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Capítulo 5

Días y noches; noches y días.

A la mañana siguiente, Lucas abrió el bar según el horario que se había propuesto, a partir de las nueve y media. Se había percatado de que aquello de los desayunos no era su objetivo, salvo que tuviera una cocinera o alguien preparado para asistir a tal demanda y, habiendo visto que el OSS era el que se llevaba el gato al agua en tales menesteres, con su equipo completo de camareros y planchas bien preparadas, decidió que su batalla era muy otra. Tal vez podría haber presentado combate en aquel aspecto, pero era un tema que no le gustaba y que haría cambiar mucho sus hábitos de vida. Además, no podía contar con la inapreciable ayuda de Lucía, por sus continuos achaques matutinos, y no quería contratar un personal para hacerlo.
Su meta era muy otra y por ella se decantó. El Hobbit serviría cafés, sí, y algún que otro desayuno, pero lo suyo sería la hora del aperitivo y las tardes noches. Eso era lo que había aprendido en el chiringuito y creía que podría bastarle con ello.
De comidas, ni pensarlo. Tan sólo una mesa y la estrechez del local no lo permitían. Por otra parte, se hallaría con la misma escasez de empleados. Él buscaba un negocio que no esclavizara a la familia y que le permitiera obtener los beneficios consiguientes. El bar, tal como lo tenía pensado conducir, podría hacerlo, sin necesidad de complicarse la vida.
Su primer cliente fue un caballero del que pronto supo que se llamaba don Luis. Este tratamiento no se lo apearía Lucas mientras le tuvo de parroquiano que, por cierto, no fue mucho, ya que al buen don Luis le tuvieron que hospitalizar varias veces por subidas de tensión y mareos que le daban, debidos a su avanzada edad y, claro está, a los muchos vinos que se bebía. Más tarde se trasladó a vivir con una hija, luego de que una noche le hallaran tendido en el portal de la finca vecina a El Hobbit y, al cabo del tiempo, Lucas se enteró de que había fallecido.
Pero aquella mañana, bien radiante que hizo su entrada en el local.
- Buenos días -. Saludó.
Y Lucas se prestó amable.
- Un chato de vino, por favor.
El aprendiz de tabernero se agachó a ver cuál de los vinos que atesoraba en sus anaqueles le ofrecía. Halló una botella sin abrir, procedente de las que sobraron en la Sierra, y se la mostró.
- ¿Querrá éste, el señor? -. Se trataba de un buen Valdepeñas.
Don Luis asintió y Lucas procedió a descorchar la botella.
Le sirvió un generoso vaso y pareció aguardar el veredicto.
- ¡Buen vino, vive Dios! -. Exclamó don Luis. - ¿Y cuánto cobra por él?
Lucas consultó la Tarifa de Precios que habían confeccionado sus hijos siguiendo sus instrucciones y que ya tenía sellada por el Organismo correspondiente.
- Sesenta y cinco pesetas, señor.
- No creo que pueda vender este buen vino a ese precio durante mucho tiempo... -. Aseguró el, al parecer, experto catador de caldos.
- Es que no siempre ni a todos serviré de esta botella. -. Le explicó Lucas. - Tan sólo los buenos clientes y aquellos que sepan apreciar la calidad beberán de ella. Y si me apura, ¡hasta se la reservo para usted!
- Pues muchas gracias, pero yo no bebo demasiado. Tal vez se le avinagre a usted si espera que me la beba yo solo.
Lucas hizo un gesto como restándole importancia.
-¡No creo! Y si se echa a perder, pues ¡mala suerte!
Naturalmente que el vino no se puso agrio ni Cristo que lo fundó. Don Luis, vasito a vasito y día tras día, fue dando buena cuenta de la botella hasta consumir su contenido antes de lo que había afirmado.
Ya fue el primer día que la máquina tragaperras empezó a funcionar. La primera, que no sería la última, por supuesto, en hacerla trabajar, fue una señora que, arrastrando un carrito de la compra, entró y le pidió un café con leche.
Le pagó con mil pesetas y Lucas le devolvió las novecientas diez del cambio. Ella tomó las nueve monedas de cien y dejó el resto de propina. Lucas le dio las gracias.
La mujer se acercó a la peligrosa maquinita que presentaba sus luces inquietantes y atractivas mientras emitía una musiquilla verbenera. Una tras otra, fue introduciendo las monedas por la ranura y fue pulsando el botón de juego.
Rápidamente desapareció el dinero, tragado por el ansioso artefacto. Entonces, ella se volvió al mostrador, esgrimió otro billete de mil pesetas y solicitó cambio. Lucas depositó las monedas en un platillo y se volvió a sus tareas, que a aquellas horas no eran muchas.
Nuevamente, la tragaperras cumplió con su cometido y nuevamente la señora solicitó cambio. Así hasta que consumió cuatro mil pesetas. El dueño del bar no dijo nada y se limitó a pensar que tal vez se hubiera gastado el dinero de la compra.
Aquella jugadora volvió habitualmente por el bar y siempre repetía la misma faena. A veces sacaba algún pequeño premio, pero las más de las veces se iba con las manos y el bolsillo vacíos.
Hasta que un día, pasados ya los meses, se repitió la jugada y en aquella ocasión la mujer no supo controlarse. Después de haber perdido más de diez mil pesetas, se dirigió a Lucas y le rogó que le prestara el dinero que acababa de perder. Le indicó que era el dinero de la compra y que su marido era capaz de matarla si volvía a casa sin nada.
Lucas sintió compasión, pero se encogió de hombros.
- Señora, yo lo siento muchísimo, pero quien juega sabe que se arriesga a perder.
- ¡Por favor! A usted no le cuesta nada y yo sabré pagárselo en poco tiempo.
- Perdone. A mí me cuesta lo mismo que a usted. Es mi trabajo y mi negocio. También tengo hijos por alimentar y cosas que pagar.
- Yo le pagaría como fuera... -. Aseguró ella. -. Si usted quiere, entro al mostrador y le hago lo que usted quiera.
O sea, que estaba dispuesta a pagar en especies, con su propio cuerpo.
Lucas la observó. No era fea la mujer ni tampoco muy mayor. Desde luego que no era su tipo, pero...
- Lo lamento, señora. Yo ya tengo quien me haga lo que deseo y estoy muy satisfecho con ella. Busque usted el dinero que necesita en otra forma y lugar.
La mujer, avergonzada de su actitud y convencida por la negativa, se apresuró a recoger su vacío carro y a salir de El Hobbit. Pero no tardaría muchos días en volver. Ya no insistiría en aquellas pretensiones que sabía que caerían en terreno baldío, pero no por ello dejó de jugar.
Aquella mañana se enfrentó con su primer problema como cocinero. Una mujer joven entró y le solicitó un desayuno consistente en café con leche y una tostada.
Él, solícito, se apresuró a atenderla.
Dispuso el cacillo lleno de buen café, aprestó la leche y tomó una rebanada de pan de molde del paquete que Lucía, siempre buena previsora, había llevado. Lo untó con mantequilla y encendió la plancha.
Al cabo de pocos minutos, la tostada estaba radiante, en su punto y con muy buen aspecto. Entonces, la depositó con mucho cuidado sobre un plato, sirvió el café y presentó los cubiertos relucientes.
- Servida -. Aseguró. Y se retiró hacia la otra esquina de la barra.
De repente, le llamó la atención la voz alterada de la clienta.
-¡Oiga, esto no es pan de tostada! ¡Esto es pan de sándwich!
Lucas se quedó sorprendido y se acercó a ella.
- Claro que es pan de sándwich. ¿Y qué deseaba usted?
- Que el pan de tostada es más grueso. - La mujer parecía estar de los nervios.
- Efectivamente, pero es que no dispongo de él. Éste es el único que tengo.
Había otras dos o tres personas en el bar y cada cual estaba tomando su consumición. No dijeron nada.
- Pero usted ahora me cobrará como si esto fuese una tostada cuando no lo es. -. Chilló más que se quejó la clienta.
- Señora, lamento mucho no poderle servir como usted se merece, pero es lo único, le insisto, de que dispongo.
- Pues no le pagaré como si fuese una tostada. -. Insistió ella.
- Pero, oiga, ¿está bien hecha o también tiene alguna otra queja?
- No, si bien hecha y presentada sí que está, pero esto no es una tostada.
Hizo un gesto de impotencia y le aseguró que no era su intención el estafarla, sino servirle lo mejor posible.
- Pues así, sirviendo de esta manera, poco éxito le auguro en este bar.
- Pues bien que lo sentiré, no lo crea, porque mi deseo es que mis clientes estén satisfechos y vuelvan muchas veces.
- Pues no creo que yo lo haga. -. Le aseguró ella.
Lucas empezaba a cabrearse. Servir con su mejor buena voluntad y topar con una histérica era lo peor que podía ocurrirle.
- Es usted muy dueña de hacer lo que desee. Yo me limito a servirla. Si no está conforme con mi forma de trabajar, yo no puedo retenerla.
- ¡Es que parece mentira que les enseñen tan mal en la Escuela de Hostelería! Y usted ya es mayorcito para haber aprendido.
- Y usted también lo es para saber comportarse y solicitar las cosas con educación. - .Espetó Lucas, que ya estaba harto de tanta zarandaja. -. Así que, si no le agrada mi servicio, puede usted recurrir al de otros. Son ciento cincuenta pesetas.
Y se quedó tan tranquilo.
La verdad es que no le agradaba ser grosero con nadie, y menos con un cliente. Al fin y al cabo, son el sustento de cualquier negocio. Pero no estaba dispuesto a dejar que, a las primeras de cambio y por algo sin fundamento, le llamaran la atención sin el menor motivo.
Por aquellos primeros días es cuando conoció a Jose Pladur y a José Ramón, el agente de comercio. Bueno, al menos eso decía él que era. Representaba espacios comerciales televisivos para Telemadrid, pero al final resultó todo ser un cuento, según observó Lucas por una carpeta que dejó abandonada en su última estancia y que, deseoso de devolverla, abrió y, mirando su contenido, halló un teléfono al que llamó. Se trataba, por lo visto, del cuñado del tal José Ramón y poco tardó en ponerle verde cuando le relató que tenía en su poder la cartera hacía ya tiempo.
