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LXXII
No viniste a buscarme y no me quejo,
que la culpa yo tuve por pensar
que tú eras un ángel de los cielos,
siendo sólo de vil carne mortal.
Tú reirás y tu risa me hará daño,
pero un día yo sé que llegará
que la impía sonrisa de tus labios
la muerte borrará.
Y ese día, tú llegaras al juicio
implorando, llorosa, Su perdón.
Ese día mi pena y mi suplicio
tendrán satisfacción.
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