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Capítulo 3

¿TE LO DIGO?

Durante los primeros días de Octubre, Lucas se dedicó a devolver las llaves al Poto, a gestionar el cobro de su seguro de desempleo (cuya primera mensualidad, casualmente, le estaba esperando en el Banco) y a preparar las declaraciones para Hacienda. Echó sus cuentas que, naturalmente, practicando el antiguo deporte nacional, que aunque muchos crean que es el fútbol no es sino defraudar al Fisco, no fueron las que presentó oficialmente.
Habían recuperado los dos millones y aún habían metido unas trescientas mil pesetas en la hucha, aparte de haber comido todos esos meses y haber pagado las minivacaciones de los chicos. A Miguel le dio un tanto y todos quedaron satisfechos.
- ¿Cuándo piensas ir por la obra?-. Le preguntaba su esposa.
- Un día de estos... Espera que descanse un poco.
Pero todas las semanas compraba la revista Segunda Mano y se abstraía viendo los anuncios de bares en alquiler y en traspaso.
- ¡Lucas! ¡Que me la vas a jugar! Que te estoy viendo venir y que tú no quieres volver a la constructora. Que quieres montar un bar, que yo lo sé... -. Le reconvenía ella.
- ¡Calla, mujer! Si es por distraerme. A mí me gustó lo del chiringuito, pero un bar en Madrid es otra cosa.
- ¡Tú a mí no me la das! ¡Tú quieres montar un bar!
- ¿Es que, acaso, nos ha ido mal en este negocio? ¿Quieres que vuelva a la obra a aburrirme como una ostra, ser un don nadie y ganar menos de ciento cincuenta mil pesetas al mes?
- ¡No será mucho, pero ésas son seguras! -. Fue la tajante afirmación femenina. Y no exenta de razón.
- Pero ahora, que estoy tan delgado como querías, que ha mejorado mi figura y que me siento tan joven como cuando lo era en realidad, ¿no es lógico que corra una aventura? ¿Y qué mejor aventura que trabajar para mí mismo, como lo he hecho siempre toda mi vida, no teniendo que aguantar a imbéciles como el Jefe de Compras o a sinvergüenzas como Arenal? ¡Y, encima, tenerles que bailar el agua! Por el único que echaría de menos la obra sería por el viejo Alejandro. No. Tenemos dinero y hemos demostrado que valemos. Se puede montar un bonito bar, que no nos dé mucho trabajo y nos deje buenas pesetas...
La argumentación era válida. Su mujer calló y suspiró, como diciendo:
- ¡Qué le vamos a hacer! Cuando se le mete una idea en la cabeza, no hay quién se la quite...
Y Lucas comenzó a buscar. Primero vieron un sitio en Móstoles, barato de precio y bien instalado. Móstoles...
- ¿Y qué coño se nos ha perdido a nosotros en Móstoles, con lo lejos que nos pilla? Nos vamos a gastar más en gasolina y en transporte de lo que ganemos. Aparte de tener que ir y venir. No. Tiene que ser un sitio más cercano.
Además había problemas con la Licencia, que no era definitiva, y un buen amigo, que se había hecho rico con el negocio de las máquinas tragaperras, le aseguró que, aunque en el chiringuito no hubiera podido disponer de ellas, el negocio de un bar estaba no tanto en las copas si no, paradójicamente, en las máquinas. La gente que se tomaba una consumición de tres al cuarto, vertía verdaderas fortunas en las sacacuartos. Hasta se podía pagar el alquiler y la luz con lo que se obtenía de ellas. Pero un permiso de tragaperras no se le concedía a un local que no tuviera la Licencia definitiva.
Trillaron otras zonas, otros barrios más cercanos al suyo, pero siempre surgían inconvenientes: Los locales eran tabernas, cuchitriles que habría que comenzar por derribar y gastarse un buen dinero en poner al día. Además, los propietarios o los que los traspasaban se creían que eran dueños de los salones del Palacio de Oriente, poco más o menos, por el dinero que pedían.
- No, no es nada caro, porque está en tan buen sitio...
- ¡Si estuviera en tan buen sitio y tuviera tantas posibilidades, lo explotaría usted mismo! -. Respondía, acertadamente, Lucas.
Con su cuñado, Miguel, se acercó a ver un bar que alquilaban en el Barrio del Pilar. El local era magnífico, grande y no le faltaba de nada. Lo regentaba un hombre muy mayor.
- Está en un lugar estratégico. -. Afirmó el dueño -. Junto a la parada del autobús. Aquí se despachan cafés y copas a todas horas. Pero yo ya quiero jubilarme. Ya estoy viejo para el oficio.
- ¿Y cuánto dice que pide?
- Trescientas mil pesetas al mes, más IVA.
- ¿Pretende usted que le pague yo la jubilación? ¿Cuánto tengo que vender al mes para pagarle la renta?
- Yo vendo más de millón y medio... Eso sí, trabajando mucho.
- ¡Y tanto que tendrá que trabajar! Pues, lo siento: Que tenga suerte y se lo alquile a alguien que tenga tanto amor al trabajo como usted, o no tendrá más remedio que seguir sin jubilarse. Yo, es que, ¿sabe?, soy un poco vago. Sobre todo para hacer el primo.
Una mañana que se acercó a la calle Alcalá para ver como iban sus cuentas en el Banco, bajó a ver un local. Llamó al agente encargado de alquilarlo. Lo abrió y se lo enseñó:
- ¿Ha visto? ¿A que es estupendo y está en un sitio concurrido?
- Sí, pero será para poner una farmacia y vender preservativos.
Pasaban los días y se cansaba de hacer tantas visitas que no le daban fruto alguno. Con un localito se quedó medio prendado: chiquitín, acogedor, cómodo... Pero estaba en una callejuela, paralela a Alcalá, por la que no pasaba ni Dios. Lo desechó, aunque con verdadera lástima.
Aquella mañana de lunes se acercó a la Gestoría que le llevaba los papeles del chiringuito y firmó unas Declaraciones. Después iría a la obra, que quedaba cerca, y hablaría con el Gerente. Había comprado el Segunda Mano y, mientras estaba esperando al abogado, leyó los anuncios.
- Bar, bar, se alquila, se traspasa... ¡Bar, calle Embajadores, diáfano, tres millones de traspaso! ¡Voy a llamar a éste!
Tomó el teléfono, marcó el número y, al cabo, le contestó una voz somnolienta.
- ¿Diga?
- Oiga, llamo por lo del bar que traspasan. ¿Dónde es exactamente?
- En la calle Embajadores, entre Provisiones y Tribulete. -. Le respondió el otro.
- Pero, ¿en la misma calle Embajadores?
- Sí. Sí, señor.
- ¿Cuándo lo podríamos ver?
- Cuando usted quiera...
- ¿Le parece bien dentro de dos horas?-. Había consultado el reloj y tenía tiempo de pasar por la obra.
- De acuerdo. Allí le espero, delante del bar.
En aquel momento entró el abogado con los documentos en la mano.
- Oye, una pregunta... -. Quiso saber Lucas. -. Un traspaso, cuando el alquiler del local es por, digamos, nueve años, es irrecuperable cuando se agota el contrato, ¿no?
- Naturalmente. La figura del traspaso es un tanto ambigua actualmente, aunque aún muy usada. Tenía gran valor cuando los alquileres eran por tiempo indefinido y el inquilino te cedía los derechos de su contrato. Ahora, con los alquileres a plazo concertado, ya te digo, ha tomado un carácter que no se sabe bien lo que significa. Realmente es una entrega a fondo perdido, siempre que pienses en agotar el contrato.
- Es decir, que hay que amortizarlo en los años de estancia ya que, cuantos más años transcurran, el traspaso irá perdiendo valor, hasta llegar a cero.
- Efectivamente. Lo has cazado a la primera.
Se despidió del abogado y fue en busca de su coche. Pensó en pasar por la obra, como tenía cavilado, pero dio marcha atrás y se dirigió directamente hacia la calle Embajadores.
Le costó trabajo y tiempo atravesar el centro de la ciudad, pero por fin pudo situarse en la Glorieta de Atocha. Se orientó y llegó a la calle deseada. Lo primero que vio fue la Fábrica de Tabacos. El número que le habían dicho, ¿estaría a la derecha o a la izquierda? Ante la duda, optó por subir y se topó con que la Tabacalera era el número cuarenta y uno de la calle.
- Pues tiene que ser más arriba, pero muy cerca...
Vio un coche que salía de su estacionamiento y se apuró por calzar la furgoneta en el hueco.
- ¡Parece que me estuviera esperando! -. Exclamó. - ¡Los Hados me son propicios!
Había llegado con casi una hora de adelanto sobre el tiempo calculado, así que se dedicó a ojear la zona. Lo primero que hizo fue acercarse hasta el bar que pensó fuera el que le iban a enseñar. ¡Qué raro! Estaba cerrado a cal y canto pero no existía cartel alguno que indicase que se alquilase o se traspasase.
Paseó la calle arriba y abajo. Un Instituto de Enseñanza Media, la Tabacalera, un Mercado, bares y más bares, comercios de alimentación. Y, sobre todo, gente y más gente. Aquél sí era un sitio de paso. Unos juegos recreativos... Dobló la esquina de la calle Tribulete y se encontró con otros dos bares y una bodega. No era mala la zona, no.
Desde luego, público no faltaba y parecía que abundaran los bebedores, dado el número de tugurios existentes. Podía ser un buen sitio.
Del establecimiento que quería visitar apenas si pudo ver la estrecha puerta, ya que una cortina metálica defendía toda visión del interior. Lo que sí le sorprendió un tanto fue el nombre que se leía en un medio destrozado rótulo: ¿TE LO DIGO?
- ¡Vaya nombrecito para un bar! ¿Te lo digo. ? ¿Y qué quieres que te diga? ¡Hombre, al menos es más original que Bar Pepe!
Se apoyó en un árbol y se dispuso a esperar. Al parecer, su interlocutor telefónico se hacía de rogar pues ya pasaban quince minutos de la hora. Pensó en volver a telefonear, pero decidió no hacerlo y aguardar. Mientras, no perdía detalle de la cantidad de gente que circulaba por la estrecha calle. Al fin, vio venir hacia él a un muchacho joven, de no más de treinta años, alto y muy delgado. Andaba a grandes zancadas, como si le apuraran las prisas. Lucas pensó que éstas eran fingidas en los últimos metros, para quedar bien ante él. Tenía un aire demasiado indolente para correr habitualmente tanto.
- ¡Hola, buenos días! ¿Es usted el que me está esperando?
- Si es para visitar el bar, sí. Soy yo.
Se estrecharon las manos. Tenía una mano sudorosa, huesuda, con un temblor bastante acusado.
- Perdone que haya tardado. Se me ha dado mal el Metro, ¿sabe?
- No importa. Así he tomado nota de la situación. -. Ya sabía que pensaba excusarse por la demora. -. Está muy animada esta calle, ¿eh?
- ¡No vea! Este es el cogollo de Lavapiés, la parte noble del barrio.
El joven procedió a quitar el candado que unía las puertas de tijera. Le costó un poco de trabajo o es que no acertaba a encontrar la llave. Por fin lo abrió.
Después hizo girar el pestillo de la puerta e, introduciéndose en el angosto espacio que quedaba entre ésta y la cortina metálica, se agachó para abrir unos cerrojos que debían sujetarla firmemente al interior. ¡Sí que estaba bien protegido el local contra los intrusos, sí!
- Hace tiempo que no se abre y a los cierres les hace falta un poco de engrase. -. Explicó.
- Es natural. -. Le respondió Lucas. - ¿Hace mucho que lo tienen cerrado?
- Desde antes del verano. Mi socio se puso enfermo y yo no podía atenderlo solo.
Por fin, tras un fuerte impulso, alzó la cortina. Lucas vio que se enrollaba en un hueco del techo, oculta, dejando totalmente libre la entrada.
Se encontró en la puerta de un local pequeño, alargado, bien alumbrado por la claridad de la calle. Aún estando a oscuras parecía luminoso.
