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Capítulo 7

El principio del fin


Lucas ya lo había venido observando en sus continuas visitas a Madrid y al bar. El Hobbit, bajo la dirección aquel verano de Pepe, había ido decayendo. Él le había dado instrucciones de que no pretendiera hacer cosas raras por elevarlo, que simplemente lo mantuviera. Pero el gordo sí que las hizo, o tal vez dejó de hacer lo que debía. El caso es que las cuentas eran un desastre y el bar aparecía manga por hombro. Se habían perdido muchos clientes y vio que Pepe le pegaba a la frasca que era un primor. Aparte estaba lo de las mujeres y el particular harem del hombre y las cosas no iban nada bien.
Había que tomar una decisión y rápida para que la cosa saliera adelante. No era la ruina lo que le preocupaba, pero sí el trabajo desaprovechado de varios años y que veía desperdiciado por culpa de la negligencia.
- Pepe. Esto está mucho peor que antes. ¿Qué ha ocurrido?
- ¿Pues qué quieres que ocurra? La gente ha estado de vacaciones y se ha ido desperdigando. Yo no tengo la culpa.
- No, si no digo que la tengas, pero algo habrá que hacer para remediarlo, ¿no?
- Pues intentar que la gente vuelva...
- Pues para eso, ya sabes: Basta de cachondeos y más limpieza. Tenemos que sacar para vivir ambos y si hay que echar más horas, se echan. Y simpatía por un tubo. Y basta de aglomeraciones en la cocina que no conducen a nada bueno. ¡Hay que trabajar!
Y así se lo propuso y así lo hizo.
Comenzó a acudir por las mañanas, una vez que el otro ya había abierto. Además, tuvo que hacerlo él durante dos o tres días porque, por aquel entonces, Marimar dio a luz un niño y Pepe anduvo de la Ceca a la Meca con el lío de los papeles y de ver cómo encajaba a la criatura, ya que el padre de la misma seguía de novio y viéndoles, pero no hablaron nada de casarse aunque sí que le puso sus apellidos.
Total, que aquello resultó y el bar comenzó a tomar nueva pujanza. Ya se arreglaron las cuentas de la caja, porque Lucas hizo por llevarlas bien y se lo explicó claramente a Pepe, pero éste siempre se despistaba y se confundía. Si lo hacía aposta o queriendo, como decía Lucas, eso ya era otro cantar. El caso es que siempre le costaba hacer arqueo y repasar la tira. Al final, más o menos, cuadraba.
Ya encarrilado nuevamente El Hobbit, comenzó a ir más tarde. Lo que sí hacía era llamar a primera hora, sobre las diez y preguntar si había algo nuevo.
Una mañana le sorprendió la voz excitada de Pepe al responderle:
- ¡Que si hay! ¡Como que ahora mismo cierro el bar y me voy a casa! Se ha muerto mi nieto.
- ¿Qué dices? -. Exclamó Lucas.
- Se ha asfixiado, durmiendo con su madre.
- ¡Hostias! Pues cierra y ahora voy yo. Ya me lo contarás despacio.
Y se vistió y se fue para el bar.
Lo encontró, naturalmente, cerrado y ni quiso abrirlo. Fue directamente a casa de Pepe, que no sabía muy bien en qué piso era pero no tuvo que preguntarlo a nadie. Tan sólo la llantina que se escuchaba desde el portal le guió sin lugar a dudas.
Entró sin llamar a la puerta, que estaba abierta, y vio la miseria en la que vivía el gordo. Y allí, sentado en una silla, con la gruesa cabeza entre los no menos gruesos brazos, le vio llorando.
Dentro, en un cuchitril de habitación, estaba Marimar como una loca. A su lado yacía el pequeño bulto de lo que había sido su hijo. Manolo, el chocolatero, también andaba por allí.
No quiso hacer el menor comentario ni preguntar. Se lo fueron diciendo a trozos, entre lágrimas y gritos. El niño había amanecido muerto. No se sabe si asfixiado o por una de esas muertes súbitas que suelen producirse. Más tarde le harían la autopsia, pero no tuvo el menor interés en enterarse. Para él que la misma Marimar le había aplastado con su peso y no había más historias.
Le contempló y le pareció como un conejillo amoratado.
¡Pobre criatura!
Y esperó la llegada de los Servicios Funerarios, pero lo hizo en la calle. El pesado ambiente de aquella casa le agobiaba.
Cuando los funcionarios llegaron les informó del piso y bajaron al niño envuelto en una manta. Demasiada gente y demasiado furgón para aquel cachorrín que apenas si contaba con poco más de un mes.
Luego, se fue al bar.
Abrió y, al rato, comenzó a entrar gente. Sobre todo los amigos y vecinos de Pepe a interesarse y preguntar sobre lo sucedido. Lucas apenas si pudo explicarles más de lo que sabía, que tampoco era tanto, y así pasó la mañana. Más tarde apareció Pepe con su suegra.
