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Capítulo 6


Pepito, el bien hecho

Pepe siempre venía con su cuñado después de acabar la faena diaria. Se bebía unos vinos, no demasiados, y comentaba con Lucía cosas de su vecina tierra. Se le veía buena gente y muy amigo de todo el barrio, sobre todo de la gente mayor. Siempre andaba contando cosas de su pueblo, de las tierras que tenía, del coche que yacía allí abandonado y de a ver cuándo iba a recogerlo. Y se le veía quejoso de Alfonso. Decía que le pagaba mal.
La verdad es que esto no era del todo cierto, pero sí que Alfonso abusaba de su cuñado. Tan gordo como estaba Pepe, todas las cargas y los trabajos duros se los encomendaba a él. Y las pesetas no relucían precisamente por su cuantía; y eso cuando le pagaba, que siempre andaba con retrasos. Al menos, era lo que él contaba.
Pero lo que acabó por convencerle no fue otra cosa que sus contactos en el barrio o, al menos, los que Lucas creyó ver. Todas las vecinas le saludaban cariñosamente, se llevaba bien con todos y sabía cocinar, ya que vivía solo. Y se animó a proponérselo.
- Pepe. -. Le interpeló una mañana que llegó solo, sin la eterna compañía de su cuñado. - ¿Tú has sido repartidor de cervezas, verdad?
- Sí. Hasta que cerraron la planta. Durante muchos años, ya lo sabes.
- ¿Y qué te parecería servirla en vez de repartirla? O sea, repartirla en los estómagos en vez de ir de bar en bar y de obra en obra?
Pepe se quedó sorprendido.
- ¿Me estás ofreciendo trabajar en el bar?
- Sí. Naturalmente. Cien mil pesetas al mes. Pero aquí no hay horas. Lo bueno que tienes es que vives enfrente y sabes que yo vengo por las tardes y que yo cierro.
Y Pepe le estrechó la mano.
Así fue cómo empezó la nueva etapa, con tan breve diálogo y sólo un apretón de manos. Más tarde acabarían en el Juzgado, pero no adelantemos acontecimientos.
Pepe se incorporó al día siguiente. Dejó las herramientas de Alfonso y empuño las de Lucas. Cambió el yeso por los vasos de cerveza y aprendió bien prontamente a manejar la cafetera. Al principio, barría todos los días y hasta fregaba el suelo. Tenía el bar como los chorros del oro.
Y fue bien cierto que atrajo clientela. Clientela de poca monta y de menos posibles pero muy fijos. Y es que, como se dijo al principio, Pepe, con todo lo feo que era, bajo, rechoncho y miope, tenía éxito entre las mujeres. Lucas no se explicaba el por qué, pero el caso es que así era.
- Desde luego, macho, tú de Adonis no puedes presumir precisamente. Pero simpatía entre las féminas no hay duda que levantas.
- Lo único que levanto. Simpatías
Y los dos rieron el chiste.
Los comienzos de Pepe en El Hobbit fueron prometedores y aún beneficiosos para él. Su vida se estabilizó, se dejó de lluvias y fríos, tuvo su horario de apertura y de cierre, porque insistía en quedarse con Lucas y su mujer cuando ellos se quedaban y lo mejor de todo era que casi bajaba a trabajar en pijama. Solamente era cruzar la esquina.
Desgraciadamente, bien pronto empezaron a mangonearle las mujeres, como queda contado, en especial la hija, pero por el momento supo contenerlas. Todo marchaba viento en popa.
Aquel año, los hermanos de Lucas tuvieron una brillante idea. Poseían desde siempre, herencia paterna, un edificio en la vecina Atocha, de naves industriales, en proindiviso con un socio que había fallecido, así como la viuda. Y no se les ocurrió más que intentar hacer negocio. ¡Y vaya si lo hicieron!
De momento, entraron en contacto con un buen abogado y éste les aconsejó lo que debían hacer. Fueron a juicio, lo enfocó muy bien y consiguieron quedarse con la otra mitad del edificio por bien pocos millones de pesetas. Pero había que aportarlos.
Lucas, aunque tenía dinero de la venta de su piso, se vio comprometido porque no le alcanzaba y tuvo que recurrir a un préstamo. Se lo concedieron gracias a su hermano e hizo frente al pago de su parte. Todavía quedaban trámites pendientes y, además, unos herederos de la otra parte, surgidos de no se sabe dónde pero sí de allende los mares, recurrieron el veredicto.
El Letrado les aconsejó hipotecar, vender, lo que fuera, a fin de enmarañar el asunto lo más posible y que, si los oriundos encontraban algo, se hallasen con tal lío que no pudieran deshacerlo. Lo cierto es que no le hicieron caso y dejaron la cosa correr. Pero Lucas no se hallaba en situación de esperar, ya que él había puesto todo su dinero entre una cosa y otra: La casa y El Hobbit. Por ello, exigió y obtuvo que se repartieran los pisos por sorteo, poniéndoles a cada uno un valor que consideraron oportuno.
Una mañana de domingo, aprovechando que Pepe ya estaba en el bar, reunió a sus hermanos en casa de su madre, donde vivía, y se hizo el sorteo. Tuvo bastante suerte. Le tocó el piso que menos valía pero el más fácil de vender. Y, aparte, una buena cantidad de millones que le tenía que abonar uno de ellos. Con eso podría pagar el crédito al Banco y verse libre de gaitas. Automáticamente, puso el piso en venta, en manos de un amigo Agente de la Propiedad, y se quedó tranquilo.
Con las cuentas resueltas, aunque no con mucho dinero, enfocó los temas de otra forma y comenzó a sentir nostalgia. Se acercaba el verano y Lucas se acordó de la Sierra. ¿Qué sería de su Bunker? Por lo que sabía por parte de su hija, la cual ya había vuelto al redil aunque con desconfianza, el año pasado no se había abierto.
- ¡Qué lástima de sitio! Y lo bien que lo pasamos. ¡Cuánto me gustaría volver!
- ¿Y El Hobbit? -. Le preguntó Lucía.
- Podría llevarlo perfectamente en estos meses Pepe. Él, que lo mantenga. Mientras, nosotros, ganamos dinero allí y, de paso, tomamos el aire.