¡Otro mentiroso de la bebida! Tanto él como Jose Pladur pasaban las mañanas muertas acodados en la barra del bar, charlando con Lucas y consumiendo copa tras copa. Jose, su licor de manzana, que Lucas descubrió en una bodequilla cercana y que compraba sólo para él. Y José Ramón sus copas de chinchón semiseco. Así, desde luego, poco podían trabajar. Y no es de extrañar que la trampa se les llevara de por medio. Ya hemos dicho que al del pladur le costó un disgusto. Al otro, nunca volvió a verle, después de que le dejase una pequeña pella.
La conversación que mantenían con él siempre giraba en torno al mismo tema: Mujeres. Parecía que ninguno de los dos sabía hablar de otra cosa. Y es cierto que Jose Pladur sí se daba sus buenas fiestorras los sábados por la tarde, como se ha citado. De José Ramón nunca supo la verdad. Decía que estaba casado, pero podía ser cierto o no. El caso es que ambos se quedaron un día admirados ante la presencia de una clienta que apareció, ofreciéndole a Lucas un lavavajillas doméstico que contó que no le cabía en la pequeña vivienda que acababa de alquilar y deseaba vender. Lucas lo consultó con su esposa, pensaron en que no les cabría en la estrecha cocina y decidieron no adquirirlo. José Ramón contó que sí se acercó a casa de ella a "tomar medidas", pero no fue muy explícito en cuáles fue las que tomó. El caso es que la buena mujer, y real hembra por cierto, tenía aspecto de ser puta fina; o sea, mantenida por alguien. Lo que les sorprendió es que ése alguien eligiese tal barrio para mantener a su querida. Pero, ¡vaya usted a preguntar el por qué de ciertas cosas! Tal vez fuera su conveniencia.
El caso es que a Lucas le vino bien la presencia de la mujer en su establecimiento, porque José Ramón la invitaba a Bailey's, que era su bebida favorita, y se dejaba buenos duros. Por aquel entonces, todavía pagaba religiosamente y aquello reportaba buenos beneficios.
Él, está claro que no quiso acudir a su casa a ver el electrodoméstico porque vio desde un principio que ella le tiraba los tejos descaradamente y no quiso tener líos. Hacía caso de aquel refrán que Alejandro, su ex-compañero de la obra mencionaba tanto: - "Donde tengas la olla...".
Jose, ya se ha dicho que mantuvo su asistencia a El Hobbit durante bastante tiempo. El otro salió de naja un buen día, olvidando su portafolios y ya nunca se supo de él. Ni de la señora estupenda. Ambas ausencias llamaron la atención de Lucas. Eso, y la pequeña deuda que le dejó, le hicieron pensar que la menda no cobraba en especias precisamente.
Más asiduo, digamos que fijo como las horas de un reloj, era Nicolás, el administrativo de Tabacalera. Ése sí que no fallaba.
Todas las mañanas, a las diez en punto como un clavo, hacía acto de presencia y se tomaba sus dos copas de Magno, las cuales, habitualmente, Lucas redondeaba con una tercera, invitada. Nicolás daba las gracias y se iba con la cara abotargada y más colorado que un tomate. Bajaba hacia su oficina y, muy a menudo, a media mañana, a eso de las 12, volvía y se tomaba un par de gintonics. En suma, un alcohólico declarado que no se sabía cómo era sostenido en su puesto de trabajo. La verdad es que sabía mucho de informática y que fue quien le dio las ideas a Lucas para confeccionar su hoja de cálculo en la cual empezó a llevar las cuentas, día por día, de su negocio. Nicolás le ayudó bastante y se veía que pudo llegar a más en su trabajo si no hubiera sido por su afición desmedida al alcohol. O tal vez fuese que bebía por no haber llegado a más. Eso es como todo. Siempre hay un motivo y un por qué para beber. Y si no lo hay, se inventa.
Nicolás era un hombre callado como una tumba. Se limitaba a dar los buenos días y ya no hacía falta que pidiera. Lucas depositaba ante él la consabida copa de Magno y, al rato, no mucho generalmente, ante el insignificante gesto que le hacía, servía la segunda. A veces aceptaba la tercera que le servían de balde, pero otras veces no. Además que Lucas se percató de que si tomaba las tres ya no volvía por sus gintonics; así que pasó de servirlas.
Entre idas y venidas, calle arriba y calle abajo, a Nicolás se le iba buena parte de la mañana; porque, además, Lucas observó que El Hobbit no era el único bar visitado por él, sino que, generalmente, también pasaba por el de la calle Tribulete. Así se explico el color nada sonrosado que lucía en sus mejillas y el abotargamiento que empapaba su cuerpo.
- Un alcohólico más. -. Pensó Lucas. - Y éste irrecuperable, al parecer.
Le daba mucha lástima, pero era su negocio.
Un mal día, Nicolás se enfadó y aún no sabemos por qué. Sería la presencia de la cuadrilla formada por Luisito, Miguel y Manuel que, acompañados por Santi, comenzó a frecuentar el bar. La verdad es que, al principio, a Lucas no le pareció mala gente, pero poco tardó en cerciorarse que de buenos poco tenían. Y si lo tenían, era muy escondido.
Tenían sus disputas allí mismo o en medio de la calle y en más de una ocasión tuvo que llamarles al orden. Aquello pareció no ser del agrado de Nicolás y comenzó a distanciarse de El Hobbit. ¡Así son las cosas! Ganas unos clientes malos y pierdes uno bueno, por no saber reprimir a tiempo. Pero eso sucede en todos los aspectos de la vida y sin distinción de negocios, situaciones o familia.
Ya, solamente volvió de tarde en tarde. Y Lucas echó en falta aquellas buenas pesetas que le dejaba y aquellas charlas sobre el futuro de Tabacalera y las lecciones gratuitas de informática que le diera.
El señor Ángel también fue de los primeros que se presentó por El Hobbit. Entró una buena mañana, de los primeros días que lo encontró abierto y solicitó su vino con Casera. Lucas aprendió poco a poco a llevarle la corriente y se reía mucho con las cosas que el anciano repetía siempre como un disco rayado. Venía de "recorrer las estaciones", como él mismo decía, y su esposa, ya se sabe, se quedaba en la puerta. A veces, entraba y, entonces, Lucas, la saludaba amablemente v ella le sonreía.
En la tienda de al lado, que era de confección de señora, trabajaba una chica rubia y rellenita. Por las mañanas pasaba a desayunar y a por un café para su compañera. Se trataba de Esperanza, de la que pronto supo que era la novia de Fabi. La muchacha era muy agradable y siempre risueña. Una tarde se presentó con su novio y, desde el primer instante, los dos hombres se sintieron atraídos por una mutua corriente de simpatía. Fabi era fabuloso en su inmensidad de todos los aspectos. Al afinador le cayó bien Lucas, por su talante y a éste le gustó el carácter noblote del muchacho. Con el tiempo, pero muy en breve, llegarían a ser grandes amigos.
Y los días comenzaron a pasar en El Hobbit. Lucas abría a la hora que se ha dicho y a eso de las dos de la tarde se presentaba Miguel y tomaba el relevo. Algún día se retrasaba porque era muy dormilón y, sirviendo era, en verdad, como lo había sido en EL BUNKER, un tanto pachorra. Pero era de toda confianza y sabía cumplir con su cometido. Ya entrada la tarde, Lucía y Lucas aparecían y entonces él se iba a su música y a sus rollos. En tanto, se limitaba a atender a los clientes con su habitual cachaza pero creando amigos y recibiendo las habituales visitas de Chris. El norteamericano venía por las tardes, antes o después de dar sus clases de inglés y relataba sus aventuras por el barrio. Más tarde, comenzó también a asistir por las mañana y se sentaba a la mesa y consumía, uno detrás de otro, los llamados cafés americanos, largos de agua y cortos de café, pero con unas gotas de whisky para entonarlo. Las gotas se convertían en chorro, así que Chris salía más que tajado de El Hobbit. Su charla siempre era culta, sobre pintura, sobre música - era un gran admirador del grupo Génesis - y, naturalmente, sobre su admirado Tolkien. Le dio por llamar hobbits a los clientes y este sobrenombre les ponía siempre.
Una persona que hizo gran amistad con Lucas fue otro Jose, el frutero de el DIA. Le servía los limones para los aperitivos y pronto hicieron buenas migas. Más tarde, montó unas cámaras frigoríficas dentro del establecimiento y le vendía congelados para hacer aperitivos, croquetas, empanadillas, etc. De vez en cuando pasaba a tomarse unas cañas y a meter unas monedas en las tragaperras. Le ayudaba su mujer y su hija y el negocio les debía de ir bien pero, de repente, pasados unos meses, desmanteló los congelados y solamente siguió con las frutas, hasta que desapareció y ya Lucas nunca supo dónde había ido.
La presencia de la cuadrilla de Luisito y sus congéneres se hizo muy habitual por las mañanas. Luis con sus Castellanas y el resto con sus Sol y Sombra. También le daban al vermouth con ginebra, aunque eso era Manuel el que lo pedía. Miguel y Santiaga se conformaban con sus copillas y los zumos de ella a veces. Pero el escándalo que organizaban en el bar era de órdago a la grande. Se pasaban de lo lindo. En un primer momento fueron comedidos, pero luego destaparon el tarro de las esencias y sacaron a relucir su verdadero carácter de alcohólicos empedernidos.
Al principio, Lucas consintió en fiarles. Más tarde, y viendo que la cuenta iba en aumento, cortó el grifo. Era demasiado dinero para quien no tiene un medio habitual de ganarlo.
Una noche, a eso de las ocho y media, aparecieron por allí por primera vez Bea y Paco. Ella era alta y delgada, morena y de no mal ver. Él, verdaderamente era un desastre. Gordo de verdad, obeso, y con unos pelos que se transformaban en melena, abultaba más que el Fabi aunque en más bajo. Pidieron unos Dyc con cocacola y se limitaron a tomarlos. En esto que aparecieron Esperanza y Fabián y resultó que eran íntimos amigos. Entonces ya hubo las presentaciones de rigor y se creo una atmósfera de confianza. A Lucas le cayeron simpáticos. Y se lo continuaron cayendo durante mucho tiempo. Paco era mensajero de moto, el célebre "mensaka". Años después, cuando Lucas leyó la novela del mismo nombre, ganadora del Premio Nadal, estuvo convencido de que el autor había conocido a la pareja, porque queda reflejada en ella de manera indeleble.