El hombre iba bien hecho polvo.
- ¡Este bar se debía haber cerrado hoy! -. Dijo, colérica, la mujer. - ¡Estamos de luto!
- Perdone, señora, con todos mis respetos hacia el niño, esto es un negocio y tiene que abrirse. Nadie tiene la culpa de lo sucedido y los demás tenemos que comer. ¿O no?
- ¡Pero estando tan reciente la muerte del nieto del dueño...!
- Que yo sepa, a mí no se me ha muerto ningún nieto. -. Le respondió.
- Bueno, he querido decir de Pepe.
¡Ya estábamos con la idea que se habían hecho de que el bar era de Pepe! Y encima se lo creían.
- Yo lo lamento tanto como ustedes, pero al público hay que atenderle y no se le puede dejar de atender por un suceso que, por muy triste que sea, no le incumbe demasiado. Mire usted: De los que estamos aquí, casualmente, los amigos nos hemos reunido para comentarlo juntos. Y los que no saben de qué va, pasan del asunto.
Y es que, desgraciadamente, Lucas sentía que la vida es así de dura y que hay que continuarla. Poco podían hacer ya por la criatura y ellos tenían que sacar el negocio a flote. Igual había hecho cuando murió su cuñada y no le había parecido mal. Así que no entendía por qué había que echar el cierre por la muerte del nieto de su camarero. Sí comprendía que éste no acudiese a trabajar, si estaba hecho trizas, pero de ahí a dar un día por perdido mediaba un abismo.
Y fue el mismo Pepe el que se puso detrás de la barra y empezó a servir. Le dijo que lo dejase, que se fuese a descansar, pero él no quiso.
- Aquí me distraigo, por lo menos. Y no soporto las lágrimas de cocodrilo que vierten algunas.
- Como tú quieras...
Aquella tarde sí le obligó a descansar y abrió él a eso de las cinco. Un niño había muerto y el mundo seguía. Era lo lógico.
A la mañana siguiente, una vez realizada la autopsia esa tarde, se produjo al entierro. Lucas acudió con Lucía y asistieron a la breve ceremonia. Como previeran que la gente iba a darse cita en el bar, salieron antes que ninguno y abrieron ellos. En efecto, al rato, todos los amigos y vecinos de Pepe acudieron a tomar café.
La vida seguía su marcha y la ley del sobreviviente se imponía incluso al infeliz Destino.
Pasaron unos días y Lucas se acordó de lo del piso que tenía en venta. ¿Qué habría pasado en estos meses, desde que le entregara el asunto a su conocido? No había tenido la menor noticia. Y optó por telefonearle.
- ¡Carlos, leche! ¿Cómo te va?
-¡Lucas! ¿Qué tal el verano y ese negocio que me dijiste?
- Tirando, chico. Pero ya estamos de vuelta. Oye, ¿cómo llevas el asunto del ático que te confié?
Y su amigo le explicó que lo había intentado vender pero que era en extremo difícil y que no había conseguido nada. Que la zona era buena, pero que el tener la pensión en el edificio, y no de muy buena nota por cierto, dificultaba la venta.
- ¿No será que tú no le has dedicado demasiada atención? -. Preguntó.
- He bajado con tres posibles clientes y los tres han salido asustados... ¡No veas qué público entra en esa pensión!
- ¿Y cuánto pedías, los catorce que acordamos?
- Sí, claro. Si quieres podemos bajarlo, a ver si hay suerte.
- No. -. Le respondió. -. Lo que voy a hacer es subirlo y dedicarme yo a ello.
- ¿Estás seguro de lo que dices?
- ¡Y tan seguro! ¿Te apuestas en que lo vendo antes de un mes y en dieciséis millones?
- Lo que quieras...
- Pues vale. Ya veremos quién es mejor vendedor, el profesional o el interesado.
Y ese mismo día puso un anuncio en el Segunda Mano. Pedía dieciséis millones, como le dijera a su amigo.
Casualmente, aquella noche a Lucía le dio un dolor en el vientre y la llevó a la Cínica Rúber. La dejaron ingresada. Era una cosa de divertículos en el intestino y había que observarla.
Y las llamadas comenzaron a producirse.
Aquella mañana de viernes en que salió el anuncio se recibieron más de quince. Rogó a su madre que contestara que él estaba en la clínica con su esposa y que dejaran el teléfono. Luego, en un rato que fue a casa, procedió a llamar a los posibles compradores y les citó para el sábado, por la mañana y por la tarde.
Fue un auténtico desfile de personas lo que pasó por allí. ¿Eso era lo que había trabajado Carlos? ¡Pues no se notaba en absoluto! Se conoce que había dejado olvidado el asunto en el baúl de los recuerdos y ni se había molestado.
