Vuelve a Prólogo                                                                                               Capítulo 2

 

Capítulo 1


UNA FAUNA UN TANTO EXTRAÑA...

Domingo de Resurrección de 1994. Madrid se encuentra desierto y pocos coches circulan por sus calles. Ha amanecido un día soleado, en contra de los pronósticos de la televisión; como de costumbre.
Lucas ha montado en el viejo Ford y, aprovechando las escasas energías que su gastado motor le presta, se dirige, lentamente, por la calle de Alcalá hacia la Plaza de la Independencia. Las avenidas, vacías, parecen aguardar a las multitudes que esa noche, poco a poco pero incesantemente, irán afluyendo a la ciudad. Mañana, lunes, será día laborable y, otra vez, la avalancha de vehículos convertirá la circulación en un infierno. Hoy no. Hoy, hasta el cascado Forito puede alcanzar los noventa kilómetros por hora mientras rueda por la Avenida de Alfonso XII. Al tomar las Rondas para acercarse a la Glorieta de Embajadores, lo que un día llamaran El Portillo, la gente empieza a aparecer, poblando las aceras.
- ¡Vaya! ¡También hoy viene gente al Rastro! -. Murmura Lucas.
Efectivamente, en los comienzos de la Ronda de Toledo se ven curiosos que caminan entre los puestos de baratijas y otros diversos objetos. Hay menos vendedores que de costumbre, pero es de tener en cuenta que medio Madrid está de vacaciones y que la posible falta de clientes no ha animado mucho a los comerciantes a montar sus chiringuitos habituales.
Enfilada la calle de Embajadores, observa que no hay ni un solo hueco para poder aparcar. ¡Y eso que han salido cientos de miles de coches! Pero siempre queda en Madrid gente para todo. El guardia que corta la circulación a la altura de la calle Tribulete le hace desviarse y tiene que liarse a dar vueltas, como es habitual.
Pasa más de un cuarto de hora hasta que ve cómo un coche grande, muy mal estacionado en la calle de Provisiones, intenta salir. Se detiene y queda al acecho. Cuando el otro se va, Lucas, tranquilamente, enfila hacia el pequeño hueco y aparca. Su coche, poco ancho, no molesta para nada el paso. ¡Menos mal! Ha conseguido dejarlo.
Una vez cerradas y bien aseguradas las puertas, - poco le pueden robar aparte de la vieja radio pero sí que le fastidiarían una cerradura para conseguirlo - ojea la calle de Embajadores, que baja llena de personal. Un domingo más, el Rastro atrae a la multitud de compradores y curiosos, turistas y gentes de no muy buen vivir que pululan al acecho del "primo". Rondan los expertos en el timo y los camellos de infame droga. Alguna putilla que otra, al menos en apariencia, que se encarga de distraer al incauto mientras que su socio le birla los posibles. Es como en la vieja canción de Patxi Andión: - Una, dos y tres, para el Rastro es...
Y le da por tararearla, entre dientes, mientras cruza la calle para ver si se entera qué han puesto en lo de la antigua Veterinaria, pero los grandes portalones metálicos están cerrados a cal y canto y no puede ver nada.
- Otro día lo averiguaré, ya que nadie es capaz de decírmelo...
Enfrente, en la otra acera, se encuentran las puertas coloradas de "EL HOBBIT", CERVECERÍA, CAFÉ y BAR, como reza en el toldo azul.
EL HOBBIT... Ya han pasado más de dos años y parece que fue ayer... Mientras piensa en ello, Lucas cruza la calle y se dirige al establecimiento. No deja de pasar la gente, pero nadie entra en el bar.
Se asoma y lo ve vacío. Tan sólo la regordeta figura de Pepe se vislumbra detrás de la barra, aburrido, solitario... Al fondo del estrecho local, las puertas de los servicios están entreabiertas. ¡Qué mal efecto hace!
- ¡Buenos días, buen hombre y compañía! Por decir algo, porque veo que estás más solo que la una... -. Le entra.
Pepe corresponde al saludo y asiente:
- ¡Hoy está esto más muerto que vivo! Ni Dios aparece. Bueno, he tenido un ratillo...
¡Ya estamos con los "ratillos" de Pepe! Y Lucas recuerda otros tiempos, otras mañanas de domingo, cuando era él quién servía desde detrás de la barra y no tenía tiempo ni para fregar. Cuando el público entraba y entraba sin cesar:
- ¡Una caña, por favor!
- ¡Tres cañas!
- ¡Dos martinis rojos y una cocacola!
