado de Israel en 1948 para compensar al pueblo judío del Holocausto nazi solucionó un problema bastante serio, pero creó otro de descomunales dimensiones. Oriente Medio ha vivido un 2001 y los primeros meses del 2002 aciagos en el que se han confirmado los peores presagios: la amenaza de un conflicto fratricida entre los propios palestinos y una ofensiva israelí sin precedentes, aprovechando la ola de repulsa internacional al terrorismo desatada por el ataque a las torres gemelas y al pentágono de los estados unidos. El inicio de la Intifada (levantamiento), que estalló el 28 de septiembre de 2000 tras la visita del responsable de la actual ola de violencia Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén y que ya ha costado la vida a más de un millar de personas, más de 1000 palestinos y 250 israelíes, amenaza 16 meses después con anular a Yasir Arafat y al embrión de su futuro estado, La Autoridad Nacional Palestina.

Calificada por Israel a finales de año como una "entidad que apoya al terrorismo" por permitir sangrientos atentados de organizaciones al margen de su control y opuestas al proceso de paz y criticada por gran parte de la población Palestina por corrupta e ineficaz, la Autoridad Nacional Palestina se ha convertido en el principal objetivo de los aviones de guerra F-16, los helicópteros Apache y los tanques del Ejército israelí, que han destruido sus delegaciones, sus antenas de televisión y sus edificios al tiempo que mantienen virtualmente preso e incomunicado a Arafat en su residencia de Ramala en Cisjordania. El año 2001 comenzó con el regreso del poder a manos de la derecha israelí, partidaria de una solución militar impuesta unilateralmente.

El laborista Ehud Barak, que fue más allá que ningún otro líder israelí en las concesiones a Arafat y que estuvo a punto de firmar la paz definitiva con los palestinos en las negociaciones de Campo David II, dimitió el 9 de diciembre de 2000, abandonado por sus ministros y acorralado por la opinión pública.Los israelíes, cansados de promesas y de buenas palabras, optaron por entregar las riendas del país al ex general Ariel Sharon, que logró un 62,2% de los votos en las elecciones del 6 de febrero, casi el doble que Barak. Sin embargo, la abstención fue abrumadora, la más alta en los 53 años de historia del Estado israelí: el 62% del electorado. Si los palestinos solían decir que Barak era lo menos malo que les podía pasar, Sharon, el responsable de las matanzas de Palestinos en Sabra y Chatila (Líbano), es sin duda lo peor. Durante su primer año de mandato al frente de un Gobierno de unidad nacional, que había prometido a los suyos "paz y seguridad" ha roto los acuerdos de Oslo, ha bombardeado e invadido zonas palestinas autónomas, ha apretado el cerco a la población árabe, ha entorpecido el diálogo entre Arafat y su ministro de Exteriores, ha multiplicado los asesinatos selectivos de dirigentes palestinos y ha lanzado un cerco y una ofensiva contra Arafat para obligarle a sofocar la Intifada y desarmar a las facciones armadas como condición para volver a la mesa de negociaciones.

Pero la segunda Intifada es una auténtica guerra de liberación, tras una década de negociaciones, con incumplimientos israelíes de los términos de los acuerdos. Además, tiene un fuerte componente económico: en el segundo trimestre de 2001, el desempleo aumento en los territorios autónomos de Gaza y Cisjordania un 35,3% según el último informe de la Comisión Económica y Social para Asia Occidental, con lo que el problema del desempleo, que alcanza al 55% de la población, se ha vuelto crítico. En los primeros momentos de incertidumbre tras los atentados del 11 de Septiembre, muchos volvieron la vista a Oriente Próximo en busca de culpables.

Ese día, mientras las cadenas repetían hasta la saciedad las señales de victoria de un grupo de palestinos, Arafat se apresuró a condenar los atentados con firmeza pero con un pulso y un rostro más tembloroso que nunca. El país sabía lo que se le venía encima, sabía que la situación iba a dar un giro de 180 grados y que el apoyo internacional a la causa palestina estaba a punto de llegar a su fin, sobre todo tras los discursos televisados de Bin Laden, en los que utilizó la causa palestina para justificar el terrorismo contra EE UU. Por eso Arafat reaccionó de una forma diametralmente opuesta a la Guerra del Golfo: ofreció todo su apoyo y solidaridad a EE UU en su guerra contra un régimen musulmán y decretó un alto el fuego el 26 de septiembre.

Por primera vez, pidió el cese de los atentados contra la población israelí y de los lanzamientos de mortero contra los asentamientos, con el doble objetivo de contentar a Occidente y de no seguir dando alas a la represión israelí. A pesar del llamamiento de Arafat, la imparable espiral de ataques terroristas y represalias israelíes se desató el 17 de octubre, cuando terroristas asesinaron a tiros al ministro israelí de Turismo. Desde entonces, han muerto 44 israelíes en los atentados palestinos y 30 palestinos en los bombardeos del Ejército israelí, además de centenares de heridos en ambas comunidades. Además, Israel mató a tres líderes de Hamás, ocupó cinco ciudades palestinas y bombardeó objetivos en cinco ciudades autónomas, entre ellas la residencia de Arafat en Gaza y su cuartel de Ramala.

De esta manera el azote terrorista ha dado argumentos al Ejecutivo israelí para hacer lo que en otro momento ni la sociedad judía que en gran parte anhela la paz a cambio de territorios, ni el mundo le hubiera permitido: atacar directamente a Arafat y a su gobierno, hasta el punto de declarar que el líder palestino ya no es un interlocutor válido para Israel. Nunca se había estado tan cerca y tan lejos al mismo tiempo de la proclamación de independencia Palestina. Bush ha dado un paso atrás y se ha vuelto a colocar del lado de Sharon, a pesar de los esfuerzos de la Autoridad Nacional Palestina por satisfacer las exigencias de Israel y de EE UU, clausurando unos 40 locales de las organizaciones integristas y deteniendo a más de un centenar de sus líderes, a costa de radicalizar a las facciones palestinas y a costa de enfrentar al pueblo con su propia policía. Las perspectivas para el año 2002 son nefastas.

No hay señales de que Sharon vaya a abandonar sus planes para deshacerse del presidente palestino y destruir a su gobierno, lo que desembocaría en una guerra abierta. Al mismo tiempo, aumentan las presiones a Arafat para que actúe contra los terroristas y se suceden los choques entre su policía y los seguidores de las organizaciones radicales, lo que puede desencadenar una temida guerra civil Palestina. En todo caso gana Sharon, que ha apostado definitivamente por el lema cuanto peor en medio oriente, mejor para el hombre que quiere repetir el holocausto pero teniendo hoy como victimas a los palestinos.

 

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