Tuvo ofertas de todos tipos. Todas, naturalmente, a la baja. Y las fue denegando. Él estaba dispuesto a conceder medio millón, pero ni un duro menos. Y tuvo buenas anécdotas con la venta del piso.
Unos señores con aire de provincianos, pero con gesto muy avispado, estuvieron viéndolo muy interesados. Quedaron en pasarle su mejor oferta.
- ¡Estos no interesan! -. Se dijo Lucas -. ¡Demasiado listos! Veremos como la oferta es una mierda.
Y acertó.
Aquella noche le llamaron y le explicaron que el mercado estaba muy difícil y que había que hacer mucha obra, que le ofrecían diez millones.
- ¿Libre de cargas o con ellas? -. Les preguntó irónicamente.
- ¡Ah! ¿Es que tiene cargas?
- Naturalmente. Seis millones más, que es lo que vale el piso y en lo que pienso venderlo. ¡Vayan a paseo, hombre!
Y se los quitó de en medio.
Recibió a muchas parejas que buscaban piso para casarse y a gente la mar de curiosa. La que más le sorprendió fue una señora que se presentó con su hija en busca de un piso para ésta.
- Es que quiere independizarse la chica y no queremos que se vaya a vivir demasiado lejos. Nosotros vivimos en Chamartín y esto lo vemos bien comunicado. Pero hay que hacer mucha obra.
- No tanta, no crea. Además, si no se puede de golpe, se va haciendo poco a poco. No creo que una muchacha sola necesite todo el piso para ella.
- Eso es verdad. Pero de todas maneras sí se haría.
La mujer le dijo que su marido era pintor.
- ¡Vaya! Pues menos gastos que tendrán. Se lo puede pintar el padre.
- No. Mi marido es pintor artístico.
- ¡Ah! Perdone. Pues en el segundo hay alquilados unos pintores de fama. Vamos, eso creo. Yo no entiendo mucho de pintura. No creo que conozca a su marido...
- Seguramente sí. Es Antonio López.
¡ Vaya metedura de pata que había tenido! Había confundido a uno de los más geniales artistas del siglo con un pintor de brocha gorda.
- Sí, naturalmente que le conozco. Y me agradan mucho sus obras.
Pero no le compraron el piso.
Los que sí estuvieron a punto de hacerlo fueron una pareja que él era inglés. Ella estaba muy interesada. Medio millón de pesetas tuvo la culpa. Le ofrecían quince y él se empeñó en que quince y medio. No llegaron a un acuerdo, tomando unos cafés en el bar de abajo y la chica quedó en que lo pensarían.
Acabada la presentación, se acercó a la clínica donde se encontraba Lucía y pasó la noche con ella. Ya estaba mucho mejor. A la mañana siguiente, domingo, decidió ir a casa y afeitarse:
- Luego pasaré por el bar, a ver cómo le va a Pepe.
Se despidió de ella, cariñosamente, y bajó por la calle General Pardiñas. Desayunó en un bar un café con porras.
Al llegar a casa, procedió a asearse. En ello estaba cuando sonó el teléfono. Lo atendió y era una chica que se interesaba por el piso.
- Llamé anoche, pero me dijeron que estaba usted con su esposa en el hospital.
- Sí, una cosilla sin importancia, pero molesta.
- Pues si usted pudiera, nos interesaba verlo hoy. Es que tanto mi marido como yo trabajamos toda la semana y acabamos muy tarde.
- Yo es que voy a ir a hacer unas cosas, pero... -. Lo pensó. -. Sí, sí podría ser. Si quieren quedamos sobre las doce. Después hago mis gestiones.
Sus gestiones eran ir a El Hobbit, naturalmente.
Y quedaron a la hora dicha. Al fin y al cabo, el bar estaba cerca del piso, así que no le importaba mucho perder un poco de tiempo. Además, aquella muchacha le había caído simpática.
Una vez dispuesto, montó en el Ford - no le gustaba ir en el Manta al bar - y se dirigió hacia Atocha. Poco tardó en llegar porque los domingos por la mañana suele haber poco tráfico.
Detuvo el coche en doble fila en la estrecha calle y abrió el portal de la finca. Saludó a la portera y subió al ático. Creía que los presuntos compradores no habían llegado pero sí: Le estaban esperando en el rellano de la escalera.
Al instante, y por una de sus célebres premoniciones, supo que aquellos eran sus compradores, los fututos habitantes del piso.
Efectivamente, se trataba de una pareja simpatiquísima. Él muy alto y ella muy guapetona. Se saludaron cordialmente.
Abrió el piso y pasó a mostrárselo.
- La verdad es que llevo un poco de prisa. Ya sabéis, con la enfermedad de mi esposa he descuidado un poco mis asuntos...