Y dicho y hecho, buscó el teléfono de Javier Zafra. Le costó encontrarlo porque ya no vivía donde antes, sino en un chalet de Galapagar, pero sí encontró el de sus padres y se dio a conocer. Hasta habló con el hermano y fue éste quien le dio el número de Javier.
Y le llamó y habló con él. Quedaron en verse en su casa y vino a ella.
Zafra estaba como loco por alquilar el chiringuito. Y más aún por venderlo, ya que estaba en muy mala situación económica. Lucas le dijo que llegaba tarde para eso de la venta, que había invertido todo su capital en otro asunto de mayor envergadura, pero que podrían hablar del asunto una vez transcurrido el verano. Que ahora hablasen del alquiler, si es que le interesaba.
Con premura accedió Zafra. Y, ciertamente, Lucas hizo el primo. Ofreció la misma cantidad que había pagado hacía dos años: Quinientas mil pesetas. Al otro se le hicieron los ojos chiribitas y los dedos huéspedes. Más tarde le diría su hijo a Lucas que había hecho el tonto, que por trescientas mil lo habría sacado lo mismo.
Pero a Lucas no le pareció oportuno rebajar la cantidad que ya había dado una vez y que sabía se sacaba y con creces.
Y una mañana, bastante temprano, se fue con Zafra a ver en qué estado estaba el chiringuito.
Cuando llegaron vieron que estaba muy abandonado y que la mitad del cañizo que con tanto esfuerzo colocara su futuro yerno estaba semiderruido. Pero con un poco de pintura y mejor buena fe podría valer. Y llegaron al acuerdo, que firmaron por escrito.
La verdad es que Lucas llevó dos contratos. En uno se hablaba del mero alquiler, como habían quedado. En el segundo, de un alquiler con opción a compra por un total de dos millones de pesetas, pagaderos al concluir el verano y descontando las quinientas mil del alquiler percibido. Al parecer, Zafra se había separado recientemente de su esposa y vivía con otra mujer y necesitaba urgentemente dinero. Y estaba dispuesto a vender su alma al Diablo si preciso fuere.
Pero no tuvo ánimos para hacerle firmar los dos. Firmaron solamente el de arrendamiento y dejaron el otro, el de opción a compra, para más adelante. Verdaderamente, Lucas hizo el idiota en esta ocasión, porque ya nunca lo firmarían y se quedaría sin El Bunker, que más tarde pasaría a manos de otra persona y por bien poco dinero. Pero ni quiso abusar del débil ni quiso comprometerse a una cosa perenne que ya en su día le había molestado: La distancia tan larga. Una cosa era pasar un verano trabajando y otra bien distinta atarse a un puesto de trabajo fijo en un sitio lejano.
¡Bien que lo lamentó más tarde! Y es que en esta vida no hay que ser ni tan bueno ni tan tonto...
Visto lo visto, volvieron a Madrid.
Lucas habló con sus hijos:
- Este año podemos volver a triunfar y más que hace dos. La gente ya nos conoce y sabemos del oficio. ¿Estáis dispuestos?
Como siempre, los chicos aseguraron que sí. Y Miguel, que se hallaba presente, propuso:
- Y podríamos organizar conciertos. Ya sabes que este año tengo mayores contactos con grupos de mi estilo y a la gente le gusta todo lo que sea música.
Acababa de grabar un disco acompañando a un célebre conjunto de música celta.
- Pues lo haremos, ¿por qué no? Todo lo que sea atraer a la gente es bueno y podemos probar. Si la cosa resulta, pues repetimos.
Y así quedaron.
Como ya conocían el percal, ese verano no acudieron tan temprano. Sabían que hasta julio no daba comienzo el verdadero negocio y no quisieron desatender El Hobbit por atender El Bunker. No se debe desnudar un santo para vestir otro.
Lucas habló muy en serio con Pepe.
- Chico, la verdad es que a mí me da un poco de miedo quedarme solo... - rezongaba éste.
-Tranquilo. Tienes el bar encarrilado, sabes cómo y a quién se le piden las cosas. Tú sigue mi rutina, no pierdas clientes y mantenlo. No te pido que lo eleves de tono. El dinero lo voy a ganar yo en la Sierra. Tú haz que el bar se mantenga.
- Pues así lo intentaré hacer. - Aseguró el gordo.
- Hazlo y verás como no nos arrepentimos. Yo vendré todos los miércoles, que es el día que vienen los de las tragaperras, y me cuentas los problemas, si es que los hay.
Y decidieron marchar para El Bunker.
La llegada fue apoteósica. Todos les recordaban y todos quisieron ser los primeros en saludarles.
En dos años cambian mucho las cosas y algunas parejas que entonces eran novios ya eran matrimonios. Y hasta algún crío había nacido. Pero, con niños y todo, la gente iba y abarrotaba la terraza.
Les había salido un serio competidor en cuanto a los muy jóvenes y no era otro que un chaval que dos años antes había sido cliente suyo. Se trataba del Tomeque, un joven hippy que había alquilado el bar que tuviera Justo. Y, como permitía fumar porros dentro del local, los jóvenes porreros solían bajar a hacerle compañía. Pero poco le duró el negocio. La ya amplia experiencia de Lucas se dio a valer y el mismo Tomeque acabó por subir a tomar cervezas desde su bar. Y, desde luego, era el primero cuando había concierto.
Decidieron abrir a mediados de julio y hacerlo con una gran fiesta a base de whisky JB. El mismo Rafa, el de la bodega del mercado de San Fernando, se lo sirvió a domicilio, junto con unos juegos de llaveros y encendedores. A esto, ellos añadieron un par de juego de parchís y otras naderías, pero que a la gente les gustaban. El caso era romper el hielo de un año sin abrir el establecimiento y lo iban a conseguir.
Pero surgió un grave inconveniente que casi frena en seco todas sus aspiraciones. Y fue verdaderamente trágico.
La hermana de Lucía se encontraba enferma desde hacía años y en aquellos instantes su estado era muy grave. Llevaba ingresada en La Paz varios días y estaba sometida a diálisis. La cosa no tenía remedio, por más que su marido tratase de ignorarlo, pero Lucas y su esposa estaban convencidos de que se avecinaba un rápido final. Estaban en la duda de empezar su labor en El Bunker o aguardar acontecimientos.
- Tu hermana está para morirse, la verdad. Pero no sabemos cuándo. Tampoco podemos estar esperando, como aves de rapiña, que ello ocurra para dedicarnos a nuestro negocio. Yo creo que deberíamos abrir y cada pocos días venimos a verla. ¿Te parece?