Y así, gente y más gente. Claro que eran otros momentos... El dinero corría fácil, el bar era novedoso y, sobre todo, atendiendo con su mejor sonrisa, estaban él o cualquiera de sus hijos y su mujer. Y tan vendedor tiene que ser un camarero como un dependiente de El Corte Inglés. O más, si se me apura, ya que el que vende vino debe conocer qué tal le sienta al que lo consume. Y eso es muy importante.
Lucas piensa en estas cosas mientras contempla el humeante café que ante él ha puesto Pepe. Vuelve a fijarse en el desastrado aspecto de "la cafetería", como la llama su hija. ¡Menudo aspecto de cafetería! ¡Barucho y de mala muerte!
- ¿Quiénes estuvieron ayer? ¿Vino Jesús, el del Ballantines?
Ésa es otra de las peculiaridades que distinguen a un buen encargado de bar: Conocer a todos los clientes y saber lo que toma cada uno. Todos los días vienen casi los mismos "hobbits", como les llamaba Chris... ¡Chris, cuántos meses sin verle, por cierto!
- ¡Qué va! ¡Si con estas fiestas, se han ido hasta los gatos! -. Se queja Pepe -. ¡No veas que días más jodidos!
Pepe tiene la habilidad de lamentarse sin que se le note apenas. Como siempre dice lo mismo..., pues no se sabe si aun cuando tiene el bar lleno es tan sólo un espejismo y realmente lo tiene vacío, como ahora. Ya es vicio.
- ¡Pues, macho, como sigas así, lo llevas de culo! -. Le dice Lucas, sonriendo a medias -Este último mes no me has pagado ni la mitad de los gastos...
A Pepe estas cosas le ponen enfermo. No lo puede evitar. Su pasión, al contrario que la de Lucas, no son los números. Para él solamente existe el cajón del cual sacar para sus gastillos y sin pensar en los pagos que haya de realizar.
- ¡A ver si el martes con lo de la máquina!
- ¿Tan sólo cuentas con lo de la máquina?-. Pregunta Lucas -. ¿Y hoy y mañana no piensas hacer caja? Porque yo venía a por pelas...
- Es que mañana viene el del barril y, además, tengo que pagar el vino a Rafa y unas botellas...
Lucas hace un gesto de desdén.
- Siempre estás con lo mismo, Pepe. Pero, ¡qué le vamos a hacer! No hay mal que cien años dure...
Da un sorbo al café. ¡Mira que lo hace bueno la antigualla de la máquina ésta, que parece una pieza de museo! Varias veces han intentado venderle una de las modernas, electrónicas, con cueceleches y demás gaitas, pero mientras EL HOBBIT siga siendo suyo no cambiará de cafetera, hasta que reviente o se pudra de puro vieja.
- Ni cien años ni un par de meses más, acaso. Esto ya huele que apesta. Y, ¿de quién es la culpa?-. Pregunta Lucas -. ¿Es que te has dedicado a echar a los clientes o es que le añades agua al vino y a la cerveza?
No le quiere preguntar si es que le engaña con lo del dinero.
- ¡Pero mira que tienes mala sombra, joder! ¡Siempre me vienes a echar la bronca cuando más cabreado estoy! -. Protesta Pepe.
- No, si quieres te la echo cuando tengas el bar lleno... O sea, nunca.
- Y yo, ¿qué culpa tengo? ¡Vamos a ver, dime!
- El que no la tiene soy yo. Eso está más claro que el caldo de un asilo. Llevas un año conmigo y, cuando empezaste, tú mismo veías cómo eran los domingos. Ahora llevas cuatro meses solo y... observa el panorama. ¡Y a mí me la trae al pairo! Pero no creo que tú puedas decir lo mismo. Yo no lo necesito para comer, pero tú sí.
Pepe inicia una frase de protesta pero en ese momento entran, ¡por fin!, dos clientes. Son dos hombres de menos de cuarenta años, menudos y de no muy buen aspecto. Lucas no les conoce y parece que Pepe tampoco. No serán del barrio y estarán de paso. Se acercan al mostrador, piden unos cafés. Pepe se tiene que morder la lengua ante las pullas de su jefe y se dispone a servirles. Mientras, Lucas se dirige a la tragaperras y mete dos monedas de cien pesetas. Se encienden las lucecitas, giran los bombillos y salta un premio de doscientas cincuenta. Sigue jugando y agota los créditos. Entonces se vuelve hacia la barra.
- ¿Quieres una copilla?-. Le pregunta Pepe, con la botella de whisky en la mano.
