Las cosas regaladas con
desprecio
apenas si dan ganas de aceptarlas.
Las cosas que se dieran hay que darlas
con ganas, con respeto y con aprecio.
Yo nunca a mi cariño puse precio.
Jamás las que doné pensé cobrarlas.
Las di de corazón sin apuntarlas;
debí de ser entonces tonto y necio.
¿Cómo voy a pedir lo regalado
si no lo tuve en cuenta tan siquiera?
Para mí no era deuda, lo había dado;
pensé que mi deber aquél sí era.
Pequé de ser quizás muy descuidado,
de no apuntar el debe en la sesera. |