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Capítulo 4

EL HOBBIT

Cuando dos días más tarde se acercaron al bar, comenzaron a hacer inventario de menaje y aparatos. Lucas acertó cuando pronosticara al abogado y a la Ureta que Nelson y Juan Carlos lo dejarían raso como la palma de la mano. Se habían llevado todo cuanto pudieron. Existían las tomas de agua para un lavavasos eléctrico, pero el lavavasos no estaba. Se veía un hueco que debió ocupar un pequeño equipo de música, pero el aparato brillaba por su ausencia y, sobre todo, en un rincón, estaba el soporte elevado para el televisor, esperando que las imágenes de los partidos de fútbol y de otros programas alegrasen el local, pero habrían de comprar una tele nueva porque la que tuvieran también había desaparecido.
Hasta los cuadros, cuyas huellas aún se dibujaban en las paredes destacando sobre la pintura amarillenta por el humo y el tiempo, habían volado. Tendrían que colgar algunos.
De las estanterías para botellas, tan sólo habían dejado unas pequeñas y ridículas, de cristal, aptas como adorno pero no para sostener la mercancía necesaria, pesada y abundante.
- ¡Dios! ¡Si se descuida la Ureta, se le llevan los cimientos!
En definitiva que, respetando a medias el mobiliario que constaba en el contrato y que consistía en una cámara botellero, una máquina de hacer hielos y un microondas y una cafetera, ambos con más años que el canalillo, los anteriores inquilinos habían retirado todo lo que ellos aportaran y algo más que no sería suyo.
Banquetas altas habían dejado las cuatro que figuraban en los papeles y otras dos, rotas, en la cueva. La tapicería de las seis estaba que daba grima. Tendrían que ponerla nueva.
En el contrato figuraban dos mesas y cuatro sillas. Solamente hallaron un juego; o sea, una mesa con sus dos desvencijados asientos. Y el caso es que a Lucas, cuando visitó el local por vez primera, le pareció haberlas visto todas. Se habrían llevado el resto mientras duraban las negociaciones. Hubo de comunicarle a la propietaria que allí faltaba material y que no era por su culpa.
- Molinillo de café sí que no tenían. Lo habrán liquidado, igual que la caja registradora...
Total, que aquello que asegurara al abogado de que se le iría un tanto entre picos, palas y azadones, resultó ser cierto. Por eso había negociado tan firmemente, no por ánimo de defraudar un duro a la propietaria...
- Y espera que no aparezcan deudas... -. Le advirtió su esposa.
- Ésas no me importan. ¡Yo cambio la titularidad y Santas Pascuas!
Así lo hizo al otro día. Volvió a las dependencias del Ayuntamiento y firmó un documento. Le dieron una copia provisional, en tanto le enviaban la definitiva.
- ¿Puedo funcionar, mientras, con este papel?-. Preguntó.
- Sí. Ya le dije que todo estaba en regla.
Se fue para el bar, a echar otro vistazo y a esperar al mecánico de la cafetera, con el cual se había puesto al habla el día anterior explicándole que se trataba de una máquina que hacía tiempo que no funcionaba y que, además, necesitaba un molinillo. También aguardaba la visita de los electricistas que, por medio de uno de sus hermanos, iban a revisar la instalación.
Miró el hueco del lavavasos. ¿Merecería la pena adquirir uno? En El Bunker se habían pasado sin ello, utilizando unos cepillos que se pegaban a la pila. ¿Serían suficientes aquí?
- Y hay que pintar las paredes. Y los techos. Y tapizar las banquetas y reparar las sillas... Y habrá que limpiar a fondo y eso no voy a consentir que lo haga mi mujer. Habrá que contratar a alguien... Lo que yo dije: ¡Una pasta!-. Y no se equivocaba.
A pesar de que tenía el cierre medio echado para evitar que se le colara alguien, tuvo que sufrir un verdadero aluvión de personas que entraron al local. Parecía que la noticia del traspaso hubiera sido publicada en la Prensa: El primero fue un vendedor de Cocacola que, muy gentilmente, se puso a su servicio. Lucas le notificó que aún tardarían tiempo en abrir y, por tanto, en necesitar género.
Después se le colaron una pareja de jóvenes que no aclararon mucho si pertenecían a Hacienda o al Ministerio de Trabajo, o si cada uno era de un Organismo.
- Veníamos a ver qué era esto.
- Pues, ya ven. Un bar en obras que se abrirá cuando Dios quiera.
Después apareció la inevitable pareja de Municipales, exigiendo los papeles. Lucas se desembarazó de ellos repitiendo lo de las obras y la lejana apertura.
- ¡Joder! Entornas la puerta y ya te quieren freír a impuestos... ¡Vaya manera de fomentar el trabajo en un país que está lleno de parados! -. Se dijo, cuando se fueron.
Por fin apareció el de la cafetera. Era un hombre inmenso en su obesidad, de carácter jovial como casi todos los gordos. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para introducirse por debajo del mostrador y pasar dentro de la barra.
- ¡No hace tiempo ni nada que no vengo yo a reparar o a limpiar esta máquina! ¡Estará buena! A ver, enchúfala. -. Pidió, después de asegurarse de que estaba llena de agua.
Mientras la cafetera se calentaba, estuvieron charlando.
- El molinillo no lo he traído, hasta no ver si hacía una falta inmediata. Además, existen varios modelos. Yo, el que te aconsejo es éste. -. Y le mostró un catálogo. Le dijo el precio y Lucas le aseguró que estaba de acuerdo.
Un representante de cervezas también se le metió hasta la cocina.
- Nosotros le ponemos el grifo y le regalamos tres barriles. -. Propuso.
- Lo pensaré. Yo, hasta ahora he trabajado con Mahou. -. Le respondió, dejando por sentado que pertenecía desde siempre al oficio, pero se quedó con la copla de que regalaban barriles por montar el grifo. Eso, en El Bunker no había sucedido. O es que Ramón no supo negociar o era que, en Madrid, estaban locos por vender.
- ¡Nuestra cerveza le saldrá más barata y el Servicio Técnico es incomparable!
- Ya veremos... Déjeme su tarjeta.
El gordo mecánico ya estaba probando la cafetera. Vertía agua por las cazoletas y por el vaporizador.
- ¡Macho! Esto hay que limpiarlo. Tiene más óxido dentro que una espada tiñosa. Requiere un lavado a fondo con ácido y vinagre hasta que el agua salga más limpia que la del Canal en sus buenos tiempos.
- ¿Y, por qué se ensucian?
- Mira, a veces por la falta de uso. Otras, por no saber manejarlas y absorber leche en vacío; es decir, nada más calentarse quieren hervir la leche y, entonces, se crea una contrapresión que hace que el líquido se meta en el depósito. Allí, y con el tiempo, se agria, cría costra y el agua sale como ves, blanca, con residuos. Y yo te aseguro que un bar puede vender una marca de cerveza u otra, unos licores o los de más allá, pero como el café sea malo, acabas de joderla. Si ahora mismo tomásemos un café de aquí, nos entraría una diarrea que nos iríamos por las patas abajo...
- ¿Es caro?-. Preguntó Lucas.
El otro se quedó pensativo.
- Barato no es. Menos de sesenta billetes, nada. Ten en cuenta que hay que cromarla para que tenga buen aspecto, repasar todas las juntas y revisar las resistencias, aunque ésas sí parecen estar bien. Ha calentado rápido y se ha detenido a tiempo. Pero, sobre todo, la limpieza, con las horas que lleva y la energía que hay que consumir. Ya te digo, sesenta talegos...
- Pues se lo tengo que decir a la dueña, porque es de ella y ese gasto no debe de correr de mi cuenta.
- Si a ti te lo han alquilado con cafetera incluida, tiene que ser ella la que pague. ¡Vamos, no sé como lo tendrás acordado!
- Mira, tú te la llevas y la vas reparando... ¿Qué tardarás?
- Menos de tres semanas, imposible. Lleva muchas horas de probar, de vaciar, de cargar...
- A ver si puede ser un poco menos... Pero déjala en perfecto estado. Te advierto que yo soy un cafetero de tomo y lomo y si no me gusta como lo saca, no cobras.
El mecánico se echó a reír. Le gustaba la gente que exponía las cosas a las claras.
- Si le pones buen café y sigues mis instrucciones, ¡cobraré!
- ¡Pues andando, que para luego es tarde! -. Animó Lucas.
Desconectaron la máquina, una vez vacía de agua, y la situaron sobre el mostrador. Ahí sí que le valió al gordo toda su fuerza: Se la echó en brazos como si fuera un niño.
- ¡Bah! Costumbre y maña que tiene uno. -. Desdeñó la admiración de Lucas ante la potencia demostrada.
Por fin se quedó solo. Los electricistas no aparecían, así que no supo qué hacer, si irse o esperar un rato más. Fue cuando le entró el del toldo.
Cuando le vio intentando correr los cierres, le hizo señas de que estaba cerrado. Pero el hombre insistió y no tuvo más remedio que salir y abrirle.
- El bar está cerrado. No abriremos hasta dentro de algún tiempo. -. Explicó.
- No, si ya lo sé. Yo vengo a ofrecerle mis servicios.
¡Otro tal que repetía! Lo dicho, ni que hubieran puesto un anuncio a cuatro columnas:
¡ESTE BAR SE ABRE! ¡NECESITAMOS PROVEEDORES!
-Y usted, ¿qué vende?
- Toldos. Toldos y luminosos. Como he visto que la toldilla que tienen está en tan mal estado y el luminoso roto...
- ¡Vaya por Dios! Pues con usted no contaba, pero sí que lo necesito.
El hombre aprovechó estas palabras para desplegar su muestrario.
