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Un requiebro termino de
decirle
a una hermosa mujer que me ha rogado
que la suerte le diera en un boleto;
y yo, todo gallardo, he contestado:
- La Fortuna y la Suerte no son cosas
que tenga yo en mi mano el elegirlas,
pero tengo unas horas disponibles
para, juntos los dos, poder vivirlas. -.
Me ha largado, muy amable, una sonrisa;
supongo que en el alma iba contenta.
Me ha dicho un: - ¡Hasta luego! -. Y, ondulante,
se ha alejado y no ha ocurrido nada.
¡Tantas veces mujeres en mi vida
pasaron como ésta, en un instante!
No volvimos a vernos, por fortuna.
no nos hicimos daño, que es bastante.
Que aquellas que me amaron algún día
cobraron con dolor y sufrimiento
los besos que me dieran al principio,
dejándome al final sólo el lamento.
Yo ni olvido, ni odio, ni recuerdo,
no quiero ya saber nada de ellas;
prefiero ese piropo inconsecuente,
dejándome de amantes y querellas.
Que al cabo, a un vulgar coito se reduce
esa furia de amor enardecida.
Se acaba la pasión y todo acaba.
Lo queramos o no, así es la vida. |
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