| |
Por la espalda le hundieron
el acero
y quizás fue quien menos esperaba.
La sangre a borbotones le manaba
y, aún herido, le dijo al compañero:
- ¿Por qué me heriste tú, si fui
el primero
que nunca en tu carrera puso traba
a cuanto me decías? No esperaba
que dejaras jamás de ser sincero.
Le cercaron el resto y, de repente,
otra daga causó otra cruel herida;
la tristeza adueñóse de su mente
y no pudo evitar ya la caída.
Es la muerte de César, evidente;
pero muchas así hubo en la vida. |
|