Paco tenía una moto chiquitilla que no se sabía cómo podía mantenerle encima con su voluminoso peso, pero bien ligero se las manejaba para enfilar las calles donde tenía que efectuar su trabajo. A veces, las más, con una copichuela pasada, el melenudo mensajero recorría Madrid haciendo mil peripecias para evitar los atascos de tráfico y ganar tiempo. Más de una multa le costó aquello, pero se limitaba a maldecir y a echar pestes de los Municipales. La verdad es que tenía un gesto adusto y su forma de hablar era un tanto, por no decir mucho, chabacana, como chulesca. Parecía que el desprecio surgía de su boca cuando mascullaba las palabras. Sus vestiduras eran totalmente hippyes, cuero negro por todos lados y pantalones vaqueros con más mugre que la que podía soportar la decencia. Trasegaba el whisky que daba gusto y siempre exigía la invitación de la casa, como si fuera deber el hacerlo. Había tenido un pub unas calles más arriba, según contaba, y lo había dejado porque no le iba bien la cosa.
Bea era bien diferente en el físico a su marido. Más alta que él y más bien delgada, no era ni fea ni guapa la chica. Dijéramos que del montón.
En lo que no le iba a la zaga era en su forma de vestir y en la manera de trasegar cubatas. Por uno que tomaba él, otro que se colocaba ella. Y tenía el vicio de la máquina tragaperras, además. Por lo visto no trabajaba y vivían en un piso de alquiler en la misma calle, pero con vistas a Tribulete. Su familia tenía un bar en la calle del Amparo, que regentaba su hermano como pub cochambroso y de no muy buen gusto. Más de una vez le preguntó Lucas que cómo es que no trabajaba allí, junto con los suyos, pero ella siempre contestaba que es que no se llevaba muy a bien con el hermanito de marras, porque era muy alocado. Como tuvo ocasión de conocerle, pudo constatar que así era y tuvo que darle la razón.
Por aquellos días hizo su aparición un cubano, un tal Luis de nombre, que se tomaba alguna copa y que pronto entró en confianza con Lucas.
Luis, como casi todos los emigrantes de aquellos lejanos lares, conocía de todo y sabía tratar cualquier asunto. Estaba sin trabajo y bien pronto que le propuso al dueño del bar ayudarle a levantar el negocio que, según él, no estaba siendo bien llevado. Lucas tuvo que darle la razón. El Hobbit no funcionaba por las mañanas como debiera. La competencia que le hacían el OSS y los bares con más solera era feroz. Se conoce, además, que la mala fama dejada por el TE LO DIGO no era la semilla más fructífera para que el nuevo establecimiento se lanzara. Así que un día prestó oídos a las palabras del cubano.
- Yo le aseguro que ésto, bien llevado, hace que todas las mañanitas sirvamos cervezas a mogollón, mi hijito. -. Aseguró Luis.
- Pero yo no puedo pagarle a usted, Luis. No entra en mis pensamientos disponer de personal fijo y menos dado de alta. Los impuestos suben por empleado y muy grande tiene que ser la venta para cubrir este gasto.
- Déjeme probar un mes. Yo le abro el local a las seis de la mañana y lueguito vemos si la cosa funciona. Y en cuanto a nóminas, nada. Usted me paga lo que acordemos y nadie tiene por qué enterarse.
Lucas pensó que no tenía mucho que perder y tomó la decisión de hacer la prueba.
- ¿Y cuál sería su estilo?
- Usted deje que yo trabaje. Verá como queda contento y satisfecho.
Y el incipiente tabernero decidió darle cancha al cubano. Personalmente no le agradaba mucho, pero un ordaguillo de vez en cuando también hay que marcarse. Además, aquello de madrugar para hacer bien poco no le agradaba. Las tardes sí eran buenas, pero las mañanas no se le daban bien. Algo faltaba en el bar o era la competencia que ya había percibido.
Le dijo que lo pensaría, más por hacer tiempo que por otra cosa porque ya lo tenía decidido, y se dispuso a afrontar la primera mañana de domingo, de los cuales bien le habían hablado que, de paso para el Rastro, o de vuelta del mismo, habría un público nuevo y desconocido.
Y así fue. Aquella mañana conoció a Luis, el muchacho alto y delgado que bebía la cerveza en vaso de tubo.
-¡Mucho Luis por estos andurriales! - .Opinó Lucas. Pero el muchacho era simpático.
Joven, de no más de veintidós años, Luis era el típico deshecho de la bebida, pero era voluntarioso y agradecido. Se prestó, sin decirle nada, a subir unas cajas de cocacola de la cueva y pagó religiosamente sus tubos de cerveza. Lucas le invitó a uno.
Ciertamente, la mañana de domingo se dio bien. Sobre todo a partir de mediodía. En efecto, muchos de los visitantes del Rastro bajaban por la calle cuando habían realizado sus compras o sus cuchicheos, que allí se va más a ver que a adquirir pero entre col y col, lechuga. Siempre se compra algo. Y estos visitantes, en su retirada a los respectivos domicilios, sentían necesidad de refrescar y tomar algo. Y las puertas de El Hobbit estaban abiertas. Dentro resonaba una música variada que Lucas ponía en el radiocassete que a tal efecto había adquirido. Y así, bien que mal, pero con buenos resultados, fue transcurriendo la mañana hasta que a las tres de la tarde ya todo se terminó. Fue entonces cuando Luis se le ofreció para subirle las cajas, con objeto de recargar las cámaras. Lucas aceptó y ya pasó un buen rato hablando con el muchacho.
Le contó de su historia. La típica, pensó el tabernero, de tanto muchacho que no ha sido bien tratado por la vida ni el ámbito familiar. O que no había sabido escoger a sus amigos. Aunque ésa sea la excusa para recalar en la bebida, como tantas veces se ha dicho en el transcurso del relato y aún más se han de decir.
Lucas le aconsejó:
- Chaval, eres demasiado joven para beber en demasía. ¡No me seas gilipollas y dedícate a hacer algo útil! Estudia, trabaja, lo que sea...
Y Luis debió de pensar que el "lo que sea" era lo mejor, porque nunca, mientras apareció por el bar se le oyó hablar nada de estudios ni de trabajo, salvo unos días que estuvo ayudando a un albañil hasta que éste le puso en la calle a causa de llegar tarde siempre y más borracho que una cuba.
Cuando dejaba de ir al bar, que tenía temporadas, Lucas le veía sentado en un banco de la calle Tribulete, junto con unos colegas, tomando litronas. Se ve que nunca pudo vencer la tentación y ni aún el mismo Fabi le pudo apartar de ella, a pesar de los sopapos que le dio.
En esas horas de aquel domingo fue cuando conoció a Epi, el muchacho al que tomó gran cariño y afecto.
Epi era un elemento muy peculiar. Bajito, siempre risueño, con una broma en los labios todo el tiempo, con el dinero en la mano para pagar antes de que le sirvieran, complaciente y queriéndose hacer querer. Estaba falto de cariño y se le notaba a la legua. Pero estaba repleto de alcohol. Aquello también se le notaba. Lucas supo muy pronto, nada más apenas verle, que no estaba en sus cabales. Y es que la droga socialmente admitida y anunciada a todas horas en Prensa, radio y televisión sí que había calado hondo tanto en el cuerpo como en el alma del muchacho.
Rondaría la treintena y tenía la cara como picada de viruela o con marcas que nunca supo explicar de qué provenían. Seguro que eran de la bebida, pensaba Lucas; pero la simpatía del joven vencía cualquier reparo que ponérsele pudiera y hasta le hacía parecer atractivo, aunque sus vestiduras, siempre arrugadas y sucias no le daban más de sí. Bajito era y, aunque fuerte, no parecía mucha cosa. Pero su mismo afán de pasar desapercibido le hacía resaltar notoriamente.
Epi... Epi y sus borracheras y su máquina tragaperras. Ganaba dinero, sí, y trabajaba como un negro; pero todo se le iba en cerveza, en el juego y en pagar el pequeño piso que compartía con Santos y un compañero más.
Lucas le tomó mucho cariño y le trataba como al mejor de sus clientes. A veces, la simpatía personal puede más que los vicios o la pobreza. Y así era en el caso de Epi.
Era la hora ya de cerrar. Había decidido no abrir aquella tarde y tan sólo estaba esperando que se presentara el cubano para hacerle entrega de las llaves. Habían quedado en que, con la semana, comenzaría su faena. Y Luis le había dicho que lo primero era darle una limpieza general al bar, un lavado de cara. Lucas no supo a qué se refería, porque limpio estaba, que ya se había ocupado su esposa de dejarlo como una patena. Así que estaba cavilando sobre las palabras del nuevo empleado cuando hicieron su entrada como en terreno conquistado la panda temible de Manolo, Luis, Arancha, Pedro, Miguel y Santi. ¡Es que no faltaba ni uno sólo!
Y con su escándalo habitual y sus riñas estúpidas, comenzaron a darle al vermouth con ginebra, a la castellana y al Sol y Sombra.
- Bueno, unos duros más que hago... -. Se dijo. Y aprestó las copas.
Fue en aquel instante cuando Luisito le mencionó lo de abrirle cuenta, ya que estaba pasando por unos momentos malos económicamente.
- ¿Y cuándo no? -. Se preguntó Lucas. -. Si no pegas palo al agua y estás todo el día lleno de Castellana.
Le dijo que lo pensaría y que le daría la respuesta.
En ese momento entró Luis, el cubano y se dirigió al fondo de la barra.
- Perdone mi retraso. Tuve que hacer en la Parroquia.
Y es que, por lo visto, Luis ayudaba en algunas cosas al párroco o en la labor humanitaria que éste hacía.
- No tiene importancia. -. Le respondió. - Además, ya ve, aunque quisiera no me ha habría podido marchar. Tengo clientes.
- Clientes que hay que intentar poner cuanto más lejos mejor. Estos son los que arruinan un bar.
Lucas no dijo nada pero, por una parte, le dio la razón. Empezaban a cansarle los cachondeos de aquella cuadrilla y eso que no hacía ni una semana que había abierto.
