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Nuestro espejo
Saca la espada, caballero.
Lucha, demuestra tu valor.
Defiende los agravios con acero.
De injurias debes ser buen pagador.
Saca con brío la espada.
Fiero, defiende tu honor
y de la mujer amada
ganar lograrás amor.
Pero dime en confianza,
caballero luchador:
De abolengo y de crianza
¿eres digno poseedor?
¿A ti mismo no te engañas
aparentando nobleza
cuando tan sólo artimañas
sabe pensar tu cabeza?
Te indignas porque te insultan
cuando relatan tu vida
a pesar de que se indulta
tu diversión preferida.
¿No piensas que tus amores
no causan ninguna dicha
y que al pervertir candores
sólo labras la desdicha?
¿Aún con ánimos te sientes
para fingir inocencia?
Pues no, caballero: - ¡Mientes!,
aunque peque de imprudencia.
Tú cinismo ya me irrita
de ver que tras las amantes
a tu confesor visitas
en actitudes orantes.
No es verdad que te arrepientas.
Lo haces por destacar.
Tan sólo te tiene cuenta
que alaben tu santidad.
Y te vendes, ¡mentiroso!,
por el humano favor,
siendo del rico celoso
y de los pobres terror.
¿Por qué bajas la cabeza?
Tienes miedo a las verdades...
Escondes, tras la dureza
de tu alma, falsedades.

Y este caballero existe
y posee nuestra amistad.
Nuestras mismas ropas viste,
habita el mismo lugar.
Si te miras al espejo
y reflejado te ves,
verás su sucio pellejo
que se balancea en él.
No te enojes, por favor.
¿Acaso estoy equivocado?
Examina tu razón
y verás cómo no he errado.
Pero que probablemente
no harás caso, puede ser;
pero a mí, dichosamente,
no me importa tu desdén.
Allá tú con tu conciencia
y que como quieras sigas,
pero deme Dios paciencia
para aguantar tus mentiras.
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