Lucía estuvo de acuerdo. El mal era irremediable y ellos no podían hacer nada por evitarlo. Así que quedaron en ese acuerdo.
Y a primeros de julio, una vez limpio el local y la terraza, habiendo adquirido nuevas sillas de plástico, ya que las que había de años anteriores estaban muy deterioradas, abrieron el chiringuito.
La verdad es que había poca gente esa noche porque todavía hacía fresco aquel verano. Tuvieron unos cuantos clientes y, luego, el tema se detuvo.
Fue entonces cuando el hijo de Lucas dijo de acercarse a la estación a ver cómo estaba el panorama por allí, con la discoteca que, al parecer, habían inaugurado.
- Bueno, ve y echa un vistazo. Así sabremos qué clase de competencia tendremos este año.
Y para allí que se fue el chaval.
Antes de irse, su padre le advirtió:
- Cuidado con el coche. Es el único medio de locomoción que tenemos y dependemos enteramente de él.
Parecía como su fuera un brujo y le dieran premoniciones. Siempre le había ocurrido, como cuando no quería ir al chiringuito el célebre día de la bronca con el novio de su hija, hacía dos años. Y nuevamente acertó de lleno.
Pasaron dos horas y el muchacho no volvía. Lucas comenzó a ponerse nervioso y a dar vueltas por la terraza.
- A este chico le ha ocurrido algo. No es lógico que tarde tanto.
- Ve a ver. -. Le dijo Lucía.
- ¿Y cómo coño voy a ir, andando? De aquí a la estación hay una tirada. Esperaremos un rato.
Había un muchacho que se ofreció a llevarle en una moto, pero a Lucas le aterraban los vehículos de dos ruedas.
- No. Aguardaré. No creo que pueda tardar mucho. Salvo que se haya pegado un trastazo.
¡ Otra vez sus premoniciones!
Pasó otra media hora más y cuando ya estaba decidido a ir a la estación como fuera, andando, en moto o en burro si es que lo había, se presentó su hijo. Venía sangrando por la ceja y con la cara descompuesta.
- ¡Papá! Me he estrellado contra un árbol.
A Lucas le dieron ganas de darle un sopapo. ¡Mira que se lo había dicho! Porque, para colmo, el muchacho echaba un pestazo a alcohol que tumbaba de espaldas.
- ¿Dónde?
- Aquí cerca, en una curva. Me ha derrapado en la arena...
- Y venías a toda leche y mojado por dentro como una cuba, ¿no?
El chaval hizo un gesto de impotencia.
Caminaron rápidamente por la calle cuesta arriba y salieron al camino de arena que conducía a la estación. Iba echando el bofe. Entre lo empinado del camino y los nervios que llevaba, estaba desquiciado.
Y allí se hallaron, empotrada contra un enebro, muerta para siempre, la plateada furgoneta que tan buen servicio le había dado. Se echó las manos a la cabeza y no pudo por menos que exclamar en voz alta, casi a gritos:
- ¡Dios! ¡La hemos jodido! Esto no tiene arreglo.
Y claro está que no lo tuvo. La reparación costaba más que un coche nuevo y no merecía la pena. Optaron por enviarla al desguaze.
Se les presentaba un problema y gordo: No tenían coche. ¿Cómo se las apañarían para las compras y todo? Estuvo viendo una furgoneta grande en el mismo taller donde llevaron los restos de la Renault pero no le convenció. Y entonces recurrió a su hermano, que vivía en Las Rozas.
- Te llamo porque...
- ¡Leche! Estoy intentando localizarte hace días. Hemos vendido uno de los pisos de Atocha. El de la pensión. Y tienes un dinerito aquí.
- ¡Pues no veas cómo me viene! Me ha pasado esto con el coche. -. Y se lo explicó.
- ¿Tú tenías uno pequeño que no usas, verdad?
- Sí. Y el Opel Manta, el que te gustaba tanto, que lo vendo.
- Pues mañana me acerco y hablamos.
Y en eso quedaron. Casualmente, había quedado con Antonio, el Largo, en que viniera aprovechando que era sábado y le viera unas cosas de la instalación eléctrica, materia en la que era ducho. El muchacho se presentó a primera hora y realizó, con el buen estilo que le caracterizaba, las reformas que mejor vio. Unos enchufes, unos apliques, un repaso general...
Después de comer, Lucas le rogó que le acercase con su coche a Las Rozas y así lo hizo.
Cuando llegaron a casa de su hermano, éste ya se iba a jugar su consabido partido de tenis.
- ¡Ahí tienes el Forito! Te advierto que anda como una bala.
- ¿Y el Manta?
- En el taller. Le están sacando un golpe que me dieron. Dentro de unos días estará. ¿Te interesa?
- Naturalmente. Siempre que no me pidas mucho.
Y así, de una tacada, Lucas se halló con dos coches porque, al cabo, decidió quedarse también con el Ford. El Manta era demasiado lujoso para ciertas cosas.
De una humilde furgoneta habían pasado a tener dos coches.
Por cierto, el día que fue a recoger el Opel, le pidió a su hermano que le diera un millón de pesetas en efectivo de la parte que le correspondía de la venta del piso. El resto, una vez descontado el importe de los dos vehículos, que se lo metiese en el Banco.
La fiesta del JB fue todo un éxito a la semana próxima. Hasta el Bareta les proporcionó unas camisetas sin mangas, en las que dibujaron el anagrama del El Bunker, y la gente pedía los whiskys a troche y moche por hacerse con las papeletas de los regalos. Al final acabaron dándolos ya directamente. El personal no estaba para más copas.
- Habrá que repetirla. Ha sido todo un éxito.
- Seguro. ¡Y bien que nos ha ayudado esa muchacha extranjera! -. Dijo su chaval, el del accidente.
- Bueno, extranjera es de nacimiento, pero sus padres son españoles aunque ella naciera en Suecia. ¿Cómo dices que se llama?
¡Demasiado lo sabía, pero quiso ver el efecto de sus palabras en el chico. Y es que ya se había liado con la llamada Natalia.
- ¡Juventud, divino tesoro! ¡Si yo tuviera veinte años menos..! -. Pensó.
Y telefoneó a Rafa, el de la bodega, para encargarle otra fiesta para el próximo fin de semana.