- ¡No jodas! Y menos a estas horas. ¿Ves? Me parece que eso es lo que te pierde a ti. La mercancía es para venderla, no para bebérsela.
Pepe se calla. Deja el whisky en la estantería y se echa un cortito de cerveza. Entretanto, los dos clientes se han puesto a jugar a la máquina. Empiezan a echar monedas y piden que se les dé cambio. Siguen jugando y cambian otras mil pesetas. La máquina da algunos premios pequeños y los vuelven a invertir. Cambian de nuevo y ya llevan más de tres mil pesetas perdidas.
- ¡Me cago en la leche, la jodía máquina ésta!-. Increpa uno.
Lucas les está observando, distraídamente. Pepe le hace una seña con la mirada, como dándole a entender que van apañados. No dice nada, pero se le comprende todo.
- ¡Bueno, pues voy a dar una vuelta por el Rastro, a ver si veo algo de música!
- ¿No esperas a Fabi?-. Pregunta Pepe.
Lucas se da cuenta de que su medio socio o medio empleado no quiere que le deje solo. No se fía de los dos jugadores. El caso es que no parece que sean camorristas, pero nunca se sabe...
- ¿Va a venir pronto?-. Pregunta para disimular.
Pepe le contesta rápidamente:
- ¡Sí! Ahora vendrá, con todos los chicos del equipo de fútbol... Ya tenían que estar aquí, porque hace más de una hora que debe de haber acabado el partido.
¡No! ¡Si Pepe no es tonto en absoluto! Puede parecerlo a simple vista, pero Lucas se ha cerciorado de que los dos de la máquina han escuchado claramente todo lo que ha dicho y, efectivamente, se han creído que, de un momento a otro, el bar se va a llenar de chicos jóvenes.
- Bueno. Pues les esperaré.
- ¿Quieres la copilla?-. Le insiste Pepe.
- No, te he dicho que no.
¿Es que no se da cuenta Pepe de que no debe beber? ¡Qué manía tiene! Claro que puede ser la excusa que utiliza para, ofreciéndoselo a él, escanciarse a sí mismo otro corto de cerveza, cosa que hace sin demora.
Otra vez piden cambio para la máquina. En verdad que es una tragaperras.
- ¿Qué pasa? ¿Ya ha salido el premio?-. Pregunta uno de los tipos. Pepe le asegura, muy convincente, que no.
- Son ustedes los primeros que juegan hoy. Y ayer no lo dio...
- ¡Pues parece que la tuvieras enseñada, macho! ¡Hay que joderse! ¡Llevamos cuatro mil pesetas echadas y como si nada!
Pepe se encoge de hombros.
- Pues tiene que estar a puntito...
A duras penas si Lucas puede contener la risa. ¡Qué cara de inocente ha puesto el gordinflón, como si fuera un santo!
- ¡Ahora vendrá el primer gilipollas que entre y se la llevará con cincuenta pesetas! -. Se queja amargamente el otro.
- La suerte es así de caprichosa... -. Sentencia Lucas, desde la otra punta de la barra.
El individuo le mira, masculla algo que no se le entiende, cambia otras mil pesetas y vuelve a darle a la manivela. No le duran ni tres minutos.
- ¡Leches! ¡Cóbreme los cafés y que le den por culo a la máquina!
Toma el cambio y también se lo juega. Vuelve a perder. Salen sin decir ni mus, echando pestes. Pepe se ríe con descaro.
- ¡Qué mal perder tienen los muy hijos de puta! ¡Quieren entrar y llevarse la máquina, así por las buenas! Ya sacaron anoche las dos mil quinientas. Emilia, la de Pedro...
Ésa sí que tiene suerte o intuición, cavila Lucas. No se toma ni un café, echa cien pesetas y casi siempre coge un pequeño pellizco.
- ¿Sí?-. Pregunta Lucas. - A ver, déjame las llaves.
Las coge, abre el compartimiento de los contadores y los lee. Saca una maquinita de calcular, divide y resta y le dice a Pepe:
- ¡Dame mil pesetas!
- ¡No seas gilipollas tú también! ¿No te digo que la sacaron?
- Pues, si Pitágoras no miente, me voy a llevar las diez mil...
Antes de jugar se asoma a la calle y comprueba que no hay ni rastro de los dos clientes que han salido. De todas formas, como a él no le han identificado con el local ni le conocen de nada... Pero, por si acaso.
