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Capítulo 2
"EL BUNKER"
- Así que estás sin trabajo, sin dinero, tienes
deudas con tu padre y, encima, no sabes qué hacer... ¡Pues lo llevas
de maravilla!
De esta forma se expresaba Lucas ante el novio de su hija, el cual,
sentado ante el piano, asentía a todas sus palabras.
- Pero, ¿cómo pudo engañaros de esa manera, a cuatro tíos como
cuatro castillos? ¡Es incomprensible!
- Pues, ya ve... Nosotros tan tranquilos, trabajando y, de la noche a la
mañana, o sea, de un viernes a un lunes, aparecemos, nos hallamos el
local cerrado y, cuando conseguimos abrirlo con unas llaves que tenía
no sé quién, vemos todo vacío: ni un ordenador, ni una impresora, ni
el fax. ¡Hasta se había llevado los aparatos de teléfono!
- ¿Y sin daros ninguna explicación? ¿Sin avisaros con alguna
conducta, no sé, dijéramos... extraña? ¿Así? ¿Por las buenas?
Su futuro yerno hizo un gesto de ignorancia, de impotencia ante el
desastre.
- Sí, señor, por las buenas.
- Pues parece que hubierais estado en babia...
Recordó que él mismo había estado muy a punto de asociarse con los
chicos en el negocio. Se trataba de una empresa de creación de
videojuegos y cada uno de los amigos, cuatro en total, había aportado
un millón de pesetas para figurar como socios del dueño de la misma,
el cual era el capitalista mayoritario y, por tanto, el que llevaba las
cuentas y la administración. Ellos se limitaban a trabajar y a diseñar
juegos que, por cierto, no tuvieron ningún éxito. El otro se ocupaba
de las gestiones comerciales y de los Bancos. Habían empezado
trabajando para él como empleados, sin contrato, hasta que creyeron ver
el cielo abierto cuando su jefe les dijo que iba a asociarse con una
gente que aportaría liquidez a la Sociedad. Como jóvenes e inexpertos
que eran, cayeron en la trampa y le propusieron que no se asociase con
nadie más que con ellos cuatro, que ellos aportarían el capital
necesario. El jefe pareció dudar pero, al cabo, accedió. Era mejor,
les dijo, que fuesen los propios interesados los que invirtieran su
dinero en el trabajo; que quién iba a cuidar mejor de que las cosas
marchasen bien. Y les engatusó el muerto. Dos meses después, cuando
los chicos habían entregado el efectivo, que tuvieron que conseguir
empeñándose con sus padres, el fulano desapareció con todo el
mobiliario, que estaba sin terminar de pagar, dejándoles en la
estacada. ¡Menuda faena!
El caso es que Lucas le comentó una noche a uno de los socios que, por
su parte, podía estar dispuesto a invertir algún dinero en la empresa.
Es cierto que lo dijo bromeando y el otro, también en chanza, le
contestó que habría de poner por lo menos cuatro millones a cambio de
uno en acciones, que ahora la Sociedad valía mucho porque estaban
ellos, el material humano.
- ¡Muy caro se valoran éstos! -. Y pensó que si cuando se compran
duros a peseta casi siempre se sale trasquilado, si se adquieren pesetas
a cuatro veces su valor, el rapado es seguro y casi al cero. Sobre todo
cuando no se sabe nada del negocio y se ignoran todas sus características.
Dijo que se lo pensaría y ahí concluyó la cuestión.
La verdad fue que, al parecer, el listo de turno, o sea, el dueño,
aprovechó los cuatro millones de sus incautos empleados y liquidó
parte de las deudas que le atosigaban. Con el resto del patrimonio y con
las máquinas, salió de naja y, más tarde, se enteraron de que había
abierto otra empresa dedicada a lo mismo. Pero aunque le denunciaron no
pudieron obtener la devolución de su dinero. Y los chicos se fueron al
paro ya que, - parece que Dios les iluminó al menos en eso - cuando
invirtieron su capital, exigieron que se les hiciese un contrato y se
les diera de alta en la Seguridad Social. Al sinvergüenza le daba lo
mismo porque, si no pensaba pagar lo principal, menos le importaba lo
accesorio. El mismo abogado que llevó la demanda de reclamación de la
deuda también se ocupó de los trámites ante el Fondo de Garantía
Salarial y ahí sí tuvo mejor éxito: los chicos cobrarían. Tarde,
pero cobrarían.
Por aquel entonces, Lucas trabajaba en la obra del Recinto Ferial, lo
que más tarde se llamaría Parque de Don Juan Carlos I. Tenía un
trabajo cómodo, medianamente remunerado y sin ningún tipo de
compromiso. Su contrato estaba próximo a concluir pero él ya se había
cubierto las espaldas y, tras de mantener una conversación con uno de
los ingenieros de mayor mando de la empresa, se había asegurado de que
sería trasladado a otra obra próxima a empezar. Además se hallaba
estudiando el curso para acceder a la Titulación de Administrador de
Fincas Rústicas y Urbanas, con lo cual podría pretender un cargo,
dentro de la constructora, más acorde a sus conocimientos y trabajo de
siempre. De dinero estaba francamente bien, ya que la venta del piso
familiar les había permitido saldar todas sus deudas y mantener un buen
colchón económico, por si les hacía falta. Por todo ello, se
encontraba tranquilo, satisfecho y propicio a ayudar a la gente. Es lo
que le impulsó a plantear a Ramón, el novio de su hija, una posible
solución ante su falta de empleo:
- Y, vosotros, que salís tanto a tomar copas, que conocéis el ambiente
juvenil, la movida ésa que llaman, que contáis con amigos, ¿por qué
no montáis algo, un chiringuito, un local, un bar de copas, al que podáis
atraer a vuestra peña?
- Porque hace falta mucho dinero. -. Le aseguró Ramón.
- Yo tengo ese dinero. Hazme un estudio, proponme algo en serio y lo
estudiamos.
A la mañana siguiente, cuando le comentó a su compañero de la obra,
Alejandro, la oferta que le había hecho a su futuro yerno, el viejo -
como le llamaba Lucas - le dijo que había hecho muy mal.
- Mira, negocio que no lleves tú, personalmente, y en el que tenga que
ver la familia, se va a la ruina echando mixtos.
Alejandro hablaba así por experiencia propia. A sus casi sesenta años,
cuando podía estar tranquilamente disfrutando de sus tierras en la
provincia de Zamora, las cuales siempre había laborado con provecho y
fueron capaces de alimentar a la numerosa familia que tenía, solamente
era un peón especializado, con un favorable expediente en la empresa
dados su carácter serio y su fidelidad en el trabajo, con el empleo
asegurado de por vida, pero sin ninguna posibilidad de llegar a más,
tanto por edad como por su falta de estudios. Y había tenido negocio
propio, aquí en Madrid y, casualmente, bien cerca de donde, a no pasar
mucho tiempo, se hallaría EL HOBBIT. Influido por su mujer y con el afán
de que sus hijos pudiesen estudiar más cómodamente, un día aciago
vendió parte de sus tierras, arrendó otras - gracias a lo cual ahora
se hallaba con un sobresueldo - y se trasladó a la capital de España.
Compró un piso, adquirió un local en la misma casa y, tras de trabajar
unos meses para la Constructora mientras iba componiendo sus ideas, se
lanzó a la aventura de montar una tienda de alimentación; un pequeño,
pero bien abastecido, supermercado, enfrente, justo, de un colegio de
Enseñanza Media. Según contaba, en la hora del recreo se hartaba de
vender bocadillos de tortilla de patata y botes de refrescos. Como era
de natural amable y bien mujeriego, las clientas le apreciaban y, muy
pronto, se hizo con una buena parroquia. Todo le iba viento en popa
cuando le comenzó a fallar lo que él más temía: la familia.
La mujer no atendía, y cuando lo hacía era de mala gana, su trabajo en
el negocio. Los hijos... Esos ya, ni pensarlo. Dijeron que los estudios
les ocupaban mucho tiempo y luego no les aprovecharon para nada, porque
nada llegaron a terminar, ni siquiera la Formación Profesional de
Primer Grado. Cuando iban a la tienda, ya sabía Alejandro para qué
era: a meterle mano a la Caja en cuanto él se diese la media vuelta.
Las chicas sí le ayudaron pero, según contaba, parecían tontas y
cobraban de menos. Al final, les hizo estudiar para peluqueras y ahí
supieron defenderse. El caso es que Alejandro, que había sido un buen
agricultor, resultó ser uno de tantos malos comerciantes, tal vez por
la mencionada falta de conocimientos que le llevaba a vender mucho género
pero, con tan escaso margen, que no le daba para cubrir los gastos y,
mucho menos, para vivir. La situación conyugal se fue deteriorando por
unas u otras causas - tal vez tendría bastante que ver la afición que
el zamorano tenía por las hembras - y, por último, desembocó en la
separación. Los motivos nunca se los confesó a Lucas. Siempre se evadía
diciendo que por la cuestión del negocio y por culpa de una cuñada. Lo
curioso es que los hijos se quedaron con el padre, aun los que eran más
pequeños y que, lógicamente, hubieran de haberse ido a vivir con su
madre, pero se negaron a hacerlo. Por esa razón, Lucas siempre pensó
que habría cuernos de por medio y, acaso, por ello mismo, Alejandro
nunca hacía bromas ni chistes de situaciones parejas de las que a
menudo se hablaba en la obra. Nunca se le oyó pronunciar, ni en sus
peores momentos de cólera por algo mal hecho, las palabras cabrón ni
cornudo. Las debía de haber borrado del diccionario de su cerebro.
Con el piso se quedó él, tal vez porque era el domicilio familiar de
los hijos y la madre no pudo conseguirlo. El local sí entró en litigio
y todavía deben de seguir en pleito. De momento, se tuvo que cerrar y
Alejandro volvió a trabajar en la constructora. Siempre hablaba del
pasado con nostalgia, pero más de cuando era joven y se corría buenas
juergas que de aquellos años de comerciante, de los que guardaba
amargos recuerdos.
- ¡No seas gilipollas! Tú que sí tienes estudios y capacidad, aguarda
que sea el momento y, entonces, móntate tu propio negocio. Pero no
ahora, que mandan los socialistas y todo es mirar por el obrero y nada
por el patrono, que después te quedas como yo, en la puñetera calle,
con una mano atrás y otra delante. Mientras, puesto que tienes buenas
agarraderas en la Empresa, trabaja un poco, guarda tu dinero bien
invertido y déjate de líos...
Y es que Alejandro era un poco fachilla, muy de derechas como decía él.
Todos los domingos oía Misa y, luego, por la tarde, cumplidos los
deberes para con Dios y para con sus hijos, se ponía hecho un pincel y
se iba de putas o a ligar a Pasapoga, que siempre andaba conociendo
mujeres de su edad o un poco más jóvenes que él. Y los lunes le venía
diciendo a Lucas:
- ¡Ayer corté orejas y rabo! -. Dándoselas de conquistador y hasta de
garañón, a sus años.
Lucas se reía con sus aventuras y, en el fondo, se alegraba de que el
hombre hubiera superado su problema sin necesidad de darse a la bebida
ni de degradarse moralmente.
Alejandro los tenía bien puestos, sabía lo que se hacía y un consejo
de él era muy digno de tener en cuenta. Eso lo sopesó Lucas aquella mañana,
cuando le contó lo de su yerno. Pero, como poco cuesta dar un consejo y
menos recibirlo, poco caso le hizo.
Su hija y el novio le trajeron un proyecto de instalar un chiringuito en
la playa, en la costa de Cádiz, con una armadura muy original: Consistía
en construir una pirámide de paredes de lona en cuyo interior se
albergase, casi, una sala de fiestas, para poder hacer actuaciones en
directo. Les preguntó que si habían calculado cuánto costaría y le
dijeron que sí. Repasó las cuentas y resultó que se habían
equivocado en un cero de menos.
- ¡Pero esto no es un negocio de verano! ¡Ésta es la obra de El
Escorial! -. Exclamó, cuando les hizo ver su error.
- No, si además hay pegas con la Licencia. Las dan por estas fechas,
pero parece que solamente las obtienen los del pueblo o los que tienen
influencia... -. Se lamentó su hija.
- Anda, buscad algo más cerquita y más asequible. Yo estoy dispuesto a
sufragar un gasto lógico, pero no a invertir todo mi capital en un
negocio en el cual vaya a terminar siendo tabernero.
¡Qué premonición debió de tener en aquellos momentos! Después
hablan de que si no existe la videncia del futuro...
Ya casi ultimándose Marzo, los chicos aparecieron todo ilusionados: Les
ofrecían, en alquiler, un bar en un pueblecito de la Sierra madrileña,
por un precio que encajaba dentro de las cifras que Lucas tenía en
mente y que le permitiría visitarlo muy a menudo, por la cercanía,
para controlar. Le explicaron todas las características: Que era una
construcción en piedra, con bar, almacén y cocina; una parcela
cerrada, bien sembrada de pinos y con bancos de piedra. Todo ello, en
medio de una colonia de doscientos chaléts que se llenaban durante
Julio y Agosto. Estaba a tan sólo hora y cuarto de Madrid, tanto en
tren como en coche, y el que se lo alquilaba era un amigo de toda
confianza que tenía una cafetería por Argüelles y que lo había
trabajado personalmente el año anterior. Este año no podía atenderlo
por haber montado la cafetería con las ganancias que allí obtuvo. El
alquiler sería desde Abril hasta últimos de Septiembre y la cifra
total poco más de quinientas mil pesetas, incluida luz, agua y gastos
de comunidad.
A Lucas no le pareció mala la oferta.
- Habrá que verlo. -. Les dijo.
- El caso es que hemos quedado en que, si queremos, podemos abrir para
esta Semana Santa. Solamente hay que hacer unos pequeños arreglos y
como, para esos días, aquello está lleno de gente...
- ¿Semana Santa en la Sierra? Hará mucho frío, ¿no?
- ¡Que va! -. Indicó su hija. -. Con nieve y todo, la colonia se llena
hasta los topes. Eso es lo que nos ha dicho el Poto.
- ¿El Poto? ¿Y quién es ése?
- Alejandro. El chico que nos lo alquila.
- ¡Pues vaya nombrecitos que os ponéis, hijos..! ¡Si a mi compañero
de trabajo, Alejandro, le llamo yo Poto, me abre la cabeza con un pico!