- Tardamos poco en verlo. -. Aseguró el gigante.
- Y menos en comprarlo. -. Dijo ella al cabo de dos minutos y una vez que hubo recorrido la vivienda y visto las terrazas interiores.
- ¿Sí? ¿De verdad?
- A mí me gusta, Paco. -. Le dijo a su marido. - ¿Y a ti?
- A mí me encanta. -. Afirmó él.
- El precio... -. Comenzó Lucas...
- El precio es el que buscamos, ni más ni menos. Otra cosa es la forma de pago, que tenemos que proponerte algo que no sabemos si será de tu agrado.
- Pues dime lo que sea...
- Es que mi mujer tiene un piso cerca de Lavapies y tenemos que venderlo antes. Por eso, todo estaría supeditado a la venta de ese piso, pero con todas las garantías que tú quieras.
Les miró. Vio que eran gente seria y que no hablaban en bromas.
- ¿Por qué no lo discutimos mientras tomáis unas cañas en mi bar? Es en Embajadores, al parecer muy cerca de vuestra casa.
- Pues de acuerdo.
Y se fueron para allí. Como ellos no habían traído coche, Lucas les llevó en el Ford.
- Perdonad que os lleve en este trasto, pero no me atrevo a llevar el grande a aquel barrio.
- Y haces perfectamente. Se ha puesto imposible de gentuza y de todo. Nosotros tenemos que meter el coche en un garaje si no queremos que nos lo destrocen.
- ¡Lástima de barrio! -. Exclamó Lucas. -. Cuando yo era pequeño y me traía mi abuela a ver a mi tía era un barrio de lo más simpático.
- Así es, pero lo han dejado de la mano de Dios...
- O se lo han dado a la mano del Diablo, diría yo. -. Bromeó.
Y así, charlando, llegaron al bar y pudieron aparcar después de dar dos vueltas.
Aquella mañana, ya cerca de la una, El Hobbit estaba animado. ¡Después se quejaba Pepe de que no tenía nadie! Pero en aquel momento tuvieron que situarse en el extremo de la barra, junto a la apertura del mostrador.
- ¡Pepe! -. Solicitó Lucas. - ¡Sirve a los señores lo que quieran. Y a mí.... ¡Coño! ¡Ponme una cerveza!
¡Se estaba saltando a la torera su abstinencia de varios años, pero es que veía tan bien el asunto que estaba contento!
El negocio fue rápidamente zanjado. El joven matrimonio le ofreció una gran parte en metálico y el resto en cuanto vendieran el piso. Como garantía del pago, le ofrecieron una hipoteca sobre el mismo si es que tardaba en venderse. Al vendedor le pareció muy bien y todos quedaron satisfechos.
- ¡Pues hecho, amigos! -. Les dijo. -. La única pega, y mira que lo siento, es que para esta tarde tengo concertadas cuatro visitas y me parece feo no acudir. Y no puedo anularlas porque no tengo los teléfonos.
- ¡No se lo irás a vender a otro!
- Te aseguro que no, pero la más elemental educación es que acuda y, aunque sólo sea para decir que está vendido, les atienda. Si no, sería una descortesía.
- Estamos de acuerdo. - Afirmó ella. -. Pero no nos dejes sin piso, por favor.
- ¡Que no, mujer, tranquila! Salvo que me ofrecieran dieciocho millones, cosa que no creo...
Y resuelta la compraventa, decidieron irse cada uno a sus sitios. Ellos a su casa y Lucas al sanatorio, a ver cómo seguía Lucía y a darle la buena nueva.
Lo cierto es que aquella tarde, Lucas estuvo a punto de meter la pata y, de hecho, la metió.
Después de decir a dos interesados que no, que el piso estaba vendido, le apareció un matrimonio y, cuando fue a decírselo, el marido se sacó veinticinco mil pesetas del bolsillo e hizo ademán de entregárselas.
- Tome, de señal. Hoy es domingo y no puedo darle más.
- Le repito que está vendido...
- Pero ha mencionado que no se lo pagan al contado. Yo sí lo haría.
Lucas se quedó extrañado y pensativo. La verdad es que llevaba razón aquel impetuoso comprador, pero le pareció mal faltar a la palabra dada. Lo que más le sorprendía es el súbito interés en dejar zanjado un asunto tan importante.
- Mire, yo no puedo tomarle este dinero. Esto se hace bien, con un documento bien redactado. Piénselo y, si quiere, mañana me llama.
Aquella noche telefoneó a los chicos de la mañana y les dijo que aguardasen, que lo mismo no se lo podía vender.
Se lamentaron de su conducta.
- Nos habías dicho...
- Ya lo sé, pero no hay nada seguro. Me da que esta gente son unos cantamañanas y que todo se va a quedar en agua de borrajas pero, comprended, si ellos me pagan a tocateja, siempre lo prefiero a soluciones intermedias, por muy buenas que éstas sean.