- Pues, chato, tendrás que venir tú por el género. Se me ha estropeado la furgoneta y no me la tendrán arreglada para ese día.
- Ya veremos cómo lo hacemos.
Lucía dijo de ir a ver a su hermana. Hacía ya días que no sabía de ella más que por teléfono y las noticias que les daba el cuñado iban de mal en peor.
- Pues iremos. Y, de paso, me traigo las botellas yo.
Y allá, camino de Madrid, que voló por primera vez el Manta. ¡Era una delicia su conducción aunque, como decía Lucas, era un coche de hombre! Tenía la dirección muy rígida.
Fueron derechos a La Paz. En la autopista, todos los coches se les apartaban a pesar de que él no le pisaba apenas. Pero es que el coche, tan bajo y tan aerodinámico, imponía a los demás conductores.
Cuando llegaron, mientras aparcaba, notó que le rateaba un poco. ¿Qué le ocurriría?
Decidió dejarlo para más tarde y subieron a ver a su cuñada. Allí estaban otro familiares del marido y éste, que andaba de un lado para otro.
Se asomaron a verla y a Lucas aquello le dio muy mala espina. Lucía le miró y no hizo falta que se dijeran nada. Se comprendieron sólo con la vista.
- Oye, quédate tú. Yo voy a acercarme a comer a casa, con mi madre, y luego iré al bar. Además, tengo que ver lo que le ocurre al coche.
- Sí. Yo no quiero moverme de aquí.
- No, no creo que debas. Esto va a ser inminente.
Y le dio un beso a la enferma y le dijo, simplemente: - Hasta siempre, bonita. ¡Mira que fuiste buena, pero el Destino te ha maltratado!
Sabía que no la volvería a ver viva.
- ¿Qué te ha dicho el médico? -. Le preguntó a su cuñado.
- Que está estacionada, que mejorará...
- ¿Tú no te estás dando cuenta de que tu mujer se muere?
- ¡No, por Dios! ¡Que va!
- Bueno, piensa lo que quieras, pero yo lo veo venir y, además, muy cercano.
Y le dejó al otro en la duda.
El coche le fue yendo a tirones y logró llegar a casa. Comió y se dispuso a ir a ver cómo le iban las cosas al gran Pepe. Apenas si pudo llegar. Se le calaba a cada momento y luego le arrancaba con gran estrépito.
- ¿Dónde coño hay un taller por aquí? Vengo que apenas si llego... -. Fue su saludo al gordo.
- ¡Pues vaya! Coche nuevo y se casca de repente.
- Ignoro lo que le ha ocurrido. Es como si se hubiese ido de punto.
Aparcó en la puerta y estuvieron buscando talleres en la guía telefónica. En cuanto decía que se trataba de un coche de inyección, la gente le decía que no. Además, la mitad de los sitios estaban de vacaciones.
Al final encontró uno que aceptó echarle una ojeada y decidió acercarse. Antes de irse le advirtió a Pepe:
- Mira si me llama mi mujer. Estamos esperando malas noticias.
- Descuida. Estaré al tanto.
En aquel taller le hicieron el paripé de que lo veían, pero la verdad es que no le hicieron nada.
- Mire, estos coches de inyección tienen un tratamiento especial. Mejor que busque un especialista.
Y ni siquiera le cobraron.
Volvió al bar a duras penas. Daba lástima ver cómo se arrastraba el coche, el mismo que aquella mañana había volado por la autopista.
Cuando pasó por la puerta, vio que Pepe salía gritando y haciendo señas de que parase. Retuvo el motor como pudo, por temor a que no le volviese a arrancar y le esperó.
- ¡Acaba de fallecer tu cuñada!
¡Cago en diez! Lo esperado. ¡Y que no se equivocaba nunca, estaba visto!
Arrastró el coche como pudo hasta la esquina, donde había un hueco y lo aparcó. Sudoroso y de mala leche, volvió al bar.
- ¿Cuándo te ha llamado Lucía?
- Hace apenas diez minutos.
- Pues me voy para allá. No quiero dejarla sola. Ya veré lo del coche. Por ahora, que se quede donde está.
Pero antes de irse, tomó el teléfono y llamó a la Sierra. Le costó trabajo pero, al cabo, pudo hablar con su hijo.
- Tomad el Ford y veniros. La tía acaba de morir. Y yo tengo el Manta cascado. Me voy en un taxi para La Paz.
El chico tomó buena nota y dispuso la ida para Madrid de su hermano y él.
Rápidamente se acercó al hospital y buscó en la habitación. Ya no estaban. El cadáver había sido conducido al tanatorio y la familia estaba en una sala. Abrazó a Lucía, queriéndola consolar.
- Si era de esperar, mujer...
- Ya, pero no por más esperado menos temido...
Y tuvo que darle la razón.
El marido, su cuñado, llegó en aquellos instantes con uno de sus hermanos. Venían de arreglar el papeleo del entierro.
- ¿Ves? ¡Bien que te lo dije!
- Yo no me lo podía creer. -. Sollozó.
- Pues estaba bien claro...
Y aquella noche, el cuerpo de la difunta fue trasladado al tanatorio de la M-30.
Mientras, los chicos llegaron y se fue con ellos a ver el Manta. Decidieron llamar a la compañía de seguros y que lo retiraran de la calle. No se fiaba de dejarlo allí. Al rato, llegó una grúa, conducida por un negrito y éste dijo que en su taller podrían repararlo. Tomaron las señas de dónde lo llevaban y quedó en que al otro día hablaría con el jefe.
Se acercaron al tanatorio y recogieron a Lucía. Era absurdo que pasara la noche allí. Ya no había nada qué hacer por su pobre hermana.
Al otro día sí la acercó temprano y luego él se fue a ver lo del coche y a hablar con Rafa. Lo del automóvil estaba en vías de solución. Eran las toberas de los inyectores, por lo visto. Después de estar tanto tiempo parado, al haberle metido caña en la venida a Madrid se habían obstruido.
- Mañana tarde lo tiene usted y mejor que nunca.
- Pues si ya era una bala, ahora será un avión...
Y se marchó a ver al bodeguero.
- Te tengo preparadas las cajas y los regalos. ¿Cuándo vendrás por ellas?
- Cuando me tengan el coche y entierren a mi cuñada.