Manolo y Pedro estaban mariconeando, o gastándose bromas de toqueteos que reían estúpidamente. Arancha bebía vermouth con ginebra, en silencio, como el que quiere contemplar la inmensidad del mundo en el fondo del vaso. Luisito trasegaba Castellana, tranquilamente, y la pareja de yonquis apuraba sus copas calladamente, mientras él dirigía miradas torvas a todas partes, como buscando algún incauto al que desplumar. Eso lo ignoraba todavía Lucas pero, cuando supo su oficio, comprendió que tal era su fin.
- Ya llegará el momento de ponerles en la calle si vemos que nos perjudican.
- Antes de lo que usted piensa, señor Lucas -. Le respondió el cubano.
No respondió y volviéndose a los alegres bebedores les indicó:
- Señores, vamos a cerrar. Os ruego que acabéis, es tarde y me tengo que ir a comer.
Los otros protestaron. Se ve que ya habían comido o que se alimentaban del aire o del alcohol. Parecían dispuestos a proseguir su fiesta particular hasta que les diera la gana.
Pero ahí sí que Lucas era inflexible. Cuando decía de cerrar era cerrar y no había término medio.
Se dirigió a los cierres de tijera y los empezó a correr.
- Eso, cierra y nos quedamos aquí. Toma lo que quieras -. Le indicó Luisito.
- No, gracias. Es hora de irnos. Terminad vuestras copas, pasad por caja y mañana será otro día, más y mejor.
Una algarabía genial se formó en un instante. Los borrachines no estaban dispuestos a marcharse. Y fue entonces cuando Luis, el cubano, tuvo el primer enfrentamiento con ellos. El primero de una serie que, afortunadamente, no duraría mucho tiempo pero sí sería intensa.
- El señor Lucas les ha dicho que vamos a cerrar y vamos a cerrar. - Y el gesto que puso tenía bien poco de buenos amigos.
Fuese por lo que fuese, una lucecita se encendió en la adormecida mente del grupete y supieron que, de verdad, les estaban echando. Lucas, desde dentro del mostrador, se acercó a ellos, les echó rápidamente la cuenta y les dijo lo que debían.
Hubo sus más y sus menos. Discutieron, como es habitual, el número de rondas y las copas que debía cada uno. Pero al final pagaron y, refunfuñando, salieron a trompicones del bar.
Tanto Lucas como el cubano se miraron satisfechos.
- Con estos habrá que tener cuidado, señor Lucas. Nos pueden echar abajo todo el esfuerzo que empleemos. La gente normal no entrará donde vea a tales individuos.
- Seguramente lleve razón, pero tampoco, hasta ahora, han dado motivos para que les echemos. Ya veremos sobre la marcha.
- Recuerde que es mejor prevenir que curar.
Y Lucas tuvo que estar de acuerdo.
Ya el cubano sabía cómo se manejaba la cafetera y el reloj, los cierres y todos los secretos necesarios para hacer funcionar el bar. Así que, sin muchos preámbulos, Lucas le hizo entrega de unas llaves y se despidió de él.
- Mañana empieza la prueba. Veremos qué tal se le da.
- Va a ver como muy bien, señor Lucas. Levantaremos el bar.
Y sin más, Se despidió de él y le dejó entregado a su faena. Ignoraba cuál era ésta, pero confiaba en lo que hiciera.
Aquella tarde, una vez terminada la comida, se echó la siesta y luego bajaron a pasear un rato. El partido que ponían en el Canal Plus no le agradaba y decidió no verlo. A la mañana siguiente volvería por El Hobbit y vería los cambios que el cubano había realizado.
No llegó demasiado tarde, pero sí sobre las once de la mañana. Y lo primero que vio fue unas plantas sobre el mostrador, en unas macetas. Parecían darle un aire tropical al local. Luis se desenvolvía por la barra, colocando botellas a su antojo y disponiendo una decoración a su gusto. Desde luego, la barra estaba superlimpia.
Pero de público, nada. Solamente un individuo con malas pintas, mal vestido y sin afeitar, se sentaba sobre uno de los taburetes. Delante de él tenía una copa de brandy que olisqueaba de vez en cuando. A Lucas le desagradó sobremanera.
- Es un asilado de la Parroquia -. Le explicó Luis. - Hay que tener público para que entre público.
- Público, sí. ¡Pero qué clase de público! -. Le reprochó Lucas.
Y es que, efectivamente, aquella persona, por mucho que quisiera hacer bulto, lo que hacía más que nada era llamar la atención. Pero la mala. Lucas opinó que los comienzos no eran buenos.
Aprovechando que Luis estaba al tanto del bar, salió a dar una vuelta por el barrio. Casi en la misma puerta se halló con la señora que desde hacía días le venía dando la lata con sus maluras y enfermedades. No recordaba su nombre; Carmen, acaso. Desde el primer día había venido por las mañanas, andando desde Legazpi, para ver a su hija. Y siempre se había detenido en El Hobbit a tomarse una copa de ponche. Se quejaba de las piernas y en más de una ocasión se las mostró a Lucas. Éste, que no tenía ganas de ver visiones, apartaba la vista y se limitaba a decir:
- Pues sí que tiene usted varices, mujer. No sé cómo no se las cuida.
- Pues por eso ando tanto, porque el médico me ha dicho que es bueno caminar.
- No sé yo si tanta caminata será buena o no, porque no soy médico, pero no creo yo que lo sea.
E hicieron una somera amistad.
- ¿Ha visto algo de lo del piso del que le hablé? -.Le preguntó ella.
- No. Ya sabe que yo apenas si conozco a nadie por aquí todavía. Pero si alguien me pregunta o me dice que quiere un piso en alquiler, descuide, que yo se lo brindo y, si quiere, hasta le hago el contrato.
El resultado no fue otro que Luis, el cubano, que no tenía dónde dormir, acabó alquilando el susodicho piso. Y Lucas, recién Titulado como Administrador de Fincas, aunque no ejerciendo, redactó el contrato por un año. Año que vencería y los hijos de Carmen se verían agobiados para echar al inquilino, que encima no les pagaba. Porque en aquel periodo de tiempo, la pobre mujer pasó a mejor vida. Varices y copas de ponche no son buenas amigas y, al final, a Carmen se la llevó una cirrosis en poco tiempo.
Las andanzas del cubano por el bar empezaron a dar resultado y Lucas no se explicó el por qué. El caso es que un mediodía que llegó tarde, a eso de las doce y media, lo encontró animadísimo y, es más, a las dos de la tarde estaba de bote en bote. Lucas pensó que había acertado de pleno.
Pero el cubano era mucho cubano y se le empezó a subir a las barbas. A Lucas, eso de la jefatura se la traía al viento; pero una cosa era dirigir y otra mandar. Y Luis se pasó en el mando. Empezó a considerarse el dueño del bar que, por otra parte, por las tardes continuaba funcionando normalmente con Miguel y la presencia de Lucas y su esposa cuando llegaban, pero el cubano no se iba e intentaba seguir mangoneando, aún ante la presencia del jefe.
Una tarde tuvo unas palabras con la peña de Luisito. Discutió con ellos y los mandó a la calle. Tampoco habían hecho nada reprobable, pensó Lucas, como para tomar tales medidas. Y ahí se colmo el vaso. Escuchó perfectamente las palabras de Pedro, el amigo de Manolo, y le calaron el alma:
- Ya sabemos quién manda en este bar. Tú has dejado de hacerlo.
Aquello no es que fastidiase al legítimo dueño. Lucas no era orgulloso para nada, pero sí se convenció de que, dentro de su eterna borrachera, Pedro había acertado de pleno. Ya no es que no mandase o dirigiera él; es que casi tenía que pedir permiso para entrar en su bar. Y aquello sí que le fastidió. A eso se puede añadir que Miguel, su cuñado, cada día estaba más de morros con el cubano por el hecho de que no le permitía trabajar a su aire y hasta le metía prisas para realizar lo que fuera.
- ¡Coños! A mí, que me mande mi cuñado me parece cojonudo, pero que venga este gilipollas a darme órdenes, me toca los cojones.
Éste había sido el comentario de Miguel hacía ya días. Y uno y otro animaron a Lucas a tomar una decisión.
- Luis, esto no puede seguir así. A mí me parece muy bien cómo lleva usted el negocio y le estoy muy agradecido, pero...
- ¡Oiga! Que por cuatro borrachos no va a tirar mi trabajo por tierra. Que yo tengo un señor todas las mañanas tomando Magno y sin meterse con nadie. Y ellos, para tres consumiciones que hacen, organizan un pitoste de mucho cuidado.
Se refería a Nicolás, claro está.
- Luis, que Nicolás ya era mi cliente. No se atribuya méritos que no le corresponden. No me gusta ni pizca que la gente se cuelgue medallitas y menos si son inmerecidas. Usted y yo, queramos o no, somos incompatibles, a mi entender. Y como, por suerte para mí y desgracia para usted, este bar me pertenece, lo mejor es que rompamos la baraja.
El otro inició un gesto de protesta, pero no era tonto y se percató de que Lucas hablaba muy en serio. Pensó que cuanto dijera sería en vano y decidió no perder más tiempo. Tomó su chaqueta, dejó las llaves sobre el mostrador y se encaminó hacia la puerta.
- ¿No piensa cobrar lo que le debo? -. Le preguntó Lucas.
- Ya me lo pagará. En eso sé de sobra que es usted de fiar. Pero temo que se arrepienta de su decisión.
- Tal vez así me ocurra... -. Afirmó Lucas. -. Pero el tiempo lo habrá de decir.
Y claro que el tiempo lo dijo, pero entonces no se sabía.
Durante varios días, Lucas volvió a ser quien abría el bar. Más tarde iba Miguel y él se iba a comer y a descansar un poco. Fue por aquel entonces cuando conoció a don José y sucedió la cómica - o trágica, según lo queramos ver, - experiencia de Hacienda. Ocurrieron aquellos avatares y El Hobbit seguía su marcha.
No debemos pasar por alto la afluencia de los muchachos del Instituto Cervantes, quienes, puntualmente, a las ocho de cada tarde, pasaban a tomar su café. Era la hora esperada porque, de vez en cuando y seguro todos los viernes y vísperas de festivos, los chicos pasaban de cafés y le daban al mini de cerveza. Como era gente del grupo nocturno, todos tenían más de dieciocho años. Luego no había problema y el amargo y frío líquido corría por doquier. Lucas hizo buenos amigos entre ellos, sobre todo con uno llamado Enrique, alto y grueso él, con una cara de buenazo que no podía con ella. Y, sin embargo, era Vigilante Jurado. ¡Lo que son las cosas!