El joven pasó e, introduciéndose detrás de la barra, accionó unos interruptores. Unos tubos fluorescentes sobre la barra y cuatro apliques colocados en la pared alegraron el local. Los dos se miraron. El hombre se dio cuenta de que a Lucas le había gustado el sitio.
- ¿Qué le parece?-. Hablaba desde detrás de la barra.
- Bien... Si le soy sincero, es el primer bar que visito, y llevo ya bastantes, que me agrada a primera vista. Supongo que tendrá alguna pega que ahora no adivino, pero el primer examen puede pasarlo.
- ¿Pegas? ¡Ninguna! ¡Aquí se trabajaba de maravilla! Además, una superficie diáfana, libre de columnas, con visibilidad desde cualquier punto del interior, no es fácil de encontrar... -. Comenzó el otro a hacer el artículo.
- Ya, ya... -. Lucas estaba examinando todo con el mayor detenimiento. Se acercó al fondo. -. ¿Éstos son los servicios?
- Sí. El de señoras y el de caballeros.
Los examinó. No estaban mal. Faltaban unas cuantas baldosas en las paredes, pero el conjunto era admisible.
- Aquí dentro tiene la cocina. ¿Quiere verla?
- Sí. ¿Cómo entro?
- Por aquí. -. Le indicó. -. Por debajo de la barra.
Se agachó y pasó por un amplio hueco. Contempló el interior, un rectángulo un tanto estrecho pero suficiente. Acostumbrado al mostrador de El Bunker, redondo, parecía más grande. Sin embargo, calculó que las dimensiones serían parejas. Se asomó a la cocina. Vio una cocinilla de gas y unos extractores de humos. Tenían más suciedad que la que se acumulaba en tres meses, normalmente. Poco habrían limpiado nunca...
- Me gusta. -. No le importó confesar. -. Esto da a la salida de humos, ¿verdad?
- Sí. -. Afirmó el joven. -. ¿Quiere ver la chimenea?
- Claro. ¿Por qué no?
- Tenemos que salir al portal y se ve desde la ventana del primer piso.
- Bueno, pues después la vemos. Hablemos un poco, antes, sobre el local.
Se salió de la barra, recorrió el espacio, se asomó a la calle, lo miró desde fuera, lo miró desde dentro. Le gustó. ¡Aquél era su bar! Por fin lo había encontrado. Y se dispuso a negociar para conseguirlo. Pasó a los hechos.
- Me llamo Lucas.
- Y yo Juan Carlos. -. Se presentó la otra parte.
- El precio...
- Pues el precio es el que pone en el anuncio. Tres millones de traspaso y la renta se la dejarán parecida a la que pagamos nosotros, cien mil pesetas al mes.
- El traspaso me parece un poco caro. ¿Por cuántos años tienen el contrato?
- A nosotros nos quedan cuatro, pero a usted se lo prorrogarían hasta siete.
Hizo unos rápidos cálculos mentales. No salía mal.
- No sé... -. Había que regatear. -. Me gustaría ver la chimenea.
- ¡Pues vamos a verla! ¿Quiere algo más de aquí dentro o puedo cerrar ya?
- Sí, cierre si quiere. Aquí está todo ya visto.
Juan Carlos procedió a apagar las luces y, después, a asegurar todos los cierres. Otra vez tuvo problemas, pero esta vez Lucas pudo observar que, aparte de las dificultades que le ofrecieran las cerraduras, era el temblor de sus manos el que no hacía fácil la operación.
Entraron al portal de la finca contigua y Juan Carlos se detuvo un momento ante el buzón del correo. Lo abrió y extrajo una gran cantidad de cartas y propaganda. Sí, parecía ser cierto que lo hubieran dejado hacía meses y que nadie se había preocupado lo más mínimo del establecimiento.
Subieron al primer piso y, abriendo una ventana que daba al patio de luces, Juan Carlos le mostró un tubo de aluminio de gran diámetro que ascendía hasta más arriba del tejado.
- Nos obligaron a ponerlo. Nos costó una millonada y la propietaria no quiso saber nada.
- Parece que cumple todas las normas...
- ¿Todas? ¡Todas las que quiso imponer el Técnico de Industrias del Distrito de Centro!
- ¡Vale! -. Afirmó Lucas. -. Pues, por mí, visto. Cuando quiera nos marchamos.
Salieron a la calle. Se miraron uno a otro.
- ¿Quiere que tomemos algo y charlamos? -. Propuso Lucas.
- Bueno... -. Pareció alegrarse el joven.
Subieron a la calle Tribulete y entraron en el primer bar. A Juan Carlos parecían conocerle muy bien allí, ya que saludó efusivamente al dueño.
Pidió una cerveza y, mientras a Lucas le ponían un café, le aseguró:
- Esa caja registradora era la nuestra. Se la vendimos aquí, al colega.
- El resto del mobiliario que hay en el bar, ¿de quién es?
- Es de la dueña, exceptuando un mostrador frigorífico que habrá usted visto, que es nuestro.
- Me parece demasiado dinero. -. Insistió Lucas, mientras observaba el humeante café que ante él habían puesto -. Habría que negociarlo...
- No creo que Nelson, mi socio, esté dispuesto a negociar nada. Usted piénselo y si le interesa nos llama. Yo sé que le ha gustado y eso es lo importante.
- Si no me hubiera gustado no estaríamos hablando. -. Afirmó, tajante. -. Pero insisto en lo del dinero.
- Bueno, pues hable con Nelson.
- Lo tendrían que ver mis hijos...
- Llámenos cuando quiera y lo vemos otra vez y se discute. Ya le digo que Nelson es quien lleva la voz cantante. Yo soy su socio, pero él es quien dirige los asuntos.
Se dirigió al camarero y le indicó que le pusiera otra cerveza.
- ¿Quiere tomar algo más, Lucas?
- No. Además, tengo que irme. Si no le importa, le dejo. Se me ha hecho un poco tarde.
Se había dado cuenta de que el otro iba dispuesto a acabar con el barril y no tenía ganas de alargar el asunto. Todo lo que tenía que hablar ya lo había hablado y se había hecho cargo de muchas más circunstancias de lo que Juan Carlos sospechaba: El temblor de las manos, el cariño por la cerveza...
Tal vez, por ello, les había ido mal el negocio.
Le dejó que pagase la cuenta, se despidió y salió a la calle. Otra vez pasó por delante del ¿Te lo Digo? y lo miró detenidamente. Tenía que hacer todo lo posible por quedarse con aquel bar...
Volvió a casa y pasó la tarde revisando cuentas. A la noche, cuando los chicos volvieron, les contó la historia.
- A mí me gusta y me parece un buen sitio.
- Pues cuando quieras vamos a verlo...
- Primero me tengo que enterar yo en el Ayuntamiento de si hay gato encerrado...
A la mañana siguiente, martes, se acercó a la Plaza Mayor, a la Junta Municipal de Centro. Preguntó por Industrias y le tomaron nota de qué asunto le llevaba. Tuvo que aclarar que él todavía no era el propietario, que solamente quería informarse. El ordenanza acabó por expedirle un pase que aseguraba que la visita tenía como finalidad el cambio de titularidad. Lucas se encogió de hombros. ¡Que pusiera lo que le diera la gana!
Le recibió una señorita a la que le preguntó por el expediente del bar ¿Te lo Digo?, en la calle de Embajadores. La funcionaria tomó nota y se sumergió en un archivo. Al rato, salió con una carpeta en las manos.
- Sí, aquí está. Bar Restaurante. Todo en orden.
- ¿Tuvieron que hacer alguna reforma?
- Hicieron una salida de humos por indicación del Técnico y, por cierto, se excedieron en el diámetro. -. Se fijó en una anotación. -. El Perito aconsejó muy favorablemente la instalación, ya que superaba todo lo requerido.
- ¿Tienen quejas o denuncias por algo? ¿Ruidos, molestias. ?
- No, en absoluto. Entonces..., ¿cambio el titular?
- No, señorita, no. Todavía no. Solamente quería enterarme de si todo estaba en orden.
- Pues sí, todo está correcto y tiene Licencia Definitiva para operar en cuanto quiera.
- Muy agradecido por su información.
Aquella tarde volvió a llamar a Juan Carlos. Le respondió una voz meliflua, dulzona, con acento sudamericano. No le agradó desde un principio.
- No, no está. Ha salido a un recado.
- ¿Es usted Nelson? -. Preguntó.
- Sí. ¿Quién es?
- Mire, soy un señor que estuvo ayer visitando, con su socio, el bar de Embajadores...
- ¡Ah! -. Se sorprendió el otro. -. Pues no me ha dicho nada. Se le habrá olvidado. ¡Este Juan Carlos!
- Bueno, pues mire, estoy muy interesado en el tema y me gustaría volver a verlo y charlar con usted, ya que él me dijo que lo del precio no era cosa suya.
La voz de Nelson vibró chillonamente molesta.
- ¡El precio no lo discutiremos, mi amigo!
- ¿Le parece que quedemos mañana, a media tarde? -. Lucas hizo caso omiso del comentario.
- ¡Vale! ¿A qué hora le viene bien?
Calculó cuando iban a poder ir sus hijos y se lo dijo. Concertaron la cita.
- ¡Chicos, esta tarde vamos a ver el bar! Por cierto... ¡Cuidado con el socio, el llamado Nelson, que me parece que es más marica que un palomo cojo! Además, como ya me sospechaba por el nombrecito, es sudaca. Habrá que tener la cabeza fría, que estos tíos tienen más cuento que Calleja.
En efecto, a eso de las siete se presentaron en la puerta del bar. Con ellos iba Miguel, su cuñado. Tanto Nelson como Juan Carlos les estaban esperando, con las puertas abiertas y las luces encendidas.
Lucas saludó a Nelson y su presagio se confirmó. Era un tipo bajito, regordete, con modales demasiado educados, palabras ridículamente moduladas, el cutis muy bien cuidado y las manos muy finas, con un tacto viscoso como el de un pulpo que le causó escalofríos al saludarle. Tenía toda la pinta de un bujarrón de película cómica. Debía tener la misma edad que él, pero pretendía aparentar ser más joven.
No le agradó lo más mínimo desde un principio y supo que tendría que andarse con pies de plomo en cualquier negociación mutua. Porque con Nelson sería con quien hubiese de llegar a cualquier acuerdo. Juan Carlos era un cero a la izquierda cuando estaba delante de su socio y, sin lugar a dudas, amante.
- Simplemente valdrá para estar a su espalda. -. Pensó, irónico.
El colombiano - eso creyó entender Lucas - se deshacía en palabras de elogio hacia su local, rememorando noches felices de fiestas y copas, alabando cualquier detalle de la maquinaria, de la decoración, del público que, según él, supo captar desde que abrieron.
Juan Carlos, por su parte, charlaba con el hijo pequeño de Lucas. Se le veía a la legua que no se encontraba a gusto ante la situación de ordeno y mando que le imponía Nelson.
- Entonces, ¿qué le parece?-. Planteó éste después de una larga verborrea.
- Que nos gusta, ¿verdad, chicos? -. Consultó Lucas a sus hijos y a Miguel, los cuales asintieron con la cabeza. -. Pero que hemos de discutir el precio.
Nelson iba, una vez más, a negar tal discusión cuando la mirada firme de Lucas le contuvo.
- ¡Hombre! Todo se puede negociar en esta vida, siempre que ambas partes vayan de buena fe.
- Eso es lo yo pienso. Y, desde luego, yo sí voy en serio. Me gusta el bar y estoy dispuesto a pagar por él. Pero no paso de los dos millones y medio.
Hubo una serie de parloteos, de quejas y discusiones por parte de Nelson que, con su voz chillona, parecía protestar que le estuvieran robando y arrancando el alma. Al final, accedió.
- ¿Cuándo firmaríamos? -. Preguntó.
- Si le parece, mañana nos vemos en el despacho de mi abogado, en la calle Alcalá. Por favor, lleve usted cuanta documentación considere pertinente que, en esas cosas, mi abogado es un tanto estricto. Todos los Letrados parecer estar cortados por el mismo patrón: Buscan los cinco pies al gato y, después, se lavan las manos si el asunto sale mal a pesar de que sigas sus consejos al pie de la letra. ¡Tienen que justificar su minuta!