- ¡Vaya, lo siento! Pocas ganas tendréis de fiestas...
- Sí, ninguna. Pero hay que vivir. Y las penas no dan de comer.
Y marcharon para el tanatorio.
A la mañana siguiente fue el sepelio. Lágrimas y llantos por doquier. Lucas no pudo contenerse y también vertió alguna, aunque su papel de hombre duro quisiera imponerse. Después fue a recoger el coche y, ya con él, se acercó a la bodega. Cargaron las cajas de botellas y se dispuso a ir, después de comer, a una misa que le decían a la difunta. Era el último homenaje que podían darle.
La verdad es que el espectáculo de un coche cargado de cajas de licor, parando ante la puerta de una iglesia no era muy habitual, pero era su trabajo. Así que tuvieron que hacerlo.
Una vez terminada la ceremonia, se despidieron en la puerta y ellos se aprestaron a viajar hacia la Sierra. El Ford, con los dos chicos, y Lucas y su esposa, con todas las botellas, en el Manta.
Pasaron un instante a despedirse de Pepe y éste les deseó buena suerte.
- ¡Cuida del bar! En tus manos lo dejo y ahora ya sí que por un tiempo. Nosotros vamos a darle fuerte.
Y se estrecharon las manos.
Enfilaron la calle y buscaron la salida hacia la carretera. Atrás, de momento quedaba El Hobbit y, delante, les aguardaba El Bunker.
Fue un viaje triste y callado, pero había que seguir. Los vivos son los que cuentan.
Aquella noche descansaron con ganas. Al otro día era sábado y era para cuando tenían fijada la nueva fiesta. Nuevamente la tal Natalia les echó más que una mano y Lucas no pudo por menos que mirarla con cariño. Veía que la chica lo hacía por amor a su hijo y que éste la correspondía.
- ¡Lástima que tenga una niña y que tenga otra cultura! Como aventura de verano no me parece mal, pero temo que tu hijo se lo tome demasiado en serio.-. Le dijo a su mujer.
Pero se equivocaba. La que se lo tomaba en serio era la chica. El muchacho lo estaba, y lo seguiría, pasando en grande con aquella extranjera que estaba libre de prejuicios y a quien no le importaba enseñar los pechos por las hombreras de la camiseta a los viejos, mientras les servía sus cortitos. ¡Y bien que se fijaban éstos en ella, aunque pudiera ser su nieta y de hecho lo era de un vecino!
Aquella noche celebraron la fiesta y nuevamente se volvió a llenar el chiringuito. En esa ocasión no estuvo Miguel, quien prefirió quedarse a hacer compañía a su cuñado, tan recientemente viudo.
Las noches de El Bunker fueron pasando. Y también sus tardes, que estaban animadas. Era el mismo público pero con diferentes bebidas. De tarde apenas si se tocaban los cubatas y corría más la cerveza y los refrescos. Y algún que otro café con sus copas de ponche. A la caída de la noche ya sí le empezaban a dar al licor en serio.
Estaban satisfechos. Dentro de la desgracia de la pérdida de la hermana de Lucía, estaban volviendo a triunfar.
Los miércoles por la tarde, después de comer, Lucas tomaba el Manta y se dirigía a Madrid. Veía a su madre un rato, mientras no se fue con sus hermanos a la playa, y después se dirigía al bar. Allí coincidía con los de la máquina y echaban cuentas. Y un día surgió el primer incidente.
- Faltan treinta mil pesetas. -. Aseguró el recaudador.
Lucas consultó a Pepe con la mirada, como preguntándole qué había pasado.
- ¡Pues tú ya sabes que yo no la toco! Solamente la abro para sacar monedas para cambio.
- Pero es demasiado para confundirte. Algo debe haber ocurrido.
Aquel incidente, que luego se resolvió afortunadamente porque las monedas aparecieron en el interior de la máquina, en unos tubos de soporte, y nadie acertó a explicárselo, comenzó a inquietarle. ¿Sería tan de fiar Pepe como él había supuesto? Y ya se quedó con la duda.
Siempre es malo levantar la sospecha de algo, aunque en aquella ocasión el pobre gordo no tuviera culpa alguna. Y Lucas revisó las cuentas de caja y empezó a ver cosas si no raras, sí un tanto absurdas.
Pepe no se llevaba el dinero, eso por supuesto; pero los cuadres de caja eran la mar de extraños. Y ya se sabe que quien siembra vientos, normalmente recoge tempestades. Y allí se empezó a levantar una ligera brisa.
A raíz de aquello, Lucas decidió que todos los miércoles se llevaría consigo la recaudación de la máquina. Y así lo hizo. Cogía las monedas que le daban los recaudadores y, para no dejar a Pepe sin cambio, las canjeaba por billetes. Y si no tenía bastantes, se llevaba las monedas para El Bunker. Éste fue uno de los detalles que empezaron a levantar los ánimos de Marimar en contra de Lucas. Meses más tarde, como ya se ha visto, esta animadversión sería manifiesta.
En una de aquellas visitas, Pepe le informó que la tarde anterior había habido jaleo por el barrio. Por lo visto, un moro perseguía a otro a todo correr, llevando un cuchillo de grandes dimensiones en la mano, casi como un sable. El final fueron cuatro cuchilladas y un creyente más en el Paraíso. No eran raros tales acontecimientos, ya que los hijos de Mahoma eran los que pasaban el caballo por el barrio y tenían sus ajustes de cuentas entre ellos.
Estando Lucas contemplando la hoja de la recaudación, entró la Policía: Dos nacionales y dos municipales. Solicitaron hablar con el dueño o encargado y Pepe, hábilmente, escurrió el bulto y señaló a Lucas.
Éste se levantó y acudió al encuentro de los funcionarios.
- Díganme qué desean.
- Muéstrenos, por favor, la documentación del bar.
Lucas se la solicitó a Pepe y éste se la alcanzó. Se la entregó a uno de los nacionales.
Mientras la examinaba, el agente hacía preguntas y uno de los municipales tomaba notas.
- ¿Me puede decir, si es tan amable, qué es lo que escribe? -. Demandó.
- Estoy levantando Acta de lo que hay y de quiénes están en el local.
Lucas asintió.
- Todo en orden. -. Aseguró el nacional.
- Como era de esperar. -. Le respondió. - Lo que ignoro es a qué viene este registro o inspección, si ya las efectúan cada varios meses.