De cómo le liaron y qué rapidez se dieron en hacerlo todo de forma que
no fuera posible volverse atrás, es cosa que todavía ahora,
transcurridos los años, no puede comprender. El caso es que al
siguiente viernes, aprovechando su tarde libre, se fueron con la
furgoneta hacia Argüelles. Allí, en un bar muy bien decorado, conoció
al Poto. Era un chaval de grato aspecto, parecía serio y trabajador y
le invitó a un café.
- El chiringuito puede funcionar de miedo, pero hay que currárselo. -.
Le aseguró. -. Allí no valen los cansancios ni las bromas. Hay que
trabajar como un enano. Pero los beneficios merecen la pena. Mire, yo he
montado esta cafetería con lo que gané el año pasado trabajando,
solamente, dos meses allí.
Lucas miró en derredor y pensó que, si era cierto, el muchacho valía.
Mientras hablaba con él, estaba atendiendo al público, daba órdenes a
un empleado que tenía y disponía cada cosa en su sitio. ¡Tenía
madera!
En tanto, su futuro yerno y un amigo estaban cargando la furgoneta con
las bebidas que el Poto les había seleccionado para esos días:
Licores, refrescos, café... De todo había puesto un poco, lo que él
calculaba que venderían en ese fin de semana. Tanta tranquilidad, tanta
seguridad inspiraba que cuando le presentó una nota que superaba
ampliamente las ciento cincuenta mil pesetas, se las pagó totalmente
convencido.
- Se lo he puesto al precio que a mí me cobran. Yo no me gano ni un
duro en ello. Lo que quiero es que los chicos salgan adelante y así me
hacen un favor: El chiringuito sigue abierto este verano y no pierde
nada de su valor. Porque ya sabe usted lo que pasa con la gente si no se
abre un año, que se van automáticamente a los otros bares y pierde uno
la clientela.
- ¡Ah! ¿Es que hay otros bares en la colonia?
- Sí. Hay otros tres. Pero, lo que usted ha dicho, bares. Esto es una
terraza. Los viejos van a los otros sitios. Toda la gente joven viene al
nuestro. Y esos son los que se dejan los cuartos en cubalibres y en
cervezas. Los chatos de vino, sin despreciar a nadie, que los vendan los
demás.
No pudo por menos de reconocer que debía de estar en lo cierto porque,
aunque desconociera totalmente ese tipo de negocios, si tenía que
juzgar por lo que él mismo se dejaba en copas en los bares y en los
pubs, el asunto tenía que estar en los chavales. En la obra siempre oía
a los obreros más jóvenes decir que la noche anterior habían estado
hasta las tantas, tomando cubatas; sin embargo, ni él ni Alejandro,
cuando iban a tomar café ni después de comer, tomaban copa alguna. Había
gente mayor que sí lo hacía, que se bebía su copilla. Pero una y para
de contar. Los más jóvenes repetían. Luego sí debía ser cierto
aquello de que el negocio estaba en la juventud.
Convencido por todos estos razonamientos que se hacía mientras se
tomaba el café y veía al Poto trajinar incesantemente - fue lo único
que le dejó dudas, que su hija y el novio fueran capaces de trabajar
tanto - se encontró con la furgoneta cargada.
Iba con ellos un amigo de su yerno, que parecía que se metía de socio
con ellos porque movía mucha gente, como decían.
- ¡Cuando quiera!
- ¡Nos vamos para la Sierra!
Se despidió del Poto (dicen que le llamaban así porque le gustaban
mucho los potitos cuando era pequeño, ¡vaya incongruencia!) y se subió
a la Renault. Iban hasta los topes.
Como estaban cerca de la carretera de la Coruña, no tuvieron
dificultades en orillar el intenso tráfico que a partir de aquellos
momentos comenzaría a cubrir los accesos a la carretera. Los chicos le
aconsejaron no tomar la autopista sino que le recomendaron subir por el
puerto de Galapagar. Lucas, que no conocía el camino, se vio inmerso en
una verdadera maraña de curvas y conduciendo un vehículo cargado. No
le agradó demasiado.
- Pues si el camino es tan bueno, vamos apañados... -. Protestó.
- No, si mientras que no lleguemos a El Escorial y subamos la Cruz
Verde, la carretera no es mala...
No supo si sonreír o si acordarse del padre de alguien.
Efectivamente, pasaron El Escorial, subieron el puerto y, después, otro
de menos revueltas pero más largo, La Paradilla y, en un punto, le
dijeron que se desviase por un camino estrecho, de mucha pendiente. Como
la tarde estaba medio metida en lluvia y las nubes cubrían el cielo del
hermoso valle, a Lucas nada le pareció ni bello ni grandioso. Sin
quererlo, iba de malhumor. Estaba harto de tanto camino y tan malo.
- ¿Y hasta aquí van a venir a tomar copas vuestros amigos? ¡Pues yo
no vendría ni aunque me invitarais a comer angulas y cordero..! -.
Comentó. Los otros no contestaron.
Llegados al pueblo, Lucas creyó que habían alcanzado su destino.
- ¿Dónde es?-. Preguntó.
- Siga por ese camino...
- ¿Qué? ¿Por ese sendero de cabras?-. Y, definitivamente, ya sí se
asustó: El camino que se ofrecía ante sus ojos, delante del morro del
coche, era lo menos parecido a una autopista; lleno de polvo, de baches
y de fango. Todo junto, semejaba un infierno espeluznante para cualquier
conductor.
Cuánto tardó en recorrer el camino, con la musiquilla de fondo de
botellas chocando unas contra otras, atento a no meter una rueda en
cualquier bache de metro y medio de hondo, mejor no acordarse. Por fin,
tras doblar un rincón en el que se hallaban unos cubos de basura, le
dijeron que se dejase caer (o, al menos, eso es lo que él creyó
entender) por una calle en cuesta, franqueada por pequeños hotelitos.
Después efectuó un giro de casi ciento ochenta grados y subió una
pequeña rampa por la cual bajaba un río de agua. Se halló ante el
chiringuito.
- ¡Ya estamos! -. Exclamó alegremente su hija -. ¿Te gusta?
No supo qué contestar. Después del camino infernal que había tenido
que recorrer, con los nervios a flor de piel y con un miedo que hacía
que no le llegase la camisa al cuerpo, mantuvo silencio.
Los jóvenes se bajaron del coche y se dirigieron al quiosco de piedra.
Llevaban las llaves que les había dado el Poto.
- Nos ha dicho que diéramos la luz colocando no sé qué fusible.
Les costó abrir, pero lo consiguieron. Lucas, mientras tanto, estaba
sentado en un banco de piedra, contemplando toda la parcela. Anochecía
y caía una especie de calabobos. No. Definitivamente, no le parecía
que el sitio fuera muy agradable.
- ¡Pero si nos dijo que era fácil!
- ¡Pues aquí no hay ni fusibles ni nada que se le parezca!
Los chicos estaban discutiendo entre sí. Parecían tener problemas.
- ¿Qué sucede?
- ¡Que no hay luz! -. Le comunicó su hija.
- ¡Pues comenzamos bien!
¿Por qué no dijo, en aquella primera ocasión y ante la primera
dificultad, que de lo dicho no había más que hablar? Tal vez fue
porque los muchachos no se amilanaron y él no quiso ser menos.
Los chicos se fueron a llamar por teléfono, a casa del guarda. Hablaron
con el Poto y alguna impertinencia tuvo que decirles porque el caso fue
que salieron echando pestes. Para mayor colmo, la guardesa les dijo:
- Y de la cuenta que tienen, de gastos de todo el año, ¿qué hay?
- ¿Cuenta? ¿Qué cuenta?-. Preguntó Lucas a su futuro yerno.
- No sé, dice algo de los gastos de Comunidad. Ya lo aclararemos con el
Poto...
- Y de las luces, ¿qué os ha dicho?
- Pues que lo mismo han robado los fusibles, que estaban fuera. O que se
habrán caído...
- Entonces, aquí pintamos menos que la Tomasa en los títeres. -. Afirmó
Lucas -. Además, se va a poner a llover.
- Más vale que nos acerquemos a El Escorial y, mañana, podemos volver.
A la luz del día cambian todas las cosas y los problemas se diluyen.
Optaron por tomar la alternativa propuesta por Ramón y se dirigieron al
coche que, previamente, los chicos habían descargado.
- Dejaremos dentro las mercancías, aunque sea a oscuras y mañana...
Dios dirá.
La lluvia arreciaba cuando abandonaron el lugar. Lucas, sin el peso que
habían dejado, sentía vibrar el coche más ligero, como gustoso de
alejarse de aquellos lares.
- Igual que los caballos cuando saben que retornan a su pesebre
calentito y confortable, después de pasada la batalla. -. Se dijo.
¡Muchas batallas más tendría que pasar la pobre furgoneta hasta que
un día se despanzurrase contra un enebro! Pero eso, todavía lo
ignoraba su conductor.
Camino de El Escorial, los chicos mencionaron que lo mejor sería que
durmieran en cualquier sitio, para volver a primera hora.
- Yo prefiero volver a Madrid y volver mañana. -. Aseguró Lucas.
- Déjenos, pues, en el pueblo y ya nos las apañaremos nosotros solos.
Estuvo de acuerdo. Su hija le pidió dinero y se lo dio. Así empezaba
la larga serie de gastos que tan mal final tendría.
Les dejó a la puerta de un Hostal.
- Aquí pasaréis bien la noche y podréis cenar barato. Guardad todos
los comprobantes de los gastos. Después harán falta para Hacienda...
Por esos comprobantes averiguaría que del decoroso Hostal, nada de
nada: Los niños se hospedaron en un Hotel con más estrellas que la Vía
Láctea y cenaron en el mejor asador del lugar como, al parecer, por su
alta cuna, merecían.
A la mañana siguiente, los muchachos se desplazaron al chiringuito y
consiguieron encender las luces. Por lo que se enteró, Lucas tuvo que
reconocer que su futuro yerno había demostrado tener agallas, ya que,
ignorante de la menor noción de electricidad, se había atrevido a
colocar unos fusibles de bastantes amperios, así, a pelo y con la
corriente en marcha. Menos mal que no terminó como un cuchifrito.
Asimismo, Ramón trabajó como un enano en la puesta a punto de la
terraza. Méritos no le quitó ninguno. Pero la cuenta de gastos y de
dineros solicitados aumentaba de día en día...
Desde luego, les fue imposible abrir para Semana Santa, a pesar de lo
que habían dicho. Estaba todo demasiado manga por hombro y, además,
los chicos querían una decoración un tanto peculiar. ¿A qué tantas
prisas, entonces, pensó Lucas, en llevar la furgoneta hasta los topes y
soltar dinero por anticipado, aparte de alquilar por más tiempo del
debido? Podían haber esperado a la fecha que mejor previeran. Pero los
jóvenes se habían metido ya en la vorágine de su aventura y tiraban
adelante sin tregua, trabajando pero dándose la gran vida.
También Lucas colaboró, haciendo viajes con mercancía, con materiales
y, sobre todo, pactando con el Poto, al cual obligó a firmar un
contrato de alquiler temporal, en regla - a nombre de su hija solamente,
sin que constasen los otros dos, novio y amigo, con los cuales firmó un
contrato particular - y a que abonase las cuentas pendientes con la
Comunidad.
Mientras tanto, seguía trabajando en la obra e iba contándole a
Alejandro la marcha del negocio en ciernes.
- No acabará bien... -. Rezongaba el viejo compañero.
- ¡Sí, hombre! ¡Vas a ver como sí! No tiene por qué acabar mal.
Sin saber cómo, la voz se corrió por la obra.
- ¿Qué pasa, empresario...?-. Le decían los obreros.
- Creo que se nos establece usted... -. Le dijo el Jefe de Compras, que
le tenía inquina.
- Pues no, señor. Solamente le he montado un pequeño negocio a mi
hija, para este verano. Y, desde luego, queda usted invitado a tomar una
copa. De todas maneras, no se preocupe mucho por mí: estoy acabando el
cursillo de Administrador de Fincas y, si apruebo, me tendrán que
destinar a otra obra, de Jefe Administrativo. No creo que coincidamos
muchas veces...
Se hizo un inventario de la mercancía, tanto de la que habían
adquirido ellos como de la que se encontraba almacenada del año
anterior en el chiringuito y que el Poto les regaló, presionado por
Lucas.
- ¡Catorce botellas de Jhonny Walker! ¿Usted sabe lo que valen?
- Pues ve a por ellas, porque yo no te las pienso traer.
Y el Poto cedió. Después le diría Ramón que se las había reclamado
a él, pero Lucas, que ya conocía el paño, le contestó que, si insistía,
le mandara a hacer puños para mangas.
El treinta de Abril, por la tarde, se desplazó al chiringuito. Observó
que todo estaba en orden, que los chicos se habían meneado lo suyo y
que el sudor había corrido por sus espaldas. Pero, viendo el almacén,
también se percató de que se habían bebido más de la cuenta.
- Oíd, ¿no falta aquí mucho whisky?
- Es que han venido varios amigos a ayudarnos y les hemos tenido que
invitar... -. Fue la excusa.
Lucas no dijo nada.
- ¿Y de dormir, qué? ¿No decíais que alquilaban la casa de enfrente?
- Sí, pero piden demasiado para lo cutre que es. Ahí arriba, el
frutero alquila una, más cara pero que merece la pena...
- Pues a mí, la que he visto, enfrente, me parece correcta. Además,
solamente la necesitáis para por las noches; porque el resto del día
lo pasaréis aquí abajo, ¿no?
- Entretanto, se hospedaban en el pueblo, en un hostal. Todas las mañanas
bajaban andando hasta el chiringuito.
- Y de medios de transporte, para hacer compras, ¿qué?
- Bueno... Yo tengo una moto, pero habría que arreglarla. Harían falta
unas treinta mil pesetas.
Al otro día, primero de Mayo y, por tanto, festivo, inauguraban. Lucas
se dijo que lo mejor era esperar a ver qué pasaba, así que no se dio
por aludido ante la nueva petición de dinero pero sí que se preocupó
por la falta de planes, por la improvisación de que hacían gala.
Aquella noche, en su casa y ante su ordenador, repasó las cuentas.
Cuando se pagase lo que restaba del alquiler al Poto y se arrendase la
casa, estarían metidos en casi dos millones de pesetas de gastos. Vio
las compras: Eran correctas. Leyó los gastos: Hoteles, cenas y comidas.