Entre los muchachos, chicas y chicos, se formaban a menudo parejas que llegaban a la calidad superior que la de amigos. "Amigos con derecho a roce", como decían ellos. Y cada poco tiempo, desgraciadamente, cosas de la juventud, aquellas parejas desaparecían y se formaban otras nuevas. Pero seguía uniéndoles la amistad y el compañerismo. Eso es algo que nunca entendió ya que, en su juventud, las amistades y los amores era cosas bien distintas.
Cuando llegó el 22 de diciembre, día del sorteo de la Lotería de Navidad y "suelta" de los chavales del Instituto, éstos se "desparramaron" por los bares y las tiendas donde vendían sidra, champán y cualquier mezcla capaz de transportar al paraíso al más pintado.
Avisado como estaba por sus hijos, Lucas abrió temprano y, al rato, se incorporaron los dos muchachos. También estaba Carmencita, que ya había empezado a trabajar en El Hobbit hacía menos de una semana. La tropelía fue feroz. A varias chicas tuvieron que asistirlas con café con sal y hasta hubo una que requirió la atención del SAMUR. Ya la Policía Municipal había estado a primera hora y avisado de que no se sirvieran bebidas alcohólicas a menores de edad. Pero Lucas no lo podía evitar. Había chicos mayores que pedían licor; él no podía objetarles nada y, entonces, ¿cómo saber quién era el destinatario?
Los chicos vinieron en tres tandas; no se sabe si es que los dejaban libres a diferentes horas o es que iban y volvían de otros sitios. El caso es que aquella mañana, si bien no les tocó el Gordo, sí hicieron buena caja. Pero la mejor y con mucho desde que habían abierto.
Las consecuencias las pagó el DIA. Sus puertas quedaron repletas de cascos de botellas vacías, de vomitonas y hasta de alguna que otra meada. La juventud, incontrolada y metida en marcha, arrasa con todo.
Y llegaron los días de las Pascuas. Carmen, como queda dicho ya se había incorporado al puesto que dejara vacante el cubano y es que Lucas se dio cuenta de que necesitaba a alguien que trabajara con él. Si bien la tarde era más preciada, la mañana precisaba de gente que limpiara, hiciera los aperitivos y abriera temprano. Y él se dormía.
Carmen era una chiquita que, de vez en cuando, aparecía por El Hobbit a tomar una copa, habitualmente ginebra con naranja. Era bajita y regordeta y tenía hechuras de chico. Desde un principio pensó que era lesbiana y no se equivocó en absoluto. Tenía unos aires de machorra que asustaban.
Una de esas tardes, Lucas le preguntó que si conocía a algún chico para trabajar con él. Y ella, prontamente, se ofreció a sí misma.
- ¿Tú? ¿Una chica? -. Se extrañó -. Yo necesito un muchacho que suba las cajas de botellines de la cueva y no creo que tú puedas con ellas.
- Sesenta me subía yo todos los días en el bar que trabajaba -. Le aseguró ella.
Lucas se quedó extrañado, pero también pensó que, para labores de limpieza, tal vez fuese más adecuada una mujer.
- Podemos probar a ver qué tal resulta -. Dijo.
Y Carmen comenzó a trabajar al día siguiente. Y la verdad es que no resultó del todo mal, hasta que ella misma destapó el tarro de sus esencias.
Resultó que a Carmen le iba bien la "priva" y, aunque en horas de trabajo no bebía, cuando terminaba su turno se iba no se sabía dónde y, por las tardes, ya cuando se había ido Miguel y estaba Lucas, se presentaba y se tomaba un par de lingotazos por fuera de la barra. Y contentita que se iba la chica.
Tanto que, una mañana, Lucas telefoneó a las diez y media y se encontró con que no contestaban en El Hobbit. Extrañado, se vistió y tomó un taxi.
- ¿Qué pasará? -. Se preguntaba.
Y llegó al bar. Éste estaba cerrado a cal y canto y sin síntomas de que se hubiera abierto. Eran más de las once de la mañana.
Rápidamente, abrió las cancelas y penetró en el interior. Vio todo en orden, como él lo dejase por la noche, esperando la escoba limpiadora de Carmen quien, por lo visto, no había aparecido. La cafetera ya estaba en marcha, por el reloj temporizador, así que se dispuso a atender a los clientes que esperaban, entre los que se encontraba Santiaga. La chica, con toda su drogadicción a cuestas, se brindó a echarle una mano y barrió el local.
Lucas se lo agradeció en el alma. Si él, quitando lo de yonquis y mangutas, no les consideraba mala gente, sobre todo a ella. A Miguel, su marido, sí. Pero ella no era mala.
A eso de las doce y media llamó por teléfono Carmencita.
- Me he dormido. -. Explicó.
- ¿De la cogorza de anoche?
- No. Es que estuve con unas amigas.
- Anda, vente para el bar.
Y a eso de la una apareció.
- Carmen, ¡coño! Que está bien irse de juerga, que yo no me meto en la vida privada de cada uno; que se puede ir uno de copas, pero el trabajo es el trabajo y no puede desatenderse -. Le recriminó Lucas cuando estuvieron a solas.
La chica se echó a llorar y pidió perdón.
- Menos perdones y lloros y más atender a las cosas, Carmela. -. Dio por terminado el rapapolvo Lucas.
A los dos días tuvieron una escena un tanto extraña. Ya se ha dicho que Carmen era, o parecía, lesbiana. Al menos, tanto su aspecto como sus amistades así lo pregonaban a los cuatro vientos. Pues nuestro amigo se quedó bien sorprendido.
Estando ella en la cocina, pasó él a coger unas cosas de allí y, sin quererlo, sus cuerpos se rozaron. El espacio era demasiado estrecho. De repente, y sin mediar palabra, Carmen se le abrazó y le besó. Lucas sintió una sensación peculiar. Las manos de la chica buscaron su virilidad y ésta respondió bien pronto.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para apartarse de ella.
- ¡Chiquilla! ¿Qué haces? ¿Quieres que nos vean desde la calle?
En aquel instante el bar se encontraba vacío.
- Y, además, ¿tú no gustas más de las mujeres que de los hombres?
- Pero tú eres muy atractivo.
Lucas se sonrió por dentro. ¡Mira que decirle eso a él, que no se tenía por nada guapo! Y se salió para la barra y se puso a observar la cafetera. Al rato, salió ella y parecía que no hubiera ocurrido nada.
Pero sí había pasado. Él lo pensó y estuvo convencido de que era un arma que había empleado ella para hacerse perdonar su falta de hacía dos días.
- Esto no me gusta ni un pelo. -. Reflexionó Lucas. Y decidió despedir a Carmen.
Pero tuvo que aguardar porque, precisamente aquel día, Miguel le llegó con la noticia de que, por imposiciones de su música, tenía que dejar el bar. Les habían contratado para un jira por el Norte y no quería desaprovecharla. Aparte de que a él, el trabajo fijo y constante no le iba en demasía. Veía su porvenir en la canción, porvenir que Lucas veía incierto pero contra las vocaciones no se puede luchar.
- Como lo veas, majete. Ya sabes que, de todas formas, tu puesto está aquí para cuando quieras.
- ¡Eso ya lo sé, cuñadito! Pero para mí, y tú lo sabes, lo más importante ahora es mi música.
- Pues no se hable más. Cuando quieras te vas, que yo ya me apañaré.
- ¿Ahora que ibas a despedir a Carmen? -. Le preguntó Miguel que estaba al tanto del incidente y de los deseos del marido de su hermana.
- No importa. Dios proveerá.
Y claro que Dios previno y dispuso. Y la solución no fue otra que Bea. Aquella tarde, cuando vinieron a tomar sus copas, Paco le habló de qué oportunidad tenía su mujer de trabajar en el bar.
Y Lucas vio el cielo abierto.
- Todas -. Respondió. - Pero, vamos, para empezar mañana mismo. O pasado, mejor, que es lunes y, mientras, yo me libro de la Carmencita.
Y en eso quedaron. Acordaron el sueldo, que no tendrían que ver con la Seguridad Social y que Bea abriría por las mañanas y que se ocuparía de los desayunos y los aperitivos.
Y aquella misma mañana le comunicó a Carmen su inminente cese en el trabajo. Ella se mostró compungida, pero Lucas no dio su brazo a torcer. Nada tenía contra la chica y sus tendencias, pero no deseaba que se volviera a repetir el suceso de aquel día.
Aquella tarde estuvo Epi, que hacía tiempo que no aparecía. Se tomó sus tercios de cerveza, como de costumbre, y también estuvo Santos. Éste, dedicado a sus eternos botellines. Cuando llegó la hora, Carmen se despidió con un beso y salió por la puerta. Alguna vez volvería a tomar una copa, pero ya no trabajaría más en el Hobbit.
El domingo por la mañana, Lucía acompañó a su marido al bar y no se les dio mal la cosa. Eran primeros de año y el dinero corría. Fue una mañana movidita.
- ¿Ves cómo sí funcionaba? -. Preguntó Lucas.
- Ya, pero con tanto trasiego de personal... Primero Luis, el cubano, ahora Carmen, mi hermano...
- A ver si se consolida con Bea. Es vecina, tiene experiencia y es buena chica.
- Esperemos, pues.
Aquel mediodía comieron con Fabi y Esperanza en el Menoyo. El grandullón se empeñó en invitarles a comer. Luego volvieron al bar a tomar las cafés y a invitarles a una copa y ya decidieron abrir. Fue aquella tarde cuando conocieron a Jesús, el del Ballantines.
Entró en el bar caminando muy lentamente, como con recelo. Pidió un whisky con tónica - ¡Dios!, pensó Lucas, ¿a qué sabrá eso? - y empezó a beberlo a pequeños sorbos.
No se sabe cómo, sacaron la conversación y resultaba que había sido vecino de ellos hacía años. Conocía todo el barrio donde habían vivido y los mismos sitios que habían frecuentado. Y surgió, si no una amistad, una cordial entente. A partir de aquel momento, Jesús se convirtió en un habitual de El Hobbit y sus buenas botellas de Ballantines se bebió. Siempre se le conoció por ese apodo: El del Ballantines.
Nunca dio muchas confianzas ni se las tomó. Fue a lo suyo, que eran las copas, y no se metió en la vida de nadie. Un cliente, en suma de los que interesan: Dejan vivir, beben, pagan y no arman escándalo. Lucas siempre estuvo encantado con él.