- Es que el barrio está alborotado últimamente... -. Afirmó el policía.
- No creo que eso tenga nada que ver conmigo. Si están pasando droga delante de sus narices y ustedes lo saben y lo ven, ¿a qué viene ir a los establecimientos públicos a molestar? Y a mí no me incordia, porque lo tengo todo en regla, pero sí que la entrada de un grupo tan nutrido de policías levanta qué hablar al público.
- Nosotros cumplimos con nuestro deber.
- ¿De veras? -. Preguntó, irónicamente. -. Pues mucho lo dudo cuando se ve a gente portando armas y ustedes parece que se esconden y solamente acuden cuando hay ya un muerto.
El agente iba a decir algo, pero la mirada fría y firme de Lucas le detuvo.
- Está bien. Nada más. Buenas tardes.
- Buenas tardes.
Nunca le había gustado la gente que para cumplir el expediente tiene que tocar los busilis a los demás.
Se volvió a la Sierra y aquella noche sí que el Manta voló por la carretera. Algo le impulsaba a apretar el acelerador, como queriendo alejarse pronto de aquella miseria que intuía que se iba a comer el barrio en poco tiempo.
Aquel viernes vino Miguel y les propuso que la próxima semana actuasen sus amigos de Yorandav, grupo de música celta. Que con cuatro mil pesetas por barba lo arreglaba y como eran cinco, pues veinte mil. Los chicos lo aprobaron y Lucas también. Enseguida imprimió en su ordenador un cartel que luego fotocopió y se encargaron de repartirlos por Las Navas del Marqués, por el pueblo y otros alrededores.
Mientras, los amores de Natalia con su hijo iban en aumento. Ya se quedaban ellos por la noche, "a cerrar el bar", y permanecían largas horas allí dentro los dos a solas. Lucía y Lucas se reían, aunque a él no le hacía demasiada gracia.
- A ver si vamos a ser abuelos antes de tiempo...
- No creo. Esta chica sabe lo que hace.
- Sí. Ya lo veo. La hija que tiene, ¿es fruto del Espíritu Santo?
- La niña la tuvo aposta. No creo que quiera llevarse un españolito de recuerdo para Suecia.
- ¡Ojalá sea como dices!
Y la suequita supo hacer las cosas. Años más tarde volvería con su marido, su novio por entonces, y su nuevo hijo. Y desde luego, el niño era rubito y no se parecía en nada a la familia de Lucas.
El sábado por la tarde, los componentes de Yorandav hicieron su aparición a eso de las siete. La actuación estaba prevista para las once, pero tenían que montar los equipos. La tarea no era tan sencilla, porque no es lo mismo tocar al aire libre que en un recinto cerrado, y los chicos tardaron bastante. Lucas les invitó a unas cañas cuando terminaron, pero ellos no quisieron abusar. Se ve que, sin ser profesionales, lo eran más que otros que sí presumen de ello.
Y la hora fijada llegó y la gente fue puntual. Es más, se anticiparon y bastante porque los sábados se decía Misa en la plaza de abajo, allí donde se celebraba la fiesta del 14 de agosto y, al terminar, hasta el cura subió a mojarse las fauces.
La verdad es que Lucas estaba preocupado porque ignoraba si, después de la resaca de la noche del viernes, la gente iba a estar animada para una fiesta a lo grande, porque como tal habían planteado el concierto. Pero se ve que la gente siempre tiene ganas de jarana cuando está de vacaciones y la priva caldea los ambientes.
Así que se llenó.
Niños, jóvenes, adultos y viejos escucharon las melodías de Yorandav, alegres y bulliciosas. Tuvieron un gran éxito. Y todos, a excepción de algún chiquillo, consumió algo. Habían acertado en una cosa: En dejar entrada libre. El que quisiera, que consumiera. El que no, que no lo hiciese. No se cobró entrada. ¿Para qué hacerlo cuando la terraza estaba abierta por todas partes y la música se iba a escuchar desde bien lejanas calles. Hubiese sido una tontería. Y aquel pequeño detalle, al parecer sin importancia, hizo que la gente consumiera más porque comprendió el esfuerzo económico que habían hecho para amenizarles la velada.
Que no le pregunten a Lucas qué es lo que tocaron. Él sólo oía un ruido, y bien alegre, que seguía con los pies, pero sus cinco sentidos estaban puestos en intentar enterarse de lo que la gente le pedía. Tenían ante sí una fila de más de tres metros de personas, ocupando toda la barra y pretendiendo alcanzar una consumición. Y no daban abasto.
El primero en estar presente, como se ha reflejado, fue el mencionado Tomeque. Cerró su bar, o lo dejó en manos del flipado de su amigo, que siempre estaba colocado de petas y bailó como un energúmeno. Consumir no consumió mucho. Solamente seis tercios de cerveza y varios porros; pero aquella noche todo estaba permitido y nadie se quejó de los humos extraños. Todo valía.
Fue un éxito total.
Una vez más demostraron que El Bunker estaba hecho para ellos o que ellos eran El Bunker. Recordó la experiencia de su hija y su novio y se volvió a repetir: - Ellos no lo hubieran conseguido jamás.
Acabó el concierto y la gente continuó consumiendo. Parecía como si esperasen que se reanudara. Pero ya era demasiado tarde y Lucas no quiso tener una nueva bronca con el vecino de abajo, que era un policía municipal de Madrid y con el cual ya había tenido sus palabras respecto del ruido y de la música. Y el caso es que ellos sí organizaban sus buenas juergas, con bien de escándalo, pero les molestaba, al parecer, que la gente se ganase la vida divirtiendo a la otra gente.
Una noche había subido, decía que por quinta vez, a quejarse de que la música estaba muy alta. Lucas le aseguró que no pero, no obstante, le aseguró que la bajaría. En aquellos momentos sonaba una melodía suave de Génesis.
- ¿Ve usted? Es un grupo melódico y poco ruido hacen. No es música cañera.
- ¡Pues a mí me molesta!
- Pues si le molesta, se aguanta. -. Le aseguró Lucas. - Nosotros no estamos molestando a nadie y estamos trabajando. Ustedes sí que incordian a veces con esos chillidos y esas orgías que organizan. Y yo no he ido a llamarle la atención para nada.
- ¡Pero yo soy policía municipal de Madrid y le puedo cerrar el establecimiento!