No pudo evitarlo, pero le entró el cabreo. En todo lo que había
intervenido él, personalmente, podía haberse confundido ligeramente,
por desconocimiento del negocio, pero no aparecían errores de bulto. En
lo que habían hecho los chicos, empezando por su hija, habían gastado
el dinero sin cuidado. Tubos fluorescentes de colores a más de ocho mil
pesetas... Se rompió uno. Lucas compró otro, normal, de los baratos, y
un bote de pintura azul. Lo pintó y lo dejó secar. Lo puso y no se
notaba la diferencia. ¡Siete mil pesetas tiradas a lo tonto!
- Cuando se dispara con pólvora del Rey, ¡cuántos tiros se pegan al
aire! -. No pudo por menos de pensar.
Y parecía ser que el Rey, en esta ocasión Mago, no era otro que él.
- ¡El primo de los primos! ¡Eso es lo que vas a hacer tú en ese
negocio! -. Le había vaticinado Alejandro. -. O pierdes el dinero... o
te veo de tabernero.
El pareado tenía mala leche, desde luego. Mas a Alejandro había que
hacerle relativo caso. Siempre veía el lado oscuro de las cosas.
Por fin, aquella noche, se dirigió con su mujer y sus hijos al
chiringuito. Se inauguraba a las diez de la noche, con barra libre de
cerveza y de Sentencia de Muerte, un combinado que los chicos se habían
sacado de la manga y que, como su nombre indica, ponía casi en coma etílico
al que lo ingería en grandes cantidades, porque decían que entraba tan
bien que no te dabas cuenta.
Lucas llevaba sin beber casi cinco años pero quiso probar aquella extraña
mezcla de color azul. Bebió solamente un sorbito y su instinto de
antiguo bebedor le puso sobre aviso
- ¡Esto es una bomba!
Nevaba copiosamente, pero el mostrador del chiringuito estaba lleno de
gente que se atiborraba de licor.
-¿Ha visto qué éxito? ¡Con la que está cayendo..! -. Le comentó el
amigo del novio de su hija.
Lucas le observó. Parecía que el muchacho, que era quien había
confeccionado la Sentencia de Muerte, había ido catándola muy a
menudo, para encontrarle el punto.
- Cuando las cosas son gratis todo el mundo se apunta, aunque sea a un
bombardeo. -. Le respondió. -. ¿Y tú? ¿También te has apuntado?
El chico le sonrió, estúpidamente, confirmándole que estaba más que
medio borracho.
Menos mal que sus dos hijos, sin que nadie les dijera nada y sin haberlo
hecho nunca antes, se pusieron a ayudar en la barra. Allí estaban los
cuatro, Ramón y los tres hijos de Lucas, batiéndose el cobre. Y un
amigo, un poquejo raro él, poniendo una música que parecía sonar a
chino mezclado con canto gregoriano.
- Es lo que se lleva ahora, papá. ¿No ves lo animada que está la
gente?
- A la gente, invitándola a ese brebaje infame que le estáis dando, se
le anima muy fácilmente. Lo que ya dudo es cuando tengan que pagar...
El caso fue que, sobre la una y media de la madrugada, consumido ya el
potaje sentenciador y harto de cerveza, el público empezó a pedir
cubatas a troche y moche. El whisky, el ron y el vodka salieron a
relucir. Lucas se fijó en cuánto bebían las mujeres y en lo contentas
que se ponían. Parecía que el licor animara sus líbidos, de lo cariñosas
que se arrimaban a sus parejas.
Llegaron unos amigos de su hija y del novio y hasta el Poto hizo acto de
presencia. A todo esto, nevaba sin parar.
- ¡Lo que no haga la bebida! ¡Con lo calentito que se tiene que estar
en una cama..! -. Pensaba Lucas.
Le ofrecieron un cubata, que él rechazó.
- ¡Si es que hace frío!
- Yo, si hay café calentito, mejor. Y si no, me voy adentro del
chiringuito y allí me caliento.
A eso de las tres, pasada la oleada de público que, como había
previsto, se fue yendo más que animadillo, decidieron volver a Madrid y
dejar a los felices taberneros que se las entendieran con sus amigos y
conocidos.
- ¿Habéis hecho mucha Caja?-. Le preguntó a su hija -. Aparte de las
invitaciones...
-¡Ya lo creo! ¡No ves que, ahora, todos toman cubatas?
- ¡Pues me alegro! Eso es lo que hace falta... Al que tenéis que
vigilar es a vuestro señor socio. Le va la priva más que a un tonto
una tiza...
- ¡Pobrecillo! Es que tenía frío...
- ¡También lo tenía yo, no te fastidia! Pero hay otras formas de
combatirlo que el cogerse una tajada de padre y muy señor mío...
El retorno a Madrid fue infernal ya que, hasta que llegaron a El
Escorial, la nieve no dejó de azotarles. Tuvieron que parar dos veces
en el puerto a ver si amainaba y Lucas podía vislumbrar un corto trecho
de la carretera.
- ¿Qué, chicos, cómo se os ha dado lo de hacer de camareros? -. Les
preguntó a sus hijos.
- ¡Oye! ¡Pues es divertido! -. Exclamó uno.
- ¡Sobre todo, ver lo gilipollas que se pone la gente cuando bebe! ¡Si
se vieran en un espejo..! -. Se rió el mayor.
- Pues no se conocerían... Creerían que era alguien que les hacía
burla. -. Aseguró su padre.
Lucas recordó sus años de bebedor empedernido. Sabía de lo que
hablaba y con buen conocimiento de causa. ¡Menos mal que, en un resto
de cordura, supo apartarse de la bebida y, después, serenar su carácter!
- Pues si la cosa continúa como hoy, habrá que venir a echarles una
mano los fines de semana, sobre todo si el amiguete ése las coge como
hoy... -. Opinó el mayor de los chavales.
- ¡Ah! ¿Vosotros también os habéis dado cuenta?
- ¡Papá! ¡Había que estar ciego para no verlo! ¡Pero el menda no
iba sólo de copas! Algún que otro porrete se habría echado, porque no
hacía más reír y decir tonterías...
- ¡Porros? Eso sí que yo no lo noté. -. Aseguró Lucas.
- ¡Tú es que pareces nuevo! ¡Parece mentira, con todo lo que sabes y
lo listo que eres, que no sepas cuando un tío va de chocolate!
- Pues seré nuevo. -. Admitió. -. Yo, como jamás he probado otra cosa
que el alcohol, no distingo...
- Pues que sepas que casi todos los amigos de tu hija son adictos a los
canutos.
-¿Adictos?
-¡Sí, que se los fuman que da gusto! Y el famoso socio, el que más.
¡Se pone hasta el culo!
Continuó conduciendo sin hacer más comentarios. La cosa no le agradaba
lo más mínimo, pero estaba acostumbrado a oír hablar a los jóvenes
peones de la obra sobre el tema. Parecía que no tenía tanta
importancia como la gente mayor le daba y que la juventud gozaba con
aquel producto al cual atribuían menos daño que al alcohol. Pero pensó
que si las dos adiciones se unían, como parecía ser la costumbre,
entonces era cuando la mezcla sí podía dañar. Y mucho.
- ¡Vamos que, entre porros y whisky, por eso me ha dicho las tonterías
que ha querido! Y Ramón y... vuestra hermana, ¿también fuman?
- Únicamente a veces.
- ¡Pues esto hay que esclarecerlo! ¡Yo no estoy dispuesto a que se
beban ni se fumen en porquerías mi dinero, por mucho que trabajen! Además,
y eso sí que lo sé por experiencia propia, para trabajar hay que estar
más despierto que un lince y ser más listo que el hambre. Y
consumiendo todas esas mierdas revueltas no hay un Dios que dé un palo
al agua... Otra cosa que tampoco tengo clara es que sus amigos vayan a
venir hasta tan lejos, por esta maldita carretera, sobre todo si se
repiten muchas noches como la de hoy.
- ¡Esos, con tal de beber de gorra, van hasta el mismo infierno!
- ¿De gorra..? Yo les veía pagar.
- Ya lo comprobarás, cuando te presenten las cuentas...
Continuaron hasta Madrid y llegaron a casa. Como estaba bastante
cansado, Lucas no tardó en dormirse y se desentendió del asunto que le
traía tan preocupado. Pero en su sueño no pudo por menos de contemplar
un saco, con el fondo roto, donde caían las monedas y los billetes y
que, al ir a sopesarlo, siempre estaba vacío.
Se despertó temprano y se levantó a desayunar. Estuvo un rato leyendo
y se volvió a la cama. Era día festivo en la Comunidad de Madrid y no
tenía nada que hacer. Besó a su esposa e intentó iniciar un jugueteo
con ella. ¡Qué mal despertar tenía la condenada!
-¡Ay, déjame, que tengo mucho sueño y estoy cansada de la paliza de
anoche!
Lucas sabía que, si insistía, podría convencerla. Entonces fue
cuando, sin quererlo y sin prever las consecuencias, - que tanta
importancia tendrían en un futuro - su mujer le susurró:
- Me dijo la niña que no tenían nada de carne...
- ¡Pues hoy, que es fiesta, no sé dónde la van a comprar!
- Podían ir a Las Navas. Allí no es fiesta, porque ya es Ávila...
- ¡A esos ni se les ocurre! Además, ¿en qué van a ir? No tienen
coche ni moto. ¡Y a saber a las horas que se habrán acostado!
Su mujer le alcanzó el cigarro que estaba fumando y le dio una calada.
Después, mientras se lo devolvía, dejó caer:
- Te podías acercar tú. Si no tienes nada que hacer... Te llegas sin
prisas, miras lo que hacen, vais a comprar y, de paso, puedes echar esas
cuentas que tan raras las ves.
- ¿Meterme ahora ochenta kilómetros! ¡No me hace puñetera la gracia!
Algo en su interior le aconsejaba que haría mal yendo, que no iba a ser
oportuno. Se le pasó por la cabeza que pudiera tener un percance con el
coche y que algo se lo presagiaba, como intentando evitar el viaje. Pero
no, no iba a tener miedo y menos en aquel día, que no habría tráfico.
Él sabía conducir prudentemente y le iba de lo mismo tardar una hora o
una hora y media.
- Te insisto en que no me apetece en absoluto. Además, mientras llego,
seguramente habrán cerrado las tiendas. Había pensado en que podíamos
comer en algún sitio, aquí, en Madrid, tú, yo y los chicos. Si al
menos te vinieras tú conmigo...
- No. Yo no puedo. Tengo que arreglar ropa y cosas de los niños.
- ¡Mira que, si me hace autostop una moza, no respondo de mí! -. Bromeó.
- Pues yo sí estoy bien tranquila de ti... -. Le respondió ella,
mientras le besaba dulcemente.
De mala gana, se levantó del lecho. Mirándola con un reproche, pero
sonriendo, le soltó:
- ¡Pues no estés tan segura..! Que, a veces, en la variación está el
gusto.
Se fue al cuarto de baño y estuvo remoloneando un rato. ¿Se afeitaba o
no se afeitaba? ¡Bah! Tampoco rascaba tanto y no le apetecía en
absoluto andar rasurándose. No se iba a dar de besos con nadie.
Volvió a la habitación y vio que su mujer se había quedado dormida.
- ¡Me cago en la leche! ¡Y yo aquí, hala, a hacer el cabrón!
Se vistió unos vaqueros, camisa y un grueso jersey de lana. Tomó las
llaves del coche, cogió dinero y se detuvo a elegir los zapatos más cómodos
para conducir. Se los calzó y se dirigió al salón. De entre todas las
cintas eligió un par de ellas, selección de arias de ópera, las metió
en el bolsillo del grueso chaquetón de la obra, se lo puso y se arrebujó
en él.
- Después, en el coche, me lo quito, pero no sea que allí haga tanto
frío como anoche...
Habían dejado cerca la furgoneta y no tardó en llegar a ella. Se
despojó del chaquetón porque, efectivamente, hacía buen día. ¡Qué
diferencia de la nochecita anterior!
Y, escuchando la voz melodiosa de un tenor que interpretaba el "Nessun
dorma", de Puccini, arrancó el motor, enfilando lentamente las
calles. No tardó en alcanzar la carretera de La Coruña y, una vez
inmerso en ella, se dejó llevar, arrastrar casi, por el escaso tráfico
que había aquella mañana. La cinta de asfalto serpenteaba, ancha, cómoda,
reluciente y limpia por la lluvia caída durante la noche. No apretó
demasiado el acelerador y rondando los ciento diez kilómetros por hora,
introducida la quinta velocidad, se sintió, por primera vez en la mañana,
cómodo.
- No hay ninguna prisa. Fumaremos un cigarro y que pasen el tiempo y la
distancia...
Así, sumido en un sopor atento, acunado por la música de ópera y
quemando cigarrillos, se halló ante El Escorial sin percatarse apenas.
Cruzó por bajo de las arcadas y enfiló la sinuosa carretera camino de
la Sierra. Seguía relajado, a gusto, abrigado de todos y de todo, pero
ya su atención se despertó instintivamente: la calzada entrañaba más
riesgo, las curvas se sucedían una tras otra, sin pausa, y había que
estar ojo avizor.
La subida del puerto la realizó sin problemas, más despacio que otras
veces y sin ningún ánimo de competir con los dos solitarios coches que
intentaron adelantarlo y a los que dio paso ciñéndose a la derecha.
Vueltas y revueltas; subidas y bajadas, el pueblo, el camino de tierra,
los baches... Aferró el volante con más fuerza y se dejó caer. Hizo
el giro de ciento ochenta grados y, subiendo por la empinada cuesta que
hacía las veces de calle, se halló ante "El Bunker". No
estaba mal puesto el nombre, no, porque era el primer aspecto que ofrecía
a la vista: un bunker de aquellos de la guerra, un verdadero nido de
ametralladoras aunque en esta ocasión el nido pudiera ser solamente de
borrachos que, aunque no sucumbieran ante las balas, sí que caerían
bajo el influjo de las copas. El Bunker... Aquel nombre sí parecía
serio, no aquella tontería que, en principio, y así rezaba en el
contrato con los del grifo de cerveza, le querían poner: "Popeye".
- ¿A quién se le ocurriría llamarle "Popeye" a un bar? ¡Solamente
a un gilipollas, sin duda! -. Pensó.