- Mire. -. Le mostró un álbum de fotografías. -. Éstas son algunas de las obras que hemos realizado...
- Bueno, bueno, despacio... Que he dicho que le necesitaba pero no que me urgiese. Todavía no tenemos decidido ni el nombre del bar, así que poco podemos pensar en qué poner en los rótulos.
El otro insistió, machaconamente.
- No importa. ¡Usted puede ir viendo los modelos y la rotulación es lo último!
- Ya... Veamos. -. Lucas se puso a ojear fotografías -. Lo que es el luminoso tiene que quedar como está, sólo que con diferente nombre. La que sí me gusta es esta capota, o toldo, como le llamen. Cubre la entrada del sol y de la lluvia y, además, daría un ambiente señorial al pórtico.
- ¡Sí, sí! -. Aplaudió el vendedor. -. Ésta quedaría muy propia. Voy a tomar medidas de todo.
- ¡Oiga! Mida todo lo que quiera, pero hoy no pienso pasarle ningún pedido, que quede claro. Hasta que no decidamos el nombre...
- ¡No importa, no importa! Trabajo que tengo adelantado...
Y se salió a la calle y con una cinta métrica empezó a medir, afanosamente.
- ¡Qué ansias de vender! Mira que es pelmazo...
En aquel momento llegaron los electricistas. Les saludó y les rogó que vieran cómo estaba la instalación. Empezaron a hurgar con las pinzas, miraron los enchufes, los fusibles y examinaron el cuadro eléctrico.
- Está todo en orden, salvo que falta una luz de emergencia, que le van a exigir dos, y algún automático que está un poco requemado. Poca cosa.
- ¿Cómo faltará una luz de emergencia? ¿Se habrán apañado solamente con una?
El mecánico le respondió, muy seguro:
- ¡No, que va! Si ahí, en ese rincón, había una instalada. Alguien se la ha llevado.
Lucas pensó en el bueno de Nelson.
- ¡Qué hombre! ¿Para qué querrá una luz de emergencia? ¡Como no sea para que Juan Carlos atine a oscuras! Ha dejado el mostrador por casualidad. Oigan... -. Se dirigió a los electricistas. -. ¿Poner un reloj que haga arrancar la cafetera a una hora determinada y apagarla a otra, es complicado?
- No, muy sencillo. Y, además, barato. Se lo incluiremos. ¿Cuándo quiere que vengamos para hacer todo?
- En cuanto que puedan...
- Le llamará nuestro jefe. -. Prometieron. Y se despidieron de él. Tenían prisa.
El del toldo estaba esperando.
- Ya he tomado las medidas. Le va a quedar muy bonito. ¿En qué color lo querría?
Lucas se quedó pensativo.
- Yo creo que como las puertas y el friso de la pared son rojos, quedarían muy bien, tanto el rótulo como la capota, en azul pálido o celeste, como se llame.
- ¡Efectivamente! Eso le iba a decir yo. Bueno, pues si es tan amable, me firma aquí y empezamos la preparación...
- ¡Pero bueno..! ¿Tanta prisa tiene usted? Si aún no sabemos como llamarle...
- Así vamos adelantando tiempo...
- Y ni me ha dicho lo que cuesta.
El otro se llevó la mano a la frente, dándose una palmada.
- ¡Es cierto! Espere usted que eche números.
Se puso a calcular como un loco. Garabateaba sobre un cuaderno y consultaba unas tarifas. Al final, con cara feliz, miró a Lucas y soltó un precio.
- ¡Hala! -. Le respondió éste. -. ¡Ni que fuéramos a cubrir todas las fachadas de la calle!
- Le advierto que está muy ajustado.
- Pues, ande, ajústelo mejor que, como hay tiempo y no corre ninguna prisa, igual le sale que ha sumado de más...
- ¡Que no, que no! ¡Que le aseguro que está bien y es muy barato!
- Bien... Pues me llama dentro de dos días y me dice el precio definitivo. Igual ya le digo el nombre del establecimiento...
- ¿Entonces..? -. Puso cara de decepción. -. ¿No firmamos hoy?
A Lucas le estaba empezando a cargar un poco aquel individuo.
- ¡No, no firmamos hoy! Y tómelo con calma, que si se pone tan pesado, a lo peor, no firmamos nunca...
Ante esta amenaza, el otro recogió velas.
- ¡De acuerdo! Mañana mismo le llamo.
- Le he dicho dentro de dos días... -. Le recordó Lucas.
- ¡Eso, eso! ¡Dentro de dos días! -. Aseguró y se apresuró a despedirse.
Lucas pensó que le había caído una cruz encima con aquel hombre.
- ¡Éste se junta con Nelson y acaban con la paciencia del Santo Job!
Ya no tenía nada qué hacer allí dentro y se dispuso a cerrar. Miró el teléfono verde, de monedas, que colgaba inútilmente sobre la pared. Ya había comprobado que no daba tono.
- Se lo cortarían. Mañana hablo con Telefónica, pero no quiero un aparato de ésos; prefiero uno de mesa, con cuentapasos. Así lo tengo yo a mi alcance por si tengo que llamar y no me obligo a salir de la barra. Y se lo dejo a quien yo quiera. Esto no es una cabina telefónica.
Cerró y subió andando por la calle Embajadores. Se encontró con el mercado de San Fernando y tuvo curiosidad por entrar.
Era un mercado viejo, muy antiguo. Parecía que estaban intentando remodelarlo pero nunca le quitarían de encima su peculiar olor, que debía datar de siglos.
El primer puesto en el que se fijó era una bodega. BODEGAS ORTEGA. Un hombre joven y su mujer estaban en el mostrador. Se acercó:
- ¡Hola, buenos días! ¿Venden ustedes a bares?
- ¡A bares, a discotecas y a todo lo que se tercie! -. Contestó el joven, alegremente.
- ¡Pues qué bien! Me llamo Lucas y me he quedado con el bar Te lo Digo...
- ¡Ah! El de los maricas de ahí abajo... Pues aquí me tiene a su disposición. Yo me llamo Rafael. A sus antecesores no les vendía apenas, porque pagaban tarde, mal y nunca, pero...
- ¡A mí me venderá, seguro! -. Y se estrecharon la mano.
- ¿Cuándo piensa abrir?
- Tardaremos un poco. Hay que pintar, limpiar, hacer unos arreglillos. Ya le diré yo cuando necesite género.
- ¡Pues encantado de haberle conocido!
- ¡Igualmente!
Lucas abandonó el recinto y salió a la calle. Desde lo alto de las escalinatas del Mercado de San Fernando contempló la calle, las gentes, los locales. Habría de hacer amistades, conocer los demás negocios y a sus dueños. Formar parte, en suma, del barrio. Integrarse.
- ¡Aquí nos esperan siete años! ¡Triunfaremos! -. Se prometió a sí mismo.
Y puesto a cotillear, pasó al bar de enfrente y pidió una caña. Se la sirvieron, junto con un aperitivo. Preguntó cuánto debía, pagó y se marchó, dejando la cerveza sin tocar. El camarero le miró extrañado.
En el próximo bar repitió la operación, esta vez con un café que sí se tomó. Volvió a entrar en un pequeño bar, parecido al TE LO DIGO y solicitó pasar al servicio, mientras encargaba un vino. Cuando salió, pagó el chato y se marchó sin probarlo.
- Bueno, ya tengo idea de lo que cobran por aquí. Enviaré a Miguel a que se tome un cubata y una copa de licor y con todos estos datos, intentaremos ir en precio.
Éste era uno de los puntales con los que contaba Lucas: Miguel, su cuñado. Estaba sin trabajo y malvivía de la música, tocando de vez en cuando en tabernas y garitos. Si le ofrecía trabajar por las tardes, pagándole un sueldo, estaba seguro de que aceptaría. Se había portado bien en El Bunker y no tenía por qué despreciar esta oportunidad.
Decidió que ya era hora de volver a casa y así lo hizo. Ya estaban esperándolo sus hijos para comer.
- ¿Qué tal se ha dado?
- Todo bien. Me han aparecido vendedores por todas partes, he conocido gente, me he enterado de precios... De todas formas, iremos despacio para llegar aprisa. Lo primero que hay que decidir es lo del nombre.
- ¡Papá! Mira, he traído un póster de El Señor de los Anillos. En él se ve al Mago Gandalf y al hobbit.
- ¿El hobbit?
- Sí, era una especie de duende, enanito y gordinflón.
Lucas se quedó pensativo. Aquello de denominar al bar con un nombre que no pareciera un bar... Lo de basarse en el título de una obra harto conocida por la juventud que, al fin y al cabo, quería que fueran sus mejores clientes, como en EL BUNKER...
Más original sí era que llamarle Bar Lucas o algo por el estilo. Además, él quería continuar la saga de la Sierra: un local si no distinto, sí un poco diferente; no el típico bar de tapas y de chatos. Tenía enfrente el Instituto, con todos sus estudiantes; si diferenciaba el bar con un nombre que les sedujera, los muchachos ya no dirían: -¡Vamos al bar! - Dirían: -¡Vamos a EL HOBBIT!
- ¡Oye, pues no suena mal eso de El Hobbit!
- ¿A que no?
Su mujer asintió.
- Es bonito.
- Pues, ¡vaya por EL HOBBIT! ¿Os parece?
Un unánime aplauso confirmó la elección. Lucas contempló una vez más el póster. Lo enmarcaría y lo colgaría en la pared, una vez que estuviese pintada.
- Por cierto. -. Dijo a Lucía. -. Llama a tu hermano y dile que tengo trabajo para él. Hay que pintar el local y a él se le da muy bien. También quiero hablarle en serio. Puede trabajar en el bar y así se saca sus cuartos. ¿Qué te parece?