Tuvieron que comprenderlo.
- Pero, tranquilos. Yo creo que el piso es vuestro, salvo caso muy raro.
A la mañana siguiente le llamó el agresivo comprador y quedaron en un abogado. Le rogó que llevase toda la documentación y le ofreció llevarle él cien mil pesetas como señal.
- Le he dicho que aquí la señal definitiva y única será de un millón el día que firmemos el contrato. Antes, no le cojo ni una peseta. No quiero compromisos.
Y acudió a la cita.
El abogado del otro leyó el Auto por el que se reconocía a los hermanos la nuda propiedad del inmueble y, en particular, la correspondiente al ático de Lucas. Se quedó muy pensativo, consultó un libro y terminó por volverse a su cliente:
- Yo que usted no compraría.
- ¿Y eso por qué?
Lucas ya sabía lo que les iba a explicar, así que se adelantó.
- Porque tu abogado teme que se presente un presunto heredero y reclame lo que el Juez ha dicho que es nuestro, ¿no es eso?
El abogado le miró, sorprendido:
- Pues sí, efectivamente.
- Pues está usted en un craso error, amigo mío. Si eso ocurriese, que no ocurrirá, en todo caso ese presunto heredero vendría en contra mía, nunca en contra del comprador de buena fe. Estoy bien asesorado.
- Iría contra la cosa; eso es lo que la Ley indica.
- Eso es lo que usted interpreta que indica. Mi abogado opina de diferente manera.
- No sé. Yo no compraría...
- Pues ya sabes. -. Se dirigió al comprador. -. Si tu abogado te aconseja, hazle caso. Si lleva razón, líos que te quitas. Si no la llevas, lo lamentaré muy mucho.
Y sin más, Lucas abandonó el despacho. El otro le rogó que le aguardase en la calle. Y así lo hizo.
Al rato, no mucho, bajó y se encontraron.
- ¿Qué?
- Que me ha repetido lo que tú has dicho.
- Mira, te aseguro que yo no quiero engañarte para nada. Si hubiera el menor inconveniente, yo no lo vendería.
- Voy a consultarlo con otro amigo abogado.
- Consulta con quien quieras, pero yo, mañana, preciso una respuesta en firme.
Le llevó en el coche a su casa y se despidieron.
- Mañana hablamos.
- Vale.
Mientras subía en el ascensor, Lucas iba dándole vueltas al asunto.
- ¿Y para qué perder el tiempo cuando tengo un comprador en firme que, además, me parece una excelente persona?
Y no se lo pensó ni un ápice.
Telefoneó a los muchachos de Lavapies y solamente les hizo una pregunta:
- ¿Seguís interesados en el piso?
- ¡Claro!
- ¡Pues vuestro es! ¿Mañana a las ocho de la tarde con un talón de un millón de pesetas? Yo os tendré hecho el contrato.
- Lo llevaremos conformado.
- De acuerdo. Mejor para todos.
Y acto seguido llamó al iluso que le había estado mareando.
- Te llamo para decirte que no hace falta que consultes con nadie. El piso ya tiene dueño.
- Pero, ¿cómo? ¿No me dejas ni que me informe?
- Lo lamento. Para mí, la confianza es trascendental. Y tú no la has tenido y ellos sí. Así que, hasta más ver.
Y el piso quedó vendido de una vez porque a la hora fijada se presentó el matrimonio con el cheque citado y con mejores noticias:
- ¡Hemos vendido nuestro piso! Vamos, nos han dado una señal ya, por él. Así que nos dejaremos de hipotecas ni de líos.
Y Lucas supo que había acertado de pleno al escoger al comprador.
En el mes de diciembre se escrituró ante Notario, sin ningún tipo de inconvenientes. Mientras, ocurrió un incidente con la Seguridad Social.
Una mañana le llamó Pepe a primera hora.
- Oye, que tengo aquí a una señorita que dice que es inspectora de la Seguridad Social...
- Y tú le habrás dicho que yo tenía que ir a realizar una gestión y que tú te has quedado ayudándome hasta mi vuelta...
-Sí, pero no me ha creído. Que mañana la llames sin falta.
¡Le habían pillado con todo el equipo!
A primera hora de la mañana telefoneó a la funcionaria y le contó quién era y le explicó que él había tenido que ir a un Notario y había dejado en su lugar, para no cerrar el bar, a Pepe.
- Pues yo le vi muy desenvuelto. -. Afirmó ella.
- Porque ha sido camarero toda la vida. Pero es un amigo y cliente. -. Mintió.
- Pues procure usted que si paso otra vez no me lo encuentre otra vez sirviendo y sin contrato. Entonces sí que no me lo creería.
- Le advierto que a lo mejor sí le ve. Estoy pensando en contratar un camarero y él me parece estupendo y es de confianza.
