XLVIII

Ya tu mano y la mía
nunca más,
como un día, dirán su juramento;
ya en tus ojos los míos
no leerán
igual que un día leyeron.
Y tus labios, refresco
de mi sed,
tan hermosos, tan finos y tan bellos,
no han de darle la vida
ni el placer
al que clama perdido en el desierto.


 

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