- ¡Que lo hará de mil amores!
- ¡Así todo quedará en familia, como en la Sierra! No tendremos que tener empleados de fuera...
Aquella tarde se puso al habla con la fábrica de Mahou y quedaron en enviarle al distribuidor de zona. También charló con su amigo el de las tragaperras y le dijo que si le interesaba colocar una máquina en el nuevo bar.
- ¿Tienes el Libro Registro de Máquinas de Juego?-. Le preguntó.
- ¿El Libro? Pues, chico, no sé de qué me hablas. Entre los papeles que me han dado no he visto nada que se llame así.
- Es un libro donde se apuntan las máquinas que han existido en un local y de qué tipo. Tienen que habértelo dejado, porque el libro no pertenece al titular sino al establecimiento. Es decir, que los que se han ido no pueden llevárselo para usarlo en otro sitio. Solamente es válido para esa dirección...
- ¡Pues me temo que no lo tengo!
- Míralo bien y me llamas...
No iba a volver esa tarde por el bar, pero sí lo hizo con el único propósito de buscar el dichoso libro. Buscó, rebuscó, bajó a la cueva... ¡Nada! O se lo había tragado la tierra, o no había existido o se lo había llevado Nelson.
Aprovechó el viaje para contactar con un carpintero de la calle del Oso que bajó y tomó medidas para unas estanterías.
- ¡Pasado mañana las tiene colocadas!
- ¿Antes de pintar?
- Yo se las dejo puestas. Cuando vayan a pintar el paño, las descuelgan, que no tardan nada, y así no se manchan.
- ¿Serán fuertes?
- ¡Podrá usted colocar todas las botellas que quiera!
Aquella noche, desde casa, telefoneó a la señorita Ureta y le informó de los daños de la cafetera. Trataron sobre el asunto y se conoce que la mujer estaba reblandecida porque había cobrado ya el dinero y no le puso trabas.
- Sí. Páguelo usted y lo descontamos de la renta del mes que viene. ¿Le parece?
- ¡Claro que sí, Mary Carmen! Del resto, de los tapizados, ya me hago cargo yo. Y de la limpieza. ¡Que no vea lo que han dejado los piratas que tenía usted dentro!
Solventado el primer asunto, volvió a marcar. Esta vez llamó a Nelson. La sinuosa voz del sudamericano se dejó oír:
- ¿Diga?
- ¿Nelson? Soy Lucas.
Pudo percibir un silencio hosco a través del auricular.
-¡Ah, sí! ¿Qué quiere?
- Pues, perdone que le moleste, pero me han dicho que hace falta un libro Registro de Máquinas de Juego, o no sé cómo se llama, y en el bar no está. ¿Lo tiene usted?
-¿Yo? Yo ya no tengo nada que ver con aquel sitio, luego no poseo nada que le concierna.
Lucas supo que le estaba mintiendo.
- Mire, Nelson, el libro no está en el bar y, según me han dicho, no pertenece al usuario que lo haya solicitado sino al local en cuestión. Así que, si lo tiene usted, démelo. Y si lo ha perdido, tiene que hacer una declaración en tal sentido para pedir otro.
- Yo no lo tengo. Le preguntaré a Juan Carlos.
- Bueno, pues le llamo mañana. -. Prometió Lucas.
¡Le iba a dar guerra aquel dichoso librito! Lo tuviera o no Nelson, de lo que sí estaba seguro es de que no iba a hacer el menor esfuerzo por buscarlo. Pensando en ello, se acostó y no tardó en quedarse dormido como un bendito.
Se despertó temprano y se puso al habla con la Compañía Telefónica. Explicó el asunto, le rogaron que acudiese a la oficina comercial más cercana y que le atenderían con mucho gusto. Estaba pensando en volverse a la cama cuando le llamaron de las cervezas Mahou. Que a qué hora podían pasar a visitarle. Quedaron a las doce.
Nuevamente sonó el teléfono. Era su amigo, el de las máquinas.
- ¿Qué? ¿Lo has hallado?
Supuso que se refería al tristemente célebre libro.
- ¡Pues, no, chico! En el bar no está y el inquilino anterior insiste en que él no lo tiene o que no sabe.
- ¡Pues el libro existe! Hemos estado en el Gobierno Civil y se expendió a nombre de un tal...
- ¿Nelson?
- No. Te lo Digo, C.B., o algo parecido. Y firmó como representante Juan Carlos no sé qué más.
- Sí, es el socio de Nelson.
- Pues lo tienen ellos o lo han perdido. En ambos casos es necesaria su intervención, para que nos expidan una copia. No se puede dar de alta un Registro sin anular el anterior.
- ¡Pues sí que lo llevo claro! Porque el cabrón éste no me lo va a querer dar ni intentar proporcionármelo...
- ¡Pues habrá que denunciarle!
- ¿Tan serio es el asunto?
- ¡Más de lo que parece! Y, oye, cambiando de tema... De máquina de tabaco, ¿has pensado algo?
La pregunta le cogió en blanco. No, no lo había pensado.
- Pues tengo un amigo que las vende y las financia. ¿Quieres que te lo mande?
- De acuerdo, mándamele. Pero ese asunto del tabaco sí que no me gusta. En el chiringuito vendíamos en el mostrador y yo creo que perdimos dinero.
- ¡Claro! ¡Porque lo cogíais vosotros mismos! El tabaco hay que tenerlo en una máquina y que todo el que lo quiera, incluso tú, que afore o, si no, que se vaya al estanco.
- ¡Vale, pues haz que vaya a verme!
Ya le habían desvelado y quitado las ganas de volverse a acostar. Decidió acudir a Telefónica y después, a las doce, estar en el bar.
La señorita que le atendió era una antigua conocida de otros tiempos y otros negocios.
- ¡Vaya! ¿Ha cambiado de profesión?
- ¡Ya ve! ¡Caprichos de la vida!
- Bueno, pues el teléfono que puede instalar es un Forma con línea de cómputo de pasos y contador. El teléfono puede ser en alquiler, pero el contador tiene que comprarlo. Se lo cargamos en su Banco y se instala rápidamente.
- ¿Sí? ¿Cuánto tardarán?
- No sé, tengo que consultarlo. Espere.
Se puso al habla con el servicio correspondiente, dio los datos y se volvió, sonriendo, hacia Lucas:
- ¡Los instaladores están en el portal de al lado! Pueden montarlo hoy mismo si firmamos ahora...
¡Qué casualidad!
- Por mí, vale. Yo voy a estar en el local a las doce.
- Ahora mismo se lo confirmo.
Volvió a hablar con el desconocido del otro lado del aparato y, por fin, colgó.
- ¡Si está usted por allí, antes de la una lo tiene instalado!
- ¿Y funcionando. ?
- En ese mismo instante.
- ¡Pues traiga los papeles, que para luego es tarde!
Y Lucas salió de la Oficina Comercial con un contrato sellado. ¡Sí que se movían ágilmente algunos hilos cuando se tenían conocidos y las circunstancias eran propensas, sí!
Tomó un taxi y se dirigió a Embajadores. Mientras viajaba, fumando como era su costumbre aunque pusiera el cartel de prohibición - esta vez sí le pidió permiso al conductor antes de encender el cigarro - iba pensando en lo fáciles que resultaban unas cosas y en lo complicadas que se tornaban otras. Cuando menos lo esperabas, te ponían el teléfono en la misma mañana y cuando colocar una máquina de juego parecía simple, se liaba con lo del Libro de Registro... Vería qué más dificultades le aguardaban y cuales se podrían soslayar.
- Aquí es, señor. -. Le despertó el taxista de su ensueño.
Efectivamente, y sin haberse percatado, estaban parados delante del bar. Eran las doce menos cinco.
- ¡Gracias! -. Pagó y dejó buena propina por permitirle fumar. - Ahora veremos lo que tardan los de Mahou...
Abrió los cierres de tijera - ya había cambiado el candado por otro más fuerte - y descorrió los cerrojos de la persiana. Por último, probó el bombín de la puerta. No corría bien. Habría que cambiarlo y ponerle unas manijas más propias y aparentes. El mismo carpintero se lo haría.
Se sentó en una silla y se dispuso a esperar. Se le coló un vendedor de refrescos.
- ¡Que sí, hombre, que yo le llamaré cuando vayamos a abrir! ¿Qué lleva? ¿Bitter, zumos, batidos?
- ¡Y todo lo que usted necesite!
- Clientes... Eso es lo que más voy a necesitar. ¿También los sirve usted?
Llamaron a los cristales. Eran dos empleados de Telefónica.
-Venimos a instalar un aparato y un contador. Usted dirá donde los quiere.
- ¡Aquí, que alcance a ponerse sobre el mostrador! El contador, dentro de la barra, que no se pueda tocar desde fuera. Y hay que quitar el de monedas.
Los operarios se concentraron en su trabajo.
Dos jóvenes bien trajeados llamaron con los nudillos. Lucas se levantó y fue a abrirles.
- Buenos días, ¿qué desean?-. Saludó.
- Somos de Mahou...
- Lo suponía. Pasen, pasen... -. Invitó Lucas.
Los dos hombres entraron y le estrecharon la mano. Comenzaron por agradecerle su atención al haberles llamado y le aseguraron que no había podido hacer mejor elección.
- Miren, yo en la Sierra trabajé con su distribuidor y me fue de perlas. Así que, ¿para qué cambiar?
- Hace muy bien. ¿Sabe qué grifo tenían aquí instalado, antes?
- Ni idea...
Observaron el hueco que había para la instalación y lo encontraron conforme.
- ¿Qué pondremos? ¿La normal o la especial?
- ¿En este barrio? Por los precios que he podido apreciar, todo el mundo vende la normal. No voy a llegar yo y dar la especial por el mismo dinero.