- Nosotros tenemos todos los papeles en regla. Los hemos conseguido directamente en las ventanillas de la Administración. -. Aseguró el colombiano.
- Mejor. - Le respondió Lucas. -. Así, si todo está en orden, será más fácil para ambos llegar a un feliz acuerdo. Y no hay mejor acuerdo que el firmado entre caballeros.
- Esa es mi misma opinión. -. Afirmó Nelson. -. La caballerosidad ante todo.
- Si te piensas que me voy a creer que tú eres un caballero, vas de lado, querido sudaca. -. Pensó Lucas. Pero, como no había más que hablar del asunto ni que darle más vueltas, quedaron para el otro día, por la tarde.
Cuando marcharon, estuvieron dando una vuelta por la calle e incluso pasaron al bar de enfrente a tomar algo y cambiar impresiones.
- Parece que este barrio está muy animado. -. Comentó el chico mayor.
- Sí. Y no parece mala gente...
- ¡No lo dirás por la pareja de esos dos! -. Refunfuñó Miguel. -. ¡Me he tenido que contener para no darle un trompazo al maricón ése! No me quitaba el ojo de encima mientras que hablabas con él.
- ¡Serás su tipo! Como eres alto y fuertote... -. Se burló el más pequeño de sus sobrinos.
- ¡Pues como le meta una hostia, vas a ver que pronto se le quitan las ganas de chinchar!
- A esos les ha ido mal por las borracheras que cogía el joven, amén de los porros que se fuma, que no hay más que verle el temblor de manos que tiene. Parece que sufre del baile de San Vito. -. Aclaró el mayor de los muchachos.
- No os metáis con los pobrecitos. A cada uno le dan por donde le gusta y se mete lo que le place. Si les ha ido mal por sus vicios, a nosotros nos irá bien, sin duda alguna, porque no los tenemos. -. Aseguró Lucas.
Mientras, en el ¿Te lo Digo?, Nelson y Juan Carlos charlaban a su vez.
- Tendrás que ir muy preparado, Nelson. A este tío no se la cuelas así como así. Se le ve despierto.
- No sufras tú, cariño mío. Para estas cosas yo soy más listo que el hambre. Y si se tercia, se usa la vaselina.
Y se las prometía tan felices.
A la tarde siguiente y a la hora fijada, Lucas se presentó en el despacho de su abogado. Le explicó en qué consistía la maniobra y esperaron a que acudieran los otros.
- Sabes que el dueño del local ha de prestar su aquiescencia, porque él puede ejercer el derecho de retracto si no le interesa que se te alquile a ti.
- Ya... Pero parece que no existen pegas al respecto. ¡Vamos, al menos eso es lo que me han asegurado los actuales inquilinos!
- Veremos bien a fondo todos los papeles que traigan, no te preocupes. Y tú, si hablan de soltar un duro, me dejas que yo lleve la conversación.
- Para eso te pago y tú eres el profesional.
Al rato se presentaron los dos individuos en cuestión. Nelson llevaba una bien nutrida carpeta debajo del brazo. Saludó con extremada cortesía al abogado cuando se lo presentaron y ambos se sentaron en torno a la mesa.
- Aquí, mi cliente, me ha explicado que ustedes quieren traspasar el local que tienen arrendado, que han fijado el precio del traspaso y que la propiedad del inmueble no se opone al mismo... -. Empezó diciendo el Letrado.
- Así es, sí señor. Y aquí están todos los papeles que he creído que usted debería ver para comprobar que todo está en orden.
Abrió la carpeta y empezó a extraer documentos: Contrato de arrendamiento, Licencia de Apertura y Funcionamiento, contrato de electricidad, etc...
Lucas los iba viendo y se los pasaba al abogado que los examinaba detenidamente.
- ¿Cómo es que en un principio firmaron ustedes un contrato por mayor importe de renta de la que dicen que ahora pagan?
- Es que, luego, la señorita Ureta, la dueña, nos bajó el precio al ver los gastos que tuvimos que hacer. Llegamos a un acuerdo con ella, que es una persona muy comprensiva, y revisamos la renta. Nos la bajó, muy amablemente.
- ¿Y los últimos recibos del alquiler? Aquí no los presenta usted.
- Bueno, señor, es que la señorita Ureta, ya le he dicho, acordó con nosotros que como no podíamos seguir con el negocio, no nos cobraría renta hasta que lo traspasáramos... -. La voz de Nelson tenía explicaciones para todo.
En tanto, Juan Carlos se agitaba nervioso en su silla. O algo le faltaba, pensó Lucas, tal vez su porro o su ración de alcohol, o se estaba temiendo que se les viera el plumero. No cabía duda de que Nelson era el alma del negocio y el de los nervios de acero, por muy maricón que fuese.
- Bueno. -. El abogado se dirigió a Lucas. -. Pues parece que todo puede estar en orden. Solamente faltaría hablar con la propietaria, con la mencionada señorita Ureta, y que ella consienta; se firma el traspaso, tú firmas con la dueña el contrato y, una vez hecho esto, les pagas a estos señores. Yo no veo mayor inconveniente.
- Lo de la luz y lo del alquiler... ¿Todo está en orden?
- Así parece, si lo confirma la propiedad. ¿Dónde podemos hablar con ella?-. Se dirigió a Nelson.
- ¡Ah, sí! Ahorita mismo le doy su teléfono y usted habla con la señorita Ureta.
- De acuerdo. Démelo.
Nelson apuntó unos números en una hoja y escribió debajo: María del Carmen Ureta.
- Puede llamarla por las mañanas o a última hora de la noche. -. Afirmó.
- Así lo haré. Y, en cuanto que ella quiera, nos reunimos con ustedes y se lleva a cabo la operación.
Lucas asintió. Nelson también. Todo parecía cumplirse como habían dicho, como un pacto entre caballeros.
- Ahora, señor Letrado, yo quisiera cumplir un último trámite... -. Medio rogó la voz atiplada del colombiano, (¿O era venezolano? - Se preguntó por enésima vez Lucas). -. Esta mañana nos han llamado dos personas interesadas en el local y que también han leído el anuncio, como el señor Lucas. Se les ha enseñado y, sobre todo, hay uno que se ha quedado prendado del sitio y mañana nos contesta. Y, como comprenderá... el que antes llegue, antes se lo queda. El local tiene muchos novios. Por ello, yo no querría dilaciones, ya que el señor Lucas nos ha demostrado su interés y que es un caballero serio. Si hemos llegado a un acuerdo con él, preferimos que sea él el beneficiario.
- ¿Y...? -. Dejó la pregunta en el aire el abogado.
- Pues que podíamos señalizar el asunto con una cantidad y así, de esta forma, nosotros ya nos quedamos más tranquilos y cesamos la negociación con la otra persona.
El abogado miró a Lucas y éste vio que una sombra de duda corría por el semblante de su asesor.
- Tal vez lleven razón. Todos debemos dar prueba de nuestra buena fe.
- Mira, yo te aconsejo que hasta que no se hable con la propietaria, no formalicemos nada. Después pueden surgir inconvenientes por su parte que estos señores, que no dudo que muestran su mejor intención, desconocen.
- ¡No, no, señor Letrado! ¡No hay ningún inconveniente! -. Protestó Nelson -. Si quiere, hable usted ahora mismito con la señorita Ureta y ella se lo confirmará.
Lucas asintió con la cabeza.
- Llámala, por favor. Así salimos de dudas.
- Como quieras... -. Accedió el abogado. Y alzó el teléfono, haciendo intención de marcar. - ¡Vaya! ¡Ya han vuelto a dejarme sin línea! Esperen, que voy a otro despacho.
Salió y les dejó a los tres solos.
- Va a ver cómo, en cuanto hable con ella, todo se arregla.
- ¿Cuánto quiere de señal? -. Le preguntó Lucas.
- Medio millón.
- Esperemos...
Lucas intuyó que la trampa, si existía, estaba a punto de cerrarse sobre su cabeza. Pero, como no podía dejar de dar su parte de razón a Nelson ni estaba dispuesto a que se le adelantasen en la operación si era cierto que había otro pretendiente que, aunque no lo creía, bien pudiera ser cierto, se aprestó a caer en ella. ¡Algún riesgo tenía que correr! Además, el gato encerrado, si existía, no había dado señales de vida y, según su mismo abogado, todos los documentos parecían estar en regla. En cuanto hablase con la dueña, sabría qué responder. ¡Si hubiera andado con tantos miramientos con el Poto y con Zafra, todavía podrían estar de pleito y no habrían trabajado en El Bunker!
El abogado volvió y se sentó a la mesa.
- Resuelto. -. Aseguró. -. Dice que ella presta su conformidad y que le agradará efectuar el traspaso a una persona seria y solvente. Y como yo le he asegurado que tú lo eras, le ha parecido bien. Solamente me ha dicho que quiere poner unas condiciones o explicarnos algo, que mañana a las doce viene a verme y que tendría mucho gusto en conocerte.
- ¿No le dije yo? -. Sonrió Nelson.
- Sí, pero por eso mismo yo creo que hasta después de que mañana hablemos con ella, no debemos cerrar ningún trato. Esperemos a conocer esas condiciones...
Nelson no pudo disimular su ira.
- ¿Tanto desconfía usted de mí? Sepa, señor, que yo tengo negocios mucho más importantes y que no estoy dispuesto a perder el tiempo con vacilaciones. ¡Si este señor tiene miedo de que le vayamos a engañar, cerramos el trato con el otro cliente y, nosotros, tan tranquilos!
- ¡Pare el carro, caballero! -. Le respondió el abogado. -. Yo no desconfío de ustedes, pero mi deber me exige proteger los intereses de mi cliente.
La situación se había vuelto de un tenso que a Lucas le desconcertaba. Si decía que la dueña estaba de acuerdo y no se había opuesto, ¿qué pega podría haber? ¿No sería todo una añagaza de abogado, como él ya conocía, para elevar el montante de sus honorarios y colgarse medallitas?
- Un momento, un momento... -. Medió. -. ¿Te ha hablado de dificultades en concreto o de algún vicio oculto?
- No... -. Vaciló su abogado. -. Simplemente me ha dicho que mañana lo dejamos todo claro y resuelto, después de conocernos. Que hay algo que quiere decirnos y que no era la ocasión ni el momento, por teléfono, de informarme. Por ello, yo creo que es mejor consultar con la almohada. Total, van a ser unas horas...
- Por unas horas se puede perder un trato. -. Fue tajante Lucas. -. Y yo no quisiera perderlo. Así que, si ella no te ha puesto un inconveniente de veras, yo estoy dispuesto a señalizar una cantidad, en un documento que nos asegure que si por parte de la Propiedad o de estos caballeros surgieran obstáculos, nos devolverían la cifra pagada.
- ¡Yo estoy conforme! -. Se apresuró a afirmar Nelson. -. Si mañana la señorita Ureta se niega, yo le devuelvo el dinero. ¡Y empeño mi palabra de honor!
- Pues si tan seguro está usted de todo, no veo qué inconvenientes hay en que hablemos antes con ella...
- ¡Simplemente, señor Letrado, que me molesta su desconfianza!
Nelson estaba irritado de verdad y había sacado, muy virilmente, a relucir su escasa hombría, como un gallito de pelea. Era una reacción que Lucas siempre había escuchado, que los homosexuales no tenían nada que envidiar en genio y ganas de pelea a un hombre de verdad, por muy de machote que éste se las diese.
- Insisto en que yo estoy conforme con adelantarle una pequeña cantidad al señor Nelson, para que se quede tranquilo. Prepara un recibí que le voy a firmar un cheque.
- ¿De cuánto?-. Preguntó el abogado.
- De doscientas cincuenta mil pesetas.
- ¿No habíamos quedado en medio millón? -. Recordó Nelson.
- No. Eso lo mencionó usted. Yo, por mi parte, y desobedeciendo a mi abogado, expongo la mitad. Si a usted le parece bien, claro. Y si no... ahora soy yo el que insiste en dejar las cosas como están y en esperar a mañana.