Más tarde ya, Jesús empezó a adoptar un carácter extraño, desagradable a veces. Y es que la bebida le hacía su efecto. Y tenía mal vino, el jodío. No discutía, pero sí miraba torvamente.
Nunca fue amigo ni enemigo de Lucas. Éste se limitaba a servirle y, el día que veía al otro que estaba parlanchín, que raro era, le seguía la corriente. Y el día que callaba, optaba por seguirle en su mutismo y limitarse a servirle copas.
Alto, delgado y calvo, tenía la tez cetrina. Se ve que tanta tónica no le hacía ningún bien. La tónica o, mejor dicho, su acompañante. Cuando ya Lucas dejó El Hobbit, supo por Pepe que a Jesús le habían ingresado. Y por nada bueno, hay que suponer. Después perdió todo contacto.
El lunes amaneció y Bea ocupó su puesto. Lucas la telefoneó sobre las once de la mañana y le aseguró que todo iba bien, que no había problemas. Quedó en ir por la tarde, después de comer, a relevarla, que es lo que habían contratado.
La verdad es que aquellas mañanas nutridas que el cubano había conseguido ya no se alcanzaron jamás. ¿Que cómo lo hizo? Eso nunca se supo. Algo tenía Luis, desde luego, pero su mismo carácter absorbente y duro habían echado a perder la relación. Tal vez tendría que arrepentirse de no haber sido más tolerante con él, pero tampoco había que darle demasiada importancia. El cubano bebía demasiado ponche a ciertas horas y se ponía de un carácter insoportable. Las cosas no hubieran terminado bien de haber seguido él y hasta podrían haber llegado a las manos.
Y con Carmencita, pues otro tanto de lo mismo. No era la persona indicada para el bar, ni por sus tendencias ni por sus borracheras. No era buena cumplidora ni gentil con los clientes.
Bea, a pesar de ser un tanto seca en su trato, sí parecía llevarlo bien. Y Lucas le dio carta blanca.
Tanta que del mismo color se la tomaron. Blanco de cocaína. Pero eso lo supo más tarde. Por ahora, ellos aparecían sobre las cinco de la tarde y la muchacha tenía todo en orden y la caja bien hecha. Luego, se salía de la barra y esperaba a su marido. Mientras, iba jugando en la máquina según hubiese visto el trato que le habían dado por la mañana. Pero no conocía los trucos de Lucas y siempre jugaba al puro azar. Es que el avispado dueño del bar bien pronto le sacó los intríngulis a las maquinitas, que dos llegaron a tener.
Todas las semanas, generalmente los martes, venían Antonio y su hijo, los empleados de Cipri, a hacer la recolección. Leían los contadores, sacaban las monedas, contaban con un aparato curioso las diferentes piezas y ajustaban cuentas. Mitad para ellos y mitad para el bar. Fue cuando le explicó lo del porcentaje y que la tragaperras nunca actuaba por fortuna sino por lógica matemática, aunque aleatoriamente, y Lucas se lo aprendió. Así que, leyendo los contadores llegó a tener un mínimo de aciertos del 95 por ciento. Y la sacaba cuando quería, si es que algún cliente no se le anticipaba en hacerlo. Era puro cálculo matemático. Y en eso estaba hecho un hacha.
Cuando llegaba Paco, el de Bea, el matrimonio solía subir a su casa un rato y luego bajaban al bar. Allí, solos o junto con Fabi, si éste ya había llegado, empezaban su ingesta de Dyc con Cocacola. Los chistes de Fabi animaban el bar y la risa socarrona y nada simpática de Paco jodían el ambiente. Así que se complementaban.
Empezaron a llegar amigos de ellos que dejaban buenos cuartos. Estaba el pintor del JB con naranja que, aunque raramente entraba, siempre lo hacía cuando ellos estaban.
Lucas no comprendía a qué podía saber un JB con naranja, como no entendía lo del Ballantines con tónica. Él, cuando bebía, bebía siempre el whisky a palo seco y, si acaso, acompañado de ginger-ale, y afirmaba que era la única mezcla admisible. Con Coca -Cola nunca le convenció y ya, con esos otros mejunjes, menos de menos.
También empezó a acudir Emilia, la mujer de Pedro, aunque ella ya venía de antes pero, al ser amiga del matrimonio hyppie, se dejaba caer con mucha más frecuencia. Así conoció a su marido. Este Pedro le pareció un excelente profesional de la hostelería y lamentó no poderle contratar, pero ya tenía un buen trabajo y no estaba dispuesto a dejarlo por correr la aventura de El Hobbit. Además, él estaba acostumbrado a sitios más grandes y más lujosos. Aquello se le quedaba pequeño.
Emilia era la hermana de Ángel, Angelito como le llamaban, el cual no le cayó bien desde el primer instante a Lucas. Era bajito, delgado como recién salido de un campo de concentración, con cara de pocos amigos a pesar de que intentase mostrarse afable. Le ocurría lo que a Paco que, por más que se esforzasen, la simpatía les brillaba por su ausencia.
Y, sobre todo, los amigos de la tarde, los que le hicieron sospechar a Lucas aquellas cosas de Bea. Esos eran jóvenes y se limitaban a tomar unas cañas. Luego, el consabido paseíto y la rápida estampida.
Total, que el fichaje de Bea no fue mal negocio, al menos al principio y durante bastante tiempo. Más de un año tuvo que pasar hasta que se jodió el asunto. O Lucas estaba ciego o es que no se daba cuenta por lo bien que disimulaba la pareja. Y el caso es que a él no le estafaron. Simplemente, como ya hemos dicho, que tomaron el bar como centro de operaciones para su peculiar negocio de trapicheo y eso dio que hablar a más de uno y a más de quien no debía, ya que tenían tanto o más que ocultar.
Ése fue el caso de los dos hermanos que no se parecían en nada, salvo en que eran y primos lejanos de Lucía y de Miguel y paisanos, o de un pueblo cercano. Y es que en verdad, aparte de haber nacido de la misma madre y en el mismo sitio, su aspecto era totalmente distinto: Alto y con el pelo blanco, el uno y bajito y renegrido como gitano de romance de Lorca, el otro, Juanito, había que comprobar su documentación para imaginar el parentesco.
Pues estos dos hermanitos, que se dejaban caer de vez en cuando por El Hobbit, le hicieron un día un comentario a Lucas que le dejó sorprendido.
-Tú, con las copas y los cafés no ganarás mucho, pero pasando coca te forras, macho.
- ¿Vendiendo cocacolas? Te equivocas. Gano más con la cerveza. -. Le respondió ingenuamente.
- ¡Ja! Ya sabes tú bien de la coca que yo hablo, tío. - Dijo por lo bajo Juanito. - Pues si no has estado nunca, pregúntale a mi hermano qué tal se vive en la cárcel, que a él sí le metieron en el trullo.
Lucas estaba cada vez más intrigado. ¿Qué narices querría decir con aquello de la cárcel y qué le importaba a él dónde hubiera estado cada cual? Pero, por averiguar de qué iba, le siguió la corriente.
- ¿Y por qué estuvo en presidio tu hermano? -. Quiso saber.
- Mató a un hombre de un estacazo.
¡Joder y vaya clientes tenía!
- ¿Tu hermano mató a un hombre de un palo?
-Si. - Aseguró el Juanito. -. A uno que se sobrepasó con su hija.
La verdad es que Lucas no le veía al otro aspecto de matón, sino de hombre serio. Era fontanero y trabajaba muy bien.
- Pues. Chico, me dejas helado. Pero, ¿tanto se sobrepasó?
- La violó.
¡Hostias! Aquello sí era grave, pensó. Él estuvo a punto de liarse a tortas con el novio de su hija por mucho menos; así que una violación sí era una cosa seria.
-¡Pues vaya si lo siento, de veras! -. Afirmó.
Matar a un hombre, ¡leches! Aquello sí era duro y tenía que dejar cargo de conciencia. Recordó la película que había visto hacía años y que conservaba en video, Waterloo, en la cual, el duque de Wellington dice esas palabras cuando oye a sus hombres cantar: "Matar es delicado asunto..."
- Bueno, ¿y qué coños tiene eso que ver conmigo, lo de la cocacola, lo de la trena, lo de tu hermano y toda tu parentela?
- ¿Cómo que qué tiene que ver? ¡Que en todo el barrio se sabe que aquí pasáis cocaína!
- ¿Qué? -. Se quedó estupefacto Lucas. -. ¿Qué me cuentas?
- ¡Hombre, harto sabido es!
- ¡Pues lo sabrás tú, pero yo es que, por no pasar, no paso ni un semáforo en rojo!
- Pues que tu empleada y el marido lo hacen está en boca de todos...
- ¿Cómo? -. Y ahora sí que se quedó atónito.
Y así comenzó a saber algo de los manejos de Bea y de Paco. Pero como el asunto no se realizaba en el bar, estando o no estando él, decidió dejar las aguas tranquilas en su cauce y proseguir con su negocio.
Además, Bea se portaba bien y no se organizaban trifulcas por aquel motivo. Si la gente hablaba, que hablase. Mientras no pudieran demostrar nada de lo dicho, le traía al fresco.
Ésos eran los días de El Hobbit; y las tardes, más o menos. Las noches, a partir de las ocho u ocho y media, ya eran diferentes. Una vez se marchaban los estudiantes, el aspecto cambiaba totalmente. Ya eran los borrachines empedernidos los que lo poblaban y cuando se armaban los líos que a Lucas le ponían de los nervios. Aparte del mencionado Santos, que ése sí que no se metía con nadie, y de la afable presencia de Fabi, con sus chistes, solía entrar, de vez en cuando pero no se sabe por qué todas las noches, algún elemento de los que él denominaba subversivo; o sea, de los que vienen con intención de tomar unas copas y no pagarlas.
Al principio le pillaron por sorpresa, pero más tarde supo reaccionar. Había comprobado que si se dejaba comer el terreno era peor. A los caraduras había que hacerles frente con sus mismas armas y no se cortó ni un pelo. Tío que hacía ademán de irse sin pagar, puñetazo en la barra, un ¡me cago en Dios! en voz airada y, normalmente, claro estaba que aflojaba el bolsillo.
