En
un abrazo de fuego
cercáronme sus brazos.
Mis labios anhelantes
bebieron en sus labios.
Después del beso, dijo:
- Te quiero. -. Con voz ronca
de la emoción, temblando.
Y contesté, fingiendo:
- También yo a ti. -. ¡Oh, vano
fingir de los amores!
¡Si siempre ha sido falso..!
¿Por qué, decidme, entonces,
el hombre siempre ha amado..?
A poema anterior
A
Menú A
poema siguiente |