- Pues allá usted, pero que no le coja en ningún renuncio.
Y no tuvo más remedio que dar de alta a Pepe en la Seguridad Social. Además, libre ya de apuros económicos, hasta le interesaba. Viendo como iban las cosas y pensando en que tal vez tuviera que deshacerse del bar, le convenía más tenerlo todo legalizado que no exponerse a que el gordo le llevase a los tribunales por las buenas.
Ya estaban a finales de año y se repitieron las fiestas de siempre: La de los estudiantes y la de Nochevieja. Este año decidieron también abrir en Nochebuena, porque los chicos se iban con sus amigos después de la cena y le pareció absurdo quedarse viendo la televisión si se podían hacer unas pesetas. Además, Pepe le aseguró que habría gente.
Y claro que la hubo, aunque no pudiera equipararse a la de Fin de Año, pero se divirtieron.
Ya no trabajaba por necesidad de dinero, sino por placer y en su mente comenzó a rondar la idea de montar un pub. Siempre sus hijos hablaban de ello y comprendía que si una copa, que en el Hobbit se vendía a trescientas pesetas, se podía vender en otro sitio a quinientas o seiscientas, el negocio sería rotundo. Aparte de que, como ya se ha dicho, estaba un poco quemado, tanto por las situaciones a veces violentas como con el barrio que cada día iba a peor y con el mismo Pepe, que cada vez le daba más la vara con sus mujeres y las ideas de éstas de que el bar era suyo.
Y empezaron a mirar sitios.
Otra vez la búsqueda, otra vez la pelea de ver locales. Y hubo uno que les encantó y en el que volvió a hallarse con el típico extranjero que sabía más que los ratones colorados. Pero esta vez era italiano, no sudamericano.
- ¡Joder! Todos vienen a España de listos. Parece como si aquí fuésemos tontos.
La verdad es que llevaban las negociaciones muy avanzadas, aunque a Lucas no le agradaba nada. Ya no era alquilar un local: Era formar parte de una sociedad que tenía arrendado el dichoso local. Pero sí estaba animado. Pero la noche del día 11 de enero un suceso tiró por tierra todas sus ideas.
Volvían del bar pasadas las doce de la noche cuando se hallaron en el pasillo a su hijo pequeño de pie junto a la abuela, que estaba sentada en una silla.
- ¿Qué pasa? ¿Qué hacéis así a estas horas?
- La abuela se ha caído y dice que no puede andar.
- A ver.
Intentó, con la ayuda del chico, ponerla del pie. La anciana se quejó.
- No. Mira, vamos a hacer una cosa. Rotura no es porque estaría chillando de dolor. Luego no merece la pena que llamemos a estas horas al médico. Pero mañana, sí. Y ahora, a la cama.
- ¿Y cómo?
- Pues sentada en mi sillón de despacho, que tiene ruedas.
Y así lo hicieron. La levantaron con sumo cuidado y la cambiaron de asiento. Luego ya, rodó por el pasillo y la acostaron.
Por la mañana vino el médico, la auscultó y, efectivamente, no percibió nada. Pero, no obstante, dijo que sería conveniente que le hiciesen una radiografía.
- ¿Pedimos, entonces, una ambulancia?
- Sí, sería conveniente. La señora pesa mucho y los camilleros sabrán transportarla mejor que ustedes. Yo les hago el volante.
Y la llevaron a la clínica. La pasaron a rayos X y, al cabo, el médico de guardia salió a darles la noticia.
- Rotura no es, pero sí una pequeña fisura en la cadera. Habrá que dejarla ingresada unos días.
Llamó a sus hermanos y se lo dijo.
- Mamá está ingresada. Ocurre esto. -. Y se lo explicó.
Y así empezó el calvario de la pobre mujer. Lo que parecía no ser nada se le complicó y unos días estaba tan sana y otros la ingresaban en la U.C.I. El diagnóstico no era nada claro o, al menos, los médicos no daban con él.
- La circulación la tiene fatal. Está baja de plaquetas y por eso se hincha y tiene las piernas moradas.
- Púrpura trombocitopénica... -. Musitó Lucas.
- ¿Es usted médico? -. Le preguntó el doctor que les había recibido y que, desde un principio, no le había caído nada bien.
- No, señor. Pero tengo una enciclopedia médica.
- Pues evite dar diagnósticos tan a la ligera.
Optó por callarse, pero ganas le dieron de darle un sopapo, por prepotente.
Días más tarde, en el Hospital de la Princesa le diagnosticaron eso mismo.
- ¡Dios! ¿Y qué puede pasar ahora?
No sabía exactamente cuál podría ser el desarrollo de la enfermedad de su madre. Unos días estaba mejor y otros medio muerta. ¿En qué acabaría todo aquello?
Le telefoneó Battaglini, el del pub.