- De acuerdo. Pues ya sabe, llevará usted una comisión sobre el consumo anual.
- ¿Comisión? Muy bien. Y de barriles de obsequio, ahora, ¿qué?
Lucas se acordó de la oferta que hiciera la otra marca y se lanzó directamente.
Los vendedores se quedaron un tanto parados pero, como debían estar acostumbrados a la pregunta, rápidamente contestaron.
- ¡Ah, sí! Le regalaremos dos barriles y unas cajas de botellines, para que celebre la inauguración.
- Cuatro barriles. -. Afirmó Lucas.
- ¡No, cuatro es imposible! No se le hace a nadie.
- Pues a mí, sí. Cuatro.
Le vieron tan tenaz en su petición que, tras consultarse con la mirada entre ellos, dijeron:
- Podemos hacer una excepción. Serán cuatro.
- ¿Y qué forma de pago quiere usted?-. Le preguntó el otro.
- ¿Cuáles me brindan?
- Lo usual es al contado, a la recepción de la mercancía.
- Entonces, ¿por qué me preguntan si quiero otra? Si están dispuestos a financiarme, por mí mejor. Pero si no es la costumbre..., pues se paga a tocateja y aquí todos tan contentos. De esta forma, si algún día necesito una pequeña ayuda, les será más fácil dármela.
- Efectivamente...
Sacaron un contrato, lo rellenaron, Lucas lo firmó y, por último, le preguntaron:
- ¿Cuándo quiere que le instalen el grifo y le traigan los barriles?
- Denme una semana, que pintemos y limpiemos. No antes.
- De acuerdo. Pues a ver si nos va a todos muy bien...
- ¡Eso espero!
Lucas resolvía los trámites sencillos con rapidez y sin pérdida de tiempo. A él le interesaba aquella marca de cerveza, le daban lo que quería y no tenía por qué malgastar saliva en conversaciones inútiles ni en pedir peras al olmo.
- Por cierto, caballero. -. Le dijo uno de los vendedores. -. Conocemos a un señor que le tapizaría los barriles, en una especie de curpiel, del color que usted quiera, de modo que sirvan de asientos y, a la vez, resulten decorativos.
- ¡Es interesante! ¿Puede darme su teléfono?
- ¡Sí, como no!
Se lo dio, Lucas lo anotó y ya se despidieron.
En aquellos instantes, los operarios de Telefónica le reclamaron.
- Ya hemos terminado. ¿Le gusta como queda?
Lucas se volvió. Habían quitado el inútil teléfono de monedas y habían cableado muy discretamente por las esquinas de los techos hasta alcanzar el extremo de la barra. Allí habían sujetado el marcapasos y la roseta del enchufe del nuevo aparato.
Le explicaron cómo funcionaba el marcapasos, cómo se daba línea y cómo se borraba la cifra que acumulase. Por último, descolgaron el teléfono y llamaron a la Central. Les dieron el visto bueno.
- Pues aquí tiene su instalación. Espere que le apunte el número.
- No. El número me lo dice pero no me lo pone en el aparato. No quiero que el público ande recibiendo llamadas. Ya se lo daré yo a quien me interese.
- Muy bien. Pues si nos firma la nota del conforme, nosotros nos vamos.
- ¡Nunca había visto colocar un teléfono tan rápido! Si lo he contratado apenas hace dos horas...
- Es que ha tenido suerte. Si llega a hacerlo mañana, hubiéramos tardado más de diez días porque ya hemos acabado el trabajo que teníamos en esta calle...
- ¡Pues sí que es casualidad!
- ¡Desde luego!
Los operarios recogieron sus herramientas y se fueron. Lucas se quedó solo. El bar empezaba a funcionar. Había contratado la cerveza, tenía el teléfono, los electricistas actuarían rápido... Solamente quedaba pintar. ¡Casi nada! Lo más engorroso... Y lo de la tragaperras. Tendría que hablar con Nelson.
Marcó el teléfono de su casa y saludó a su mujer.
- ¡Hola! Te llamo desde el bar.
- ¡Vamos, no digas! ¡Si has ido a contratarlo hace un rato!
- Pues, ya ves. Por una mera coincidencia, lo tenemos ya instalado y funcionando. Apunta el número.
Se lo dictó y estaban hablando cuando entró Miguel por la puerta.
- Mira, acaba de llegar tu hermano. Vamos a ver qué es lo que puede hacer él. Te dejo.
- ¡Hola, cuñadete! -. Saludó Miguel desde la puerta. -. ¿Cómo lo llevas todo?
- Ya ves, arreglando cosas. Mira, ya tenemos teléfono, encargadas las estanterías, la cafetera reparándose... O sea, todo en marcha pero parados por lo más importante, la pintura.
Miguel echó una ojeada a las paredes y los techos.
- ¿Qué sería? ¿Darle unas manos de temple liso, blanco o crema y repasar el friso de madera? ¡Pues eso te lo hago yo en cuanto contemos con una escalera!
- El friso no parece que sea de madera; más bien es plástico. Además, tiene un color morado que apesta a maricón que tira de espaldas...
- Se le da pintura plástica y de un rojo más vivo. No te apures, yo te lo hago.
- Pero cuanta más prisa te des, mejor. Es lo más importante.
- ¡Hombre, yo no soy un profesional, pero, creo que en una semana. !
- Pues si quieres comemos por aquí y esta tarde compras la pintura y lo dejas todo preparado para empezar mañana.
- Como quieras. Había quedado en llamar a mi amigo Chris, que vive aquí al lado. Si quieres le digo que venga. ¡Vas a ver qué tipo tan curioso!
En ese momento llegó el del toldo.
- ¡Hola, buenos días! -. Saludó.
- ¡Buenos días! -. Le respondió Lucas -. ¿Qué, ya ha llegado a un buen precio?
El vendedor sonrió, satisfecho.
¡Sí, señor! Lo he estudiado con detenimiento y he bajado unas pesetas.
- ¿Solamente unas pesetas?
- Bueno, unas cuantas...
Le entregó a Lucas un presupuesto y lo leyó detenidamente. Aquello estaba más en su sitio.
- Esto del IVA. , ¿es necesario?
- Si quiere usted factura, por supuesto. Pero si no la quiere...
- A mí, siempre que me den garantía, me interesa cuanto menos conste.
- La garantía la tiene usted por dos años.
- ¡Correcto! Pues en el color que acordamos y, tanto en el rótulo como en el toldo, me escriben el nombre: EL HOBBIT.
- ¿Le vais a llamar así?-. Intervino Miguel -. ¡Qué bonito! Como el cuento.
- ¡Sí, eso es, como el cuento!
El del toldo estaba redactando el contrato que ya llevaba medio preparado. Anotó claramente lo que había que rotular.
- Letras en rojo, sobre fondo azul... ¡Muy bien! Pues en tres semanas lo tendrá.
- ¿Tanto?-. Se extrañó Lucas.
- Sí, porque hay que cortar la tela, alinearla, rotular el nombre, preparar el metacrilato del rótulo. No creo que tarde menos.
- Bueno, lo importante es que quede bien.
- ¿Cuánto me va a dar a cuenta?
- ¿Quiere que le dé una señal? Bueno. Pues, veinte mil pesetas y el resto al terminar la instalación.
- Correcto.
Lucas le extendió un talón, que puso al portador ante el ruego del vendedor. Éste le dio un recibo de la casa instaladora y se puso tan contento.
- ¡Va a ver cómo queda satisfecho! -. Aseguró.
- Eso espero... Cuando lo tengan dispuesto me llama aquí, al nuevo teléfono. -. Y le dio el número.
Eran las dos menos veinte del mediodía. Ya habían terminado y Miguel telefoneó a su amigo Chris. Quedaron para comer en un "chino", en la plaza de Lavapiés.
El vendedor salió de estampida.
- ¡Ya le llamaré!
- ¡Vale, hombre, vale! -. Y añadió, dirigiéndose a Miguel: - ¡Joder, que tío más plasta!
- Un poco pesadito sí parece, sí...
Los dos cuñados se quedaron contemplando el local. Lucas estaba calculando lo que le quedaba por pagar y cuánto tardarían en estar en marcha. Estaban a primeros de Noviembre. ¡Si pudieran abrir antes de último de mes!
Miguel, por su parte, estaba repasando algunos puntos de las paredes. Habría que picar un poco en algunos sitios pero, una vez preparados los paños, sería cuestión de coser y cantar.
- Y después, Miguel, cuando abramos, ¿estás dispuesto a venirte a trabajar conmigo? Te daría un sueldecito que te iría muy bien.
- A mí, mientras no me quite de mi música... Algunas tardes tendrás que venir tú antes para que yo me vaya, si tengo concierto.
A Miguel le apasionaba interpretar música celta. Siempre estaba dando conciertos con diferentes grupos que él mismo iba formando. Tocaba en pubs, tabernas y sitios en los que aquel tipo de ritmo pegaba. Pero no pegaba mucho, porque apenas si le llegaba para pagar la renta del piso compartido en donde vivía.
- Lo arreglaremos. -. Prometió Lucas. -. Has quedado con tu amigo, ¿no?
- Sí. Quiero que le conozcas. Te resultará simpático y, además, tendrás en él un buen cliente. Bueno, ¡y cuando se entere de lo El Hobbit..! Porque es un fanático de Tolkien.
- Bueno, pues ahora vamos. Espera que llame a un señor.
Lucas consultó el listín y encontró el teléfono del tapicero que le dijeran los de la cerveza. Marcó el número. Al instante le contestaron. Explicó lo que deseaba y de parte de quién llamaba. Quedaron en pasar a verle al otro día.
- Acabado. Vamos a comer.