Nelson esbozó un gesto de rabia pero, rápidamente, lo alteró por una mueca de satisfacción.
- ¡Conforme! Ahora ya sí que veo que es usted un perfecto caballero y que no se va a echar para atrás y dejarnos en la estacada. Prepárelo, por favor, señor Letrado.
Al efectuar esta última petición, su voz había tomado un tono humilde, contrario al irritado de su anterior interjección al abogado.
- Disponlo, mientras le firmo el cheque. Pero pon la cláusula, bien clara, de que si, por hache o por be, no se puede concretar el traspaso por causas ajenas a mi voluntad, devolverán el dinero en veinticuatro horas, sin excusa ni dilación alguna y sometiéndose a la Justicia que me ampara.
- ¡Lucas! Yo esperaría...
- Gracias por tu consejo. Extiende el recibo.
De esta manera, Nelson y Juan Carlos salieron del despacho con un talón de un cuarto de millón de pesetas, a nombre de TE LO DIGO C.B., en tanto que Lucas guardaba el Recibí. Su abogado no quedó satisfecho y algo extraño flotaba en el ambiente.
A la mañana siguiente, Lucas se dispuso a acudir a la cita con el abogado y con la señorita Ureta. Para ello, no se demoró mucho en acicalarse aunque se cuidó muy mucho de afeitarse a fondo y vestirse de traje, a fin de causar buena impresión a la desconocida. A las diez y media recibió una llamada de su Banco, indicándole que iban a pedir conformidad a un talón firmado por él y a su cargo, que qué hacían. Ordenó que lo conformasen siempre que el portador se acreditase como socio de TE LO DIGO, C.B. Así era. Un muchacho joven, alto y delgado llevaba unas escrituras en ese sentido. Lucas indicó que era correcto. A las once salió de casa y se dirigió al despacho. Tardó un poco de tiempo en estacionar el coche cerca del despacho y, aprovechando la proximidad de su Banco, decidió visitar al Director y explicarle el negocio.
- Podíamos haberle dado largas, pero como has insistido en que lo conformásemos... Ahora lo estarán presentando por Cámara. En dos días te lo cargaremos. Pero... ¿y si tienes problemas? Nosotros ya no podemos dar marcha atrás.
- No será necesario, hombre. Hay que confiar un poco en la gente, que parece que ninguno, ni los banqueros ni los abogados, os fiáis ni de vuestra propia madre.
- ¡Es que hemos visto demasiadas cosas!
- ¡Yo también las he visto! Pero el que no se moja el culo no cruza el río.
No se dio cuenta, pero con esta conversación se le echó la hora de la cita encima.
- Me voy, que llego tarde.
- ¡Que tengas suerte! Que todo te vaya sobre ruedas.
Cruzó rápidamente la calle Alcalá y se encaminó al despacho del abogado con unos minutos de retraso sobre la hora prevista. Entró en el portal y, cuando se detuvo ante el ascensor, vio bajar por la escalera y pasar fugazmente a su lado la figura de una mujer de mediana edad, delgada y no muy favorecida. Se quedó con ganas de decirle algo, de preguntarle si se trataba de la señorita Ureta, pero optó por permanecer en silencio. No podía ser ella, tampoco había llegado tan tarde.
Subió en el ascensor, llamó a la puerta, le abrieron y se encontró con su abogado.
- Se acaba de marchar tu casera. ¿No te la has cruzado en el portal?
- ¡Ya decía yo! He visto a una señora salir casi corriendo y me ha dado en el corazón que se trataba de ella, pero...
- Pues pasa, que tenemos problemas.
Nada tranquilo ante estas palabras del Letrado, le siguió hasta su despacho. Allí se sentaron, cada uno a un lado de la mesa.
- ¿Qué sucede? ¿Qué problemas son ésos? -. Preguntó.
- Pues que mucho me temo que te han timado como a un chino. ¡Mira que te advertí que esperaras! Ya puedes dar orden al Banco de que no atiendan el talón.
- ¡Demasiado tarde!
Y le explicó la maniobra de la conformidad y su visita a la entidad bancaria, que era lo que le había retrasado cinco minutos. Como la señorita Ureta parecía madrugar más de lo previsto, aquellos cinco minutos, junto con los otros diez que ella se había adelantado, habían motivado que no se hubieran podido entrevistar.
- ¡Pues lo llevas crudo! La propietaria ha venido a decirme que ella sí está de acuerdo con el traspaso, que accede, que no te sube la renta y que lamentaba que no estuvieras, pero...
- ¿Entonces? Si ella no se opone y lo da todo por bueno, ¿por qué lo llevo crudo?
- Porque no podrás ocupar el local hasta dentro de varios meses, una vez que salga la sentencia de desahucio que tiene interpuesta contra los dos individuos de ayer, los cuales no le pagan la renta desde hace dos años. La sentencia saldrá y, después que la gane, habrá que ejecutarla... Total, seis meses por lo menos, dándose bien las cosas, que, a menudo, se tarda más.
- ¡Hijos de puta! -. No pudo evitar el comentario Lucas. -. ¡Así que no pagaban porque ella se lo había concedido mientras traspasaban!
El abogado le hizo un gesto para que se calmase.
- Ya ves. Así son los hechos. Por eso yo dije lo de consultar con la almohada.
- Pero, ¿es que no te dijo nada ayer o, al menos, te lo insinuó?
- No. -. Negó el otro. -. Tan sólo me advirtió que había un problema que había que solventar antes y que hoy me pondría al corriente.
- ¿Al corriente? ¡Al pairo me ha puesto a mí! ¡Con tan sólo una palabra que hubiese dicho, habría mandado a esos dos pájaros a tomar por el culo! Bueno, eso no, que es lo que les gusta. Pero, ¿cómo pudo callarse esa mujer? ¿Qué interés tendría en no decirte nada? Y tú, ¿por qué, con la astucia que demostraste de irte a hablar desde el otro despacho, a solas, sin que te oyeran, no le preguntaste?
El abogado hizo con los hombros un gesto de disculpa.
- Mira, esa señora no me conocía. No sabía si de verdad era un abogado quien la llamaba y si iba en serio y, hasta no cerciorarse, no soltó prenda...
Lucas estaba dándole vueltas a la cabeza. Para enfadarse era demasiado tarde. ¡Había que resolver el asunto y tenía que ser él quién lo consiguiese! No podía confiar en la poca pericia de un abogado que había demostrado no saber sacar las verdades más que a medias. Cierto era que la precipitación fue culpa suya, pero el otro es que parecía tonto... Y la tal Ureta debía de ser del mismo calibre.
De repente, una lucecita iluminó la mente de Lucas. Tal vez, existiera un camino, un camino sinuoso que podría convertirse en recto y ser recorrido sin peligro siempre que se supiera mantener el equilibrio.
- Yo tengo dinero, astucia y valor para lanzar un envite. ¡Aquí va a ser necesario marcarse un órdago, de farol, pero con buenas cartas! -. Pensó. Y se dirigió a su interlocutor:
- Mira, vamos a ver si localizamos a la señorita ésa de marras y hablamos con ella. -. Ordenó a su abogado.
- Me ha dejado el teléfono del compañero que lleva el caso por si queríamos hablar con él...
Lucas asintió.
- ¡Pues tanto mejor! Llama y concierta una cita para esta tarde, en su despacho o en el tuyo, con la interesada y conmigo mismo. Que me expliquen el asunto y vas a ver como yo lo resuelvo.
- ¿Y cómo lo vas a hacer? -. Le preguntó. -. La Ley tiene sus métodos y sus formalismos.
La sonrisa brilló por primera vez en los labios de Lucas.
- Mira, tú sabrás mucho de Leyes pero de comercio y de mus, y perdona, estás un poco en pañales. Hay que saber fingir que llevas treinta y una, aunque tengas las cartas del tío Perete. Tal como me has descrito a la tal señorita, vas a ver como se aviene a razones.
El abogado le miró detenidamente. Estaba un tanto estupefacto ante el tono de seguridad y confianza que se traslucía en la voz de su cliente a pesar de las malas noticias que le había dado.
- ¿En qué estarás pensando? Me temo que en algo no muy digno, tal como me lo has dicho.
- ¿Digno? ¡Hombre! Yo, ante todo, soy un caballero. Pero no como afirmó el cabrón del Nelson, sino completo. Y si yo soy un caballero y la señorita Ureta toda una dama, lo lógico es que nos entendamos. Yo no soy precisamente misógino y las féminas se me han dado siempre bastante bien, aunque haga años que no practique fuera de casa.
- Luego, quieres llegar a un trato directo con ella... -. Aventuró el sorprendido picapleitos.
- Tan directo como la decencia, las buenas costumbres y, sobre todo, la inteligencia de esa señorita me permitan. -. Se rió Lucas.
- ¡Dios nos coja confesados! Esperemos que su abogado, mi colega, no se enfade.
- Él será el primer interesado en llegar a un acuerdo y quien le aconsejará que me haga caso. Si es que es un buen abogado. ¿No es esa vuestra máxima? ¿Que es mejor un mal acuerdo que un buen pleito?
- En eso llevas razón. Bien. Haré lo que dices.
La cita, efectivamente, se concertó, pero no para aquel día sino para la tarde siguiente por necesidades del otro Letrado. Quedaron en el despacho de aquél, ya que insistió mucho en que, por antigüedad en la profesión, era cómo se debía hacer. Lucas también estuvo de acuerdo. Al estar en terreno ajeno, contaba con que su abogado esgrimiera menor peso que en su propio despacho y le dejara hablar más libremente a él. Es más, estuvo por decirle que ni puñetera la falta que le hacía que viniera, pero no quiso ser descortés. Nunca le había gustado crearse enemigos a propósito; era mejor tener amistades aunque fuese en el Infierno.
De vuelta a casa, se dispuso a dejar transcurrir el tiempo a la espera de que llegase la hora del encuentro, a la tarde siguiente. Volvió a repasar cuentas, leyó un poco e intentó sumergirse en un estado de relajamiento para poder, en el momento indicado, volcar todas sus fuerzas en la discusión que se avecinaba. Hizo como el atleta que se prepara para dar el máximo rendimiento en la inminente carrera: Concentrarse.
Pero de este estado de complacencia le sacó la estridente voz de Nelson cuando le llamó por teléfono a primera hora de la tarde.
- ¿Qué sucede, señor, que no nos han llamado? Estamos aguardando que nos digan algo.
- ¿De verdad quiere que le diga algo?-. Le preguntó Lucas.
- ¡Claro! ¡Es en lo que quedamos!
- ¡En tantas cosas quedamos..! ¡Que si pacto entre caballeros, que si la palabra dada..! Pues lo único que puedo decirle es que es usted un perfecto mentiroso... -. Dejó caer con la voz más amable que pudo sacar -. Y no me pregunte por qué le digo esto, porque usted ya lo sabe.
El silencio se hizo aplastante a través de la línea. Al cabo, la voz de Nelson, mucho más apaciguada, musitó:
- No entiendo bien lo que me dice...
- Pues aprenda a hablar castellano que, ustedes, los hijos de la Madre Patria, han desvirtuado tanto el idioma que parece que no comprenden más que lo que quieren. Eso sí, para engañar a cualquier pardillo, utilizan el léxico almibarado de sus poetas: Es decir, parlotean mucho y, como dicen, muy lindo, pero no explican absolutamente nada. Al menos, que sea cierto.
Nelson se quedó callado. Lucas supo que tenía ganada la partida pero que ante sí tenía un todavía peligroso adversario. Iba a echarle un pulso para conocer a fondo la talla del colombiano.
- La señorita Ureta nos contó la verdad, incluido lo de su próximo desahucio. Si éste se produce, y como dice el contrato, ustedes pierden todo derecho de traspaso, aparte de que sean echados a la calle con cajas destempladas. ¿Y usted me aseguraba que todo estaba en orden? Pero, ¡alma de Dios! ¿Cómo pudo ser tan incauto al pensar que yo no iba a cerciorarme de los hechos? ¿O es que me ha tomado por gilipollas? Pues sepa que si en este asunto hay algún gilipollas, no sé quién lo será; pero yo, desde luego, no lo soy.
