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Bebo el amor mientras pienso...
pienso cómo gime el mundo
y el pueblo extenso y fecundo
sufre penas con dolor;
que mientras ríen los unos,
otros al Señor adoran
y que mis pecados lloran
porque no los lloro yo.
Que mueren mientras yo gozo,
que dejan quienes les lloren,
quienes por ellos imploren
y que giman por su amor.
Y pienso que, mientras mueren,
las madres tiernas les miran
y al ver al hijo que expira
gritan con tenebro ardor.
Mas de todos yo me río
y me hundo en los placeres
que me brindan las mujeres
y gozo de su favor.
De la botella me sirvo,
los grandes vasos trasiego,
en sus calores me anego
perturbando mi razón.
Disfruto con la baraja,
me juego la libertad
y con enorme ansiedad
miran las cartas que enseño.
Con los ardores del vino
y borracho, pendenciero,
échole mano al acero
y en mil peleas me empeño.
Adquiero el amor con oro
y no veo en la mujer
sino objeto de placer
para el goce del amor;
Sólo creo en la materia.
¿El alma? Puede que exista
pero si no ha sido vista,
¿a qué creer sin razón?
Me gusta que todos lloren
al ver al hermano muerto,
que abracen su rostro yerto,
que besen su fría tez.
Y sufro al ver los pequeños
que ríen con alborozo;
más luego también me gozo
cuando pierden la niñez.
Me plazco en que todos sufran
al igual que yo he sufrido
y que paguen sus descuidos
igual que yo los pagué;
que penen por sus amores,
que nunca sean amados
y que lloren desolados
al igual que yo lloré.
Que las bombas les destrocen,
les alcance la metralla
y que acabe la batalla
cuando sólo quede uno;
que ajusticien a los justos,
torturen los condenados,
que sean decapitados
sin tener perdón ninguno.
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Me gustan, ¡ay!, las cabezas
verlas rodar por el suelo;
me entusiasma ver el duelo
del lloroso familiar.
Mirarle cómo solloza
con la cara entre las manos,
de saber cómo al hermano
se le puede aniquilar.
Y me encanta ver las llamas
cómo tuestan a los seres
lo mismo que a los papeles...
¡Me da gran satisfacción!
Contemplar cómo se queman,
observar cómo se prenden
y verlos cómo descienden
hasta el Hades vengador.
Allí que las llamas crujen
abrasándoles el rostro
mientras que terribles monstruos
les persiguen por doquier:
allí que gimen los seres
que, antaño, aquí cantaron
y que el tiempo lo pasaron
gozando de la mujer.
Yo me río de los muertos
que a los demás dan gran miedo
y su rostro como el hielo
me complazco en golpear.
En esos vidriados ojos
que observan ya sin temor,
me gusta con un tizón
las pupilas estallar.
Y me gustan las mujeres
que me ofrecen sus amores,
que se llevan los dolores
y me ayudan a olvidar.
Me agrada que ardientes besen
y que cálidas me abracen,
que sus rojos labios tracen
marcas de amor en mi faz.
Me gustan las doncellas
que cándidas me miran,
que lánguidas suspiran
su dicha al exhalar.
Gozo de oír el llanto
que brota de las madres,
De la ira de los padres
me burlo al escapar.
Me burlo del honor,
de la virtud me río,
no temo al poderío
de lo que llaman ley
pues el que tanto manda
y predica la justicia,
a impulsos de avaricia
se ha coronado rey.
Y así, en el mundo, creo,
pues que la vida es corta,
que nada más importa
que el goce y el placer.
¿A qué vivir ascetas
sufriendo con dolor?
¿Conoce la razón
lo que vendrá después?
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