En aquel instante sonó el teléfono.
- ¡Vaya! Será tu hermana, porque es la única a la que le he dado el número...
Descolgó y dijo: -¡El Hobbit, dígame! - mientras esperaba escuchar la tan querida voz.
Pero lo que llegó a sus oídos no fue sino la voz del vendedor de toldos. Sonaba iracunda, rabiosa.
- ¡Oiga! ¡Que no me pagan el talón! ¿Qué pasa, que quiere empezar a tomarme el pelo?
Lucas se quedó de una pieza. Él aguardaba una charla cariñosa y, en lugar de ella, se encontraba con un rapapolvo de padre y muy señor mío. Y del que además no comprendía nada en absoluto.
- ¿Cómo que no le pagan el talón? No lo entiendo, no puede ser.
- ¡Mucho tirar de talonario y ahora va a resultar que está usted a la cuarta pregunta! ¡No, no señor! ¡Conmigo no se juega! ¡Tantos días estudiando mejorar el presupuesto y ahora pretende engañarme!
El aluvión de gritos le empezaba a dañar la oreja. Decidió poner en claro la situación.
- Bueno, no chille más. Vamos a ver, cuénteme lo que ha pasado y dígame desde dónde me llama usted.
- ¿Pues qué va a pasar? ¡Que he presentado el cheque y que me han dicho que no me podían pagar hoy! Que lo presente mañana...
Lucas consultó su reloj. Eran casi las dos y media.
- ¿A qué hora se ha presentado usted en el Banco? Porque debe de haber llegado tarde. De aquí se ha ido casi hacia las dos y, hasta pasado Ventas, supongo que habrá tardado un rato...
El otro bajó el tono de voz y se comenzó a explicar:
- ¡Claro! He cogido un taxi que me ha costado casi mil pesetas y he llegado al Banco y me han dicho que ya no me lo podían pagar.
- ¡Vamos, que ha llegado más tarde de las dos, que es cuando cierran la Caja!
- Pues, sí...
- ¿Y de qué se queja?
- ¡Joder, que me lo podían haber pagado después del paseo que me he dado!
Lucas se había cabreado con aquel estúpido, pero quiso dar una última opción.
- ¿Desde dónde me llama?
- Desde un bar, al lado del Banco.
- ¡Llámeme en cinco minutos! -. Y colgó.
Recuperó la línea y telefoneó al Banco. Se puso el Director.
-Oye, ¿qué ha pasado con un gilipollas que ha ido a cobrar un talón mío?
- Nada. Que ha llegado cuando teníamos cerrada la Caja y hecho el arqueo. Le hemos dicho que volviera mañana, a partir de las nueve y que se le pagaría. ¿Ocurre algo?
- No, que me llama hecho un energúmeno diciendo que no le queréis pagar, que le he engañado.
- ¡Ése tío está tonto! -. Aseguró el Director.
- ¿No podéis hacer una excepción y pagarle en un instante? Es para que no me dé más la lata.
- No, lo siento. Si me llegas a llamar antes de las dos, lo habríamos tenido en cuenta y hubiésemos apartado el dinero, pero ahora me es imposible...
- ¡Pues que vuelva mañana! O que lo meta en su Banco, que es para lo que yo se lo di.
- Dile que a partir de las nueve en punto lo cobra.
- Gracias. Ya le diré yo lo que sea. Incluso, igual hasta te doy instrucciones de que no le pagues...
- ¡Siempre estás con líos!
- ¡Chico! Es que debo tener cara de gilipollas y la gente se piensa que lo soy.
Se despidieron. Lucas se dirigió a Miguel:
- ¡El tío ése de los toldos no es que sea tonto, es que además es un completo idiota! No veas, se va de aquí, casi a las dos, y quiere cobrar un cheque con el Banco cerrado.
- ¡Será un cagaprisas!
- No... -. Dudó Lucas -. Algo raro hay en todo ello. Eso de pedirme el talón al portador, en vez de ir a nombre de la empresa..., me mosquea. ¡Y, a mí, cuando me mosquea algo..!
El timbre del teléfono sonó y, rápidamente, contestó:
- ¿Sí?
- ¡Oiga, que soy yo otra vez! ¡Que he pasado al Banco y que me dicen que no me lo pagan! -. Gritó, más que habló, el del toldo.
Lucas se dispuso a armarse de paciencia:
- Pero, vamos a ver... ¿No le he dicho yo que me llamase para, mientras, enterarme? Pues ya me he enterado. Lo que me sorprende es que le hayan dejado pasar, fuera de hora. Efectivamente, el talón se lo pagarán mañana, o cuando quiera, pero siempre en horas de Caja, no a la hora que a usted le venga en gana...
- ¡Pues vaya formalidad de Banco! -. Se quejó el otro.
- Oiga, usted parece un poco necio. Y, además, es que debe serlo. Un Banco tiene sus horas de ventanilla y se ciñe a ellas. Y deje de darle vueltas. El talón se lo pagarán mañana, en cuanto lo presente.
- ¡Pues a ver si es verdad!
Lucas estuvo a punto de enviarle al guano.
- Se lo pagarán, seguro. Mañana, si no, me llama y me lo cuenta.
Colgó el teléfono sin más. Estaba harto de aguantar las majaderías de aquel individuo.
- ¡Hala, Miguel, vamos a comer!
Cerraron el bar y anduvieron hasta la Plaza de Lavapiés. La gente iba y venía por la estrecha calle de Tribulete y los coches se agolpaban en los cruces.
- ¡Cuánta gente hay siempre por aquí! Y, además, es que deben hacer media vida en la calle, no como en mi barrio, que la gente sale lo imprescindible o a ver tiendas. Aquí los ves deambular, unos despacio, otros rápidamente, pero no parece que lleven un objetivo concreto ni que vayan de paseo... Parecen no saber a dónde ir.
- Es otra gente; otra ciudad si me apuras. -. Le respondió Miguel -. Mira, aquí está el "chino" en donde hemos quedado con Chris. Entremos.
La verdad es que no daban muchas ganas de acceder al local; no tenía muy buen aspecto en cuanto a limpieza. Lucas caviló que su cuñado no andaba muy bien de dineros y que así serían los sitios en los que acostumbraba a comer.
Apenas si vio a Chris, adivinó que se trataba de él. Era como si llevase grabado a fuego su nombre en la frente. Se hallaba sentado a una mesa, esperando y, sin necesidad de que Miguel se dirigiera hacia él, Lucas le reconoció al instante. Era un muchacho joven, de unos veintisiete años, delgado, con gafas y tenía algo que le marcaba como el típico yanqui o, al menos, coincidía con la opinión de Lucas de qué aspecto debían tener los nacidos en los Estados Unidos. Una sensación de ésas, extrañas, que nos hacen conocer, a menudo, el porvenir o tener una vivencia nueva por la cual nos parece haber ya atravesado.
Miguel hizo las presentaciones después de abrazarse con su amigo.
- ¡Oh, el cuñado de Miguel! ¡Encantado de conocerte! -. Exclamó el americano.
- Nice too see you... -. Respondió, educadamente, Lucas, con el mejor inglés que le habían enseñado y que tampoco era tanto.
- ¡Oh, no! La pronunciación correcta debe ser... -. Se puso a explicarle Chris.
Lucas se percató de que había metido, una vez más, la pata. En un estúpido afán de quedar bien con el extranjero, se le había ocurrido responder al saludo en su idioma y se encontró con que le estaban dando clases gratuitas de la Lengua de Milton, aunque aquel acento empleado por su profesor no se correspondía con el que él había aprendido. Chris hablaba, tanto en español como en inglés, con "el garbanzo dentro de la boca", como tantas veces, a partir de entonces, le diría Lucas. Que hablaba inglés a la perfección era palpable, pero que su acento fuera inteligible en todo el mundo de habla inglesa era ya menos probable.
Lucas se imaginó a un porteño de Buenos Aires conversando con un andaluz "cerrao". Si les escuchara uno de Valladolid apenas comprendería mucho de la charla. O, acaso, no estaría muy de acuerdo con la pronunciación de ambos.
Recordó a aquel turista griego que hacía años conociera y que le aseguró que había hecho el viaje desde su país pasando por Mallorca, Valencia, Andalucía y, al final, alcanzó Toledo y Madrid.
- ¡Hasta que no llegué a tierras castellanas, me pregunté mil veces si me habían servido de algo mis años de estudiar español! -. Se lamentaba el hombre.
- ¡Pues si ahora vas para Galicia, te puede suceder lo mismo! Y ten en cuenta que, cuando atravieses Castilla la Vieja, te dirán que en Madrid hablamos mal. Son acentos diferentes, distintos caracteres, hombres de diversas culturas. ¡Y todos hablamos el mismo idioma!
Lucas comprendía ahora la extrañeza del griego. El acento de Chris no se parecía en nada al de Sir Lawrence Oliver. Y no cabe duda de que los dos se habrían entendido, aunque muy malamente.
Recordó la anécdota que le contara Ricardo, el de María Teresa, de aquel gran tenor que, teniendo una voz de ángel, no pudo llegar a nada por tener un acento cordobés que tiraba de espaldas y le impedía pronunciar la ese. En vez de cantar Torna a Sorrento, vocalizaba "Zorrento". Y el público le abucheaba. No hubo maestro que lo consiguiera; le enseñaron a cantar mejor que Caruso, tenía una voz preciosa, pero - se reía Ricardo -, en cuanto tenía que matizar una ese, le salía la zeta del fondo de toda el alma. Tuvo que dedicarse a otro oficio.
-¿Así que El Hobbit? ¡Maravilloso!
Ya le había advertido Miguel del cariño que sentía Chris hacia la obra de Tolkien, pero Lucas observó que era verdadera pasión la que sentía por él.