Ahora sí se irritó Nelson.
- ¡La señorita Ureta puede decir lo que quiera! ¡Miente! ¡Es una mentirosa! Que sí que va a haber un juicio, eso es cierto. ¡Pero lo vamos a ganar!
- Nelson, me está defraudando... Le tomé por más inteligente y que sabía cuando tenía perdida la partida. Ya veo que no voy a tener más remedio que actuar legalmente contra ustedes. Así que van a tener dos pleitos en lugar de uno. Y yo no soy precisamente como la señorita Ureta. Yo voy a por todas. Incluso, si se tercia, a meterles en la cárcel por intento de estafa, lo cual no creo que fuera muy complicado en cuanto a usted personalmente se refiere, si se investigaran un poco sus andanzas desde que viniera a España. Y en este país, donde abundan los chorizos, nos tenemos que aguantar con los nuestros pero a los que no soportamos de muy buen grado es a los extranjeros. Y menos a los sudamericanos, ¿sabe? Somos un poquitín xenófobos en ese aspecto. O es que nos han tocado ustedes ya bastante los cojones y nos tienen hartos...
Lucas estaba hablando con una flema que hasta a él mismo le estaba resultando extraña de lo tranquilo cómo lo hacía. Él que, normalmente, era de reacciones violentas ante las adversidades y, sobre todo, cuando veía que intentaban burlarle, estaba dominando la situación con total calma, arrinconando a Nelson contra las cuerdas a base de amenazas, serena pero firmemente vertidas. Porque lo que tenía claro era que el sudamericano poco iba a poder oponerle a pesar de que aguardaba una respuesta desabrida.
Esta contestación, efectivamente, no se hizo de esperar. La chillona voz del homosexual comenzó a emitir desconcertantes gritillos, blasfemias y demás clase de exabruptos. Lucas le escuchaba como el que oye llover tras de los cristales, bien arrebujado en un sillón y al amor de una confortable calefacción. Cuando percibió que el otro agotaba todos sus argumentos, encendió un cigarro y le susurró:
- ¿Ha terminado? ¿Ya se ha quedado a gusto? Pues escuche: Usted tiene un talón mío, conformado por mi Banco y que yo no puedo evitar que lo cobre... Pero si esta tarde no llego a un acuerdo con la señorita Ureta y no me quedo con el bar, esta misma noche tiene una denuncia en el Juzgado de Guardia, por estafa, apropiación indebida, falsedad en documento público o privado, que lo mismo me da la calificación, y por toda la Biblia en arameo que quiera añadirle. Así que yo le aconsejo que haga por retirarlo del Banco donde lo haya ingresado y lo deje en suspenso hasta que yo mismo le diga que puede cobrarlo. Si no lo hace así, querido amigo: ¡aténgase a las consecuencias! Que usted mismo sabrá hasta qué punto pueden alcanzarle los coletazos de la Justicia...
Nelson se mantuvo en silencio. El pulso había sido echado y le habían torcido definitivamente el brazo. En la respiración se le notaba la rabia contenida, pero como no tenía nada de tonto se había dado cuenta de que el hueso que imaginara poder deglutir tranquilamente se había vuelto demasiado duro para sus ya raídos dientes, un tanto carcomidos tras de una vida de continuadas mentiras y engaños.
- ¿Va usted a entrevistarse con la señorita Ureta esta tarde? -. Preguntó.
- Sí. En el despacho de su abogado.
- ¿Sobre qué hora?
Lucas dudó un instante si decírselo. Al cabo pensó que, si había follón y se presentaban los ¿TE LO DIGO, C.B.? en el despacho, podría haber jaleo y decidió aplicar el refrán de que a río revuelto ganancia de pescadores. Y allí el que tenía la red a punto de extenderla era únicamente él. Le dijo la hora.
- Pues procuraré estar. -. Afirmó Nelson.
- Usted sabrá si le interesa. No creo que la señorita Ureta tenga mucho interés en verle, con el cariño que le debe de tener tras las trastadas que le ha hecho.
- ¡Uy! Si a mí me quiere muchísimo. Yo siempre la he tratado muy correctamente, como ella se merece. Sí es cierto que han existido unas pequeñas discrepancias entre ambos, pero siempre las hemos solventado amistosamente, como una dama y un caballero.
- ¡Pues a ver si las terminamos de resolver de una vez, hala! Pero, hágame un favor, no saque a relucir más la palabra caballero, que usted a lo más que llega es a montar en burro! -. Le contestó Lucas, en tanto que para sus adentros se decía: - ¡Además de mentiroso, eres más gilipollas de lo que yo esperaba! ¡Ya te tengo en el garlito!
Deseando concluir, añadió:
- Bueno, Nelson, pues no tenemos más que hablar. Yo, en su caso, no acudiría a importunar. -. Sabía que diciendo estas palabras le picaba y le obligaba a ir. -. Dejaría las cosas como están y aguardaría acontecimientos. En fin, actúe como considere conveniente. ¡Que usted sea bueno y, sobre todo, no cometa errores de los que pudiera arrepentirse! Tenga paciencia y a lo mejor gana algo. Si no... ¡allá usted!
Sin más, le colgó el teléfono y dio la última chupada a la pava del cigarro. La suerte estaba echada. Las cartas se habían repartido y ahora le tocaba saber jugarlas. A ver si sus años de experiencia como comerciante y toda la picaresca que le habían enseñado en la obra le servían de algo. Se tumbó en el sofá, sonriendo.
- ¿Has hablado con el sinvergüenza ése?-. Le preguntó su mujer.
- Sí. Y he dejado las cosas en su sitio. Ahora será preciso evitar que alguien me las disloque. Esto va a ser como una partida de ajedrez y yo muevo las blancas. Lo principal será saber enrocarme a tiempo, constituir una sólida defensa y, después, pasar a un incontenible ataque hasta conseguir el jaque mate.
- ¡Desde luego..., pones unos ejemplos! -. Le sonrió ella.
- ¡Metáforas, puras metáforas! Ya sabes que a mí, que soy tan extrovertido, a veces me gusta hablar de forma ambigua. Además, tú, que me conoces bien, ya sabes lo que voy a intentar: Hacer a la Ureta una oferta que no pueda dejar de aceptar...
- ¿Y si la rehúsa?
- No la rehusará. De todas formas, como comprenderás, no voy a meterme en un pleito por doscientas cincuenta mil pesetas... Me costaría un pico entre abogados y demás, aunque tal vez lo ganara. Pero ellos eso lo ignoran y se lo pueden o no creer. Eso sí que se lo he notado al Nelson ése de los cojones. Y es que no tendrá la conciencia muy tranquila por otros asuntos. Si la tuviera, no se habría avenido a tan claras razones como le he dado ni le hubiera metido el miedo en el cuerpo. Así que, tú, tranquila y déjame hacer...
Tras estas palabras, Lucas volvió a su relajada postura, dejando correr el tiempo e intentando olvidarse de todas las preocupaciones. Tiempo tendría de enfrentarse a ellas... Ahora era mejor descansar.
La hora de la cita se acercaba y decidió telefonear a su abogado para indicarle que se verían directamente en el despacho del otro Letrado, que cada uno acudiese por sus medios.
Salió a la calle y se vio inmerso en una fina lluvia. Decidió no coger el coche y tomó un taxi. Dio la señas y se acomodó en el asiento. Encendió un cigarrillo y escuchó la voz del taxista que le decía que allí no se podía fumar.
- ¿Cómo? ¡Ah, perdone, con la lluvia no había visto el cartel!
- ¡Pues bien claro está el PROHIBIDO!
- Ya... Ya lo veo. Por favor, pare, que me bajo.
- ¿Cómo? ¿Me va a dejar en medio de este atasco?
Lucas miró en derredor. Era cierto. La calle de Goya estaba totalmente colapsada de automóviles. Era lo que acostumbraba a suceder en cuanto caían cuatro gotas.
- Sí es verdad que hay lío, sí. Pues me voy en el Metro. Para no poder fumar, lo mismo me da. Voy más rápido y me cuesta menos.
El taxista estaba que echaba el bofe.
- ¡Si quiere fumar, fume, coño!
- No, no, señor. A mí me importa poco fumar o no, pero eso de prohibírmelo me jode un tanto, ¿sabe? Así que, tome lo que marca el contador y... ¡buen viaje!
Deslizó dos monedas de cien pesetas en la mano del atónito conductor y se bajó del coche.
- ¡Serás cabrón! -. Masculló el taxista.
- ¡Le vas a poner prohibiciones a tu padre, tonto del haba! -. Le respondió Lucas.
Rápidamente se deslizó hacia las escaleras del Metro de Velázquez. Sacó su billete y aún le dio tiempo a fumarse el cigarro antes de tomar el tren. Pocos minutos después se apeaba en la estación correcta. Desde allí era un corto paseo hasta el despacho del abogado de la señorita Ureta.
Había dejado de llover pero la tarde se había tornado en noche oscura. Además, las altas farolas que alumbraban pobremente la calle parecían haberse cegado con la lluvia y apenas si permitían ver a escasos metros. El número, iluminado, del portal le mostró el camino. Iba a traspasarlo cuando le salieron al paso, como si hubieran estado ocultos en las sombras, las figuras de Juan Carlos y de Nelson.
- ¡Vaya! -. Pensó. -. Don Quijote y Sancho Panza, en versión gay, me estaban aguardando...
Les saludó brevemente.
- No pensé que estuvieran por aquí...
- Sabemos que va a negociar con la señorita Ureta y queremos estar presentes, no sea que se le ocurra dárnosla con queso. -. Le respondió Nelson.
- ¡Ni que fueran usted dos ratones! Bueno, por mí pueden estar, si ella les acepta. Yo voy a hablar bien claro y no tengo nada qué ocultar, así que me da lo mismo.
Subieron en el ascensor hasta el piso correcto y llamaron a la puerta. No tardaron en abrirles.
Un joven les preguntó qué deseaban:
- He quedado con la señorita Ureta y su Letrado. El mío estará al llegar, si no lo ha hecho ya. -. Respondió Lucas. Le invitaron a pasar.
Nelson y su compañero intentaron seguirle pero el joven les detuvo.
- ¿Y ustedes?
- Venimos con el señor...
- ¡Eh! ¡Oigan, que conmigo no vienen! Yo ya soy mayorcito para saber acudir solo a una cita. Estos señores pretenden estar presentes en la entrevista. -. Se dirigió al recepcionista -. Si la señorita Ureta y el abogado lo consienten, yo me callo. Pero que conste que no les traigo conmigo.
Había que dejar las cosas en su sitio para que la Ureta no equivocara sus ideas.
En aquel instante se abrió la doble puerta acristalada de un salón y un señor de avanzada edad apareció en el umbral. Detrás se divisaba la figura de una mujer. Lucas reconoció en ella a la persona que se cruzara con él en el portal, el día de la cita. Era la señorita Ureta.
- ¿Qué pasa aquí? -. La voz del venerable anciano, así le consideró Lucas, demostraba buena presencia de ánimo. -. ¿Qué desean ustedes?
- Yo... -. Comenzó a decir Lucas.
- No me refiero a usted, señor, perdone. Usted tiene cita, pero estos dos individuos no sé qué pintan aquí.
Nelson empezó, como era su costumbre, a charlotear. El anciano no le hizo el menor caso.
- ¡Ustedes han sido citados varias veces y nunca han acudido, así que hoy no se les ha perdido nada en esta casa!
- ¡Yo exijo estar presente en..! -. Se quiso poner chulo Nelson, pero el abogado le interrumpió:
- ¡Usted aquí no exige nada! Así que, sin más comentarios, ¡desaloje!
Lucas pensó que el viejo los tenía bien puestos, porque no le hizo falta repetir su orden para que Nelson y Juan Carlos, sin rechistar siquiera, se dirigiesen a la puerta.