Empieza a echar monedas. A la quinta jugada la luz se enciende: ALTO - BAJO. Se lo piensa. Da BAJO. Acierta. Después, ALTO. El premio ya está en mil pesetas. Sigue dando BAJO y marca las dos mil quinientas. En la ruleta se enciende el siete.
- ¡Dale BAJO! -. Aconseja Pepe.
La numeración va del uno al nueve. Efectivamente, lo lógico sería dar BAJO porque sólo hay dos probabilidades para el ALTO. No obstante, se acuerda de los números que ha obtenido con la calculadora y aprieta el ALTO.
- ¡La has jodido!-. Exclama Pepe.
La rueda gira y se enciende el nueve. Ya ha ganado las cinco mil. Y, por último, riéndose, ya que no puede jugar al ALTO porque no hay más números, le da al BAJO. La luz de la BOLSA se enciende y marca las diez mil pesetas.
- ¡Eso sí que es chorra!-. Le felicita Pepe.
- ¡Y saber echar los números!-. Responde -. ¡Venga ese chupito de whisky!
Introduce monedas y la máquina va soltando los premios a trompicones. Las monedas caen en el cajetín con un sonido maravilloso. Lucas paladea el licor, despacio, mientras las ve salir.
- ¡Saber echar los números, Pepe!-. Repite -. ¡Y llevar las cuentas al día. !
- ¡Es que yo no sé qué coños haces, que la sacas cuando quieres!
- No. Cuando quiero, no. Cuando está a punto. Y si tú no tienes a punto el bar, no te llevarás el premio nunca.
Ahora sí que protesta Pepe:
- ¿Otra vez vas a comenzar con la barrila? ¡Pues vaya mañanita!
Lucas se vuelve hacia él. Deja el chupito sobre la barra y le indica que lo vuelva a llenar. No debería beber, lo sabe, pero... ¡qué leches! Acaba de sacar la máquina.
Para un jugador, sacar o "abrir" una tragaperras es un éxito comparable o superior a que le toque la Lotería, ya que cree que interviene en el mérito de la jugada cuando, muy por el contrario, la máquina se comporta solamente como un ordenador que es, con un programa aleatorio pero obligado a pagar el premio cuando lo requieran las instrucciones informáticas prefijadas. El éxito y el triunfo estriban, simplemente, en llegar en el momento oportuno. Hay jugadores que después de obtener el premio siguen jugando para gozar de la emoción de que les toque otra vez y, naturalmente, pierden todas sus ganancias y más que se apuesten. Este afán, rayano en lo morboso, no es otra cosa que el desbordamiento de la natural inclinación humana a jugar y apostar y se convierte, en su grado pernicioso, en la ludopatía, enfermedad compulsiva de tan graves consecuencias sociales como puedan tener el alcoholismo o la drogadicción. El ludópata es un enfermo que, de ser un vicioso del juego, ha pasado a depender compulsivamente de la emoción del azar. Existen, al igual que para el tratamiento de otras adiciones enfermizas, asociaciones que rehabilitan al ludópata, pero siempre que éste reconozca su enfermedad como tal, como en el caso del alcohólico.
Lucas no es, ni remotamente, un ludópata. Tan sólo, es que le gusta jugar y sabe y cuenta con los medios para hacerlo, apostando a ganador. Para la posible curiosidad del lector, aclararemos que él no hace trampa cuando juega a la máquina. Las tragaperras funcionan pagando en premios entre un sesenta y cinco, un setenta o un setenta y cinco por ciento de la cantidad jugada, según se fija y está indicado en la máquina, aunque el jugador, de ordinario, no se percata de ese porcentaje porque no lo distingue de entre tantas luces como ostenta la pantalla. Esto no significa que si se juegan mil pesetas tenga que devolver en premios setecientas cincuenta, pero sí - y esto se cumple siempre - que de cada millón de pesetas jugadas devuelve setecientas cincuenta mil, el porcentaje fijado que hemos mencionado anteriormente, siempre según la Ley de los Grandes Números. Como la recaudación se efectúa, normalmente, cada semana, con unos pequeños cálculos que solamente pueden efectuar las personas que tengan acceso a la lectura de los contadores, es muy fácil predecir con alto grado de seguridad cuándo va a salir el premio. Por ello la Ley prohíbe expresamente que los dueños y empleados de locales donde hay máquinas instaladas jueguen en las mismas.
