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En su vientre llevaba la
semilla
de un amor sin cabeza y alocado,
consecuencia de haberse enamorado
siendo joven, tan sólo una chiquilla.
O quizás que vivió una pesadilla
de una noche de orgía y, sin cuidado,
a los sones de un ritmo endemoniado,
perdió rumbo y razón como el que chilla
cuando un lóbrego monstruo se aparece.
Sea cual sea la causa, viene el fruto,
inocente y sin culpa, del evento.
La vida es un misterio. Nace y crece
y, a la postre, vistiéndose de luto,
arriba a su final en un momento. |
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