Alguno, no. Esos eran ya los más difíciles y había que utilizar métodos más convincentes. No se sabe cómo ni por qué ni quién la llevó, pero el caso es que apareció una barra de acero forrada con papel de una Lista de Lotería de Navidad. Era un objeto bien contundente. Y cuando veía que el jeta se las quería pirar, la esgrimía y, muy amablemente, le mencionaba:
- ¿Quiere ver usted si le ha tocado el Gordo? Porque si no le ha tocado, le juro que le va a tocar.
Y aquello, normalmente, hacía milagros..
Pero, desafortunadamente, siempre había alguno más echado para delante que el resto y ahí se imponía la llamada a la Policía, si Fabián o Miguel, que iba alguna que otra tarde a verles, no estaban. Encontrándose ellos no había problemas. Sólo con su presencia o, si se terciaba, con una colleja del Fabi, el asunto se resolvía.
Una noche la cosa estuvo peliaguda. Se hallaba Miguel, que iba a tocar a un sitio y llevaba su eterna guitarra. Como "tenía que pasar cerca", aprovechó y entró a tomarse un batido. Y a Lucas le vino de perlas.
Un individuo alto y fuerte como un toro había entrado y pedido unos callos que tenían de aperitivo, la fuente entera, y una cerveza. Luego pidió una copa de brandy. Y a todo esto, él se hallaba mosqueado. No le veía la menor intención de pagar. ¿Por qué? Eso son cosas que se notan y que lo va dando la experiencia. No en vano, según siempre relataba Lucas años más tarde, un año de camarero equivalía a cinco en la Universidad de Psicología. Y el que era camarero de por vida, pudiérase decir que era Doctor en dicha materia "summum cum laudem".
El caso es que el cliente comía y bebía a dos carrillos y, una vez acabó, se quedó sentado en el taburete, quieto, como esperando algo. Se le acercó y, educadamente, le preguntó:
- ¿Desea algo más el señor?
- No. -. Fue la escueta respuesta.
- Pues son... -. Y le echó la cuenta.
El otro le contestó que no tenía dinero.
- Me parece muy bien que no lo tenga, pero si usted me dice que no puede pagar y que tiene hambre, yo le hubiera servido, con mucho gusto, algo que tuviéramos, no la fuente completa de aperitivos que bien de trabajo que nos ha costado hacerlos. Y dinero.
El moroso no respondió.
- Bueno, ¿qué me responde? -. Le insistió Lucas.
Y el otro siguió en silencio, sin moverse y sin inmutarse.
Miguel, que ya estaba apercibido de antemano, se puso a su lado y los dos se contemplaron. Eran de similar estatura e igual de fornidos. Una pelea entre ambos sería desastrosa para el bar.
- Te han dicho que pagues. Hazlo o tendrás un problema.
Cuando estaba de bromas, casi siempre, Miguel era un bendito. Si se ponía serio, era una máquina de destrucción, como pudo intuir el célebre de los toldos.
El parroquiano que no quería pagar le examinó de pies a cabeza y optó por preguntar:
- ¿Cuánto ha dicho que le debo?
Lucas se lo repitió y el otro se rascó el bolsillo.
Y así una vez y otra, casi todas las noches se repetían los incidentes parecidos, con mejor o peor fortuna, pero siempre quemándole la sangre.
Otro tal que les daba la lata eternamente era Pablo cuando se dejaba caer a eso de las diez de la noche, o pasadas. Empezaba con las jarras de cerveza de medio litro y continuaba con los cubatas de ron con limón hasta que se acodaba en la barra y se quedaba dormido. A todo esto, pedía y pedía hasta desgañitarse que le pusieran la música que siempre le gustaba, romanticona y de los años sesenta. ¡Qué diferente era el Pablo de las mañanas que el Pablo de las noches! No le hubiera reconocido ni la madre que lo alumbró. De día llegaba serio, con su periódico y llamándole de usted. Por la noche, entraba sonriente, chistoso y ameno, hasta que se embotaba con el alcohol y se quedaba dormido. Más de una vez tuvieron que dejarle dormido en el banco que estaba a la puerta del bar.
Hubo una noche que hubo que sacarle a rastras y le sentaron como pudieron. Estaba en otro mundo y hacía un frío que pelaba. No sabían qué hacer con él. Si le dejaban allí era posible que se congelara o que, a causa del alcohol ingerido, le diera una congestión. Pero él no atendió a sus ruegos, de lo borracho que estaba y durmió la mona al fresco que, por cierto, era mucho. El caso fue que, a la mañana siguiente apareció como una rosa a tomar su diario café mientras leía las noticias deportivas. Ése era Pablo y sus circunstancias.
Años después, cuando Lucas traspasó el bar, se hizo novio y hasta se casó con la hija del nuevo dueño. Varias veces más le volvió a ver, en estado lamentable siempre, pero ya, un día, le perdió la pista y no volvió a saber más de él, así como de su amigo Javi que, a veces venía con él. Otro producto del arbitraje y también buen consumidor de cerveza. Javi entendía de ordenadores y se dejaba caer por El Hobbit de vez en cuando. Era mucho más joven que Pablo.
Por aquel entonces, dejó de venir Epi; el bueno y simpático de Epi. Y pasaron varios meses sin verle. Santos, como de costumbre, no decía nada ni sabía lo más mínimo. Era más callado que una tumba y él se atenía a consumir sus botellines. Lucas no le pudo sacar una palabra y pensó que hasta pudiera ser que Epi se había ido o le había pasado algo.
- Pero, Santos, ¿no sabes nada de Epi?
- Ni idea, Lucas. -. Y seguía bebiendo.
- Bueno, pues ya aparecerá.
Y, efectivamente, una tarde apareció, sonriente y como si hubiera estado el día anterior. Lucas le saludó, diciendo:
- ¡Vaya con el difunto! Creíamos que te habías ido al otro barrio.
Había estado en la cárcel.
Todo fue porque en la calle Santiago el Verde, muy cerca de donde aparcaba la furgoneta Jose Pladur, había un coche abandonado, viejo y destartalado, al cual los muchachos le habían ido quitando las ruedas y todas las piezas. Una noche se incendió y dio la casualidad de que Epi estaba durmiendo la mona en el banco de al lado. Unos vecinos dijeron que había sido él quien lo incendiara y puede que así fuera, porque bajo los efectos del alcohol cualquiera cosa es posible. El caso es que le detuvieron y, de momento, le metieron en prisión preventiva por dos meses. Cuando el juicio salió, no tenían pruebas y le pusieron en libertad. Pero mientras, se chupó el talego. Y le sentó bien, porque no bebió mientras tanto. Pero supo resarcirse en cuanto le dejaron en libertad. Y volvió a la máquina y a sus viejas costumbres.
Aquel verano decidieron cerrar unos días por vacaciones y a Bea y a Paco les vino muy bien. Fueron sólo siete días, pero los suficientes para quitarse del monótono quehacer diario. Visitaron el Parque de Atracciones y se quemaron la piel en un Parque Acuático cercano. El agua estaba fresquita pero el sol pegaba de lo lindo.
Cuando volvieron a abrir, a Bea se le ocurrió lo de la "porra". Lo cierto es que Lucas jugaba todas las semanas a la Lotería, así que no le extrañó y menos cuando vio que muchos bares del contorno así lo hacían. Y se jugó una porra muy original. Se apostaban cuatrocientas pesetas semanales a cada una de las cincuenta terminaciones pares de dos cifras del sorteo del sábado. Si salía impar, se acumulaba el bote para la semana próxima. De las veinte mil pesetas que se recaudaban cada sorteo, cuatro mil eran para la casa y dieciséis mil el premio para el afortunado. Como solían acumularse botes, el personal jugaba y todos los números estaban ocupados. Entonces ocurrió el incidente con el gitano.
Ya se ha dicho que éstos eran muy listos cuando querían y los había de todo, como en botica: Serios, como el Bareta, dentro de lo que cabe, y cachondos de verdad, como el del suceso.
Todos los números solían estar ocupados, o cogidos, salvo alguno que quedaba libre por falta de clientela. Si salía uno de estos, se suponía que el premio se acumulaba al bote, quedando la parte de la casa de beneficio. Entre estos, que se dio dos veces, y otras tres semanas que salió número impar, se habían acumulado exactamente ochenta mil pesetas para el sorteo de aquel sábado. Lucas jugaba tres números. Bea dos y así casi toda la gente. Bareta y Paqui jugaban uno. Y había un gitano, compañero de Bareta pero que venía muy poco, que se apuntó al 45. La condición indispensable para participar en el sorteo es que el viernes a la noche estuviera pagada la cuota. Todo lo más, el sábado antes de las 12, hora en que tenía lugar el sorteo.
Pues aquel gitano pagó las dos primeras semanas y ya no volvió. Su número quedó reservado, ya que sus amigos explicaron que estaba trabajando fuera. Lucas dijo que sí, pero que podían pagarlo ellos en su lugar y así no lo perdía. Ellos no le hicieron caso y pasó lo que tenía que pasar.
Aquel viernes, con el bote tan suculento que existía, Lucas se hartó de ver el número impagado y dijo:
- ¡Ya está bien! Si no quiere jugarlo, que no lo juegue, pero éste me lo quedo yo.
Y pagó las dos mil pesetas correspondientes. Tuvo la delicadeza de no poner en el número su nombre, sino que puso el de Paco 2 y se marchó a casa.
Eran las 12 de la mañana cuando llamó a Bea y ésta le dijo que el gitano no había aparecido a pagar el número.
- Muy bien. Pues pagado está y jugado por mí. Luego, que no diga nada. Aunque sería maldita casualidad que tocase.
Y la maldita casualidad se produjo. Cantaron el Gordo y éste acababa en 45. Le habían tocado las ochenta mil pesetas.
Rápidamente llamó a Bea y se lo dijo. Ésta ya lo sabía porque también lo había escuchado. Pero lo malo es que tenía delante al gitano, a reclamar "lo suyo".
- ¡Andá, qué jodío! ¿No decían que estaba fuera? ¡Pues buena prisa se ha dado en aparecer. - Exclamó Lucas.
El muchacho pidió a Bea que le pasara el teléfono para hablar con el jefe. Lucas le dijo que no, que se presentara cuando él apareciera esa tarde. Pero que le fuera poniendo en antecedentes que de premio, nada de nada. Que lo había jugado otra persona y ésta sería quien lo cobrase.