Y no recordó si había sido a Ramón o al borrachín del socio. Pero sí
estaba convencido de que eso de llamar Popeye a un chiringuito en la
Sierra era una memez como la copa del pino más grande de la terraza.
- ¡Por fin! -. Exclamó. -. ¡Vaya caminito de mierda! Y eso que, hoy,
sin prisas, es hasta relajante...
E iba a detener el motor del coche cuando se dio cuenta de que el
quiosco estaba cerrado a cal y canto y allí no se veía a nadie.
- ¡Qué raro! -. Se dijo-. No han abierto esta mañana o es que han
cerrado...
Consultó su reloj. Eran las dos menos cuarto pasadas. No. Cerrar, no
podían haberlo hecho. Eso es que no habían abierto. ¿Qué habría
pasado? ¿Tan tarde se habrían acostado?
Un grupo de vecinos bajaba por la calle y se detenían ante las puertas
de El Bunker. Observaban que estaba cerrado y proseguían su camino. Caía
una pequeña llovizna, unas gotas apenas, que no impedían que la gente
dejara de pasear.
- Pues público hubieran tenido... -. Se dijo Lucas - ¡Y éstos no han
abierto! ¡Vaya manera de empezar a trabajar! Si no sirven el aperitivo,
no sé qué van a servir. ¡Tal vez la merienda o la cena!
Preocupado por si les hubiese ocurrido cualquier incidente, hizo girar
la furgoneta y tomó la cuesta para dirigirse hacia el pueblo. Alguien
tendría que saber de los muchachos y en el mejor sitio en donde podía
preguntar era en el mesón en que se hospedaban.
Retornó por el angosto camino, ahora ya más peligroso que antes por la
fina lluvia caída, y llegó a la plaza del pueblo. Aparcó y se dirigió
caminando hacia el hostal. La gente bullía por las callejas mal
empedradas. El sol empezaba a salir. Apenas si habían sido unas
nubecillas pasajeras.
El bar del hostal estaba repleto de gente, agolpada ante la barra. Se
dirigió a la misma y le preguntó al camarero que servía:
- ¡Oiga! ¿Sabe dónde se encuentran los muchachos del chiringuito de
la colonia? Es que no han abierto...
- ¡Van a abrir...! ¡Con lo tarde que han vuelto! Pasada la madrugada.
Ahí arriba están. En sus habitaciones. Desayunando. -. Le respondió
el hombre, que debía ser el jefe.
- ¿Dónde?-. Preguntó Lucas.
- Las habitaciones del uno al seis son las de ellos. En el primer piso.
¿Seis habitaciones? ¡Pero si ellos solamente cogían dos. ! Para su
hija y para los dos chicos. ¿Quién habría tomado las otras cuatro?
Subió por las escaleras y se halló ante un pasillo al que se abrían
varias puertas. En ninguna apreció numeración que las distinguiera. ¿Cuál
sería la uno y cuáles las demás?
Llamó, en principio en voz queda, a su hija. No le respondió nadie.
Insistió, ahora más alto. Nuevamente obtuvo el silencio por respuesta.
Se acercó a una de las habitaciones y escuchó a través de la puerta.
Nada. Después, otra. Lo mismo.
En la tercera sí percibió ruidos, risas, palabras... Golpeó con los
nudillos, suavemente.
La puerta fue abierta desde dentro y su asombrada mirada contempló el
interior de la alcoba.
Ramón, el novio de su hija, estaba sentado a una mesita, junto con
otros cuatro colegas. Vestían de forma harto informal: El que no iba en
calzoncillos, estaba en pantalones de pijama. Únicamente un muchacho
estaba totalmente vestido. Era el que ponía la música tan rara. En la
cama, acostados, se hallaban uno de los conocidos de su hija y una amiga
de ésta. Él con el peludo pecho al aire y ella medio en cueros, según
podía apreciarse. Su hija no se encontraba en la habitación. Todos
hablaban animadamente hasta que le vieron en el umbral.
Sobre la mesita se veían unos botellines de batidos, unas tazas de café
y una botella de whisky medio vacía. ¡Buen desayuno!
- ¡Hola! -. Saludó. - ¿Qué hacéis?
- Ya ve... Desayunando. -. Le contestó Ramón.
- Pero, ¿vosotros sabéis qué hora es? ¿Cómo es que todavía estáis
aquí y no habéis abierto el bar?
- ¿Con lo que llueve? ¡Si no hay nadie por la calle!
- ¡Pues las puertas del chiringuito estaban llenas de gente! -. Exageró
Lucas. Y preguntó: - ¿Y mi hija?
- Duchándose. Ahora viene.
Mientras tanto, la chica que estaba en la cama se había levantado y se
estaba lavando la cara en un pequeño lavabo. Como había supuesto
Lucas, solamente lucía una pequeña camiseta que apenas si le cubría
los pechos y unas braguitas que dejaban al aire sus bien torneadas
piernas. ¡Y delante de, al menos, seis tíos!
- ¡Poca vergüenza! -. Pensó.
En eso se abrió la puerta y apareció su hija, envuelta en un largo
albornoz y con una toalla liada a la húmeda cabeza. Era cierto que venía
de la ducha.
- ¡Hola, papá! ¿Cómo tú por aquí?
- Pues porque tu madre...
Pero no quiso dar más explicaciones sobre la insensatez que le había
conducido allí y que le había obligado a enfrentarse con la escenita
de marras.
- ¡Venga! ¡Hay que abrir el chiringuito! ¡Vestiros!
- ¡Pero si no hay nadie! -. Protestó el socio, que todavía estaba
recuperándose a medias de la pasada borrachera. Se conoce que el whisky
en ayunas mata la resaca...
- ¡Ya te digo que está el camino repleto de gente! Además, aquí ya
no pintamos nada. Dentro de poco será hora de comer, aunque acabéis de
desayunar. Aparte de que las señoritas necesitarán de cierta intimidad
para vestirse, ¿no?
- Yo me voy a mi habitación, papá. Dentro de un instante estoy
preparada. -. Aseguró su chica.
- Lo que no veo lógico es que abramos el chiringuito. -. Añadió Ramón.
-. Después de una inauguración, al siguiente día no se abre. Es la
costumbre.
- ¡Será la costumbre de los que no quieren ganar dinero! Pero nosotros
sí queremos. ¿O no? Yo trabajo todos los días. ¡Uno sí y al
siguiente también!
Hubo un mosqueo general entre los muchachos presentes. A casi todos los
conocía Lucas de vista y con alguno había charlado más de una vez. En
aquel instante, cualquier buena opinión que hubiera podido tener acerca
de ellos había desaparecido. Empezando por el novio de su hija.
- Bueno, ¿venís o no?-. Preguntó. En su voz se empezaba a hacer
patente el cabreo.
- Nos tenemos que vestir...
- Venga, pues dame las llaves que me voy yo y abro. ¡Tú! -. Se dirigió
al que estaba vestido y le dio una orden -. ¡Vente conmigo y me ayudas!
El chico no rechistó y le siguió cuando, tras recoger el manojo de
llaves que le tendió Ramón, comenzó a bajar la escalera.
- ¡Mucho cachondeo es lo que tenéis vosotros, me parece a mí! -.
Comentó una vez que se metieron en el coche. - ¿Qué, estaba rico el
desayuno con whisky?
El otro le respondió, tímidamente:
- A mí no me pregunte, que yo no bebo.
- Ya... Y tampoco fumarás porros, ¿verdad?
Ante esta pregunta, su acompañante guardó silencio.
Lucas iba de una mala sangre que amenazaba con explotarle por las
sienes. ¡Menos mal que su hija no estaba en la habitación cuando él
entró! ¡Anda que si la que llega a encontrar en la cama con el guarro
aquél llega a ser ella! ¡Y la amiga, la tía tan campante! Acababa de
pasar la noche, o el poco rato que les había dado tiempo tras de la
juerga, con un maromo que no era su novio (porque al novio, o por lo
menos al que ella así llamaba, le conocía y no era aquél) y que, además,
tenía cara de cerdo y la muy guarra de ella se lucía delante de los
demás. ¿Sería asquerosa?, por no llamarla algo más fuerte.
Entonces recordó las palabras del Poto, aquellas que le dijera el día
que se conocieron:
- Trabajando duro, ¡pero muy duro!, harán dinero.
Y recordó sus dudas acerca de la capacidad de los chicos para hacerlo.
También le pareció oír a Alejandro aconsejándole aquello de que
"negocios con la familia, malos eran de iniciar..."
- ¿Os habéis acostado muy tarde? -. Quiso saber.
El muchacho de la música le aseguró que sí.
- De madrugada.
- Supongo que todos borrachos...
- ¡No, ya le he dicho que yo no bebo! Bueno..., Ramón y su hija iban
un poquejo alegres. ¡Los demás llevaban un pedo..!
- ¿Y por eso no se han vuelto a Madrid, no? Para dormir la mona... Han
alquilado las habitaciones y ¡hala, tan tranquilos!
El otro calló.
Mientras, Ramón y sus amigos continuaban en la habitación sin hacer la
menor intención de vestirse ni de obedecer las instrucciones recibidas.
- ¡Yo esto no lo aguanto! -. Gritaba Ramón - ¿Pero qué se ha creído
ese señor, que me va a decir a mí lo que tengo que hacer? ¡Faltaría
más!
- Es mi padre, cielo. Y, además, ha puesto el dinero. -. Medió su
novia -. Lo que no sé es por qué habrá venido. Papá no es tan
cotilla como para presentarse por sorpresa.
-¡Pues bien que te ha jodido! -. Le comentó un colega. - ¡Te has
echado un jefe de armas tomar!
A Ramón no le hizo gracia la broma.
- ¡Pues no estoy dispuesto a consentirlo! ¡Aquí hay que aclarar quién
es el jefe! ¡Vamos, no te jode! Sí, voy a ir al chiringuito y a poner
las cosas en claro, ¡ya lo creo que sí!
- ¡Y encima entra y me ve desnuda en la cama! -. Se quejó la otra
chica. - ¡Será viejo verde, que no me quitaba ojo de encima!
- ¡Oye! ¡A mi padre no le insultes! -. Defendió la hija de Lucas. -
Primero, porque no es viejo y, sobre todo, de verde, nada. ¡Si saltas
de la cama medio en pelotas, delante de todos, tú tendrás la culpa de
que te vean y se fijen en ti!
Lucas y su obligado acompañante llegaron en tanto al chiringuito y
estacionaron en la misma entrada. Descendieron y se dirigieron a la
puerta metálica.
- A ver si soy capaz de abrir, que no lo he hecho nunca...
No se le dio mal y lo consiguió al segundo intento. El interior de El
Bunker estaba patas arriba, cada cosa tirada donde mejor había rodado.
Botellas vacías, vasos a medio terminar y un pestazo a licor que
tumbaba de espaldas...
- ¡Parece una cuadra! ¡Vaya manera de cerrar un local! -. Comentó.
El chico no dijo nada.
-Vamos a quitar los cierres. Creo que antes hay que abrir unos candados.
Veremos si se acordaron de echarlos...
Sí se habían acordado. Los cierres estaban bien asegurados y fue fácil
abrirlos. Quitarlos, ya les costó más, porque se trataba de tres
pesados portones de hierro que había que descolgar a pulso desde el
exterior.
- ¡Hecho! ¡Ya está! Y ahora, a ver si viene gente. Por cierto, ¿cómo
se echa una cerveza? Yo no tengo ni idea. ¿Tú lo has hecho alguna vez?
- No. Nunca. Pero debe ser sencillo.
- Sencillo será bebérselas... Eso sí me era muy fácil. -. Y agarró
el tirador del grifo y empezó a escanciar el líquido amarillo en una
copa. - No hace espuma.
- Creo que, al final, hay que apretar para dentro. -. Le explicó el
muchacho.
- A ver... Sí, efectivamente. No me ha quedado muy mal. Vamos a probar
con otra.
Después de cinco intentos fallidos consiguió servir una caña en
condiciones.
- ¡Cualquiera diría que he nacido para esto! ¡Si me vieran mis amigos
y mi familia..!
En aquel momento entraron en la terraza cinco hombres mayores. Se
acercaron a la barra y dijeron:
- Creíamos que ya no abrían hoy. Hemos estado dando vueltas por ahí
hasta que les hemos visto.
- Ya ven... Se nos ha hecho tarde. -. Se excusó Lucas.
- ¿Nos pone cinco cortitos?-. Le pidió uno.
- ¿Cinco qué..?-. Se extrañó.
- Cinco cortos de cerveza... -. Le explicaron.
¿Y dónde estarían las copas de cortos? ¿Es que acaso tenían? Miró
por debajo del mostrador y le pareció ver unas cañas más pequeñas
que la que había utilizado para aprender a echar cerveza. Cogió una y,
mostrándosela a los clientes, preguntó:
- ¿De éstos?
- Claro, cortos.
Y aprendió lo que eran los cortos y a echarlos. Era más complicado que
las cañas porque al ser más pequeños había que tener cuidado con la
espuma, pero los sirvió.
Acababa de debutar como camarero. Y las palabras de su compañero
Alejandro resonaron nuevamente en su memoria. ¡Qué razón tenía el
jodío! Pero, no. Tan sólo se trataba de aquel momento y de aquellas
circunstancias. En cuanto vinieran Ramón y su socio, abandonaría el
puesto.
Efectivamente, los chicos no tardaron en llegar. Hasta les dio tiempo de
ver cómo acababa de servir a los clientes. Cuando estos le pretendieron
pagar y le preguntaron cuánto le debían, se quedó mudo. ¿A cuánto
cobraban el corto? ¡Ni pajolera idea!
- No, hoy no se cobra. Invita la casa. Por lo de la inauguración, ¿saben?
- ¡Pues muchas gracias! -. Le saludaron efusivamente.
- A ustedes por venir. Ya saben dónde estamos...
¡Jolín, qué bien le estaba quedando lo de atender al público! Como
si lo hubiera hecho toda la vida...
Sonrió a su hija, que había entrado y se había puesto a su lado.
- Os acabo de hacer unos clientes para todo el verano, ¿ves?
- ¡Qué padre más salado tengo! -. Le abrazó ella.
- ¡Qué va! Si lo que ocurre es que no tenía ni idea de cuánto
cobrarles... ¡Pero déjate de zalamerías y explícame lo de anoche y
esta mañana! -. Exigió -. ¡Con estos cachondeos no vamos a parte
alguna!