Pero, por regla general también, esto no se cumple. De todas maneras, la mayoría de los taberneros o empleados que incumplen la Ordenanza y juegan no conocen o no tienen la formación matemática suficiente para calcular el instante propicio. Apuestan solamente porque han visto, durante su turno de trabajo, que se ha jugado bastante y no ha salido el premio, pero ignoran las posibilidades reales. Lucas sí las conoce. En el mismo ordenador en que lleva las cuentas de su negocio, apunta, en una hoja de cálculo, las cantidades entradas semanalmente durante la vida en activo de la máquina, las cantidades pagadas y el porcentaje total y semanal. Como esta máquina en cuestión está tarada al setenta y cinco por ciento, si el cociente de lo pagado entre lo jugado es inferior a un sesenta y dos por ciento, sabe perfectamente que TIENE que soltar el premio. Esto no lo han comprendido nunca sus empleados ni él se ha preocupado de explicárselo.
- ¡A aprender, a Salamanca!-. Dice él.
De ahí la sorpresa de Pepe y la suerte que éste le atribuye.
Lucas, en definitiva, no hace trampas pero, claro está, sí juega con ventaja y se pasa la Ordenanza por la entrepierna. O es que su juego consiste en la emoción de ver si le pillan.
- Lo primero, Pepe, hay que tener suerte. Luego, calcular bien y, por último, estar en el momento oportuno. Más o menos como Emilia.
- Pero tú juegas con ventaja, con ese lío que haces con los números...
-¡Naturalmente! ¡Por eso juego! Si no, que se lo dejen los pardillos... Pero tengo que saber echar los números. ¿O no? ¡Pues aprende! Y si no, ya sabes, no juegues. Ni a la máquina ni al bar. Ahorrarás tiempo y dinero y, sobre todo, dolores de cabeza..
Está recogiendo las ganancias y apilándolas sobre el mostrador cuando entra Emilia.
- ¡Coño! ¡Ya está el jefe llevándose la maquinita! ¡Y yo que venía a echarle unas perrillas!
- Al que madruga, Dios le ayuda -. Lucas hace por evitar el beso que quiere darle la mujer.
- Se lo podía meter donde le cupiera... -. Piensa. A saber si se pincha, porque con dos abortos seguidos y lo flacucha que está... De coca, eso sí que seguro que se pone. Además, Emilia tiene pinta de cariñosona, siempre cachondona y simpaticota, pero Lucas intuye que, en el fondo y a la hora de la verdad, debe ser más arisca que una gata rabiosa.
- ¿Y tu marido?-. Le pregunta.
- Trabajando. Hoy le toca de mañana.
¡Buen camarero ese Pedro! Pero cuando contrató a Pepe estaba trabajando por fijo y, además, está el asunto del trapicheo que, aunque Lucas piensa que Pedro no participa en él, sí que lo consiente, tanto en su casa como en el círculo familiar y de amistades de su mujer.
- ¡Pepe! -. Ordena Lucas -. Invita a Emilia a lo que quiera. Y tómate tú también algo. ¡Ah, y cóbrame los whiskys! ¡Ha tocado la máquina!
Pepe se pone una ginebra con tónica y a ella le sirve una cerveza. Emilia es de las que no protestan cuando ve que Lucas juega, pero es porque ella misma se deja muy pocos duros y, además, ignora lo de la lectura de los contadores.
Lucas paga en su propio bar ya que, desde hace unos meses, se lo tiene medio subarrendado a su empleado y no considera justo hacer gasto a costa de los beneficios del otro. Aunque, mientras está pagando, se pregunta cuándo diablos le pagará Pepe a él las cifras que le debe, que ya empiezan a ser creciditas.
En estos momentos entra Pablo, con su periódico en la mano y con cara de querer dormir. Pide un café y se pone a leer. Lucas no sabe si ni tan siquiera le ha visto.
- ¿Qué pasa, Pablo? ¿Ya no saludas a los amigos?
- Es que como estaba, usted, tan ocupado contando los dineros, no he querido distraerle.
Lucas y Pablo se hablan de usted cuando están de guasa o, simplemente, cuando quieren. De todas formas, Pablo no es hombre que hable mucho por la mañana cuando le toca el turno de noche y viene para acostarse. Es vigilante y, además, árbitro de fútbol sala. Por las noches, cuando no trabaja, se tira hasta las tantas bebiendo jarras de medio litro de cerveza o cubatas de ron con limón. Es un poco pesado con la música y siempre está pidiendo que le pongan canciones románticas. Hace años que se separó de su mujer, después de ser expulsado de la Guardia Civil. Lucas ignora los motivos. Lo que sí sabe es que tiene una hija de unos quince años, que vive con la madre. Pablo coge, muy a diario, unas borracheras de campeonato, pero no se mete con nadie.
