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Capítulo 8

¡Viva El Hobbit II!

Es cierto que mantuvo una entrevista con el marido de Emilia en el pub. El hombre estaba sin trabajo y sí le merecía confianza. Pero no quiso arriesgarse a mantener un negocio que había ido de capa caída y que ya él no podría levantar.
- Hacienda, que tu amo te atienda; y si no, que te venda. -. Le habían enseñado desde pequeño. Y eso es lo que se dispuso a hacer.
Puso un cartel en el bar y dos anuncios en Segunda Mano. Además, como es lógico, habló con la señorita Ureta y le preguntó que si tenía algún inconveniente. Que él, la única pega que veía era no otra que la cláusula tan elevada que a ella le correspondía por el traspaso, lo cual iba a obligar a que la cifra que él pidiera fuese muy alta y que iba a dificultar el traspaso. Le contó las pegas que había tenido y le dejó entrever que o accedía a rebajar esa cifra o iba a cobrar la renta tarde, mal y nunca.
Ella le dijo que lo pensaría y Lucas supo, una vez más, que se iba a avenir a razones.
- Lo único que le ruego es que la persona a quien se lo traspase sea digna de confianza y que el negocio siga siendo serio, como mientras usted lo ha tenido.
- Eso, desde luego. Se lo prometo.
Y esperó las oportunas llamadas de los posibles interesados.
La primera que tuvo fue la de una señora vecina del barrio. Se interesó por el precio y Lucas le explicó que, si la propietaria accedía a rebajar su participación, él podría bajarlo, desde luego.
Resultaba que esta señora conocía a la Ureta y le dijo:
- ¡Uy! Ésa no le descuenta ni una peseta.
- Ya verá como sí. Usted, si está interesada, vaya preparando el dinero. Y si necesita ver el bar por dentro, hacemos una visita cuando quiera.
Más tarde recibió la llamada de un joven y quedó con él. Fueron a verlo y todo fueron pegas. Que si aquello había que reformarlo, que si esto había que quitarlo, que si estaba muy sucio, que si...
- ¿No le gusta, verdad? ¡Pues ahorrémonos de discusiones! Ya sabe cuál es el precio así que, si le interesa, me llama.
No estaba dispuesto a perder el tiempo en charlas insulsas.
Tuvo dos o tres visitas por el estilo y en alguna sí vio interés; pero, al cabo, quedaron en agua de borrajas. No era tan sencillo traspasar un bar y menos en las condiciones económicas por las que empezaba a atravesar el país.
Hasta que halló a su caballo blanco, lo cual no tardó mucho en suceder.
Una mañana recibió la llamada de un señor que parecía interesado. Acordaron verse y allí se encontró con un matrimonio, de los cuales le encantó él pero no tanto ella.
Pasó a explicarles todos los pormenores, sin ocultar los inconvenientes pero resaltando las ventajas. Les habló del Instituto y del dinero que proporcionaba. Y de los clientes fijos y de cuanto él había llevado a cabo en el bar.
- Habría que empezar por realizar una gran reforma. -. Le dijo él, que se llamaba Luis. -. No es oro todo lo que reluce.
- Yo le aconsejaría que se dejase de reformas, por el momento; que se limitase a limpiar y que, con los frutos de su trabajo, hiciese cuantas mejoras estime oportunas. A mí me ha funcionado así. No veo por qué a usted le tiene que ir peor.
El tal Luis era camarero de toda la vida. Había sido despedido recientemente del hotel en el que trabajaba y había cobrado una buena indemnización. Tenía dinero para quedarse con El Hobbit.
- Yo le llamaría Cafetería Cervantes. - Aseguró. -. Por eso que me ha dicho de los chicos del Instituto.
- Usted puede llamarle como considere oportuno.
Ella, la mujer, parecía más reacia.
- Pero, ¿está todo en regla?
- Totalmente. - Le aseguró Lucas. -. Yo nunca les vendería un muerto. Los recibos de alquiler están todos pagados, excepto el último que se halla en poder de la propietaria y que se liquidaría en el mismo momento de la firma del contrato ante ella. No tenga usted cuidado por eso.
Y quedaron a la espera de la respuesta de la Ureta.
Habló con ella y le aseguró que se trataba de un matrimonio consciente y serio, que él era un profesional y que vivían no muy lejos del bar. Así que, le aseguró, estaban a la espera de que ella decidiese.
- Pero, señor Lucas... -. Le preguntó. - ¿Está usted seguro de que no correré riesgos?
- Señorita, riesgos siempre hay que correr, pero yo creo que, en este caso, pocos corre. Es buena gente.
- Si usted así lo cree...
- ¡Me jugaría el cuello!
Como de costumbre y siempre pasa, la señora que en primer lugar se interesase por el bar le volvió a llamar.
- ¿Ha traspasado usted ya el bar?
- En ello estoy. Y ya lo tengo apalabrado.
- ¡Vaya! Ahora que lo quería yo. Estaba dispuesto a pagarle dos millones de pesetas por el mismo.
- ¡Pues no sabe cuánto lo siento, pero me pagan tres!