Su hija iba a comenzar a decirle algo cuando Ramón la interrumpió:
- ¡Lo que hay que dejar en claro es quién manda aquí! No me parece lógico
que nos obligue a venir así, por las bravas, a abrir para cuatro
mierdas de clientes...
Lucas le dirigió una mirada fulminante.
- Mira, para empezar no eran cuatro sino cinco. ¡Y de mierdas, nada!
Eran clientes, clientes que vais a tener todo el verano y a los que hay
que atender porque son los que te van a dar de comer. En cuanto a quién
manda, creo que quedó más que claro. Mandáis vosotros. Yo no quiero
ni pienso meterme en vuestras cosas; pero una vez que vea que sabéis
caminar, no antes; como se hace con los niños. ¿Entendido? No voy a
dejar que os deis la hostia por respetar vuestras libertades.
- Yo no soy un niño y sé caminar de sobra. Y si no, mire usted toda la
gente que tuvimos anoche...
- ¡Me parece de perlas! Pero si hubierais abierto esta mañana, habríais
metido más dinero en la hucha. ¿O es que os sobra con lo que hicisteis
ayer? ¿Ya habéis acabado el verano y habéis cubierto todos los
gastos? ¿Lo tenéis todo hecho ya, acaso?
- Yo lo hago a mi manera.
- Pues, hijo, yo lo hago a la mía. A ver, ¿qué se vendió anoche y dónde
está el dinero?
El muchacho no respondió. Dirigió una mirada, que Lucas interpretó
como angustiosa, a su novia.
- Papá, es que hemos tenido muchos gastos... -. Musitó la chica.
- ¿Gastos? ¡De acuerdo! Claro que hay que tenerlos para vender, que la
bebida tiene un precio de coste. Pero, por favor, ¿me queréis hacer un
desglose?
- Pues, mira, por ejemplo, aquí tenemos la factura del hostal, que la
acabamos de pagar.
Lucas le echó un vistazo rápido e iba a pasar de ella cuando se fijó
en lo que marcaba la última noche.
- ¿Seis habitaciones..?
- Sí. Nos lo han cargado todo junto. Lo nuestro y lo de los que se
quedaron porque ya era muy tarde.
- No lo entiendo, pero supongo que vuestros amigos, aquí presentes, os
lo pagarán.
Reinó un hosco silencio que ninguno de los jóvenes se atrevió a
romper.
- ¿O es que también invitáis a vuestros amigos a dormir? ¿También
les pagáis la cama? Porque el polvo, ¡algunos lo tienen por la cara!
-. Y miró con dureza a la pareja que había pillado en tan comprometida
situación. Ambos callaron.
De improviso, Ramón se salió de sus casillas:
- ¡Pero, bueno! ¿Es que nos va a controlar hasta los polvos? La época
de los negreros ya pasó, ¿sabe?
- ¡Y la de los gilipollas también! -. Respondió Lucas. - ¡Y me
parece que aquí yo lo estoy haciendo y a conciencia! Yo no estaba
pidiendo nada más que lo que es lógico, pero si tanto te jode que
pregunte, nos callaremos y en paz. Pero cerramos el chiringuito y esto
no se abre hasta que yo me lo tenga muy pensado y las cuentas estén muy
claras. ¿Habéis entendido? Pues, ¡hala!, a casita que llueve. Tenéis
coche para volver a Madrid, así que yo me vuelvo por mi cuenta. Claro
que tú, niña, - se dirigió a su hija - te vienes conmigo, a ver qué
opina tu madre de todo el asunto.
La chica se quedó callada. Le miró con aquellos grandísimos ojos
azules que tantas veces había contemplado y besado desde cuando era tan
sólo un bebé. Ahora ya era casi toda una mujer. Una agüilla pugnaba
por asomar a las pupilas brillantes. A Lucas le dio un vuelco el corazón.
- No, papá. Yo me quedo con Ramón y los demás. Ya os llamaré.
- ¿No te vienes conmigo?-. Se extrañó, dolido.
- No. Quedándome puedo solucionarlo. Y, además, mi sitio está junto a
mi novio.
- ¡Tu sitio está junto a tus padres..! -. Exclamó Lucas.
Y comprendió que acababa de meter la pata hasta el corvejón. Ya no iba
a ser una cuestión de negocios. Ahora se iba a dilucidar un tema
familiar y, como dijera Alejandro, aquello era mucho más peliagudo. Una
vez más, el viejo acertaba en sus conclusiones. ¡No, si cuando dicen
aquello de que más sabe el Diablo por anciano que por Diablo..!
No quiso proseguir la discusión. Mejor sería dejar las cosas como
estaban y aclararlas cuando estuvieran más calmados. Sin embargo, no
pudo reprimir un pensamiento de aversión hacia el novio de su hija. ¡A
ver si todo aquello de la estafa era pura filfa y lo que ocurrió era
que el jefe de la empresa de videojuegos les había puesto en la calle
por lo poco trabajadores que eran o por lo que se gastaban..! No supo qué
pensar.
- Toma. -. Le tendió las llaves a Ramón. -. Coged lo que sea, si es
que hay algo dentro que necesitéis y cierra. Nos lo pensamos y después
decidimos. Mientras tanto, a cal y canto.
El novio de su hija no dijo nada. Se limitó a colocar los cierres con
la ayuda de sus amigos y a poner los candados interiores. Después, le
devolvió las llaves y todos desfilaron en silencio.
Lucas se introdujo en la furgoneta. Desde allí llamó a su hija:
- ¿De verdad no te vienes conmigo? Yo creo que sería lo mejor.
- Papá, no insistas. Yo voy a tratar de convencer a mi novio de qué es
lo que hay que hacer. Si no estoy a su lado, no podré hacerlo.
- Mucho me temo que ése tiene ya mucha más influencia sobre ti que
yo... Y que, al final, harás lo que él mande. ¡Puede que sea ley de
vida!
Se dieron un beso a través de la ventanilla.
- Pero no dejes de llamarme mañana mismo, ¿eh?
- Así lo haré.
Lucas inició la vuelta hacia Madrid con el ánimo alicaído. Ya ni puso
las cintas de música. Condujo todo el rato ensimismado en la misma
idea: ¡Le habían llevado al huerto!
Cuando llegó a casa, le explicó a su mujer lo sucedido.
- ¡Fuiste oportuna enviándome a comprarles carne!
- ¡Así te has enterado de lo que no sabías!
- En eso llevas razón, porque si sigo a ciegas... ¡éstos me roban
hasta la camisa! Bueno, a ciegas no estaba porque veía las cuentas y no
me cuadraban, pero no conocía más que de pasada el carácter del novio
de tu hija. Ahora que le he visto en su salsa, creo que no vamos a hacer
buenas migas... No sé, ¡estos chicos de ahora..! Y lo que más me ha
fastidiado ha sido lo de la niña. ¡Preferir quedarse con él a venirse
conmigo!
- Eso es lógico. -. Respondió ella.
- ¿Lógico quedarse con el novio en vez de venirse con su padre?
- ¿No hice yo lo mismo, hace años? Y tú. Todos lo hemos hecho cuando
hemos sido jóvenes.
Lucas tuvo que reconocerlo. Tiran dos tetas más que dos carretas y dos
cojones más que dos camiones. ¡Otra vez el refranero, aunque fuese
modernizado al siglo veinte!
Pasaron dos días y su hija no les llamó. Amaneció el sábado y
transcurrió la mañana. El teléfono seguía en silencio. Lucas decidió
que ya había pasado bastante tiempo sin que diese señales de vida. ¿Qué
lavado de cerebro le estaría haciendo aquel individuo?
A Lucas, en esos días que había tenido ocasión de hablar con
Alejandro y le había referido los hechos, también le estaban lavando
el coco.
- ¡Ése es un chulo de mierda y te ha tomado por el pito del sereno! Se
ha creído que todo el monte era orégano. ¡Y menos mal que tu mujer te
obligó a ir, que si te quedas en la cama, durmiendo, ni te enteras de
la misa la media! Mira, el amo de los cuartos eres tú; así que, que no
se anden con historias, que si quieres les cortas el suministro y les
dejas más secos que los huesos de mi abuela. ¡La pasta manda, amigo mío!
Y, hoy por hoy, tú eres el que la tiene. Si no, ¡que la pongan ellos!
Porque, hasta ahora, ¿qué es lo que han puesto? ¿Trabajo? Eso lo sabe
hacer cualquiera. Te hubiera salido más barato coger dos empleados,
pagarles cien mil pesetas mensuales y te habían dejado el chiringuito
como los chorros del oro. ¿O no? Y les habías tenido a tus órdenes y
sin discusiones. Ya te lo dije... ¡Malo con la familia!
- Llevas razón. Como siempre, jodío viejo, llevas razón.
El sábado por la tarde, decidido, tras de haber puesto a sus hijos al
corriente y llamado por teléfono a casa del novio, donde no le
contestaron, montaron todos en la furgoneta y se marcharon para la
Sierra. Miles de pensamientos raros no dejaban de bullir por su mente.
¿Habrían secuestrado a su hija? ¿La habrían pegado para que no les
llamase? ¿Qué significaba aquel silencio? Desde luego que iba a exigir
una explicación y bien clarita. ¡No sabían aquellos niñatos quién
podía llegar a ser él!
Recordó cuando se celebró la pasada huelga de la construcción y el
representante de U.G.T. se dejó caer por el almacén de obra y, así,
al soslayo, le insinuó:
- Supongo que te unirás a la huelga y el almacén permanecerá cerrado,
¿verdad?
- Tengo órdenes precisas del Jefe de Obra de mantenerlo abierto por si
los servicios de urgencias necesitan herramientas. Así que, ¡no
tenemos más remedio que abrirlo y estar..!
- Pues no sería raro que un ladrillo vuele por los aires y alcance un
cristal de tu furgoneta...
Lucas se levantó de su silla. Alejandro guardaba silencio.
- Mira... Tú te llamas Julián Quiroga, ¿no? Y eres el representante
del Sindicato. ¡Pues me parece cojonudo! Tú cumples con tu obligación,
pero yo debo cumplir con la mía.
Se acercó a la estantería y cogió una maceta de hierro.
- Si un ladrillo vuela por los aires y me rompen un cristal, ya sé yo
que no vas a ser tú quien lo tire. Lo tirará otro; cualquiera de tus
secuaces. Pues, bien, Julián Quiroga, yo te aseguro, como me llamo
Lucas, que si tal cosa ocurre, esta maceta te partirá a ti la cabeza.
No pienso buscar al que me haya roto el coche. Te buscaré a ti y te
pagaré con la misma moneda. ¡Y reza porque mientras dure la huelga no
tenga ni un ligero arañazo en la furgoneta, aunque sea a cien kilómetros
de la obra! ¿Has entendido?
El otro protestó:
- Yo no te estoy amenazando; solamente te estoy advirtiendo de lo que
puede pasar...
- ¡Pues yo sí te amenazo! Y no por lo que pueda pasar, sino por lo que
pasará, como hay Dios, aunque tú no creas en Él.
Sería inútil decir que el coche de Lucas permaneció intacto durante
todos los días que duró la huelga. Un buen gesto a tiempo vale más
que mil palabras...
La solución al dilema actual la obtuvieron nada más llegar ante El
Bunker: El chiringuito estaba abierto, su hija y el novio en la barra
despachando y una pandilla de amigos de ellos tomando copas.
Lucas irrumpió en medio de la terraza con el coche y pegó un frenazo a
pocos metros del murete de piedra. Estaba desencajado. ¡Así que se habían
permitido abrir en contra de lo que él había ordenado!
Bajó y se dirigió al mostrador.
- ¿Qué hace esto abierto?-. Gritó más que preguntó. - ¡Creo que
mis instrucciones eran precisas! Y tú... -. Se dirigió a su hija. - ¿Por
qué no has llamado?
- Hemos abierto porque no teníamos dinero para volver y había que
vender algo. Además han venido estos amigos y había que atenderles.
- ¿No teníais dinero? ¿Ya os habéis gastado toda la recaudación de
la primera noche?
La escena que siguió fue escabrosa. Dieron el espectáculo ante los
muchachos que estaban presentes. Eso a Lucas se le daba una higa, pero
que le tomaran por tonto... Gritos, insultos, amenazas... A las manos no
llegaron, pero le faltó poco. A todo esto, Ramón estaba más corrido
que una mona y apenas si mascullaba pobres excusas. Por fin, Lucas se
sentó ante una de las mesas de piedra y se quedó en silencio.
- ¡La hemos cagado! -. Fue lo único que acertó a decir.
Y se sumió en un hondo mutismo, mientras analizaba la situación.
Si allí cada uno iba a hacer lo que le diera la gana, mal porvenir tenía
el negocio.
- Por cierto... -. Rompió, por fin, su silencio. -¿Cómo habéis
abierto, si las llaves las tenía yo?
- Teníamos otra copia que hicimos...
- ¡Redios! Ya no se puede uno fiar ni de la propia hija...
Ramón se plantó delante de él.
- ¿Me permite que me siente? Desearía que habláramos...
- ¡Sí, hombre! ¡Si eso es lo que yo quiero, que os expliquéis de una
puñetera vez!
El muchacho se acomodó enfrente suyo.
- Mire, hemos pensado que podíamos continuar nosotros solos con el
negocio. Así. usted no se lleva disgustos y nosotros vamos a nuestro
aire.
Lucas le observó, ceñudo.
- ¿Y con qué dinero?
- Con el nuestro, naturalmente.
Por primera vez en toda la tarde, una sonrisa se esbozó en el rostro de
Lucas.
- ¡Me parece de maravilla! Porque, juntos, la verdad es que no creo que
llegásemos a parte alguna. Muy bien.
- ¿Cuánto va invertido hasta ahora?-. Le preguntó el socio.
- Calculo que un millón doscientas mil... Y os queda por pagar la mitad
del alquiler. Y si alquiláis la casa...
- Es decir que tocamos a cuatrocientas mil cada uno más lo que reste
por abonar.
-Sí, en total serán unos dos millones de pesetas. Pero en este
momento, solamente he puesto lo dicho: Un millón doscientas. De las
cuales, si quitamos cuatrocientas mil, que ésas las pongo yo por mi
hija, os quedan ochocientas por pagarme. Con eso, disolvemos el
contrato.