- ¡Ay! -. Se escuchó la plañidera voz de la señorita Ureta. - ¡Cómo me atacan los nervios esa pareja!
- A ti y a cualquiera, María del Carmen. -. Respondió el abogado. -. Pero no te preocupes, que ya se van.
Efectivamente, los dos individuos abandonaron el piso. Parecía como si les hubieran puesto una escopeta en el culo, por la prisa que se dieron. Se conoce que sabían del carácter del viejo. Éste se volvió hacia Lucas y le ofreció una mano delgada y firme.
- Encantado de verle, señor. Le presento a la señorita Ureta, a la cual, creo, no tiene el gusto de conocer.
- Efectivamente. -. Respondió Lucas. Tuvo sus dudas. Si era una señorita, a pesar de sus años que no eran pocos, ¿debía besarle la mano o, simplemente estrechársela? Optó por un conato de mezcla de ambos gestos. -. Me alegro de saludarla, señorita.
En ese momento sonó el timbre de la puerta. Los tres se volvieron hacia la entrada.
- ¡No serán esos dos individuos otra vez! -. Tronó el Letrado. - ¡Estoy dispuesto a llamar a la Policía!
El ayudante abrió e hizo su entrada el abogado de Lucas. Al verse tan ansiosamente estudiado, y seguro que había escuchado algo de las palabras de su compañero, puso cara de extrañeza.
- ¡Pasa, muchacho! Con el permiso del señor, naturalmente. Es mi abogado. -. Explicó Lucas.
- ¡Adelante, colega, adelante! -. Saludó afable el dueño del despacho. -. Perdone por el recibimiento, pero es que hemos tenido una pequeña escena hace un instante...
- Ya imagino, ya... Me acabo de cruzar con los señores Nelson y Juan Carlos e iban echando pestes. -. Sonrió el ahora tan bien recibido.
- ¿Señores. ? A cualquier cosa se le llama señores... -. Musitó la señorita Ureta.
- Creo que nos vamos a entender de maravilla, doña Mari Carmen. Ayer yo le rogué a Nelson que no me volviera a mencionar la palabra caballero, como él mismo se define. -. Lucas había familiarizado el tratamiento al dirigirse a la Ureta. -. ¡Le di a entender que ofendía a los caballos!
Hubo una risa general que ayudó a distender el ambiente que se hallaba enrarecido desde la entrada en escena de la pareja de golfantes timadores.
- ¡Tomen asiento, por favor! -. Invitó el viejo abogado. -. ¡Tomen asiento!
Él lo hizo tras de su magnífica mesa, una verdadera reliquia de otros tiempos, de otros siglos acaso. Los demás se situaron enfrente. Lucas se cuidó de sentarse al lado de la señorita. Teniéndola más cerca, rompería antes el hielo.
- Bueno, pues ustedes dirán a qué se debe esta reunión... -. Animó el Letrado de la Ureta.
- Pues..., querido compañero, como sabe la señorita, aquí, mi cliente, está interesado en el bar de su propiedad, sito en la calle de Embajadores y que, actualmente, tiene arrendado a los dos individuos que acaban de salir. Por dicha causa se puso al habla con ellos, que lo ofrecían en traspaso, y mantuvimos una entrevista con ambos en mi despacho. Durante la misma, nos mostraron la pertinente documentación y, al parecer, todo estaba en orden excepto los recibos de alquiler, que no los presentaron. Siguiendo las instrucciones de ellos mismos, me puse al habla con la señorita Ureta y ésta me comunicó alguna irregularidad, pero no me detalló en qué consistía. Mi cliente, acuciado por su interés, prestó una fianza para asegurarse la reserva del derecho de traspaso, al cual, la misma señorita, nos había manifestado que no se oponía.
El abogado hizo un inciso para consultar con la mirada a Lucas si le parecía que iba por buen camino. Éste asintió.
- Les entregó un dinero - prosiguió - y a la mañana siguiente es cuando nos enteramos de que estaban ustedes en pleito de desahucio, por impago de rentas desde hacía tiempo. Entonces... nos hallamos en la peregrina situación de que a mi cliente le han cobrado una cifra que no puede recuperar y que, por otra parte, tampoco puede aplicar a la consecución del traspaso que él deseaba.
- ¡Vaya! ¡Hasta en su agonía saben hacer daño esos sinvergüenzas! -. Comentó el otro abogado.
- ¡Si yo llego a saber que iba a causar este daño, se lo hubiera advertido a usted cuando me llamó! -. Se lamentó la Ureta.
Hubo un instante de silencio y Lucas creyó llegado el momento de intervenir. Su abogado había expuesto el asunto con una claridad meridiana que, tal vez, él mismo no hubiera sabido hacer, pero ahora debía ser tarea suya lidiar con el negocio.
- Usted no tuvo ninguna culpa, señorita. -. Quiso tranquilizarla -. La culpa la tuve yo con mi impaciencia y por no haber hecho caso de mi abogado, que me recomendó esperar a entrevistarnos con usted. Parece que algo me cegó y caí en la trampa. Así que estese tranquila, que yo no la culpo de nada.
Vio que el abogado de la Ureta iba a decir algo, pero le interrumpió.
- ¡La señorita Ureta no pecó por omisión! ¡Tan harta debe de estar de las argucias de esos dos pájaros de cuenta que no sabría si creer que la llamada era cierta o se trataba de una treta más de ellos! Si a mí, en tan sólo dos días, ya me han puesto de los nervios, ¿cómo no la tendrán a ella después de varios años?
- Celebro que lo comprenda. -. Aseguró, ahora sí, el abogado. - Doña María del Carmen no pretendió nunca perjudicarle a usted.
- ¡Si yo lo hubiera sabido..! Tenga por cierto que le habría dicho a su abogado que no firmaran nada ni se les adelantara una peseta... -. Se disculpó ella, muy afectada.
- ¡Usted no tiene por qué lamentarse, Mary Carmen! No hizo más que lo que cualquier persona con su juicio y su rectitud habría hecho. ¡El que metió la pata, y perdón por la expresión, fui yo, con mis ansias de negociar y mi manera impulsiva de ser! También es que, como yo sí voy de caballero por la vida, me creo que todos van de buena fe...
La señorita Ureta sonrió, complacida.
- Eso se le nota a la legua, querido amigo. Usted sí es un señor de los pies a la cabeza.
- Muchas gracias por el elogio. - Lucas acababa de dar un paso de gigante en la negociación que pretendía. Se había ganado la simpatía de la dueña del local. -. Pero el caso es que, ahora, me he quedado sin los dineros, sin el local, porque usted no puede arrendármelo, y con mi ilusión desvanecida. A menos que...
Sus palabras quedaron en el aire, como el anzuelo cebado y lanzado a las aguas, aguardando que la presa lo muerda.
- ¿A menos qué..?
- Que usted y yo llegásemos a un acuerdo que nos beneficie a ambos y que, sobre todo, no la perjudique a usted en nada.
El abogado le miró curiosamente.
- ¿Un acuerdo? ¿Y qué clase de acuerdo?
Lucas se volvió hacia él y le soltó, a la pata la llana:
- Mire, señor, usted sabe mucho más que yo, tanto por su carrera como por sus años, y no ignora que la señorita Ureta, aunque seguro que gana el pleito y desahucia a esos canallas, no va a percibir la cantidad que le adeudan. ¡Ya se las apañarán ellos para que les declaren insolventes o lo que sea! Además de que, como el contrato está a nombre de TE LO DIGO, C.B.. ¡écheles un galgo! Eso lo sabe tan bien o mejor que yo.
El Letrado le miró fijamente. No hizo ningún gesto pero Lucas supo que sus palabras no habían caído en saco roto y que la estocada había sido certera.
- Siempre se les puede demandar... -. Arguyó.
Lucas se echó a reír lo más finamente que pudo.
- ¿Otro pleito, otra pérdida de tiempo. ? Y, cuando lo ganen, que lo ganarán sin duda dada su habilidad y experiencia, - Lucas sabía tocar la fibra sensible de las personas, tanto cuando halagaba como cuando vertía una amenaza -, ¡el mencionado Nelson estará en su tierra o vayan a saber dónde! Y a Juan Carlos... A ése no le sacan ni un duro porque no debe tenerlo. Con perdón de la señorita, no creo que sea más que un chapero de bajos fondos, con sus vicios y malas costumbres. Y usted ya me entiende...
El anciano no supo qué oponer a tales razonamientos y guardó silencio. El abogado de Lucas empezó a adivinar la jugada de éste.
- Mi cliente lleva razón. -. Afirmó. -. A gente como ésa no hay quién les cobre nunca.
- ¿Y qué solución me brinda, señor? -. Quiso saber la Ureta, preocupada porque le acababan de aclarar que no iba a cobrar lo que le debían.
Lucas se volvió nuevamente hacia ella y, dulcemente, repitió:
- Ya se lo he dicho. Un acuerdo. Un acuerdo entre una dama y un verdadero caballero.
- Pero... -. Se agitó nervioso el Letrado. - ¿Qué clase de acuerdo?
- Muy simple. ¿Cuánto les adeudan Nelson y compañía?
- Año y medio de alquiler... -. Y soltó una cifra aproximada.
- Pues bien. - Tomó ya las riendas, definitivamente, Lucas - Yo he perdido ya doscientas cincuenta mil pesetas, que se las cedo, a mi pesar, a esos sinvergüenzas. ¡Estoy dispuesto a pagarle a usted, señorita, un millón seiscientas mil a cambio de que retire la demanda contra ellos, resuelvan el contrato y me alquile a mí el local inmediatamente, en las condiciones que los dos Letrados acuerden!
- ¡Pero la señorita perderá mucho dinero con esa operación! -. Se quejó el Letrado.
- ¡Bastante menos que si sigue adelante con el pleito, que lo perderá todo, no cobrará nada y, encima, se expone a que le dejen el local como si hubiera pasado por él la marabunta! Si ya han vendido todas las pertenencias de ellos... ¿cuánto creen que tardarán en vender, tirar o estropear a mala sombra el ajuar de la señorita Ureta, sobre todo si se ven perdidos? Hasta ahora no lo han hecho porque buscaban pescar a un infeliz como yo y necesitaban mostrarle el bar en el mayor orden posible, sin que desmereciera en nada su valor, pero, ¿en cuanto vean que les echan..? ¡No les arriendo a ustedes las ganancias! -. Argumentó Lucas.
Y todos comprendieron, incluso su abogado, que no le faltaba un ápice de razón.
- ¡Hombre!- exclamó el viejo Letrado de la señorita Ureta -. Yo creo que si mejorara usted la oferta, podríamos considerarla.
- Perdone, señor. Yo les iba a pagar dos millones. - Mintió Lucas. - Es lo que tenía convenido con ellos. Si pago un millón seiscientas, más las doscientas cincuenta que ya he soltado y tengo que reponer el material del cual se han desprendido y algo más que, seguro, aparece por ahí oculto... estamos en la cifra. Yo, ni gano ni pierdo. Me quedo en la cifra que había convenido. A cambio, la señorita recupera una gran parte de la deuda y, más que nada, deja de verse atormentada por esos dos indeseables. Y que conste que si les denomino de tal forma no es porque no hayan pagado a su debido tiempo, que eso puede ocurrirle a cualquiera por muy honrado que sea, sino porque sé que han querido burlarse de ella igual que han pretendido, y lo han logrado, hacerlo conmigo.
Hizo una pausa tras su larga exposición, a fin de que sus palabras calaran en el cerebro de sus oyentes y las digiriesen a fondo.
- Ésta es mi oferta, mi mejor oferta. La única que estoy en condiciones de hacerles y que considero lógica. Les soy totalmente sincero: Estoy muy interesado por el local y creo poder llevar la empresa a buen puerto, pero tampoco me ciega ya el ansia que me obligó a entregarle un dinero a Nelson sin garantías plenas. Si no aceptan, yo me retiro y ya veré si mi abogado - le señaló - ve posible intentar algo para recuperar lo entregado, actuando contra TE LO DIGO, C.B. inmediatamente. Si aceptan, cosa que por otra parte vería lógico porque no hay que olvidar que en algo me perjudicó el silencio de doña María del Carmen, cuando debió de habernos advertido, a pesar de que yo sea el primero en disculparla, los dos abogados se ponen de acuerdo y firmamos el contrato.