- ¿Cómo no me ha llamado, mi amigo?
- Pues porque ha pasado esto. Y no es el momento de pensar en nada cuando no sé si voy a estar atado a una enferma en silla de ruedas.
El otro lo entendió y quedaron en hablar.
La llevaron a casa y contrataron una auxiliar para que la atendiese. Pero no soportó ni dos días. Al ir a acostarla la segunda noche, se le rompió una vena de la pierna. Hubo que llamar a Urgencias y se presentaron a por ella. El camino a La Princesa fue angustioso.
Fue ingresada de nuevo y ya sí que fue definitivo. Lucas entrevió el final y no muy lejano. Hasta entonces, y a pesar de las estancias en la U.C.I. no lo había presentido, pero esta vez sí.
El 11 de febrero cumplió 86 años. Y el 3 de marzo, después de una visita nocturna, Lucas se fue a casa convencido de que le llamarían esa noche. Y no habían casi acabado de cenar cuando, efectivamente, sonó el teléfono. Era la auxiliar, que de cuidarla en casa había pasado a cuidarla por las noches en el hospital.
- Acaba de fallecer.
Lucas se estremeció un instante, pero se rehizo.
- Ahora vamos para allá.
Al día siguiente, El Hobbit lucía un cartel en la puerta indicando el fallecimiento y próximo sepelio de su madre.
Pepe dijo de cerrar, pero Lucas no lo consintió.
- Si acaso, a la hora del entierro. Pero el bar se abre.
Era tan duro consigo mismo como para los demás. ¿Si no habían cerrado cuando falleció el nieto del gordo, por qué iban a hacerlo ahora?
Fabi y su esposa acudieron al tanatorio. También Pepe, cuando cerró por la noche. Nadie más de la cuadrilla.
Fue entonces cuando en su mente surgió la idea de dejarle el bar a Pepe. A él, poca cosa le ataba al barrio y cada día menos. El bar le gustaba, pero reconocía que había fracasado en él. No había tenido el éxito que esperaba, igual que aquel verano en El Bunker. Tenía nuevamente buen dinero y sus hijos le animaban a lo del pub. Él no podía atender a dos negocios a la vez, al menos físicamente. Sí podía llevar las cuentas y las compras, pero no poseía el don de la ubicuidad. Y se lo propuso a Pepe.
- ¿Quieres quedarte con el bar?
- Es que no tengo dinero...
- Sabes que puedo traspasarlo en unos tres millones de pesetas. A ti te lo dejaría más barato. Y si no quieres, existe otra solución...
- ¿Cuál?
- Quédate con él y dirígelo tú. Seguirá siendo mío y a mi nombre; pero tú lo llevas a tu aire, siempre que no lo estropees. Y a mí me das ciento veinticinco mil pesetas mensuales y corres con los gastos. Y claro, los beneficios para ti y no cobras el sueldo, aunque paguemos los seguros sociales.
A Pepe le pareció una idea genial. A Lucas, que era el padre del invento, no tanto. Pero era lo único que se le ocurría.
- Probamos un par de meses, si quieres...
Y estuvieron de acuerdo.
Pero la prueba no fue muy buena que digamos. Ya empezaron las pegas y el dinero a escasear. Ya se ha dicho como Pepe le escatimaba los pagos. A pesar de todo, Lucas aguantaba. Se resistía a desprenderse de El Hobbit.
Ya hemos visto al comienzo del relato lo ocurrido aquel domingo. Pues así eran casi todos. Y Lucas aguantando y aguantando...
Estuvo más distraído porque por aquel entonces hallaron el pub deseado. Era en un barrio mucho más señorial y un local bien distinto. Allí no le quemarían tanto la sangre.
El 4 de mayo lo inauguraron. Le llamaron El Hobbit II, como si de una saga de bares se tratase. Y empezaron a buen ritmo. Rafa, el de la bodega, le sirvió todo el género.
Los meses de verano fueron espantosos económicamente para El Hobbit o, por lo menos, eso es lo que reflejaban los números y el dinero de Pepe, salvo que le estuviera engañando. De vez en cuando se dejaba caer por allí y recordaba viejos instantes. El ambiente de ahora era mucho más lujoso. No le agradaba ni más ni menos pero, al cabo, era bien diferente.
En El Hobbit II el verano fue estupendo. Por eso no comprendía, salvando las distancias pero rememorando años pasados, las quejas y los llantos de Pepe.
- Algo raro pasa allí. -. Se dijo.
Pero no tuvo mucho interés en averiguarlo.
La cosa fue empeorando cuando vio las cuentas que, semanalmente, le traían los de las máquinas cuando recaudaban el billar que le habían instalado a él. Le costaba un rato poder cuadrarlas y, al final, no lo conseguía.