- Necesitaríamos esas ochocientas mil que faltan... -. Murmuró Ramón.
- Alguien os las puede dejar.
- Nuestros padres no pueden. Estamos todavía pagándoles la deuda de la
estafa que nos hicieron.
- ¿Entonces..?-. Se extrañó Lucas.
- Si usted nos las dejara...
Le empezó a sonar a cuento chino todo aquello.
- ¿Y cómo me las pagaríais?
- Con lo que nos deben del Fondo de Garantía.
- ¿Cuándo cobráis?
- No sé... -. Dudó Ramón. -. En unos meses.
- ¿Y, mientras tanto?
- Le iremos pagando con las ganancias que tengamos este verano.
Lucas acabó de comprender: ¡Pretendían devolverle su dinero, el que
habían malgastado y el que iban a malgastar, con las ganancias que soñaban
que iban a tener!
Tenía ganas de echarse a reír, pero pensó que los muchachos podían
tomarlo muy a mal y que comenzase de nuevo la discusión. Para
disimular, dirigió la mirada hacia arriba, hacia los árboles que cubrían
la terraza. En el extremo de la rama de un gran pino vislumbró un
cuerpecillo que se movía ágilmente. Pareció como que le guiñara un
ojo y corrió a refugiarse entre el follaje del árbol. Era una ardilla.
- ¡Ésa sí que es feliz y libre! -. Exclamó.
- ¡Quién? -. Le preguntó su hija.
- Una ardillita que acaba de esconderse entre las ramas del pino.
Se volvió hacia los chicos.
- Pedid el dinero a un Banco. Eso es lo que tenéis que hacer.
- No nos lo prestarán. Todavía tenemos pendiente el otro préstamo,
como le he dicho.
- Intentadlo. Por mi parte, la oferta sigue en pie. Yo pongo la parte de
mi hija, como un regalo. El resto me lo tenéis que pagar. Claro,
siempre que queráis quedaros con el negocio. Si no, rompemos la baraja
y ya veremos qué hacemos.
- Pero, ¿no le parece lógico lo que le pido? Nosotros podemos ganar
ese dinero y más durante el verano. También puede ser que nos paguen
antes de lo dicho lo del Fondo...
- ¡Y a mí me puede tocar la Lotería y mandaros a todos a hacer puñetas,
no te fastidia! Desde luego, machos, ahora empiezo a comprender un poco
al sinvergüenza que os estafó. Si es verdad que se marchó con la
guita, lo único que hizo fue ir un poco por delante de vosotros. Si no,
le hubieseis esquilmado, como habéis hecho conmigo.
Ramón pareció ir a soltar un improperio, pero la mirada fría de Lucas
le contuvo.
- ¡Habla! ¡Si no estás de acuerdo con lo que te he dicho, suéltalo!
Pero sabes que es la verdad. Y no es que piense que sois unos golfos. Es
que estoy convencido de que soñáis despiertos y encima os lo creéis.
Después despertáis con la cabeza dentro del orinal... Yo no. Yo
intento vivir la realidad. Y la realidad actual es que el dinero lo he
puesto yo; luego el negocio, en este momento, es mío y si lo queréis
para vosotros, me lo pagáis y todos tan contentos. ¡Y yo más que
nadie!
Se callaron. Los jóvenes comprendieron que Lucas no estaba dispuesto a
dar su brazo a torcer y éste se había percatado de que la tomadura de
pelo que pretendían pasaba de castaño oscuro. Si transigía, conociéndoles
como les conocía ya y con los resultados que habían obtenido, sabía
que a la postre tendría que acudir él a sacarles de un apuro mucho
mayor, si no por ellos sí por no dejar a su hija en mal lugar y
arruinada. ¡Imposible! Allí no cabían medias tintas y no podía
vacilar por mucho que se lo rogasen. Una vez se había hundido por no
discutir con otro familiar, por no poner los puntos sobre las íes en el
momento en que tuvo que hacerlo y no estaba dispuesto a que la historia
se repitiese.
- Pero, ¿y si lo intentamos, papá?-. Suplicó su hija. -. Nosotros
sabemos llevarlo. Tú no tienes a nadie que te lo lleve y, si cierras,
se perderá todo... Déjanos intentarlo.
Su padre hizo un gesto de negativa que no dejaba lugar a dudas.
- Mira, guapa, los experimentos, ¡ni con gaseosa! Y prefiero perder un
algo que no el todo. ¡Que no! ¡Que no me convencéis! Que tu novio y
tu amigo pidan el dinero a quienes pueden dárselo, que tampoco es
tanto, y con vuestro pan os lo coméis. Es mi última palabra. Y espero
que me contestéis el martes que viene. Aparte de que tú te la jugaste
cuando me respondiste que tu lugar estaba junto a él. En ese momento
comprendí que aunque, tal vez, lleves razón, si lo tenéis que
compartir todo en la vida, hora es ya de que comencéis a hacerlo.
Riesgos incluidos, no solamente los cachondeos. Te la jugaste y eso te
honra, porque demuestra que le quieres. Pero ante mí perdiste si no el
cariño de padre, que ése lo tendrás siempre, sí la confianza en una
hija, que creía que solamente yo poseía. Ya veo que no y lo acepto. Es
ley de vida, como dice tu madre; pero tragando. Y a mí no me gusta
tragar lo que no he mamado. No puedo comulgar con ruedas de molino. No
es mi estilo. Y te hago el regalo de tu parte, que en eso soy generoso,
que también podía exigirla. Pero, no. Eso, tómalo como un regalo de
bodas anticipado.
La discusión había concluido. Sobraban palabras por ambas partes y no
se trataba de marear la perdiz. Por ello, se tomaron unos refrescos y,
ya más calmados, se despidieron y partieron para Madrid. Atrás
quedaron los incipientes taberneros atendiendo el negocio que, a la
vista de la conversación, poco les duraría.
- ¡Joder, con tu padre! ¡Tiene una mala leche que tira de espaldas! -.
Le soltó Ramón a su novia. -. Si mi padre pudiera, sí que nos dejaba
el dinero...
- Tu padre puede conseguirlo. Lo que ocurre es que no te atreves a
embarcarle dos veces en el mismo fregado...
- Mi familia sí que no puede ayudarnos. -. Afirmó el socio. -No se fían
de mí. Aparte de que están a la quinta pregunta.
-¡Al padre de ésta le convenzo yo! ¡Quiera o no quiera, le tenemos
agarrado por las pelotas! ¡A ver qué hace con el chiringuito si no
estamos nosotros..! -. Presumió Ramón -¡No se va a venir él a
despachar! Al final, le guste o no le guste, va a tener que tragar.
La hija de Lucas frunció el ceño.
- Me parece que en eso te equivocas. ¡No sabes lo cabezón que es mi
padre! Y, además, están mis hermanos de por medio. ¡Esos no dejan
escaparse ni un duro si pueden evitarlo..!
- ¡Bah! Vas a ver como dice que lo ha pensado mejor y que sigamos
nosotros.
Sin saberlo, estaba en un craso error, como le había advertido su
novia. Mientras volvían en el coche, Lucas iba relatando en voz alta:
- ¡Capaz soy de resolver el contrato con el Poto, aunque me cueste algo
de dinero! Y, si no puedo, ¡venirme yo a atenderlo! O dejárselo a tu
hermano. -. Se dirigió a su mujer. - Ése, por lo menos, es honrado.
Porque, hija, la impresión que me había dado tu futuro yerno, y que
hoy he confirmado, es que es un perfecto caradura. ¡Seguro que a estas
horas le está contando a la niña que me tiene trincado por los cojones
y que voy a tener que tragar con cuanto él diga! Me apuesto lo que
quieras...
Parecía como que tuviera la capacidad de leer el pensamiento de Ramón
y estuviera escuchando sus palabras.
- Papá. -. Intervino su hijo mayor. -. Creo que no tienes que ceder en
nada, porque llevas toda la razón. Y solución, claro que la hay. Yo la
tengo.
Lucas volvió la cabeza hacia el asiento posterior.
- ¿Tú la tienes?
El chaval asintió.
- Sí. Siempre que tengamos ganas de trabajar. Y como ya se habló de
que seguramente habría que echarles una mano los fines de semana...
Aquella noche quedó visto para sentencia el asunto de El Bunker, a
expensas de que Ramón y sus amigo aportaran el dinero.
El martes, como habían quedado, obtuvieron la respuesta. Que no podían
disponer de la cantidad, pero que ofrecían dejarse controlar siempre
que fueran ellos los que decidieran la marcha del negocio. Que si patatín,
que si patatán... Todo buenas palabras.
- Correcto. Era la respuesta que esperaba. -. Afirmó Lucas. -. ¡Dadme
las llaves y no se os ocurra quedaros con una copia porque, si lo
sospecho, cambio la cerradura!
Cosa que hizo de todas formas, por si las moscas...
- ¿Y qué vamos a hacer? ¿Cerrar y perderlo todo? -. Preguntó su
hija.
- Lo que hagamos no os incumbe. Bueno, a ti sí, siempre que quieras
colaborar con tu familia. Si no, si sigues emperrada en hacer caso de tu
novio, no te interesa.
- ¡Jolín, papá, qué manía le has cogido! -. Se quejó la chica.
- ¡La misma que sé que él me tiene a mí! Ni más ni menos. Así que
tú eliges: O con nosotros, o con él. No te digo que contra nosotros,
porque eso nunca. Pero sí al margen de lo que hagamos.
- Pero, ¿qué vais a hacer?-. Quiso saber.
- Escucha. El día de San Isidro, el chiringuito se abre. Con o sin público,
pero se abre. Después..., Dios dirá.
- ¿Sin Ramón?
- ¡Por supuesto que sin Ramón! Tú, si quieres, puedes venir, que es
lo que yo deseo. Pero a tu novio, mientras no agache las orejas y pase
por el aro, ¡ni verle!
- La chica se echó a llorar. Su madre la recogió en sus brazos. Limpiándose
las lágrimas, contempló a su padre, a sus dos hermanos y a su tío
Miguel, que también se encontraba en casa. Vio delante de ella un muro
firme que no podría conmover con su llanto ni con sus súplicas. ¡Ya
se la había advertido a su novio!
- Yo, sin Ramón, no quiero ir. ¡Si es él quien ha hecho toda la
obra..!
- ¡Pues se le agradecen los servicios prestados! ¡A él y al socio! Y,
si quieren, se los pago. Pero ellos me pagan a mí las comilonas que os
habéis metido para el cuerpo a costa mía.
A la mañana siguiente, Lucas no pudo por menos que comentarle a
Alejandro:
- ¡Jodío viejo! ¡Siempre llevas razón en todo! Al parecer, y como me
advertiste, de almacenero me voy a convertir en tabernero...
- Era de esperar... -. Le confirmó su amigo. -. ¡Y menos mal que
tienes la sartén por el mango y puedes defenderte! A mí me sacaron
hasta los ojos.
- Eso es algo que nunca pude comprender. ¿Cómo no te diste cuenta
antes?
Alejandro se enfrascó en los albaranes que se amontonaban sobre la
pequeña mesa y no respondió. Lucas no quiso insistirle. Ya sabía que
el viejo nunca hablaba del asunto.
Así fue como, el viernes por la tarde, después de comer y dado que los
chicos ya no tenían clase hasta el lunes, se fueron todos para la
Sierra. Iban dispuestos a enfrentarse con un trabajo que nunca habían
realizado y que desconocían por completo. Pero les animaba la idea de
pelear contra viento y marea para defender lo que les correspondía.
Anteriormente, Lucas había mantenido una corta entrevista con el Poto y
le había manifestado los inconvenientes surgidos. Le sugirió la
posibilidad de romper el contrato. La negativa fue rotunda:
- Yo, si usted quiere, doy por zanjado el asunto. Pero la cantidad que
me han pagado a cuenta no se la devuelvo porque tengo que empezar a
buscar de nuevo otro arrendatario, tardaré tiempo en encontrarlo y,
encima, las reformas que su yerno ha efectuado a mí no me gustan y
tendría que quitarlas. Sí, esas pintadas que le dan un aspecto un
tanto "ácido" al chiringuito.
- ¿Ácido?-. Se extrañó Lucas. -. No sé. Yo no entiendo de eso.
- Pues yo sí... Demasiado chillón para aquel lugar. ¿Qué quiere que
le diga?
- No, nada. No hace falta que me digas nada. Ellos lo han hecho así, yo
no lo encuentro mal y así se quedará.
Entonces, el Poto le expuso la segunda parte del problema.
- Y, ¿cuándo piensa pagarme el resto del alquiler?
- Aquí sí que te tengo, amiguito. -. Pensó Lucas para sus adentros. Y
le respondió:
- Cuando estipula el contrato.
- ¿El contrato..?
- Sí. Ese papel que firmaste y que parece que ni te leíste. ¿Qué lo
querías? ¿Para colgarlo en el retrete de tu casa? Lee bien lo que
dice: "Cuando la Licencia de Apertura del establecimiento sea
entregada por el Ayuntamiento".
- ¡Pero en eso tardarán más de mes y medio!
- Pues trata de que sea antes. En cuanto la tengas y me la des, cobras.
No tengas el menor temor.
La larga experiencia de toda su vida de comerciante le permitía salir
airoso de las triquiñuelas y peticiones que aquellos nuevos y jóvenes
negociantes querían imponer. Si se había firmado un contrato, no había
sido para empapelar con él las paredes del chiringuito. Si había que
cumplirlo, ambas partes estaban obligadas a hacerlo. Así que el Poto
cobraría cuando presentase los papeles a que se había comprometido.
Llegaron a la Sierra. Descargaron el escaso equipaje en El Bunker y,
mientras los demás procedían a barrer la terraza y a limpiar las mesas
y sillas, Lucas subió a hablar con el dueño de la casa que él había
propuesto. No tardó más de diez minutos en llegar a un acuerdo.
- Desde esta noche y hasta finales de Septiembre.
- De acuerdo.
Ya tenían sitio para pernoctar y aun para descansar cuando la presencia
de todos en el bar no fuera necesaria. Las ventanas de la casa daban
justo sobre el chiringuito y se dominaba la terraza. En verdad que era
un poco cutre pero disponía de lo elemental, prescindiendo de la ducha:
Tres dormitorios, un saloncito, cocina con agua caliente y un retrete.
¿Para qué querían más?