- Pues ahora sí que me voy al Rastro, Pepe. Ya te dejo en buena compañía.
Y, con los billetes que ha cambiado bien guardados en el bolsillo del pantalón, sale a la calle Embajadores. Casi en la misma puerta se encuentra con Ricardo y con doña María Teresa. Les saluda afectuosamente:
- ¡Insigne cantante y compañía! ¿Cómo están ustedes?
María Teresa Paniagua Arteta fue, en su ya lejana juventud, una excelente soprano lírica que cultivó el género de la zarzuela porque, según ella, se acomodaba más a sus aptitudes y gustos de actriz que la ópera. Ricardo fue su representante y, más tarde, su amante y su marido, oficialmente. Pero, según cree Lucas, continúan sin formalizar legalmente su relación. Ambos son encantadores, educados (aunque a Ricardo se le nota un tanto, por sus gestos de picardía, su ir y devenir por el submundillo teatral, con sus tejemanejes y puñaladas traperas por la espalda) y son la clase de público que a Lucas le gustaba atender, aunque su gasto no fuera nunca muy elevado. Se limitaban a tomar unos chatos de vino y gustar de los aperitivos sabrosos que les preparaba. Se les iban los ratos en charlar sobre música y en escuchar las cintas de Pavarotti, del cual Ricardo es un gran admirador. Siempre han discutido por ese motivo. Lucas es un acérrimo de, como él dice, DON Alfredo Kraus. Entre comparaciones y recuerdos de anécdotas de Ricardo, que ha conocido a todos los grandes cantantes de zarzuela de los años cuarenta y cincuenta (Redondo, Ausensi, Berganza), se iban las dos o tres rondas de vinos. Y a Lucas le servía de consuelo conversar con personas de ese nivel, harto como estaba de tratar a la gentuza que, en su mayoría, componía el público del bar. La verdad es que no comprende como siguen viniendo a EL HOBBIT ahora que no está él, que los aperitivos son de lo más pobre y que la suciedad prima sobre toda otra característica del local. Supone que la conversación que les da Pepe se debe limitar al tiempo y a los chismorreos del barrio, cosa que a la pareja que, sin duda, vive en él porque no tiene posibles para cambiar de domicilio, le afecta negativamente, sobre todo a María Teresa que, con su voz fina e impostada (parece que en cualquier instante va a interpretar a la Duquesa Carolina, de la Luisa Fernanda), es una persona de alta sensibilidad.
- ¡Cuánto tiempo sin verle! -. Vocaliza más que habla la soprano -. Ya no quiere nada con este barrio.
- ¡Naturalmente que sí, señora! Lo que pasa es que tengo otros asuntos que atender.
- ¡Ya, ya...! -. Interviene con su socarronería Ricardo -. ¡A saber los asuntos que tienes tú..!
Doña María Teresa siempre le ha tratado de usted. Ricardo le ha tuteado desde un principio y él ha hecho lo mismo. La verdad es que, sin saber por qué, Ricardo, siempre se está chanceando a costa suya, como atribuyéndole aventuras con las clientas, que nunca ha mantenido. Imagina que pensará el ladrón que todos son de su condición...
- Nos enteramos de la muerte de su madre... -. Asegura ella - ¡Cuánto lo sentimos!
- ¡Gracias! Era ya muy mayor, pero se murió de una forma tonta.
- Es que a ciertas edades...
Gente cultivada, en suma. Lucas piensa en qué dispar es el mundo de EL HOBBIT: Traficantes de género robado y camellos, artistas retirados y holgazanes que nunca tienen ningún quehacer, gente de honradas chapuzas... Con trabajo fijo, casi ninguno. Y todos ellos han pasado por su barra y han bebido en los mismos vasos. No hay duda de que el licor iguala a todas las clases sociales.
- Pues voy a ver si compro algo de música...
- Ya traerás de ese ruido enlatado... -. Se ríe Ricardo.
- Tal vez pille algo de Kraus. Bueno, o de Luciano...
- ¿Y su esposa, cómo sigue?-. Pregunta María Teresa, amablemente.
- ¡Tan guapa como siempre y con todos sus males como de costumbre!
- ¿Sí? ¿Qué le ocurre?
- Mire. -. Lucas sonríe -. Acabo antes preguntándole todas las mañanas qué es lo que no le duele ese día...
- ¡Será que le das mala vida, pillastre..!
- ¡Que no, Ricardo! Lo que pasa es que ya sabes cómo son las mujeres, excepto aquí, la insigne...