Pero le dijo que no se le escapara mencionar que era él.
El gitano armó la de Dios es Cristo y prometió volver esa tarde, cuando estuviera Lucas. Y, efectivamente, así lo hizo.
- Vamos a ver... -. Le preguntó éste cuando le vio. -. ¿A qué vienes?
- A cobrar mi premio.
- ¿Has pagado estas semanas?
- No, es que estaba fuera, pero vine anoche.
- ¡Menuda casualidad, hombre! No estás, llegas, no vienes y sale el número que tenías concertado. Pues, chaval, bien que lo siento, pero anoche, un señor que suele venir por aquí, me pidió un número y, como el único que no estaba al corriente era ése, se lo di. Abonó las cuotas atrasadas y, mira por donde, le ha tocado. ¡Suerte que ha tenido y mala pata la tuya!
- ¡Pero eso no puede ser! Ese número es mío. -. Se excitó el gitano.
- Lo era, amigo, lo era. Mira este cartelito y lo que dice: "Las cuotas se abonarán los viernes". Y, que yo sepa, tú no has pagado ninguna. Así que...
Bareta y otro muchacho habían venido con él y aquél terció:
- ¡Ande, señor Lucas! Páguele a mi primo... Él no tiene la culpa.
- Menos la tiene el que arriesgó el dinero y pagó el número, como has venido haciendo tú.
Y en eso llevaba toda la razón. Bareta lo entendió y convenció a su primo de que las cosas son así, de que el que sella la quiniela, la cobra y el que no, no puede reclamar lo que no ha jugado.
¡Curiosos estos gitanos, ya queda dicho! Siempre buscan el lado favorable para ellos y el que venga atrás que arree.
Y Lucas se quedó con el dinero de la porra.
Hubo otro pequeño bote que les tocó a Bea y a Paco. Y les vino de maravilla para pagar la luz, por lo visto. Pero ya la gente empezó a flojear en el juego y Lucas suspendió un buen día la porra. No quería más líos con nadie.
Y así fueron pasando los noches y los días; los días y las noches. El único incidente muy digno de mención fue el de la paliza que le propinó el Fabi a un cliente patoso que se pasó un pelo. Pues el pelo le costó bastante caro.
Era una tarde de domingo y se habían quedado a comer en un mesón de allí cerca. Luego abrieron y enseguida se presentaron Fabián y Paco con sus respectivas. La tarde marchaba buena, tirandillo, y todo estaba en calma.
Lucas y Fabi hablaban en la barra. Paco bebía cubata tras cubata de Dyc y Jesús sus Ballantines de costumbre. Las tres mujeres estaban sentadas en la mesa, hablando de sus cosas.
En esto que entró un menda que a Lucas no le gustó nada. Venía ya mamado de otros sitios, así que no le extrañó su vacilante comportamiento.
Le sirvió lo que quiso y le dejó solo, en el centro de la barra. Siguió hablando con Fabi y no le prestaron mucho caso hasta que el individuo comenzó a referirles no sé qué historias. Primero le preguntó por el nombre del bar; luego siguió con quiénes lo llevaban y continuó con una extraña retahíla de cosas que ninguno le entendía. Fabi pasó dentro de la barra y le siguió la corriente de la forma más simpática del mundo.
- Chico, yo creo que tú deberías irte a dormir. Estás un poco colocadillo, ¿no? -. Le dijo.
El otro no hizo caso y continuó con sus vaguedades.
En éstas que las chicas dijeron de irse a jugar al bingo, que se aburrían de estar allí. Pidieron permiso a sus maridos y los tres estuvieron de acuerdo.
- Pero poco rato, ¿eh? -. Advirtió Lucas. -. Y poco dinero. Que no está el horno para bollos.
Ellas se rieron y se dispusieron a salir.
En esto, el borrachín exclamó: - ¡Qué jodías! ¡Serán putas!
Y fue visto y no visto.
Fabi le sacudió una bofetada a mano abierta desde dentro de la barra que hizo que el otro girase sobre sí mismo con banqueta y todo. Y luego dio un brinco espectacular sobre el mostrador y apareció al lado del caído ya en el suelo. Allí se lió con él a puñetazos y patadas y, agarrándole por el pelo, le sacó del establecimiento mientras le golpeaba con verdadera saña.
Lucas nunca había visto propinarle a nadie tal paliza ni al Fabi tan excitado. ¡Aquello de llamar puta a su mujer le había sacado de sus casillas!
Así, de esta forma, a golpes de ambas extremidades, con aquellas punteras de acero que calzaba y sin tener en cuenta dónde le daba, lo bajó hasta El Portillo, pasando por delante de Tabacalera. Tanto Paco como las mujeres corrían detrás de él, chillando:
- ¡Déjale, que le vas a matar!
Y no se sabe si le mató o no pero, al parecer, acabó derrengado dentro de un contenedor de basuras. Nunca más se supo de él y, desde luego, no volvió a aparecer por el bar.
Cuando llegó la Nochevieja fue cuando ya Lucas no pudo soportar más el tema de Bea. Abrieron y se les llenó de golpe el local, a eso de la una menos cuarto. Allí todo Dios bebía y rápido, porque iban a otras fiestas. Lucas y la chica no daban abasto a servir. Tanto que Lucía tuvo que echarles una mano. Paco se limitó a beberse sus cubatas. Fue un breve pero intenso rato e hicieron buenas pesetas, pero acabaron molidos.
Cuando ya se quedaron solos, Lucas salió un instante a tomar el frío aire de la noche del nuevo año. Se recuperó y entró nuevamente. Vio que Paco estaba en la cocina y quiso saber qué hacía, ya que no era costumbre de él entrar allí dentro.
Pasó y le vio aspirar por la nariz un polvillo blanco que tenía depositado encima del Documento Nacional de Identidad, para que no se le escapase ni una sola mota.
- ¿Quieres? -. Le ofreció.
Lucas le preguntó:
- ¿Cocaína?
- Sí. ¡No veas cómo te pone! Y aguantas lo que te echen encima.
- Pues no, gracias, pero no tomo ninguna de esas cosas.
Bea entró y le vio la cara. Se percató de que no le había gustado nada la actitud de su marido y se echó a temblar. Pero como también tenía sus copitas encima, no le dio mayor importancia al asunto.
Pero al otro día sí que se la prestó cuando Lucas llegó y, sin más ambages, le dijo que deseaba que abandonase su trabajo. Ni le preguntó los motivos. Los sabía de sobra.
Y llegó el momento de echar cuentas. Con Bea, quieras que no, el bar había funcionado. Cierto es que Paco se había bebido unas cuantas copas y presentaba una cuenta un poco alta, unas once mil pesetas. Pero la verdad, y a pesar de la mala fama que le pudieran haber echado, como le dijera Juanito, las recaudaciones más altas se habían hecho en los meses que ellos habían estado. Y decimos ellos, porque Lucas consideraba que tanto había formado parte del equipo ella como su marido, aunque éste no hubiera trabajado. ¿Qué haría ahora?
Y se dispuso a afrontar una nueva etapa en la vida de El Hobbit. Abriría él por las mañanas y su hijo le supliría en las horas de las comidas. Luego, por la tarde, volvería él con Lucía y así cubrirían el expediente. Tal vez se vendiese menos, porque debía contar conque los amigos y clientes de Bea ya no volverían, pero eran menos gastos.
Y así lo hizo.
Por las mañanas, de temprano, salían ambos de casa en la furgoneta. Unas compañeras de Universidad de su hijo les aguardaban y a otras las recogían en el camino. Y ya, lanzados, bajaban a Embajadores y allí le dejaban. Su chico se iba con las muchachas a estudiar.
Lucas abría, llamaba a la panadería y le traían unos bollos que unas veces vendía y otras no. No tenía mucho público, pero el preciso. Sobre todo, las tragaperras funcionaban y, con el importe que les sacaba, pagaba casi el arrendamiento del local. Luego, sobre las dos, aparecía el muchacho, paraba la Renault y entraba. Lucas le explicaba si había algo pendiente y se iba a casa a comer. El chaval comía de bocadillo o lo que se terciase. Y así fueron tirando. Era mucho esfuerzo pero no mayor que el que habían llevado a cabo en El Bunker.
Su hijo estudiaba en esas horas, mientras atendía a los escasos clientes. Fue la época de los gintonics de don José y el posterior fiasco.
Los domingos por la mañana abrían él y su esposa. Luego, por la tarde, se presentaba su hijo, renunciando a salir con los amigos. En suma, aquellos sí fueron días de trabajo familiar.
Hasta que un domingo por la noche su hijo volvió del bar muy intranquilo. Le preguntó qué le ocurría y le contestó que habían estado Paco y Bea.
Paco seguía manteniendo la deuda de cuando Bea se fue y Lucas no consideró oportuno cobrársela a ella. Pero sí había dejado claro que no había una copa más mientras ese saldo no se liquidase.
Por lo visto, aquella tarde habían estado y Paco, borracho ya, había pedido el consabido Dyc con cocacola. El muchacho le dijo que tenía órdenes de no servirle mientras no pagase lo debido. Y entonces, el energúmeno, ahíto de alcohol y de mala baba, había dado un golpe en el mostrador y había estrellado una de las vitrinas contra el suelo, haciéndola añicos. Las cosas no pasaron a mayores porque Fabi acababa de entrar y se lo llevó.
Lucas encajó el golpe con toda la tranquilidad que pudo y a la mañana siguiente llegó al bar. Telefoneó a casa de Bea.
- ¿Qué ha pasado? -. Preguntó.
- Nada. Ahora bajo a pagarte. - Le respondió ella.
Y, en efecto, al poco rato bajó la chica.
- ¿Cuánto es la cuenta de mi marido?
Lucas se lo dijo y ella le dio el dinero.
- ¿Y por qué ocurrió ese desaguisado?
- Tu hijo, que es un borde...
- No lo creo. ¿No sería que tu marido venía borracho y puesto?
Ella no respondió y se dirigió a una de las máquinas y se limitó a echar unas monedas. Luego salió y ya fue la última vez que les vio por el bar. Ni tan siquiera venían con Fabi.
Fue cuando comprendió que al negocio había que darle otro aire; que no podía exponer a su hijo a los peligros que engendraba aquello y que no se podía tratar con cierta gentuza.
Y pensó en Pepe. Podía ser una buena solución para El Hobbit.

 

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