Sobre las ocho de la tarde, el bar estaba totalmente dispuesto. Las cámaras
frías, los serpentines de cerveza habían formado hielo y las luces que
adornaban el techo daban vida al establecimiento. Luego, de noche,
encenderían los focos. Mientras tanto, a través de los cuatro
altavoces estratégicamente dispuestos, sonaba una musiquilla que
animaba el ambiente. Las mesas y las sillas, limpias y ordenadas,
esperaban la llegada de los clientes. Y éstos no se hicieron de rogar.
Primero fue el grupo de mayores, los de los cortitos a los que Lucas había
sabido atender. Más tarde, pandillas de jóvenes que se acercaron,
curiosos, y se tomaron el primer cubata y las primeras cañas. Todos, jóvenes
y mayores, preguntaban por la chiquilla rubia de ojos azules.
- Hoy no ha podido venir. Pero aquí nos tienen al resto de la familia.
Y la noche se prolongó hasta bien entrada la madrugada. ¡El Bunker podía
ser un éxito!
El sábado se repitió la experiencia. Lucas, después de dormir no muy
cómodamente en la nueva cama, abrió los portones hacia la una del
mediodía. Vino alguna gente a tomar el aperitivo y, después de comer,
hubo sus copas y las primeras partidas de mus.
Los jóvenes parecían inundar la terraza, atraídos por la simpatía de
los dos muchachos y de Miguel que les daban toda la cháchara que podían.
- ¡Oye, pues os lo habéis montado de puta madre! -. Le dijeron al hijo
mayor de Lucas.
Mientras, las chicas jovencitas, consumiendo refrescos, trataban de
trabar conversación con el más pequeño, "el rubio de ojos azules
y que estaba tan bueno", como se les oía decir.
Lucas, ciñendo por la cintura a su mujer, sonrió observando el
panorama.
- ¡Pues se nos está dando bien, coño! ¡Ni que lo hubiéramos hecho
toda la vida! Y los chicos se están portando.
- Esperemos que siga así. -. Respondió ella.
- Seguirá, si queremos. ¡Ya ves, de financiero he pasado a almacenero
y, ahora, a tabernero! Todo acaba en "ero". ¡A ver si termino
de banquero..!
- Mientras el trabajo sea honrado... Además, aquí te moverás más y
perderás esa barriga que has echado de estar todo el día repatingado
ante la mesa.
Y Lucas se echó a reír mientras escanciaba tres cervezas que le habían
pedido.
El sábado por la noche se colmó la terraza. Música, luces, simpatía,
pinchos de la tortilla que la mujer de Lucas hacía como Dios,
bocadillos... Y algún que otro ligue para los chicos que,
verdaderamente, eran el alma del negocio. Lucas y su mujer hablaban con
los mayores, Miguel se dejaba admirar por las jovencitas con aquello de
que era músico y bohemio. Pero los que le daban el aire fresco al
asunto eran los dos chavales, que lo mismo atendían cinco mesas como,
de repente, se reían y tonteaban con un grupo de niñas que les pedían
más cocacolas.
El domingo por la mañana ya empezó a flojear la cosa. Unas
consumiciones antes de comer, algún café después y pare usted de
contar.
- ¿Qué pasa? ¿Ya se ha acabado el negocio?-. Se preguntaron.
- Que la gente se vuelve para Madrid. -. Les respondió el guarda, que
había bajado a darse a conocer -. Aquí, hasta bien entrado Julio,
solamente trabajarán fuerte los fines de semana. Después, en Agosto,
se quejarán de la guerra que les den. Bueno, pero ustedes ya lo saben
porque se nota que son profesionales de este negocio...
Apenas si pudieron ocultar la risa que les entró al oírle decir
aquello.
- Sí, con eso ya contábamos. Bueno, pero el miércoles es San Isidro y
supongo que volverán, ¿no?
- Este año, con eso de caer en mitad de semana... no sé yo.
- ¡Pues se hará lo que se pueda!
Comprendieron que allí ya tenían todo el pescado vendido, como dicen
habitualmente los comerciantes, y decidieron volverse para Madrid.
Dejaron las cámaras encendidas (no les cobraban la luz, según el
contrato y no las iban a apagar para dos días) y aseguraron bien los
cierres.
- ¡Recoged bien toda la ropa! -. Aconsejó Lucas a sus hijos. -. ¡Y
cerrad la puerta de la casa!
Y emprendieron la vuelta.
El lunes, Lucas llegó a la obra y, nada más entrar en el almacén,
escuchó la voz de Alejandro que, burlándose de él, pedía una ración
de calamares y unas cañas.
-¡Sí, sí, ríete, pero me he traído cerca de veinte mil duros en la
talega!
Pasaron toda la mañana comentando las incidencias de uno y otro durante
el fin de semana. Resultaba que, mientras Lucas había estado
trabajando, Alejandro había salido por la puerta grande, según
acostumbraba a decir, tras de la aventura que había tenido.
- ¡Chico, qué mujer! ¡Qué carnes más macizas!
- Pero, ¿qué años tenía, más o menos?
- Unos cincuenta y cinco.
- Vamos, ¡que era vaca vieja!
-¡Claro! De las que ya saben embestir y buscan el bulto...
Los dos compañeros se rieron de lo lindo.
- Pues he quedado con ella para el jueves... -. Confesó Alejandro.
- ¿El jueves? Querrás decir el miércoles, que es fiesta. San Isidro.
- ¿Pero es que tú no sabes que, en la construcción, el día posterior
a San Isidro también es festivo? Así que, como después viene el
viernes que, total, solamente se trabaja por la mañana, se ha acordado
hacer puente hasta el lunes. ¡Vamos, que mañana terminamos el curro!
- Entonces... ¿Tenemos todos estos días de fiesta? ¡Pues más que un
puente es un viaducto! Y me viene de maravilla para lo del chiringuito.
Pero los chicos sí tenían clases el jueves y el viernes, así que
decidieron irse solos el matrimonio el martes por la noche y, así,
abrir el miércoles, jueves y el resto del fin de semana, que ya estarían
sus hijos.
Así lo hicieron y Lucas abrió el chiringuito el día de San Isidro, a
media mañana. Como su esposa se había levantado con mal cuerpo, le
aconsejó que se volviera a la cama y que ya le llamaría él si la
necesitaba. Ella se acostó y él se quedó en la barra del bar, leyendo
el periódico. Tuvo un par de clientes, pero eso fue todo.
- ¡Vaya! Parece que hoy a la gente no le ha dado por venir. Se habrán
quedado en Madrid...
No bien acababa de tener este pensamiento cuando por ambas puertas de la
terraza empezaron a acudir grupos de personas que, a lo que se ve, venían
de oír Misa. Consultó el reloj: Eran poco más de la una y media.
Se asomó y llamó con todas sus fuerzas a su mujer, pero no le debió
de sentir. Como ya tenía a la gente encima, no era cuestión de
abandonar la barra y correr a la casa para avisarle. Comenzó a atender.
¡Dios! La avalancha era incontenible. Parecía que toda la colonia
hubiera pactado acudir al mismo tiempo o que se hubieran enfadado con
los demás bares. Cerveza tras cerveza hasta que se acabó el barril y
tuvo que cambiarlo, cosa que no había hecho nunca y tuvo que aprender
sobre la marcha; chatos de vino de botellas que había que descorchar,
con lo mal que se le daba a él eso; vermouths solos o con ginebra,
aperitivos, refrescos...
A las tres y media le dejaron solo. Parecía que había pasado la
marabunta. Se dejó caer sobre un taburete, todo sudoroso. Y así le
encontró su mujer cuando bajó.
- ¡Hola! Parece que estoy mejor. Como me he dormido...
- ¡Ya! ¡Ya se nota que te has dormido, porque te he dado más voces
que si me estuviera ahogando y ni te has enterado!
- ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
- No, nada...
- ¿No ha venido nadie?
Lucas señaló el cajón del dinero.
- No. Esas treinta mil pesetas han aparecido ahí por generación espontánea...
- Pero, ¿qué dices?
- Sí, hija, sí. Te he llamado a gritos, pero como si le hablase a un
muro. Bueno, pero me he apañado. Y me han enseñado lo que es trabajar
de verdad en un bar.
Así fue como Lucas aprendió, quieras que no, a sudar la camiseta detrás
de una barra. Y se sintió orgulloso.
Aquella noche tuvieron poco trabajo porque, al parecer, la gente se
volvió a Madrid. Después de cenar, se sentaron en sendas sillas, en
medio de la terraza, mientras por los altavoces sonaba una música
dulce, relajante.
- ¿Te gusta esto?
- A mí, - le respondió Lucas, cogiéndola por un hombro - me gusta
todo lo que a ti te parezca bien. Y el trabajo bien hecho. ¡Mira que he
ganado dinero en mi vida cuadrando balances, vendiendo máquinas y nunca
me había sentido tan confortado como hoy..! Y tenemos la noche entera
para nosotros solos..
En su rostro se había reflejado una sonrisa pícara.
- Sí... -. Musitó ella. -. Estaremos solos hasta que vengan los chicos
el viernes...
- Pues, ¡de maravilla!
Fueron unas cortas pero intensas vacaciones que duraron hasta el viernes
a media tarde, cuando ya llegaron sus hijos y Miguel y la colonia se
empezó a animar. Todo el fin de semana trabajaron a tope y fueron
conociendo más de cerca a sus clientes.
El sábado por la noche llegaron unos muchachos y, tras de pedir unas
copas, uno de ellos se presentó:
- Oye, soy David Zafra. Vosotros, ¿quiénes sois?
- Pues, mira, yo soy Lucas. Y, éstos, mi mujer y mis hijos.
- Pero tú tienes una hija, ¿no?, que es la novia del amigo del Poto...
- Pues sí, en efecto.
- Entonces... os ha mandado el Poto.
- ¿Cómo que nos ha mandado el Poto?-. Se sorprendió Lucas.
- Vamos... Imagino.
- Nosotros le hemos alquilado al Poto el chiringuito, si es lo que
quieres decir...
- Pero, ¿cómo vais a alquilarle al Poto el chiringuito si no es de él?
Este bar, la parcela, todo, es nuestro. De mi hermano Javier y mío. -.
Afirmó el muchacho.
Lucas sintió como si le hubieran dado un mazazo en plena cabeza.
- ¿Vuestro?-. Preguntó. - ¡Pero si él ha solicitado la Licencia de
Apertura en el Ayuntamiento y yo tengo un contrato firmado en el cual
dice que es el único propietario!
- ¡Vaya caradura que tiene ese tío! Él es solamente un conocido de mi
hermano. Seguro que algo ha tenido que ver Asensio con todo esto...
Lucas hizo memoria.
- ¡Espera! Ése que me dices, sí que me suena. Creo que es un amigo
del novio de mi hija...
- ¡Pues otro jeta! ¡Ya le conocerás, porque lo mismo viene esta
noche!
Era preciso poner las cosas muy en claro.
- Oye, mira. -. Expuso Lucas. -Yo no sé qué líos hay aquí. Pero yo
tengo un contrato firmado y en regla. Y copia de los papeles presentados
en el Ayuntamiento. Así que...
David hizo un gesto como quitando importancia al asunto.
- ¡No! Si tú no debes preocuparte. Cuando venga mi hermano Javier, se
lo muestras y seguro que llegáis a un acuerdo.
¡Para acuerditos estaba Lucas!
- ¡Los acuerdos que los haga tu hermano con el Poto o con el Asensio!
Nosotros hemos pagado y aquí cumpliremos el contrato.
Allí concluyó el incidente que, por fortuna, no tendría mayor
importancia gracias a la actitud serena y firme que desde un principio
expuso Lucas.
Efectivamente, aquella noche apareció el tal Asensio, al cual Lucas
conocía de vista. Su hija le había hablado mucho de él. Venía con
unos amigos; se sorprendió de no hallar a Ramón y a su novia, tomaron
unas copas y no le mencionó nada.
A la mañana siguiente acudió un hombre joven de unos treinta y pocos años
de edad que, con una sonrisa abierta, se presentó ante Lucas:
- Soy Javier Zafra. ¿Tú eres Lucas?
- Efectivamente.
- ¿A ti también te han engañado, no?
Le miró dubitativo.
- Yo ya no sé ni a quién han engañado ni quién trata de engañar. Lo
que sí te aseguro es que yo lo tengo todo muy en regla.
Le puso delante de los ojos el contrato que habían firmado su hija y el
Poto. Javier lo leyó detenidamente. Al acabar, no pudo por menos que reírse.
- ¡Anda, ponme una cerveza! -. Y añadió. - ¡Sí que me la ha dado
con queso el sinvergüenza ése!
Le sirvió la caña y se acodó en la barra, tras de recoger el
contrato.
- ¿Por qué dices eso?
- Pues porque, como te dijo mi hermano, el chiringuito es nuestro y lo
abrí yo hace dos años. El verano pasado le dejé al Poto que lo
llevase y que nos pagase una parte de los beneficios, porque yo tenía
unas obras que atender. ¡Y este año, el muy cabrón, se lo ha
alquilado a tu hija, vamos, a ti, sin consultarme, decirme, ni pagarme
nada! Y el Asensio ha tenido que terciar, porque es muy amigo suyo y
creo que del novio de tu hija... Suerte que se ve que eres hombre
previsor y has firmado un contrato porque, si no, ahora yo podía
decirte que te fueras por donde habías venido. Pero no, tranquilo. Ya
hablaré yo con el Poto. ¡Si le veo todos los días! ¿No ves que tengo
la oficina al lado de su bar?
- Pues, chico, me alegra que lo encajes tan alegremente, pero yo que tú
le partiría la cara...
- Ya tendré unas palabritas con él...
- ¿Y cómo presume que montó el bar de Argüelles con lo que sacó de
aquí el año pasado?-. Quiso saber Lucas.
- ¡Si ese bar no es de él! ¡Lo tiene alquilado a otro! Él no tiene dónde
caerse muerto...
- ¡Pues ya ves! ¡A mí también me la había dado!
De esta manera, tras un intercambio de saludos y buenas promesas,
concluyó el incidente. Lucas ya no se preocuparía más del asunto
durante todo el verano y es bien cierto que Zafra no le puso ninguna
pega. Es más, tanto él como su hermano se convirtieron en asiduos
clientes del bar. Con el Poto sí tuvo unas palabras cuando, en
Septiembre, fue a pagarle el resto del alquiler. El Poto le aseguró que
lo que decía Zafra no era más que una pura falsedad, que él se lo había
comprado (al parecer existía una deuda entre ambos de por medio) y que
buena prueba de ello era que el Ayuntamiento no puso pegas a la concesión
de la Licencia.