María Teresa hace un gesto de negativa.
- ¡Qué va, qué va! Si yo ya estoy para el arrastre. Pero, claro, a mis años...
- ¿Ya presume de vieja? Si aún podría hacer Doña Francisquita.
- ¡Sí! -. Asevera Ricardo. Y añade el muy guasón: - Pero de abuela de la Francisquita...
- Los que tenéis mala sombra, la tendréis hasta el final. ¡Mira que eres!
Con estas palabras y tras una breve despedida, Lucas les deja y sube hacia el Rastro. Ellos entran en EL HOBBIT.
En la esquina con Tribulete se hallan unos moros de los que pasan droga. El Municipal que controla el tráfico está en el centro de la calzada, a pocos metros de ellos, pero hace caso omiso. Siempre es así en el barrio. Todo se ignora y se hace la vista gorda. Mucha cacerolada, manifestaciones contra la droga y los que siempre están armando bulla y protestando en primera fila son los que más "pasan". En el barrio hay mucho pasante. Y no de Notario, precisamente, sino de toda clase de drogas. Siempre se les echa la culpa a los moros pero tanto o más pecan, de lo mismo, los cristianos. Está visto que unos llevan la fama y otros cardan la lana. Por eso el guardia también se hace de nuevas. ¿Para qué complicarse la vida?
También están algunos de los chicos del equipo de fútbol. Se ve que ya han terminado el partido. Paran delante de los recreativos, sin un duro en el bolsillo y tonteando con las chicas para pasar el rato. Saludan a Lucas con un ¿qué hay?. Casi todos le deben algo, un botellín, algún "mini"... Deudas de ésas que se van olvidando hasta que caducan de viejas y de puro aburrimiento.
Lucas cruza la acera y, en la misma puerta del bar de la esquina, el OSS, se da de bruces con don José. Éste parece no conocerle y se cruzan sin decirse nada. Va sin afeitar y con muy mal aspecto. Eso sí, lleva su traje de siempre, de señor. El que sirvió para dar el pego. Pero ahora se le ve arrugado y sucio. Parece que don José ha bajado más de un escalón en su vida desde que no se ven. Pasa de largo.
- ¡Serás cabrón! -. Murmura Lucas. Ganas le entran de volver sobre sus pasos y decirle algo.
Nota que el whisky le ha calentado la cabeza y le ha puesto deseos de bronca.
- Y de hacer justicia, ¡qué leches! -. Se dice. Pero domina sus impulsos y continúa su camino.
Desde luego, la faena de "don José" fue de órdago. ¡Cómo les tomó el pelo a todos, a él, a su hijo, a su mujer, a Bea..! Bueno, a todos no. A Pepe no le pilló de susto. Pero es que Pepe, por aquellos días, no trabajaba aún en el bar y, además, es como la portera del barrio y se sabe las vidas y milagros de todos los vecinos, de qué viven, lo que gastan, quién está liado con quién y hasta si duermen poco o mucho, si se tercia.
Don José venía todas las mañanas, después de dejar a su nieta en el colegio. Tomaba su copa de chinchón, raramente dos, y conversaba con Lucas. Que estaba de baja por enfermedad, decía. Su mujer había fallecido hacía poco tiempo y su hija, con diecisiete años, tuvo una niña sin padre conocido más que por ella. El hombre, afectado de depresión, pidió la excedencia en el Ministerio y se vino desde Vigo, donde trabajaba, a Madrid, a cuidar de su hija y de su nieta. Era todo un señor subinspector de Hacienda. Su conversación era culta, amena y estaba muy al tanto de todo lo que decían los periódicos. De política sabía mucho, de fútbol bastante y, además, aquel año, el Deportivo iba dando la campanada. Su acento gallego, reposado, erudito y con estilo, magnificaban su escasa presencia, ya que, aunque grueso, no era nada alto.
Lucas le invitaba, a veces, a una segunda copa, a la cual no parecía poner buena cara, como si no le apeteciese beber de más a primera hora. Luego, saludando amablemente, decía que se marchaba a su casa. A la una menos diez se le veía bajar a recoger a la niña. Por la tarde, a eso de las cinco y media, volvía, casi siempre con la nieta, de buscarla del colegio. Pedía un gintonic de Larios, con su rajita de limón, y lo paladeaba lentamente. A veces, muy a menudo, pedía un segundo. Si llevaba a la niña, le daba a ésta la tónica que sobraba del "pelotazo" y raro era el día que no le compraba alguna chuchería o algún tebeo.
