Las dos moscas, revoltosas,
saltaban sobre la mesa;
se pararon un momento
y las pillé por sorpresa.
Bastó con sólo una mano.
La primera quedó tiesa,
la otra se quedó aturdida,
como de pánico presa.
Otro golpe, otro cadáver;
es la muerte que no cesa.
Al verlas aquí en el suelo
haberlas muerto me pesa.
Que al fin y al cabo es un crimen
aun no de majestad lesa
pues tienen muy corta vida...
¡Ya no les queda ni ésa!
Y nadie me ha castigado,
mi mano ha quedado ilesa.
El hombre es fúnebre amante
que con la Muerte se besa. |