- Mira, Pepe. Yo no me aclaro con las cintas de caja que me mandas. - Le dijo un día. -. No sé ni lo que vendes ni lo que dejas de vender. Ni el dinero que tienes en la caja.
- Si es que yo no entiendo de números...
- Vale, nadie te exige que seas universitario. Pero sí que sabrás que me debes mis beneficios de tres meses y estamos cerca de que me debas el cuarto.
- ¿Tanto? Pues no lo sabía.
- Pues sí, vete dando cuenta. Porque, desde luego, no estoy dispuesto a que me debas seis.
Y el gordo camarero elevado a las tareas de encargado y semi-dueño no tuvo más remedio que agachar la cabeza.
La gota del vaso se colmó una mala tarde en la que, después de haber visto Lucas las cuentas y comprobado que el importe que le adeudaba Pepe superaba las seiscientas mil pesetas una vez descontadas las recaudaciones de las tragaperras, se presentó Rafa, el bodeguero, a llevarle un pedido y le preguntó:
- Oye, y de las cuentas de Embajadores, ¿qué hay?
- ¿Qué pasa, te debe dinero Pepe?
- Más de lo que supones. Unas doscientas mil pesetas.
- ¿Doscientas mil pesetas con lo que vende? ¡Pero si no es posible!
- Pues te he traído las facturas por si quieres comprobarlas. Me pensé que tú estabas al tanto.
- Rafa, yo estoy al tanto, pero si me oculta cosas, malamente puedo saberlas. Pero no te preocupes, que las cobrarás.
Y entonces sí que tomó la decisión, tajante y sin cortapisas.
- Pepe. -. Le telefoneó. -. Me acaba de decir Rafa que tienes con él una cuenta de cerca de doscientas mil pesetas...
- Bueno... No suma tanto. -. Intentó excusarse. -. No llegan.
- Sí que llegan, porque tengo las facturas delante. Y lo que no comprendo es que si me pasas esos estados de ventas y si siempre andas sin dinero, dónde se ha ido a parar el importe de esas ventas que has tenido que realizar; porque supongo que el género lo has vendido. ¿O es que lo tienes pendiente? Porque yo no vi en las estanterías botellas que lo justifiquen.
El silencio fue todo lo que obtuvo por respuesta.
- Cierra el bar ahora mismo, que hasta aquí hemos llegado. Dentro de un par de horas estoy yo allí y ya veremos lo que ocurre.
Y sin más, colgó el teléfono.
Aprovechando que su hijo no tenía clase aquella mañana, le dijo que se dispusiera a venirse con él, que iban a cerrar El Hobbit. El chico, que ya estaba al corriente, opinó que la decisión era acertada.
Bajaron a la ferretería y compraron una cadena y un candado. Los cierres de seguridad no los tenían y, además, no estaba seguro de las medidas.
A las doce se presentaron en el bar y lo encontraron abierto y con todo el harem de Pepe dentro.
- ¿No te dije que cerrases?
- Pero estaba esperando a que llegaras...
- ¿Vas a echar a mi padre por las buenas? -. Protestó Marimar. -. ¡Esto te costará caro!
- No mucho más que si aguanto un día más tan sólo. -. Le respondió Lucas. Y, ante las protestas de las mujeres, hizo desalojar el bar.
Estaba Emilia presente, y le dijo:
- Esta decisión debías de haberla tomado hacía tiempo.
- Ya... Pero siempre se agota el vaso hasta la última gota.
- ¿Piensas traspasarlo o cambiar de gente? Mi marido ahora está cesante.
- Ya lo hablaremos. Tiempo hay para decidirlo.
Y procedió a cerrar el bar ante la amenaza de la ex de Pepe, que le aseguraba que aquello no acabaría así.
- No, ya lo supongo. Aunque, si tuvieran un poquito de vergüenza, mejor lo dábamos por concluido.
Se aseguró del dinero que había en la caja y vio que estaba pendiente el recibo de la luz.
- ¿Hasta esta pella me dejas?
- Si yo la iba a pagar...
- Sí. Como no fuese con arandelas...
Y una vez se quedó a solas con su hijo, procedieron a observar lo que podía servirles para el consumo del pub.
- Recojamos lo imprescindible, que tiempo habrá de llevarse lo que no necesitamos de momento.
Y minutos más tarde cerraron el bar. Pasaron la cadena nueva y la aseguraron con el candado reciente y quedó sellado a cal y canto. Recogió los cierres ya usados para cambiarlos por otros y contemplaron la cancela echada.
- Lo empezamos con ilusión y han sido muchas horas. Pero más vale una retirada a tiempo que una huida hacia delante.
Y, montando en la furgoneta, partieron para dejar el género que llevaban en El Hobbit II. Desde luego, lo transportado no alcanzaba a doscientas mil pesetas, que era la deuda que Pepe le había dejado a Rafa.

 

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