- Yo siento mucho cariño por la verde Irlanda. Mis abuelos eran de allí, aunque yo naciera en Kentucky. ¡Oh, sí, ya sé que me vas a decir lo del pollo frito! -. E hizo un gesto de fastidio que siempre repetiría.
- No, en absoluto. Te iba a decir que hacéis un buen bourbon...
- ¡Oh, sí! ¡Oh, sí! -. Eso también lo diría constantemente. -. Bourbon, pollo frito...
- A los españoles nos conocéis como toreros, o toreadores, y, a mí, en la vida se me ha ocurrido ponerme delante de un morlaco. Son tópicos estúpidos que se han aplicado siempre. Los franceses son los maestros del amor, los italianos del canto, los alemanes caminan marcialmente y todos los ingleses son flemáticos. ¡Tonterías!
- ¡Muy bien dicho, sí señor! -. Aplaudió Miguel. -. A cada uno le tildan de una manera y después resulta que cada cual es hijo de su padre y de su madre y no tiene por qué parecerse a su vecino.
Pidieron la comida que les aconsejó Chris y que, como Lucas intuyera, resultó ser una porquería. Pero el hambre hace milagros y se la tragó entera. Mientras, observaba al americano. Éste hablaba sin parar, contando su vida, sus problemas con el vecindario; toda una retahíla de curiosidades y quejas que le obligaron a Lucas a preguntarse por qué, si tan a disgusto estaba, no se volvía a su tierra. Pero no. Chris había echado raíces en Madrid y, en concreto, en aquel barrio y, por mucho que protestara, tardaría en irse.
Lucas conocería más tarde una de las más poderosas razones: El alcohol era mucho más barato en España que en otros países. Y al yanqui le iba la priva a ultranza, como ya comprobaría. Además, aun siendo pobre como era, tenía un pasaporte de los Estados Unidos, es decir, del Imperio y, además, recibía mensualmente unos dólares de sus padres. Lo cual, junto con las clases de inglés que daba, le permitía ser pudiente entre los humildes. Y más en Lavapiés.
- ¡Ayer me siguieron dos yonquis por toda la calle! ¡Parecía que quisieran robarme! -. Contaba, un tanto histérico. Y es que su carácter estaba un poco desequilibrado por tanto sueño quimérico, tanta música celta, pinturas surrealistas - que también le daba al pincel - y, sobre todo, por las muchas ingestas de bebida.
En suma, Lucas nunca consideró que Chris estuviera plenamente, aún en sus mejores momentos, totalmente en sus cabales.
Acabaron de comer y se dirigieron al bar.
- Dentro de poco, esto será El Hobbit... -. Anunció Lucas. -. Nos costará esfuerzo, pero lo conseguiremos.
Entregó a Miguel el dinero que éste le pidió para las compras de pintura y brochas necesarias. Le dio una copia de las llaves, le explicó cómo utilizarlas y se despidió:
- Mañana, sobre las doce, me dejaré caer por aquí. Si necesitas algo, me llamas a casa.
- De acuerdo.
Se despidió de Chris, que también tenía que irse a dar clases.
- El día que inaugures, seré tu primer cliente. -. Prometió.
- Así lo espero.
Y Lucas se marchó.
Miguel se puso a observar la tarea que le habían confiado. Pensó en lo que habría de comprar, tanteó la escalera que habían hallado en la cueva y se aseguró de su solidez.
- ¡Pues manos a la obra! No lo pensemos más, que es peor.
Y salió, después de cerrar con llave, en busca de los materiales.
Mientras, Lucas se había dirigido a su domicilio y había redondeado la parca comida con una sólida merienda. Más tarde, salió con su mujer y se fueron a un cine. Tomaron un bocado y se volvieron a casa. No se acostó tarde, porque los programas de la televisión no le entusiasmaron.
A la mañana siguiente, a eso de las diez, le despertó el teléfono. Medio dormido lo alzó y respondió:
- ¡Lucas! Soy yo, Miguel. Que está aquí el tipo ése de los rótulos, que quiere hablar contigo.
-¿El de los rótulos? ¿Y qué quiere? -. Preguntó extrañado.
- ¡Yo no lo sé! No sé qué habla del talón o qué narices.
- ¡Pásamelo!
Se escuchó el ruido que producía Miguel alcanzándole el aparato al otro y, por fin, la voz del vendedor.
- ¡Oiga! -. Escuchó.
- Sí. Dígame...
- ¡Que vengo a que me pague el talón!
Lucas se quedó de una pieza. ¿A que le pagara el talón?
- Pero, ¿es que no se ha pasado usted por el Banco y se lo han pagado ya?
- ¡No! ¡No, señor! ¡Hasta allí voy a ir yo otra vez! He venido para que me lo pague usted en efectivo.
- ¿En efectivo? ¿Y por qué?
- ¡Pues porque yo ya no me doy más paseos en balde! Así que viene usted y me lo paga en dinero.
Lucas se quedó un instante en silencio, meditando. Luego, respondió:
- ¡Sí, hombre! No se apure usted. Si no quiere ir hasta el Banco, si le viene mal, espéreme usted. Sobre las doce y media estoy en el bar. ¿Le parece bien?
- ¿No podía ser antes? Tengo otras cosas que hacer...
- Pues, no. Antes de esa hora no puedo estar. Yo también tengo asuntos pendientes.
Se citaron, pues, para esa hora y Lucas comenzó a darle vueltas a la cabeza. ¿Qué clase de individuo era aquél que se negaba a desplazarse hasta un Banco para cobrar y que le exigía el pago en metálico de una cantidad a cuenta de un trabajo que le tenían que realizar? Se aseguró de que no lo había presentado en el Banco y, para ello, habló con el Director del mismo. Efectivamente, no lo habían pasado al cobro cuando lo estaban esperando desde la tarde anterior.
- ¡Será estúpido! -. Pensó. Y decidió cual debía ser su actitud.
- ¿Qué ocurre? -. Le preguntó Lucía, que había escuchado las conversaciones y, sobre todo, la última exclamación de su marido.
- Nada de importancia, chata. ¡Que hay un idiota que se ha quedado sin pedido como yo me quedé sin abuela! -. Y se lo explicó.
- Así que tendré que ir al bar y, aparte de ver cómo lo lleva tu hermano, mandarle a freír monas a ese vendedor de poca monta.
- ¡Se te va a quemar la sangre con tu manía de montar un bar! -. Le recriminó ella.
Lucas se echó a reír.
- ¡No lo creas! Yo soy feliz complicándome la vida, siempre que tenga el resultado a mi alcance. Si no... ¡sería tan aburrida!
Y es que a Lucas, como ya se habrá observado, le gustaban las discusiones. Toda su vida las había practicado, menos los dos años que transcurrieron en la obra. Allí no cabía más que obedecer o hacerse oídos sordos y dejar que las cosas se arreglaran por sí solas o que otro de los jefes sustituyera esa orden por otra totalmente dispar. Éste era el método que le enseñara Alejandro como mejor. Decía que un día el viento sopla de un costado y al otro del contrario. ¿Para qué menear la vela, si el resultado habría de ser el mismo?
Lucas llegó a las doce y media en punto y penetró en el bar. Allí vio, medio colgado del techo, a su cuñado, dando brochazos a diestro y siniestro y, en un rincón, procurando que no le salpicaran de pintura, al vendedor de toldos.
- ¡Hola! -. Saludó.-. Como ve, soy puntual. ¿Qué hay, Miguel?
Su cuñado le respondió con un gesto.
El otro se le acercó. En su mano empuñaba el talón, como si fuera un arma con la que le amenazaba.
- Pues aquí tiene su cheque. Me lo paga y le extiendo un recibo.
Lucas se metió dentro del mostrador y se encaró con el vendedor.
- Ya... -. Tomó el talón, lo leyó atentamente y le preguntó:
- Así que no se ha molestado usted en ir a cobrarlo, ¿por qué?
- ¡Ya se lo he dicho por teléfono! ¿Para qué darme otro viaje en balde?
- ¿En balde? Habría cobrado y se habría evitado la espera, que se le debe haber hecho larga.
- ¡Pues págueme y en paz!
Lucas volvió a examinar el talón. Después, meticulosamente, lo dobló y se puso a hacerlo pedacitos.
- ¡Hale! Solucionado el asunto. Ni usted tiene nada mío ni yo tengo nada suyo. Ahora sí que estamos en paz.
- Pero... ¿por qué ha hecho eso?
- Pues porque no hay pedido que valga. Usted no se fía de mí y yo no me fío de usted. Así las cosas, lo mejor es romper el negocio y todos tan contentos, ¿no le parece?
El de los toldos empezó a ponerse histérico. Su cara adquirió un matiz rojo que amenazaba con estallarle los sesos. Su boca pugnaba por proferir algo, pero las palabras se le quedaban atravesadas en la garganta.
Lucas le miró, sonriente. Le recordaba el ataque de rabia que hacía pocos días había hecho sufrir a Nelson. Por fin, el otro habló:
- ¡Pero usted no puede hacerme esta putada! -. Vociferó.
- Yo, con mi dinero, compro a quién y cuándo quiero. Y a usted no quiero comprarle nada. Así que, tranquilo...
Miguel había dejado de pintar y estaba muy atento a la escena. Sin darse cuenta, descendió un par de escalones.
- ¡Es usted un estafador! ¡No me paga lo que me debe! -. Chilló el vendedor.
Lucas hizo un gesto de armarse de paciencia.
- No... Si me la va a armar usted, encima. Mire, hombre, y cálmese que le va a dar algo. Yo no le debo nada porque no le he comprado nada. ¿Usted me ha entregado algo? ¿No? ¡Pues entonces. !