Y no hubo más que hablar.
La Ureta, como estaba previsto, accedió a las condiciones que Lucas quiso ponerle. A ella lo que le interesaba era cobrar todos los meses puntualmente, así que el resto le daba igual. Con él lo había hecho y le consideraba persona seria y solvente. Así que confió en cuanto le dijo.
Quedaba por pagar el recibo de la luz. No iba a dejarle semejante deuda y, aunque se trataba de más de cincuenta mil pesetas, hizo frente a ellas. Una cosa más que agradecerle a Pepe, que por aquellos días le había demandado ante el Instituto de Arbitraje y Mediación por despido improcedente.
- Lo que no me parece procedente, Pepito, es que, después de cómo me he portado yo contigo y las deudas que he pagado en tu nombre, me salgas con líos de ésta índole.
- ¡Coño! Es que llevo once meses trabajando y me queda uno más para cumplir el año y percibir el paro.
- Pues, chico, eso tiene fácil arreglo. Yo cotizo un mes más por ti y tú te quedas a gusto.
- ¿Y de cobrar el mes, qué?
- ¡Mira, no me toques los cojones que bastante lo has hecho ya! Me dejas una pella con Rafa; la luz sin pagar, que vengo de pagarla; te ofrezco cotizar por ti el mes que dices que te queda y me olvido de la deuda que tienes conmigo. ¿Encima quieres que te pague un mes que no vas a trabajar? Creo que me conoces bien. Soy cabezota como yo solo y no te voy a reprochar nada de lo malo que hayas hecho. También hiciste cosas buenas, pero si me llevas a juicio por esa memez, te aseguro que saco a relucir todo el asunto y ya veremos quién pierde más.
Y Pepe dijo que bueno.
Así que acudieron al acto y dijeron que sí, que retiraba la demanda y que era admitido nuevamente en su puesto de trabajo. Todo quedó en orden.
Esa tarde acudió con los nuevos inquilinos y aguardaron a la Ureta. Esta vez no hubo necesidad de abogados. Los papeles los había hecho él y los cheques se intercambiaron. Cada cual pagó lo suyo y la señorita y él recibieron lo convenido. A ella le parecieron muy bien los nuevos inquilinos y quedaron en la renta nueva que, a petición de Lucas no se aumentó para nada. Les ofreció a los nuevos dejarles las bebidas que él no precisaba, pero Luis las rechazó.
- Tenemos que hacer obras y no harían más que estorbarnos...
- Yo le vuelvo a aconsejar que no se meta en líos. Trabájelo y cuando le saque rendimiento, entonces haga lo que quiera.
Pero el otro insistió.
- Está bien. Cada uno, con su dinero, hace lo que quiere.
Y ya no le dio más vueltas. Le entregó las llaves, después de explicarle por enésima vez cómo funcionaba todo, le regaló el equipo de música y el televisor a color - el convertidor del Canal Plus no, por supuesto - y le preguntó que si deseaba algo más.
- No, nada. Salud para trabajarlo.
- Pues eso, espero que la tendrá.
La Ureta estaba encantada con su comportamiento.
- Desde luego, Lucas, es usted todo un caballero. -. Reconoció.
- ¿Si, verdad? No como otros que le dejaron todo empantanado. Pero es que eso se mama desde pequeño y luego se desarrolla con los años.
Y, sin nada más que hacer allí, se despidió de todos y salió de El Hobbit.
Meses más tarde, una mañana que bajó al Rastro a ver a su antiguo proveedor de música, pasó por la que ya lucía en sus rótulos el nuevo nombre de Cafetería Cervantes. Estaban de obras y le fue casi imposible pasar. Conoció a la hija de Luis y vio que por allí rondaba Pablo. Después supo que acabaron casándose.
- ¡Pero, Luis! ¿Y estas obras? -. Preguntó.
- ¡No vea! Mire usted cómo estaba esa viga de madera, carcomida y a punto de caerse.
- Pues a mí no me dio problemas... Pero, en fin, si lo paga la propiedad, como supongo...
- ¡Hombre, claro! Eso corre de cuenta de la señorita Ureta.
Y también observó que ya no estaba su vieja cafetera. Una nueva, electrónica y reluciente, junto con un calentador de leche, estaba preparado para empezar a funcionar en cuanto acabasen las obras.
- ¡En mucho te has metido tú, me parece! Ya veremos si no te sale el tiro por la culata.
Y no se equivocaba. A Luis no le fueron las cosas bien y no fue por falta de ganas, pero era la historia de siempre. Eran muchos a comer de un negocio tan pequeño y la teta no daba para más. Los aires de grandeza nunca resultan muy buenos.
Aquella tarde, cuando se encontraba en el pub, viendo a los muchachos de aquel nuevo barrio jugar al billar y mientras servía copas, se quedó un instante pensativo.
- Primero fue El Bunker, luego El Hobbit y ahora esto... -. Meditó.
- ¿Y cómo nos irá? -. Se dijo.
Se sirvió una copa de cerveza, se mojó la boca, volvió a darle un trago y la apuró hasta el fondo.
- Espero que bien. Todo lo demás se queda atrás. ¡Viva El Hobbit II!
Y encendió un cigarrillo.


FIN.

 

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