- Y yo soy comandante de la Guardia Civil y me puede tocar usted los cojones si quiere, ¿sabe?
Y la verdad es que, con aquel bigote que llevaba, hubiera podido pasar por miembro de la Benemérita.
- ¿Cómo me ha dicho?
- Justamente lo que ha oído. Que si quiere, le invito a una copa. Y si no, ¡con viento fresco!
- Yo bebo con quien quiero, no con el primero que me invita.
- Pues no creo que con ese carácter le invite mucha gente, la verdad...
Y cuando el vecino salió echando pestes, todos los presentes se rieron.
- ¡Pon la música más alta, Lucas, que se joda!
Pero él tenía que convivir, quisiera que no, con el policía.
- No. Así está bien. Quedemos todos tranquilos.
Pero no lo consiguió porque el vecino, habiendo oído la carcajada general, una vez estuvo en su casa empezó a despotricar.
Lucía le contestó:
- ¿Quiere usted callarse ya, narices, que no sé a qué viene tanta protesta?
- ¡Tú calla, so zorra!
Y Lucas echó de menos al Fabi y se acordó de aquella tremenda paliza que propinara por palabras parecidas.
Se asomó a la baranda de la terraza que daba justamente sobre la casa del individuo y le espetó, a voz en grito:
- ¡Como vuelvas a insultar te acuerdas, hijo de la gran puta!
Pareció como si se fuera a formar una pelea pero, al cabo, los amigos del guardia le metieron en la casa.
- ¡Será cabrón! -. Exclamó Lucas. -. Quiere hacer valer su condición de trabajo para conseguir derechos que no tiene. El derecho de cada uno acaba donde comienza el de los demás.
No habrá que aclarar que aquella noche de concierto, el vecino no apareció, pero sí otra noche, junto con unos amigos. Se sentaron a una mesa y pidieron sus consumiciones. Entonces no les molestó la música y sí que estaba más alta. Lucas se limitó a sonreírse y pensar en cómo cambia la gente en cuanto le prestas cara.
Cuando echaron las cuentas, después de pagar a los músicos y soltarles mil duros de propina más la consabida cena y copas, echó las cuentas:
- No está nada mal. Doscientas mil pesetas una vez pagados los músicos.
- Y nos han dejado sin tabaco, papá.
- Pues mejor todavía... ¿Cuándo organizamos la siguiente?
Y todos se echaron a reír.
Y la siguiente no se hizo de esperar y fue más sonada todavía, si cabe.
Llegaban las fiestas de agosto y nuevamente les concedieron la explotación del bar de la plaza. Se lo curraron con ganas, pero en aquella ocasión la cosa funcionó peor. No llevaron baile sino una cantante bastante buena pero que inspiró poco a bailar al personal. Así que las consumiciones fueron más escasas que el año anterior. Tuvieron más gente en la terraza que en el barucho de la plaza. Y nuevamente el chocolate con churros y el cansancio de los jóvenes que, desgraciadamente, fue interrumpido por la noticia de un accidente sufrido por dos de ellos cuando volvían de Las Navas, a toda leche, probando un deportivo. El caso es que Lucas lo vio cuando volvía con los churros, pero no pensó en que se tratase de nadie de la colonia. Menos mal que no tuvo las consecuencias que en principio se temieron y que los chicos solamente resultaron heridos. El trastazo que se metieron, bajando la cuesta a más de 180 kilómetros a la hora, dejó el coche para el arrastre.
Mientras, en El Hobbit, Pepe ya empezaba a campar a sus anchas. No sabía por qué ni en qué se fundaba pero comenzaba a sentirse el dueño. Fue cuando su ex-mujer y la otra empezaron a hacer su aparición. Y Marimar, que estaba embarazada y de varios meses ya, comenzó a mangonear.
De simples empleados, - mejor dicho, el empleado era él - habían empezado a sentirse dueños del bar ante la ausencia de Lucas.
Éste, en una de sus visitas de los miércoles, observó unas botellas de vino raras. No eran las que habitualmente les servía Rafa.
- ¿Qué marca es ésa? -. Preguntó.
- Uno que me embotellan en la bodeguilla de aquí al lado. Es vino peleón, pero pasa como si fuera del bueno.
- ¡Pepe! Yo siempre he vendido productos de calidad y siempre he rechazado género falso o de ignorada procedencia! ¿Cómo haces eso?
- ¡Joder! Porque nos ahorramos treinta pesetas en botella...
- Y me quieres decir, alma de cántaro, si a cada botella le sacas al menos diez chatos, y los cobras bien cobrados, ¿qué importancia tienen treinta pesetas en el total de la botella? ¿No vale más la buena fama?
- ¡Pero si no se dan cuenta!
- ¡Hasta que se la den!
Y le ordenó que no volviera a comprar aquel producto.
Pepe acataba las órdenes cuando éstas eran claras; pero se las saltaba a la torera en cuanto podía. No valía ni para mandado, que acostumbraba a decir Lucas.
Aquella tarde, y estando en El Hobbit, se presentó Miguel.
- ¡Hola, cuñadete! He venido porque suponía que estabas aquí. Me voy contigo para la Sierra, que tengo cosas que contaros y proponeros.
- Pues tú dirás...
- No. Prefiero que estemos todos, aunque seas tú el que decida.
Lucas se agachó de hombros y dijo que bueno.
Y al rato, los dos se fueron para El Bunker,
Durante el camino hablaron de cien cosas, pero no quiso insistir sobre el tema que Miguel quería proponerles. Ya se lo diría a todos juntos, como él quería.
Llegaron y la tarde estaba en su salsa. Y precisamente sonaba "Bailando salsa con Carmela", de Mecano.
Ayudaron a los chicos y luego, cenaron, aprovechando el ratillo de descanso de esa hora. Más tarde vendría la noche y, si Dios estaba de su favor, no tendrían tiempo de hacerlo.
- Bueno, chavales... -. Comenzó Miguel cuando estuvieron todos juntos y tranquilos. -. ¿Qué os parecería que el sábado actuase aquí La Banda?
- ¿Qué banda? -. Preguntó Lucas.
- ¡Coño! El conjunto con el que yo grabé el disco...
- ¡Ah! Esos sí me gustan.
Los chicos aplaudieron entusiasmados.
- ¡Con ellos sí que llenamos la terraza!