- ¡Pero tiene firmado un contrato! -. Aseguró el otro.
- Eso sí es cierto. Pero como he incumplido la primera parte, que era pagarle con un cheque, el contrato ya no es válido para usted...
- ¡Le denunciaré!
- ¡El que le va a denunciar si no se calla y se larga con viento fresco voy a ser yo! -. Amenazó ahora, muy seriamente, Lucas.-. ¡Que ya me tiene hasta el gorro de aguantarle, hombre! Así que lárguese en buena hora y no vuelva a acordarse de mí...
- ¡Lo que voy a hacer..! -. Parecía dispuesto a agredirle cuando sintió que una pesada mano se posaba sobre su hombro -. ¿Qué pasa?
- Nada. -. Aseguró Miguel que ya estaba en el suelo-. Que mi cuñado le ha dicho que se vaya. Y yo no quisiera tener que repetírselo...
Al ver la estatura y la fortaleza de su oponente, el vendedor se quedó mudo.
- ¡Venga! Aquí huelga su presencia. Voy a ver si contrato con alguien más serio y menos desconfiado que usted.
- Pero... -. Farfulló.
- ¿Se va o le echo? -. Le preguntó Miguel, apretando su mano sobre la chaqueta del pobre hombre.
- Me voy, me voy... -. Y se dirigió hacia la puerta
Antes de traspasar el dintel, se volvió amenazante:
- ¡Ésta me la va a pagar!
- ¡Vete a tomar por culo, chalado, antes de que te pegue una hostia! -. Miguel había avanzado hacia él. Al oírle, y más que nada al verle venir, salió como alma que lleva el diablo, corriendo calle abajo.
- ¡Qué pelmazo! -. Se lamentó Lucas.
- Tenía que haberle dado una colleja, por pesado. -. Insistió Miguel.
- No era necesario. Con asustarlo, basta. De ése no volvemos a saber en la vida.
La puerta se abrió y entró el pequeño de los chavales de Lucas.
- ¡Hola, familia! ¿Qué tal por aquí? -. Saludó.
- Ya ves, de pintura.
- ¿Cómo lo llevas, tío?
- Manita sobre manita, pero avanzando.
En aquel instante llamaron a la puerta. Dos señores bien vestidos, con un maletín en la mano, pedían permiso para entrar.
- ¿Qué desean?-. Les preguntó Lucas.
- Somos los de la máquina de tabaco. Venimos de parte de un amigo suyo...
- ¡Ah, sí! Pasen, pasen, pero tengan cuidado de no mancharse de pintura.
Entraron y, transcurridas las presentaciones, comenzaron a presentar sus productos. Que si una máquina de tantos canales, que si el producto vendido, que si el beneficio pagaba solo la máquina... El chaval de Lucas les oía muy atento. Él les prestaba menos atención porque se había percatado de la charlatanería y agresividad de aquellos vendedores y no le agradaban en absoluto.
- ¿Y cuánto ha dicho que vale?
La cifra le dejó helado.
- ¡Pues si que tendré que vender yo tabaco para amortizar la máquina!
- Mira, muchacho. -. Se dirigió el más listillo de los dos al hijo de Lucas. -. A ver si tú le convences a tu padre de que la amortiza en menos de dos años porque, los números que te he echado, a ti te cuadran, ¿no?
- No, si los números también los he oído yo; si no soy sordo. Pero esas cifras no se las creen ni ustedes. Para cubrir lo que me cuesta esa maquinita tan bonita, con tantas luces, tantos canales y que hasta te da las gracias cuando te expende el tabaco, tengo que vender cuatro cartones de media diaria, es decir, ciento veinte cartones mensuales. Y eso me parece demasiado.
- ¿Demasiado? Cuatro cartones como mínimo, eso tirando por lo bajo, que venderá mucho más.
- Y con eso les pago las mensualidades de la máquina, porque imagino que me la financian, ¿no?
- Bueno... nosotros, no. Pero le ponemos en contacto con una financiera que lo hace.
- ¿A cuánto tiempo? ¿A dos años?
- Pagará más intereses... -. Le advirtió el otro.
- Sí, pero será la única manera de que yo no tenga que soltar ni un duro, según sus números.
- ¿Nuestros números?
- ¡Sí, hombre! Que ustedes se han creído que yo no les escuchaba, pero no he perdido ripio y - alcanzó la calculadora que siempre llevaba consigo - la única forma de que se autofinancie la maquinita de marras es cumplir los objetivos que han dicho. Y, si se cumplen estos objetivos, la máquina será mía sin haber pagado ni un duro pero sin haber ganado tampoco. Y si no se cumplen, la pago yo.
El vendedor sonrió.
- Me gustan las personas que saben hacer números. Sí, señor. La máquina será suya totalmente gratis.
- Una máquina con dos años de uso, sin garantía e imagino que pagando un servicio de conservación. ¡Una ganga! ¿Y el beneficio?
- A partir de ese momento...
- ¿Y ustedes lo obtienen a partir de ya mismo? Pues, como se decía antiguamente: Si para tan largo me lo fías, echa un cuartillo más.
- Pero es lo lógico...
- Sí. Lo lógico para ustedes, que es vender una máquina. Lo lógico para la financiera, que es vender dinero. Y lo lógico para el estanquero que cobra su tabaco al contado. Pero para mi negocio, en el cual el tabaco solamente es un servicio que se presta al cliente, como el teléfono o el retrete, es ilógico. Yo, o gano desde el primer momento o no juego. Y para ganar, con tantos canales de venta como tiene este aparato, lo primero que tengo que hacer es invertir una fortuna en llenarla y sacar un parco beneficio poco a poco, a gusto del consumidor.
Los vendedores sabían que se las habían con un tipo duro de pelar. ¿Cómo convencerle?
- Lo que ocurre es que tiene miedo. Tu padre tiene miedo a las inversiones. -. Se dirigió al chico. -. Se conoce que es la primera vez que monta un negocio. El que no se arriesga, no cruza el río.
Lucas se echó a carcajear a grandes risotadas.
- Mire, para cuando usted estaba en Primaria, yo ya había acabado el Preuniversitario, ¿sabe? Llevo vendiendo más años que el canalillo y de finanzas le puedo dar clases cuando quiera. Eso sí: Pagando.
Los había dejado desconcertados.
- Entonces, papá, ¿cómo lo harás?
- Pues como se hacen estas cosas, hijo, que me he enterado. Se habla con Tabacalera que, además, son vecinos nuestros. Ellos nos montan una máquina y ponen el tabaco. Por cada cajetilla que se vende, nos queda un tanto por ciento, aproximadamente la mitad del suplemento sobre el precio del estanco, lo cual ya es beneficio. Si la máquina se estropea, la arreglan ellos y si se queda desfasada, la cambian por otra más moderna. Eso también lo podrían hacer estos señores, pero ellos van a lo suyo, que es vender la máquina, cobrar y a otra cosa, mariposa.
- Vemos que está usted muy bien enterado, señor.
- Pues, sí. Y eso que no he hecho más que charlar diez minutos con un estanquero..
- Pues entonces estamos de más aquí, si sabe usted tanto.
- Eso mismo creo yo. Buenos días.
Ante tal despedida, los otros no tuvieron más remedio que optar por marcharse. Cualquier argumentación habría sido inútil.
- ¿Es cierto todo lo que les has dicho?-. Preguntó su hijo.
- Solamente a medias. El porcentaje es más bajo, pero el resto es verdad.
Miguel se rascó la media calva.
- Me parece que me va a gustar trabajar para ti... -. Dijo. -. Yo ya sabía que eras listo, pero ¡chico, es que llevas una mañana dando lecciones sobre negocios!
Y le contaron al chaval lo de los toldos.
Por último, dejaron a Miguel que siguiera su faena y se volvieron a casa.
Aquella tarde, estando Lucas medio dormido, sonó el teléfono.
- ¡Lucas! Que quieren hablarte sobre unos toldos..! -. Le avisó su mujer.
- ¡No jodas! ¿Ya está otra vez el pelmazo ése? -. Se dijo. Y alzó el auricular que tenía al lado -. Diga...
En vez de oír al ya fastidioso vendedor, escuchó la suave voz de una señorita:
- Buenas tardes, señor.
- Buenas tardes.
- Mire, le llamo porque nos ha comunicado nuestro vendedor que ya no desea usted los rótulos ni la capota que nos había encargado y nos gustaría saber qué le ha hecho cambiar de opinión.
La cortesía reinaba en todas las palabras que le había dirigido la joven, así que respondió, también, con un suave tono.
- Mire, señorita, no sé si su vendedor les habrá explicado el caso, pero simplemente no se lo compro a ustedes porque es un pesado.
A través del hilo escuchó una risa cordial.
- No es usted el primero que lo dice. No, señor. Este hombre parece que tiene un hormigueo que le obliga a acosar a los clientes, les molesta, les importuna, vuelve diez veces sin ser necesario...
- Y, si saben cómo es, ¿cómo es que trabaja para ustedes?
- Hace poco tiempo que lleva con nosotros y no creo que siga mucho más. -. Replicó ella. -. En definitiva, ¿a usted qué le ha hecho?
- ¡Si le parece poco! Le firmo el pedido, le doy un cheque a cuenta de la cantidad total, se presenta a cobrarlo en el Banco a horas fuera de Caja, me llama con voces destempladas y, al día siguiente, o sea, hoy, se me presenta a que le pague en dinero, cuando podía haber ido al Banco a cobrarlo o dárselo a ustedes, la empresa, que sería lo más lógico. ¡Y a todo esto, diciéndome que no se fiaba de mí! Pues he roto el contrato, como era de esperar...