La firmeza con la que había pronunciado sus palabras no dejaba lugar a dudas. La señorita Ureta y su abogado lo comprendieron. O aceptaban o seguían con su pleito contra Nelson y Juan Carlos. Lucas no estaba dispuesto a ceder en lo más mínimo.
- ¿Nos permiten que hablemos un instante a solas?- Rogó el Letrado -. Deseo hacerle ver a mi cliente los pros y las contras.
Lucas supo que había ganado la partida. El anciano se inclinaba de su lado.
- Sí, por favor. Si quieren quedamos otro día... -. Estaba dispuesto a demostrar que no le urgía.
- No, no será necesario. Aguarden aquí mientras nos retiramos a una salita.
Ambos se levantaron y salieron. Lucas y su abogado continuaron en sus sillas.
- ¡Qué rostro le echas al asunto, muchacho!
- El que hay que echarle. Ni más ni menos. Porque estarás de acuerdo en que la Ureta, con su cara de buena y su actitud monjil, es la que me ha conducido a meter la pata...
- Ella y tus prisas.
- ¡De acuerdo! Asumo mi culpa pero, como en el viejo chiste, hay que repartir...
- Además, te advierto que no les estás ofreciendo ninguna tontería. Si yo fuese mi colega, aceptaría.
Lucas sonrió, irónico.
- ¡Él ya ha aceptado, hombre! Ahora tiene que convencerle a ella y es lo que debe estar haciendo. Después, asunto arreglado. Por cierto que, como lo doy por sentado, si te hablan de período de alquiler, mínimo de siete años, con derecho a traspaso y la renta no superior a cien mil pesetas, ¿eh? El resto es cosa tuya.
El otro iba a decir algo cuando la Ureta y su abogado entraron en la estancia.
- ¿Hemos tardado?
- ¡No! ¡Muy poco! -. Respondió Lucas.
El abogado se sentó en su sillón y la Ureta en la silla donde anteriormente había estado.
- Hemos estado estudiando su oferta con el mayor interés y el mejor cariño y comprendemos el perjuicio que ha sufrido por el silencio involuntario de la señorita... -. Comenzó el Letrado.
- ¡He triunfado! -. Se dijo Lucas. -. Se han rendido a la evidencia.
- Claro que seguimos opinando que la cantidad es pequeña. Tal vez pudiera usted mejorarla un poco...
- Ya le he dicho que no.
- Bueno, pero podremos revisar la renta...
Aquí fue donde el abogado de Lucas salvó los muebles y se ganó la minuta. Intervino brillantemente y con la suavidad de que siempre hacía gala. Al final todo quedó acordado en los términos deseados.
- Antes de redactar el documento, solamente se me ocurre una dificultad. -. Aseguró el abogado de la señorita Ureta. -. ¿Ustedes creen que esos individuos, el Nelson y el otro, van a acceder?
- ¡No se apure por ese detalle! De ellos me ocupo yo. Sé cómo convencerlos. Usted escriba y cuando yo le llame, se firma.
- Es que se pueden negar a la entrega de llaves e insistir en proseguir el pleito...
- ¡Ya verá como no! -. Le aseguró Lucas.
El contrato fue redactado en una vieja máquina de escribir por el joven ayudante. Era fiel copia del que habían firmado con TE LO DIGO, C.B. Tan sólo variaban los nombres de los arrendatarios (Lucas y su esposa) y que los gastos de Comunidad - cinco mil pesetas - correrían a cargo de los mismos. La cifra del alquiler se quedaba en noventa mil pesetas mensuales, mas IVA. y el contrato se establecía por siete años, con derecho a traspaso e imposibilidad de subarriendo.
- Bueno, pues todo arreglado. -. Exclamó Lucas, estrechando la mano del anciano. -. En cuanto yo resuelva con Nelson, les llamamos para firmar. Naturalmente, ellos también tendrán que estar presentes y ver su denuncia retirada. Entonces nos entregarán las llaves.
- Pues esperamos su llamada...
- No creo que sea más tarde de mañana. -. Aseguró.
Se despidieron cordialmente y, abandonando el despacho, bajaron a la calle. Iban hablando animadamente de los logros conseguidos cuando se toparon de boca con Nelson y su compañero.
- ¿Qué pasa? ¿Ya ha convencido a la vieja?-. Le espetó el venezolano.
Lucas le miró de arriba a abajo y, con cara risueña, le dijo:
- Mejor sería decir que ya me ha convencido ella a mí. Porque, ¡caray!, no es tan vieja. Todavía sabe apretar en los negocios.
- Y, ¿a qué acuerdo han llegado? ¡Porque nosotros no estamos dispuestos a ceder en nuestros derechos!
- ¿Derechos? Mire, Nelson, ¿quieren que tomemos algo y charlamos? Usted es un hombre inteligente e imagino que estará conforme en que mejor es un buen acuerdo que un mal pleito. Y usted lo tiene muy oscuro en el suyo. ¿Quiere?
Nelson estaba receloso. Se le notaba inquieto y dispuesto a saltar a la primera propuesta que creyese que le hacía daño. Juan Carlos, por el contrario, estaba más alelado que de costumbre. Se debía haber fumado toda la cosecha de marihuana durante la espera.
- ¡Acepto! Vamos a tomar algo y hablamos.
El abogado intervino:
- Lucas, yo tengo algo de prisa. ¿Me necesitas o te apañas tú solo para explicarles de qué se trata?
- No, no te necesito. ¡Hombre, no estaría de más que estuvieras por si don Nelson no comprende algo! Pero si tienes que hacer una cosa urgente, por mí, puedes irte. -. Lucas lo prefería, no fuera que por plagarlo de legalismos fastidiara el invento.
- Pues, entonces, señores, yo les dejo. Encantado de haberles visto y hasta la próxima.
Lucas se encontró en el interior de una cafetería, con los dos negociantes a su lado. Como siempre, Nelson era el que llevaba la voz cantante. El otro continuaba encerrado en su mutismo.
- Bueno. -. Preguntó. -. ¿Qué desean saber?
- Solamente a qué acuerdo ha llegado con la Ureta.
- Pues muy sencillo. Yo le pago la renta que ustedes le deben, ella retira el pleito y yo me quedo con el bar. Eso a grandes rasgos.
- ¡Sí, claro! ¡Y nosotros nos quedamos con un palmo de narices y sin el traspaso del bar! -. Clamó Nelson.
- De verdad que me parece que es usted a veces demasiado listo y a veces demasiado tonto... Se lo aseguro. ¿Qué traspaso ni qué gaitas? Si les van a poner en la calle y encima les van a obligar a que paguen lo que deben, ¿no será mejor que evite alguno de los males?
Nelson no podía reprimir su furia.
- ¿Nos ha tomado por unos ignorantes? ¡Se quiere quedar con lo que nos pertenece y, encima, tiene la cara dura de decírmelo así, tan tranquilo!
Lucas dio un sorbo a su refresco y se secó los labios.
- Pero, Nelson, ¿qué es lo que es suyo? ¿Es que todavía sueña y cree en los Reyes Magos? Creo que ya va siendo mayorcito para ello. De ustedes solamente es un auto de desahucio que les va a caer encima, una deuda contraída y una denuncia que voy a ponerles yo, por estafa. ¿Es que no se da cuenta?
- ¡Eso lo dirá usted, Lucas! ¡A nosotros no nos sacan de ahí por las buenas; la deuda.., ésa - se sonrió - no nos la cobran en la vida y su denuncia me la paso por donde se imagina!
Lucas hizo un gesto de no desear discutir y querer dejar zanjado el asunto.
- Pues si así es como piensa, ¡adelante! Enfréntese con todo lo que le espera y que Dios reparta suerte, como dicen los toreros. Pero usted va a sufrir una cornada grave. Y, además, lo sabe. Yo ya no le advierto más. Si le gusta guerrear, guerree. Pero en las guerras se suelen sufrir descalabros...
- Yo pienso... -. Empezó a farfullar Juan Carlos.
- ¡Tú te callas! A ver, dígame, Lucas, ¿qué descalabros puedo sufrir yo?
- ¡No sea gilipollas, coño! De momento, enfrentarse mañana con mi denuncia, que ésa sí que le va a apretar el zapato. Lo que después consiga la señorita Ureta con su abogado que, por cierto, es más listo que el hambre, ya no es de mi incumbencia.
Nelson se quedó mudo. En su vida le habían dicho tan a las claras, a diez centímetros de su rostro, sin amenazas y sin alzar la voz, que le iban a denunciar por estafa. En su cerebro se encendió la luz de que aquel hombre no le estaba advirtiendo en vano, que no le había dicho que le iba a partir la cara ni le había insultado. Se lo estaba diciendo como el que lee en voz alta el periódico, tranquilo y sin inmutarse. Entonces fue cuando tuvo miedo y comprendió que tenía que cambiar de actitud.
- Pero entenderá que nosotros no podemos irnos así, con las manos vacías... ¡Sería de estúpidos!
- No se van con las manos vacías. -. Le aseguró Lucas -. Se llevan doscientas cincuenta mil pesetas de mi alma. Y tranquilidad, sobre todo, tranquilidad. Dejan de enfrentarse en un Juzgado, de ser desahuciados, de verse atosigados día y noche con sentencias... ¿Qué más quiere? Usted podrá dedicarse a sus negocios, sean los que sean, que no me incumben, y Juan Carlos a beberse sus cervezas y a fumar lo que le dé la gana. Tranquilidad, Nelson, tranquilidad y buenos alimentos, como decimos aquí, en la Madre Patria...
Nelson apuró su cerveza. Se rebelaba contra la idea de verse burlado en sus pretensiones por un desconocido que había demostrado ser tan inteligente o más que él. Recordó las palabras de Juan Carlos cuando le advirtiera que no se las habían con un tonto. ¡Llevaba razón el muy mariquita! Porque él sabía que Lucas no iba a pagar toda la deuda que mantenían con la Ureta sino que habría negociado por menos dinero y, en total, le iba a costar mucho más barato quedarse con el bar de lo que le hubiese costado si les hubiera pagado el traspaso convenido. ¡Si ellos hubiesen cobrado el traspaso, como era su intención, asegurándole a la Ureta que con ese dinero le iban a abonar las cantidades que le debían, cosa que, desde luego, después no habrían hecho, habrían ganado bastante! Y, más tarde, ¡que les echasen un galgo! Pero, no. Se había tenido que cruzar en su camino el tal Lucas y les había amargado el negocio. ¡Ya podía haber sido otro más necio! ¡Doscientas cincuenta mil pesetas! ¿Ésas eran las migajas que les dejaba?
- ¡Joder, Lucas, podía ser usted un poco más generoso y pagarnos, al menos otro tanto! -. Rogó. -. Así le va a salir baratísimo el negocio, pero se creará dos enemigos...
Lucas le miro despectivamente.
- ¿Dos enemigos? ¿Quiénes? ¿Usted y Juan Carlos? Perdone, Nelson, no me río porque tengo educación pero sepa que si ustedes son todos los enemigos que me aguardan durante el resto de mi vida, me moriré de aburrimiento... Yo a ustedes no les temo, ¡pobres infelices que no son capaces ni de esquilmar a la Ureta sin verse comprometidos! Además, utilizo un refrán que dice: De mis amigos me guarde Dios, que de mis enemigos ya me guardo yo...
- Es usted duro...
- No es mi estilo, créalo. Pero ya le dije que estoy harto de ustedes, los sudacas que vienen a enseñarnos que el Descubrimiento no lo hicimos nosotros, los españoles, sino que fueron los aborígenes los que nos descubrieron las maravillas de la vida. De verdad le digo que no he conocido a uno solo de los de su continente que no intentara darnos sopas con ondas a los de aquí. Dicen que nos quieren mucho, que nos están muy agradecidos, pero todos tratan de esquilmarnos. En serio, si solamente se tratara de Juan Carlos, yo hubiera cejado en el negocio aunque hubiera, tal vez, perdido algo de dinero. Pero está usted de por medio y, encima, es quien me ha intentado engañar. No puedo concederle gracia, lo siento. O lo toma como digo, o lo deja como está y peor que yo se lo voy a poner.