De la forma que fuese, que Lucas se imaginó muchas cosas, supo que
alguien había engañado a alguien. Que si tuvo que ver el Poto, que si
el Asensio, que si Zafra... Hasta al mismo Ramón, su futuro yerno, creyó
intuir mezclado en el tema. Pero él guardo su contrato como oro en paño
y nadie se atrevió a meterse contra el mismo. Durante aquellos meses,
la explotación de El Bunker fue propiedad de Lucas y de su familia. Y
es que dicen que las cosas bien hechas, bien parecen.
También tuvo líos con un fontanero que apareció reclamando el pago de
unos trabajos realizados hacía dos años, encargados por Zafra. Lucas
le aconsejó que hablase con el propietario y que a él le dejase
trabajar. El obrero, a voces, y acaso con razón, protestó y aseguró
que iba a levantar todas las tuberías que había puesto.
- Mire, caballero. -. Suavizó Lucas. -. Usted hable con el señor Zafra
y arregle su asunto que, si ha trabajado, justo es que le paguen. Pero
yo le quiero dejar claro es que si, aprovechando una ausencia nuestra o
las horas de la noche, toca aunque no sea más que un grifo, le parto la
cabeza con su misma herramienta. Y esto no es una amenaza, es una
advertencia solamente.
Otra vez se repetía la historia de cuando U.G.T. y la huelga. Se conoce
que el fontanero se lo debió de pensar y no dio más la murga. No
llevaría mucha razón, porque a Zafra no se dirigió, como más tarde
supo Lucas. Se conoce que quiso aprovecharse de que les veía un tanto
pardillos...
Aquel sábado, veinticinco de Mayo, Lucas acudió a examinarse del
ansiado Título de Administrador de Fincas. El examen se produjo en la
Escuela de Ingenieros de Caminos, en la Ciudad Universitaria. La noche
anterior, noche de viernes, después de atender el trabajo de El Bunker
hasta muy tarde, quiso estudiar un rato. No pudo y se acostó. A los
diez minutos estaba en pie, fumando. Y así se pasó toda la noche, en
vela y consumiendo cigarro tras cigarro. Hasta que tuvo que bajar al
chiringuito a por tabaco, porque se quedó sin un solo pitillo.
A las siete de la mañana se vistió y subió a la furgoneta. Vio el
amanecer en la carretera y estaba en el lugar del examen una hora antes
de que éste comenzara. Aprobó sin ninguna dificultad.
- ¡Ahora ya podrás pedir el ascenso en la Empresa! -. Exclamó,
contentísima, su mujer.
- Ya veremos... -. Dudó.
Y es que su cabeza ya empezaba a soñar, a vivir, a gozar y a sufrir con
el chiringuito.
El lunes acudió al trabajo y le expuso a Alejandro que como sabía que
iban a empezar los despidos por finalización de obra, aunque a él no
le tocase marcharse, iba a hablar con el Gerente. Quería atender
personalmente El Bunker durante aquellos meses.
- ¡Tú verás lo que haces! Si sales de aquí, tal vez ya no te cojan
cuando tú quieras...
- Ya sabes que desde que echaron a Arenal, por mucho enchufe que tenga
en las altas esferas, no estoy bien considerado en esta obra. El único
que me aprecia es el Gerente. El resto...
- Haz lo que quieras. Yo me lo pensaría.
Se presentó en el despacho del Ingeniero.
- ¿Da su permiso?
- ¡Hombre, Lucas! Pase, pase. ¿Qué quiere?
- ¿Puedo hablar con usted un momento?
- ¡Naturalmente! Dígame...
Se sentó, ante la invitación del Gerente.
-Ya sabe que he montado un pequeño negocio de verano y que las
circunstancias me han obligado a tener que trabajarlo personalmente...
- Sí, ya me lo han contado.
- Pues quería decirle que, si no le parece mal, yo quisiera abandonar
la obra a últimos de Junio, junto con los que van a ser despedidos en
esa época. A lo mejor pueden quedarse con alguno en lugar mío... Al
que sea, se le hace un favor y a mí también.
El Gerente le observó detenidamente.
- Pero, después, cuando se acabe el verano, querrá volver a la
Empresa, ¿verdad?
-Yo creo que sí. Ya veremos como nos va, pero no creo que mi destino
sea ser camarero hasta que me jubile.
- Lo que ocurre es que a usted no se le iba a despedir. No hay otro
Oficial Administrativo de Primera...
- Mire, Alejandro, el viejo, lleva el almacén mejor que yo. En realidad
es él quien lo sabe todo. A mí, desde lo de Fernando Arenal, se me ha
hecho el vacío. Y usted sabe que yo no saqué nada de aquello.
- Lucas, ya sabe que hay muchos rencores. Ya sé que no le han dado el
puesto que se merecía, pero...
- Por cierto, ¿sabe que el sábado me examiné en su Escuela, la de
Caminos?
- ¿Y..?-. Le preguntó el jefe.
Lucas se permitió una sonrisa.
- ¿Duda acaso de mí? ¡Está claro que aprobé!
El otro le palmeó la espalda.
- ¡Mejor! Así, cuando decida volver, en Octubre, será más fácil
colocarle en un puesto acorde con sus méritos.
- Pues en eso quedamos. Que no le tiemble la mano al firmar mi despido,
que es por mi voluntad. Claro que...¡espero que tampoco le tiemble
cuando me recomiende para ser readmitido!
- ¡Seguro!
Lo de Fernando Arenal había sido sonado. Arenal, el de Santander como
se le conocía, era el Jefe de Personal de la obra. Era un tipo
rompedor, fanfarrón, simpático, arrollador... Y siempre invitaba a
todo el mundo. Parecía que el dinero de su sueldo era inagotable. A
Lucas le cogió mucho cariño, ya que supo apreciar que tenía tantos
conocimientos como él mismo, si no más y, además, sabía que tenía
amigos de peso en las altas esferas de la Empresa.
Mientras duró Arenal, Lucas vivió de perlas. Cobraba horas extras que
no hacía y llegaba tarde porque Arenal le enviaba a hacer recados que
no eran ciertos casi nunca. Hasta iba a la Central a por cheques de
muchos millones de pesetas y, después de que los firmaran los
Apoderados, los llevaba a ingresar al Banco.
Pero a Fernando Arenal se le acabó el chollo. Lucas se había ido de
vacaciones el uno de Agosto de 1990; cuando llegó en Septiembre, pasó
a ver a Arenal y se encontró su despacho vacío.
- ¿Y Fernando? -. Preguntó a un auxiliar.
- ¿Fernando? Tú sabrás. Lo raro es que tú no estés donde él.
Y es que, de la noche a la mañana, a Arenal le pusieron en la calle y
menos mal que se libró de una querella criminal: Había metido la mano
en el cajón, pero bien a gusto. ¡Y todos estuvieron en la inopia! Más
de cinco millones dijeron que se llevó. Cuando le llamaron de la
Central para que explicase unas cuentas, tomó las de Villadiego y se
autodespidió. La Empresa no quiso proceder contra él y prefirió echar
tierra al asunto para no armar escándalo.
Lo peor es que con él arrastró a varios de sus colaboradores, que
fueron inscritos en la lista negra. Lucas quedó en entredicho. Se sabía
que le ayudaba en algunas cosas, pero que nunca había tenido acceso al
dinero en metálico. Se limitaron a pagarle desde aquel instante su
sueldo mondo y lirondo y a no dejarle tocar mucho los ordenadores. Le
desterraron al almacén casi de por vida.
Por ello, Lucas había querido dejar la obra y para eso se había
esforzado en conseguir el Título. Ahora, cuando pensaba que le quedaba
poco más un mes de trabajar allí, se acordó de la ardillita que viera
en el pino y soñó en la libertad. Un hombre, pensó, es verdaderamente
libre cuando dispone de dinero suficiente y se conoce que Fernando
Arenal había deseado ser libre aun a costa de los demás y sin el menor
sentimiento de culpabilidad. ¿Lo habría conseguido? ¿Habría
alcanzado la tan soñada libertad?
Decidió no pensar más en ello. Estaba seguro de que ya no volvería a
saber de él. Pero en eso se equivocaba.
Los fines de semana continuaron yendo a trabajar en El Bunker y cada
vez, con la llegada del buen tiempo, el público acudía en mayor número.
¿Cómo sería en Julio y Agosto?
Por fin llegó el treinta de Junio y a Lucas le dieron el boleto y la
liquidación, unas buenas pesetas que le vinieron muy bien. Invitó a
comer a Alejandro y estuvieron, para no perder la costumbre, hablando de
mujeres.
- Viejo, ¿volveremos a vernos? -. Le preguntó al concluir la comida y
cuando se disponían a irse.
- Eso depende de ti... Pero me da el corazón que no será en la obra.
- Vamos, que insistes en lo de ¡una de calamares y tres cañas!
- Pues sí, por ahí te veo. Tú has sido siempre jefe y no te va mucho
el papel de empleado.
Se dieron un abrazo.
Julio se abría como un mes de vacaciones pagadas por el Seguro de
Desempleo, exceptuando los fines de semana. Decidieron enviar a los
chicos, que acababan de terminar sus exámenes brillantemente, a pasar
unos días a la playa. Ellos se fueron al chiringuito y Miguel, su cuñado,
venía los viernes, cargado con su guitarra, a echarles una mano.
Sobre el veinte de Julio volvieron los chicos y se aprestaron a hacer
funcionar El Bunker a toda marcha. Los veraneantes ya venían a diario y
el negocio empezaba a hacer cifras importantes.
Los meses de Julio y Agosto fueron agotadores de trabajo, pero Lucas se
sentía cada vez más satisfecho. Se había familiarizado con el mercado
y sabía dónde y a quién comprar el mejor género, tanto de bebidas
como de comida. Su furgoneta era ampliamente conocida en Las Navas del
Marqués, adonde acudía regularmente.
La noche del catorce de Agosto, víspera de la Fiesta de la Virgen, fue
extraordinariamente productiva. Los chicos se batieron el cobre en un
pequeño mostrador que la colonia poseía en la plaza del baile y
Miguel, Lucas y su mujer defendieron el chiringuito. No se cerró en
toda la noche y hasta se sirvió chocolate con churros. Trescientas mil
pesetas de venta en una noche dejaban de manifiesto bien a las claras el
esfuerzo realizado y el éxito obtenido.
- ¿Hubieran sido capaces vuestra hermana y su novio de hacer esto?-.
Preguntó Lucas a sus hijos.
- ¡Quita! ¡Ésos se hubieran ahogado en un vaso de agua!
- La verdad es que nosotros casi nos ahogamos también, pero no en un
vaso, sino por la tubería que se rompió.
¡Y es que alguien, en una necesidad extrema o presa de una cogorza mayúscula,
había arrancado la taza del inodoro, haciendo que el agua de la
cisterna inundara el interior de El Bunker y que tuvieran que trabajar
con el agua hasta los tobillos! Pero todos se reconfortaron al ver el
montón de billetes arrugados, depositado encima de la mesa.
A partir de aquel día la cosa empezó a bajar. Los veraneantes volvían
a sus hogares y otra vez la calma tornó a imperar en el chiringuito. Se
quedaron, eso sí, con los mejores clientes, aquellos que tomaban sus
vacaciones cuando los demás tenían que trabajar. Por las noches, ya en
Septiembre, hacían tertulias y contaban cuentos. Otras veces, Miguel
hacía sonar su guitarra. Las copas eran menos pero más refinadas. Así
que fue un buen mes y, además, la climatología les fue propicia. Tan sólo
les cayó una tormenta y hasta resultó divertido dejar pasar al escaso
público presente dentro del chiringuito, para refugiarse de la densa
lluvia.
Con los propietarios de los otros bares se llevaron a las mil
maravillas. Como le había advertido el Poto eran eso, bares. Vendían
lo que tenían que vender, que era bastante, y tenían sus clientes de
todos los años que pocas veces, pero alguna, aparecieron por El Bunker.
Eran gente de más edad y la música no les apetecía mucho. Mas, cuando
vinieron, salieron satisfechos aun cuando volvieran a sus bares de
costumbre. Pero la tajada grande se la llevó Lucas. Muchas noches subía
el del bar de más abajo, que el pobre apenas si despachaba unos
botellines y algún que otro refresco a los chavalines y le decía:
- Lucas, no te esfuerces, que esto es peseta y media...
- ¡Ya lo creo, Justo! Y eso, si llega... -. Le respondía mientras servía
diez cubatas y al otro se le iban los ojos tras de los billetes.
- Cuando se cansen, se irán a otros pueblos, a otros sitios, a tomarla.
¡Y nosotros aquí, como cabrones, esperando que vuelvan..!
- ¡Que sí, Justo! ¡Que llevas razón! ¡Peseta y media!
Los chicos se volvieron a Madrid y aparecían los fines de semana. En
definitiva, aquel último mes fue más tranquilo pero dejó buenos
beneficios.
- ¡Te quedan anchos los pantalones! -. Contempló un día su mujer.
Y Lucas sonrió. Toda su barriguilla, la célebre curva de la felicidad
de los cuarenta y pocos, se había ido en mover barriles, en agacharse a
por botellas y en menear cajas. Se había quedado en sesenta y ocho
kilos y con unos hombros y brazos bien musculosos. Se sentía joven.
Mucho más joven que en la obra.
- ¿Y, ahora, cuando terminéis aquí, qué piensas hacer?-. Le preguntó
un día un cliente que se había hecho muy amigo.
Se quedó en silencio. Miró a su mujer, que estaba a su lado y respondió:
- Pues no me extrañaría que montásemos un bar...
- ¡Sí, hombre! ¡Me vas a hacer tú trabajar a mí otra vez como este
verano! -. Protestó ella.
- Ya veremos... -. Dejó caer Lucas.
El treinta de Septiembre empacaron todas sus cosas y cerraron El Bunker.
Atrás quedaban unos meses de alegrías y de lucha.
- ¡Menos mal que se ha terminado! -. Se alegró su mujer.
- ¡Sí, menos mal! -. Dijo Lucas. Pero, para sus adentros, repitió la
frase del general norteamericano:
- ¡Volveré!
Habrían de pasar dos años.
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