Hubo un instante de silencio. Se notaba que la joven estaba pensando. Por fin, habló:
- Lleva usted razón, es un metepatas. Pero aquí los perjudicados somos nosotros, que ya habíamos cortado la tela del color que había elegido. Y, más grave, se le había adelantado a él el dinero de la comisión...
El pelmazo seguía incordiando, aunque ya no fuera personalmente.
- ¿Y qué quiere usted que yo le haga?-. Respondió Lucas. -. Yo, con ese individuo, no vuelvo a cruzar palabra.
- Pero ¿usted necesita el toldo y el luminoso?
- ¡Pues claro que lo necesito! Iba a empezar a buscar otra empresa que me los hiciera.
- Entonces, yo le propongo que dejemos al vendedor a un lado y nos entendamos nosotros. Así nadie sale perjudicado y usted tiene su material.
- Señorita, es usted muy amable pero, de verdad, me fastidia que ese impertinente se lleve un duro de comisión por algo que ha hecho mal.
- Eso es cuenta nuestra. Piense usted un poquito en nosotros y no nos perjudique. ¡Ande, sea comprensivo!
Lucas no pudo reprimir la risa.
- ¡Ustedes, las mujeres, saben hacer ver negro lo que es blanco!
- Me alegra de que lo tome así. Mire, nosotros le hacemos el trabajo y se lo instalamos. Cuando esté instalado a su gusto, nos paga, sin anticipos ni otras gaitas.
- ¡Qué bien me sabe llevar a su terreno! Es usted muy convincente. Además de guapa, supongo. Pero con esa manera de vender y esa simpatía, no sé cómo no es usted la que saca los pedidos.
- ¡Muchas gracias! Además, como desagravio a las molestias que le ha ocasionado nuestro agente, le haremos un quince por ciento de descuento sobre el total...
- ¡Acaba usted de convencerme! -. Sonrió Lucas. -. Sigan con el trabajo y procuren acabarlo en el plazo previsto. Por mi parte, estoy de acuerdo.
- Incluso lo tendremos antes de lo acordado...
- ¡Pues tanto mejor, muchas gracias!
Después de despedirse amablemente, Lucas salió andando por el pasillo de su casa, cantando a voz en grito.
- ¿Qué pasa? -. Le preguntó Lucía.
- ¡Que ya tenemos toldo! ¡Y, encima, más barato!
Y se lo explicó.
A partir de aquel instante reinó la calma en todos los asuntos relacionados con El Hobbit: La pintura avanzaba a ojos vistas; un vendedor de máquinas de tabaco les proporcionó un estanco que les proveyó de una expendedora nueva que ellos mismos alimentaban; las fundas de los barriles resultaron apropiadas y, además, económicas. Por fin, una vez que Miguel acabó de pintar, la asistenta que acudía a casa de Lucas varios días a la semana, se ocupó de limpiar a fondo todo el local.
Entonces surgió el problema de la tragaperras.
- Que nos dicen que el permiso existía y el dichoso Libro de Registros tiene que estar por algún sitio. -. Le comunicó su amigo.
- Pues hablaré con Nelson...
Tras varios infructuosos intentos, consiguió ponerse al habla con el odioso personaje.
- ¿Nelson? -. Preguntó, al escuchar su voz a través del teléfono.
- Sí. ¿Quién es?
- Soy Lucas. Hemos buscado el Libro del que le hablé y no está, así que tienen que tenerlo ustedes.
- Consiguió usted el local muy barato... -. Dejó caer el sudamericano. -. Le va a costar un poco más conseguir el Libro...
- ¿Cómo dice? -. Se extrañó Lucas.
- Que si me da doscientas mil pesetas, lo tiene mañana mismo.
- ¿Chantaje?
- Negocios... -. Fue la evasiva respuesta.
- ¡Pues lo lleva usted crudo! -. Y colgó el teléfono.
Puesto al habla con su amigo, Cipriano que se llamaba, decidieron cursar un telegrama urgente con acuse de recibo a TE LO DIGO, C.B. y personalmente para Nelson, exigiéndole la inmediata entrega del original del Libro de Registros y amenazándole con la denuncia ante la Brigada del Juego en caso de no obtenerlo.
Recibieron el acuse de recibo, pero Nelson no respondió. Lucas no quería líos e intentó, por última vez, hablar con él.
Le contestó Juan Carlos:
- ¡Ah, yo no sé nada!
- ¡Pues dile que se va a enterar de lo que vale un peine!
Decididamente, tendría que forzar la máquina así que, siguiendo las instrucciones de Cipriano, se personó en la Comisaría de General Pardiñas en donde estaba ubicada la célebre Brigada policial.
Después de pasar por una serie de detectores y mostrar su carnét de identidad, subió a unas oficinas en donde manifestó el asunto que allí le llevaban. Le dijeron que esperase un instante y, al rato, fue recibido por un señor de paisano.
- ¡Vaya facha de policía! -. Murmuró cuando vio a su interlocutor, alto, calvo, ancho de espaldas. Parecía un gladiador romano.
- Así que viene a denunciar que no le quieren dar el Libro de Máquinas y que, además, le han pedido dinero a cambio, ¿no es eso?
- Efectivamente, señor comisario.
El policía ni negó ni otorgó tal tratamiento. Desde luego se le veía que mandaba mucho.
- ¿Y quiénes son?
Lucas le explicó que era una pareja de homosexuales, uno de ellos sudamericano. Le enseñó la copia del telegrama.
- Bien. -. Aseguró el otro. -. Lo primero, comprenderá, tengo que cerciorarme de que me está usted pidiendo algo a lo que tiene derecho.
Lucas le enseñó el contrato de arrendamiento, le dejó sus teléfonos y le dio todas las explicaciones que el policía le exigió.
- Todo en orden. Tendrá usted noticias mías muy pronto. -. Le prometió.
Se despidió y salió a la calle. ¿Qué harían?, se preguntó.
La respuesta la obtuvo dos días más tarde.
Estaba en el bar viendo como Miguel daba ligeros remates a su pintura cuando sonó el teléfono. Lo cogió.
- Soy el inspector... -. Dijo un nombre que Lucas no retuvo. -. Estuvo usted a verme por lo del Libro...
- ¡Ah, sí! ¿Qué desea? ¿Han indagado ya lo que les dije?
El policía soltó una carcajada.
- ¿Indagado? He tenido al tal Nelson delante de mí, más tembloroso que un flan. Me ha dicho que el Libro lo deben haber perdido y, en tal sentido, ha firmado una declaración. Lo de que le había intentado sacar a usted dinero, eso me lo ha negado. Pero como debe temernos más que al Diablo, se ha plegado a todas mis órdenes. Así que ya puede usted gestionar que le den un nuevo Libro, por extravío del original. Yo me ocupo de que el Gobierno Civil se lo conceda.
- ¡Pues muchas gracias! -. Exclamó Lucas. -. Veo que han actuado muy eficazmente.
- Como de costumbre y con cualquier ciudadano. -. Restó mérito al asunto el inspector. -. Y, por cierto, ¡sí que son un buen par de buenos bujarrones los dos individuos, llevaba usted razón! Pero por ese motivo no puedo meterles en la cárcel. Lo que sí he hecho es advertirles que como tengan otra incidencia con nosotros, o al más mínimo problema, las van a pasar canutas.
Lucas sonrió para sus adentros. Sí era cierto que la Policía había actuado rápidamente, pero algún asuntillo tendrían con el tal Nelson cuando tanta diligencia le habían dado al asunto.
Se despidió del inspector, dándole de nuevo las gracias y colgó el teléfono. Se puso a canturrear por lo bajo y se frotó las manos.
Más tarde se lo hizo saber a su amigo, el de las máquinas, y ya los trámites fueron rápidos. De momento, una tragaperras sería instalada en El Hobbit.
Resuelto este asunto, adquirida a bajo precio una caja registradora, pintado más bien que mal el local gracias a los esfuerzos de Miguel y recién bruñida la cafetera que trajo el simpático mecánico, se colocaron las estanterías de madera recién barnizadas, se le pasó a Rafa, el de la bodega, un rico pedido de lo que Lucas había aprendido que más se usaba - más tarde comprobaría si se equivocaba o no - y se pinchó el primer barril de cerveza.
Lo que más trabajo costó fue quitarle la costra de porquería que llenaba la cocina. ¡Ahí sí que pagó con gusto las horas a la asistenta! Más tarde, la misma Lucía pegó un repaso de aquí te espero y ya todo quedó brillante. Todo estaba en orden. Todo se hallaba dispuesto. No restaba más que dar el primer paso y el más importante: Abrir. Y pensaron en organizar una fiesta como la que los chicos hicieran en EL BUNKER. Pero Lucas estaba remiso; no le gustaba repetir viejas experiencias. Diciembre se acercaba y pensaron abrirlo el día primero. Pero aquella tarde del 20 de noviembre, bajó a echarle un vistazo y abrió el bar. Dio las luces al recién instalado luminoso, para contemplar el efecto que hacía con el toldo nuevo, y descorrió totalmente los cierres.
En aquel instante, una pareja joven, llevando un cochecillo de niño en el que portaban a su bebé, entraron en el bar. Lucas iba a decirles que no tenían abierto pero, de repente, se dijo:
- Y, ¿por qué no? -. Y entró tras ellos.
Se introdujo detrás de la barra y solicitó lo que deseaban. Lo sirvió y, posteriormente, entraron unos muchachos procedentes del Instituto. Preguntaron cuánto costaban unos Dyc con Cocacola y Lucas, sintiéndose generoso, les invitó a ellos. Era una forma de hacer clientes.
El Hobbit, en un día histórico por varios motivos que será inútil recordar, había empezado su andadura. ¿Cuál sería su rumbo?

 

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