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XLIX
En tu cara lucía una sonrisa
de inconsciente dolor y de placer;
una lágrima asómose a tu pupila
que el orgullo secó con el desdén.
Hoy, tú sola, no tienes que fingir.
Y, en el lecho tranquilo donde duermes,
yo sé que tus mejillas brillarán
por la dulce congoja que te hiere.
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