El venezolano se secó unas gotas de sudor que habían brotado de su frente.
- No me deja opción...
- No. -. Fue la tajante respuesta.
- Pues mañana recibirá mi respuesta.
- Que sea pronto y antes de cobrar el talón, por favor. Si no...
Se despidió brevemente y les dejó que pagasen la cuenta. Esta vez sí que tomó un taxi y le permitieron fumar dentro del mismo. Llegó satisfecho a casa.
- ¿Cómo ha ido todo?-. Le preguntó su familia.
- ¡De maravilla! Vamos, eso espero... -. Y se dispuso a cenar sin más comentarios. Ya había hablado demasiado durante aquella tarde. Después se acostó. Estaba fatigado.
Le despertó el teléfono a primera hora. Lo tomó y, cuando contestó, pudo escuchar la voz de Nelson que, simplemente, decía:
- De acuerdo.
- Muy bien. Ya le llamaré. -. Y tornó a dormir, sumido en un sueño totalmente relajado.
Sobre la una, cuando despertó, llamó a su abogado y le comunicó que los chorizos estaban en la sartén.
- Queda mañana, si puede ser, con la señorita Ureta y su abogado. A las doce en el bar. En cuanto me lo confirmes, le llamo a Nelson y les digo que estén allí. Todos juntitos y en armoniosa compaña, firmamos unos por un lado y los demás por otro, nos dan las llaves y se acabó el Te Lo Digo.
- Eres Maquiavelo en persona. Consigues lo que quieres.
- Gracias, es un honor. Dicen que basó su obra en la vida de Felipe II, al que llamaron el Rey Prudente.
- Sí. -. Respondió el abogado. -. Pero no olvides que perdió sus naves en una tormenta.
- Eran otros mares... Estos son del Caribe y allí no hay tanta turbulencia. Hay tiburones, pero tienen los dientes de goma. -. Se rió.
Llamó al Banco y les dijo que iba a tener que disponer de dinero en abundancia, mediante cheques. Dejó todo resuelto, comió con su mujer y aquella tarde, después de dejar concertada la cita definitivamente, se fueron al Teatro.
La mañana amaneció lluviosa y gris. Todo invitaba a permanecer en el lecho pero era preciso acudir a la cita.
- Lucía... -. Susurró a su esposa. -. Ponte bien guapa, que le dé un poco de envidia a la Ureta.
- ¡Qué fastidio! ¡Con el día que hace!
- Ya lo sé, mi vida, pero hemos quedado y no lo podemos anular. ¡Venga! No seas perezosa.
Acudieron en la furgoneta y nuevamente tuvieron suerte para estacionarla. A las doce menos cinco estaban ante el ¿TE LO DIGO?
- Tiene buena pinta. -. Aseguró Lucía. -. Al menos, por fuera.
- Por dentro, cuando nos abran, te gustará más, pero habrá que fregar con esmero, que estos pollos no lo han hecho en mucho tiempo.
- ¡Qué remedio! Como yo digo: ¡Siempre te sales con la tuya!
La ciñó por la cintura y la besó en los labios.
La señorita Ureta y su abogado llegaron al instante. Se saludaron e hizo las presentaciones. La Ureta simpatizó con Lucía.
- ¡Qué matrimonio más encantador! ¿Y sus hijos les ayudarán?
- Nuestros hijos estudian. Pero sí, nos echarán una mano.
- ¡Así me gustan las familias, unidas gracias a Dios! -. Imploró la Ureta.
Lucía hizo un aparte con su marido.
- Oye, esta señora, ¿ha sido monja?
Lucas se rió por lo bajo.
- Yo diría que sí...
- Al menos lo parece.
Llegó el abogado de Lucas y todos se saludaron. Eran las doce y cuarto.
- Los pájaros no aparecen. -. Observó Lucas. -. Imagino que no se habrán echado atrás.
- No se apure. -. Le respondió el viejo abogado. -. Siempre son así de informales. Es algo característico en ellos.
- Comienza a llover de nuevo. ¿Quieren que entremos en aquel bar?-. Sugirió el abogado de Lucas.
Fueron al OSS y pidieron unos cafés. Todos menos la señorita Ureta, que se negó a tomar nada. Más tarde se enteraría Lucas de que ella no se mojaba nunca los labios con la taza o el vaso de un bar. Podían contagiarle cualquier cosa.
Frecuentemente se asomaba a la puerta del bar para ver si acudían Nelson y Juan Carlos. ¡Nada! A pesar de las palabras del Letrado, que parecía conocerles a fondo, a Lucas le empezaron a mosquear.
- Éstos están tardando de más aposta. Para ponernos nerviosos y proponer algo raro, vas a ver.
En aquel instante hicieron su aparición los dos individuos y se detuvieron delante del TE LO DIGO.
- ¡Vamos, que ya están aquí! -. Animó Lucas. Y, después de pagar él la cuenta, salieron a la calle.
Cuando se acercaron a ellos, Nelson les soltó:
- No sabíamos si irnos. ¡Como no venían..!
Los abogados fueron a protestar, pero Lucas liquidó el asunto.
- Es que estábamos tomando café. Perdonen por el retraso. -. Y miró a Nelson con cara de pocos amigos. Sabía que se avecinaba una tormenta. Si podía evitarla, mejor. Si no, la enfrentaría por las bravas.
Abrieron el establecimiento y pasaron los inquilinos. Juan Carlos encendió las luces y ya entraron todos. Lucía contempló el local a sus anchas.
- ¡Menos mierda que tenía El Bunker sí que tiene!
- Espera a que veas la cocina... -. Le advirtió su marido.
La Ureta, los abogados y Nelson se habían acodado en el mostrador. Juan Carlos permanecía de pie, dentro de la barra.
- ¿Qué? ¿No hay nada de privar?-. Le preguntó Lucas.
- Nada, salvo unas cervezas calientes...
- ¡Lástima! ¿Verdad? ¡Qué amargo debe ser tratar de negocios sin una buena copa en la mano!
Nelson estaba parloteando, como de costumbre. Su voz se iba elevando de tono. El abogado ya no se atrevía a decirle lo de ¡desaloje!, porque todavía era el poseedor de la cosa, aunque no pagase por ella. ¡Extrañas paradojas de las Leyes!
Lucas se decidió a terminar la cuestión.
- ¡Nelson! ¡Basta de voces y de protestas! Usted ha quedado conmigo en una cosa y la cumple. Así que haga el favor de callarse, que hay señoras de por medio. A ver, ustedes... -. Se dirigió a los abogados. - ¿Han traído la renuncia a la demanda?
- En efecto.
- Pues fírmenla y entréguensela al señor Nelson y que éste firme el finiquito. Después arreglamos nosotros el resto, cuando ellos se hayan ido. No quiero incidentes. Y Nelson tampoco quiere tenerlos, ¿verdad?
Los papeles salieron a la luz y en un instante se firmaron. La Ureta pareció reacia a hacerlo sin haber recibido ningún dinero por parte de nadie. Un gesto tranquilizador de Lucas le animó a firmarlo.
- ¡Pues todo en orden! -. Exclamó el abogado. -. La denuncia y el pleito quedan retirados. Así que devuelvan las llaves y ya pueden irse.
Nelson estrelló contra el mostrador un manojo de llaves.
- ¡Ahí van! Ya tienen lo que querían.
Lucas le preguntó:
- ¿Me explicará cuál es de cada sitio?
- ¡Que se lo explique la señorita! -. Respondió groseramente.
- ¡Vale, "caballero"! -. Matizó, burlándose, Lucas.
- ¡Oiga, por cierto! Este mostrador frigorífico es mío. Si quiere quedarse con él, me lo paga y si no, me lo llevo.
Lucas le miró despreciativo.
- ¿Tiene factura?
El otro vaciló.
- No. ¿Cómo voy a tenerla si hace años que lo compré?
- Puede que sea hasta robado... No me extrañaría de un "caballero" como usted. Bueno, pero tengamos la fiesta en paz. ¿Cuánto quiere por él?
- ¡Cincuenta mil!
- ¡Lléveselo!
Le dejó más corrido que una mona. Apoyó una mano sobre el electrodoméstico y tabaleó con los dedos.
- ¿Cuánto me daría?
- Veinte mil. Ni una peseta más. ¿Acepta?
- Bueno, de acuerdo. -. Murmuró entre dientes.
Lucas le extendió un talón al portador.
- Cóbrelo a la vez que cobra el otro. No tema, hay dinero suficiente. ¡Y si no lo hubiera, me lo fiaban!
Los dos socios ya no pintaban nada allí. Nelson comenzó a replegarse.
- Pues que les vaya bien...
- ¡Gracias, hombre! Y a ustedes lo mismo.
Juan Carlos tuvo un gesto que le honró. Antes de irse, y desafiando la mirada desaprobadora de Nelson, en un instante le explicó a Lucas el uso de cada llave.
- ¡Muchas gracias, muchacho! Tú te mereces algo mejor que la compañía de tu amigo...
El otro hizo un gesto con el que vayamos a saber lo que quería decir y abandonó el bar, siguiendo los pasos de su dueño y señor.
- Como dirían unos recién casados: ¡Al fin solos! -. Bromeó Lucas.
A partir de aquel momento todo fue coser y cantar. Ambas partes firmaron el contrato de arrendamiento, Lucas extendió el prometido cheque por la cantidad pactada más el primer mes de arrendamiento, que la Ureta parecía estar aguardando con ansias locas y, por último, se estrecharon las manos.
- Ahí dice por siete años. -. Afirmó María del Carmen Ureta. -. ¡Quiera Dios que sea por muchos más!
- ¡Ojalá! Y que lo veamos todos.
- Oiga, Lucas. -. Intervino el abogado de la señorita. -. Y usted, negociando como negocia, con todos los respetos a mi ilustre colega, ¿para qué necesita de Letrados?
- ¡Porque también ustedes tienen derecho a comer! -. Y soltó una carcajada. -. Además, como suelen equivocarse a menudo, así tengo a quien echarle la culpa de mis fracasos. Son como chivos expiatorios que cargan con mis propios pecados...
Alegres y complacidos con las frases de humor de Lucas, ambos abogados y la señorita Ureta decidieron irse.
- ¿Se quedan ustedes aquí?
Lucas miró un instante a su mujer.
- Sí. -. Se dirigió a los otros. -. Vamos a tomar contacto con nuestras posesiones. ¡Ahora ya son nuestros reales!
- ¡Que tengan mucha suerte! -. Les deseó la señorita Ureta.
- Gracias. Y usted, ya sabe, a primeros de mes me llama y pasa a cobrar cuando quiera.
- De acuerdo, de acuerdo...
Los tres se marcharon. Lucas cerró la puerta con llave para que nadie les molestase y le dijo a Lucía:
- ¡Anda, entra y míralo bien por dentro! ¡Ya es nuestro!
Pasaron un rato revisando sitios, aparatos, cámaras... Vieron toda la mierda que había que limpiar, calcularon las inexistentes estanterías que habría que poner, si funcionaban el microondas y la cafetera... Al cabo, Lucía le preguntó:
- ¿Y ahora qué hacemos? Aparte de quitar toda la porquería que tiene encima...
- ¿Te lo digo? ¡Pues eso, cambiarlo de nombre!
- ¿Cuál le pondremos?
- No sé... -. Bromeó Lucas. -. LOS PIRATAS DE AMÉRICA o LOS BUCANEROS DEL CARIBE... Algo así le iría bien, ¿no? Lo digo por la putada que nos quería hacer el Nelson.
- Deja que sean tus hijos los que lo elijan. Ellos entienden.
Lucas la abrazó contra él.
- Sea el que sea, desde luego, y por mucho que lo piense, ¡nunca te lo digo!

 

A Capítulo 2                                                    A Menú                                                     A Capítulo 4

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