- ¡Ya lo creo! Pero hay un inconveniente... -. Dijo Miguel.
- ¿Cuál? -. Quiso saber Lucas.
- Que cuestan un poquito caro. Sesenta mil pesetas.
Se miraron unos a otros. Sí era dinero. Y no porque el conjunto no cobrase más, que Lucas sabía que en eso era regalado, pero, ¿sacarían para pagarles?
- Pues será cosa de pensarlo. A mí, en principio, sí me gusta, pero...
- ¡Papá! -. Exclamó el economista de la familia, el pequeño. -. Si con Yorandav, que no los conoce ni su padre, hicimos lo que hicimos, con estos nos forramos.
- ¡Pues, chicos! Por mí no ha de quedar. ¿Os gusta la idea? ¡Pues adelante con los faroles! Miguel. -. Casi no alcanzó a pasarle el brazo por el hombro a su cuñado. - ¡Contrátalos!
Y un ¡hurra! salió de las gargantas de sus hijos.
- No te arrepentirás, te lo aseguro. Ganarás dinero.
- Y aunque no lo gane esa noche, no importa. El caso es que la gente sepa que nosotros somos los mejores y los que partimos el bacalao. Ya sabes mi refrán: "El que regala bien vende si el que recibe lo entiende".
- Llevas toda la razón, Lucas. -. Aseguró Miguel.
- Y el que no se moja el culo no pasa el río. -. Sentenció el mayor de los muchachos, que tenía asida a Natalia por la cintura.
Y nuevamente empezaron los carteles. No se podían anunciar como La Banda, porque tenían el nombre registrado y su agente se lo hubiera impedido. Era un favor que le hacían a un amigo y, además, no venían todos. De los ocho componentes, sólo se presentarían cinco.
- Entonces... ¿eso de las sesenta mil pesetas? No sale una cifra redonda. Salvo que sean doce mil.
- El chofer y la furgoneta. Por ella nos cobran diez mil. -. Aclaró Miguel.
Los anunciaron , por expreso deseo del cantante argentino del conjunto, como Los Porongas. Lucas y los chicos, como no comprendieron el significado, lo pusieron tan tranquilos. Más tarde, cuando el rubio de pelos largos se lo explicó, casi se mean de risa.
- ¡Porongas significa pollas, che! ¿Es que vos no lo sabéis?
- Ni la más puñetera idea, muchacho. Como si me dices que significa leches.
- ¡Pues podíamos haber puesto Porongas en Vinagre y hubiéramos rematado la faena! -. Se rió Miguel.
Y La Banda actuó en El Bunker. El éxito estaba asegurado por el renombre del conjunto, que en aquellos momentos estaba en boga, pero la afluencia de público fue menor. Se conoce que la gente estaba un poco harta de jolgorios.
Al final sí sacaron el dinero suficiente para pagarles y se puede decir que tuvieron buenos beneficios. Aquella vez sí que Tomeque cerró el bar del todo y se tragó el espectáculo íntegro.
- ¡La Banda en este pueblo! ¡Esto es increíble!
Y el muchacho no salía de su asombro.
Después de aquel concierto, que fue sobre el 22 de agosto, el clima cambió de forma espectacular. Igual que dos años antes habían gozado de un fabuloso mes de septiembre, entonces se hallaron conque empezaba a hacer frío. Y un frío que pelaba. Y la gente, excepto los jubilados de los cortitos, que esos no tenían cosa mejor que hacer que estar allí, empezó a desfilar para Madrid. Lucas comprendió que aquel verano se había terminado y envió a sus hijos para casa. Él permaneció con Lucía en el chiringuito y solamente los fines de semana se animaba un poco. Entonces venían los chicos y se hacía negocio, pero ya no fue el que hicieran antaño en la misma época. La gente cambia de parecer y de costumbres o es que los colegios se adelantaron. El caso es que a mediados de septiembre tuvieron que ir a la boda de una sobrina y dejaron a Miguel al cargo de la terraza. Era un viernes y procuraron volver pronto. Cuando llegaron, el hermano de Lucía estaba solo en la barra, viéndolas venir.
- ¿Qué ha habido? ¿Tan poca gente ha estado?
- No sé lo que se habrá hecho pero, desde luego, como decía Justo, peseta y media.
- Ya se ha terminado el verano. -. Sentenció Lucas. -. Me parece que aquí pintamos poco. Si es un fin de semana y está así, ya me contareis lo que podemos esperar del resto.
Y empezaron a pensar en dejarlo.
Días antes, a primeros de mes, habían estado con Zafra en su chalet de Galapagar, a pagarle aquel mes y a resolver lo del contrato. Lucas le dijo que tenía que pensarlo y ya sí que lo tuvo claro, por lo menos en aquel momento. Un negocio que sólo funcionaba mes y medio al año no podía ser rentable.
Como ya entonces sí llevaba bien las cuentas porque se había llevado el ordenador y aplicaba el mismo criterio que en El Hobbit, pudo ver que, después de devueltos y cobrados los envases retornables, que suponían mucho dinero, habían tenido veinte mil pesetas de déficit.
- O sea, todo el verano trabajando todos y lo único que sacamos es la comida y encima nos cuesta el dinero. No me interesa este negocio. Como diversión está bien, pero nada más. Yo no lo compro.
Y Lucía estuvo de acuerdo con él.
- Ya tenemos nuestro bar en Madrid. Me parece un absurdo meternos en berenjenales para no sacar nada en limpio.
Y le dijeron a Zafra que de la compra no había nada que hacer. El caso es que él también les comunicó que ya no deseaba venderlo y menos en aquellas condiciones. Las cosas parecían irle mejor y no quería desprenderse de su terraza.
Luego, al año siguiente, lo haría, pero Lucas nunca supo en qué circunstancias ni por cuánto.
Y tras de recoger sus utensilios - abandonaron las sillas allí, ya que no tenían medio de transportarlas -, liquidaron las cuentas con los proveedores y se decidieron a dejarlo.
Lucía y Lucas volvieron una mañana y sacaron el dinero que tenían en el Banco de Las Navas. Luego se despidieron de los de la cerveza, con los que les unía una buena amistad, comieron en un restaurante y tornaron a Madrid. Natalia también se había ido y aquella historia de amor que se había temido no tuvo mayor continuidad. Nada dejaban atrás. Habían concluido con El Bunker.

 

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