El caso es que, un domingo, cuando Lucas venía para EL HOBBIT, se le encontró y le notó la cara un tanto colorada, pero por ningún momento pensó, o no se dio cuenta, que aquel buen señor pudiese no ser más que un alcohólico empedernido. Lucas debía de estar en la inopia o iba pensando en otras cosas.
La faena vino cuando Lucas, a quien "se le había olvidado" incluir en su Declaración de la Renta unas cantidades importantes, recibió un requerimiento de Hacienda y, muy preocupado, lo comentó con don José.
- ¡Fíjese! ¿Qué hago yo ahora?
- Tranquilo.... - Aseguró el flemático "subinspector". -. Déjeme la citación y la declaración que presentó y mañana me pasaré yo a ver a un compañero. Al jefe de mi hija también le saqué de un apurillo y era bastante más importante.
Así lo hicieron.
Dos días más tarde se presentó en el bar, luciendo una sonrisa de oreja a oreja.
- Todo arreglado. Tenga. -. Le tendió el sobre que le había dejado -. Guárdelo y, si le llaman, cosa que no creo, le enseña al funcionario lo que lleva escrito.
Don José había puesto, después del nombre y apellidos de Lucas, una serie de números y letras.
- Pero, ¿tendré que pagar?
- Eso ya lo veremos. Pero, si acaso, por supuesto que sin recargo y en el plazo que usted pueda.
Algún tiempo después, don José se trasladó unos días a Galicia. Iba a solventar un asunto familiar, incorporarse momentáneamente al trabajo y a solicitar el destino, definitivo, en Madrid. Tardó pocos días en volver. Y ya lo hizo como inspector de Hacienda, destinado a la Delegación de la calle Montalbán.
Todos lo celebraron y, efectivamente, ya no venía por las mañanas a tomarse su copa de chinchón. ¡Qué bien lo hizo! Hasta cuando hubo unos días de luto oficial con motivo del fallecimiento del padre del Rey, apareció por el bar diciendo que aquellos dos días no trabajaba por dicha causa.
Por las tardes continuaba yendo con la niña y tomándose sus gintonics. No se volvió a hablar del asunto del requerimiento y Lucas dormía tan tranquilo. Hasta que un día don José le dijo que volvía, por un corto tiempo, a Vigo, a resolver unos expedientes que había dejado sin concluir y que su suplente no acababa de solucionar. Tardaría menos de un mes en volver.
Fue entonces cuando Lucas volvió a recibir la citación de Hacienda. Confiando en los poderes de aquel mágico talismán que parecía ser la clave escrita por don José y no pudiendo contar con la presencia de éste, se acercó a la Delegación y mostró el sobre al inspector que le requería, haciéndole hincapié en aquella clave. El funcionario dijo que muy bien, que qué significaba aquello.
- ¿No le ha visitado don José...? -. Lucas dijo los apellidos, como si se trataran de un "ábrete sésamo". -. Él me dio este sobre, con estos códigos, por si me llamaban.
- Nosotros no conocemos a ese señor. ¿Cómo dice que se llama?
Lucas buscó y encontró la tarjeta que tenía de don José. El funcionario la examinó. Después, le dijo con cara de sorna:
- ¿No se ha dado usted cuenta de que esta tarjeta no es de imprenta? ¿Que es de las que se hacen en el Metro y en otros sitios? ¡Vamos, que podía decir que era el Ministro de Economía y Hacienda! Le han tomado el pelo, amigo.
A Lucas se le vino el mundo encima. No por la deuda tributaria sino porque no acababa de creerse que fuera mentira lo de don José.
Aquella mañana llamó a la Delegación de Hacienda de Vigo y preguntó por él. Allí no le conocía nadie. Esa tarde fue en busca de su hija, que trabajaba en una tienda muy cerca del bar.
- ¿Y tu padre? -. Le preguntó -. ¿Cuándo vuelve?
- Tardará bastante... -. Respondió la chica -. ¿Le quería algo?
- Sí. Consultarle una cosa de Hacienda. Porque tu padre trabaja en Hacienda, ¿no?
- No, no señor. Mi padre trabajó hace años. Era conserje. Pero ya está jubilado. Por enfermedad, ¿sabe?
¡Vaya galimatías y vaya metedura de pata! ¡Hasta el corvejón!
- ¿No tiene teléfono en Vigo?
- No, si él no está en Vigo. Está en un pueblecito. Y sí, apunte usted...
El teléfono que le dio no le valió para nada. Nunca contestó nadie.
- ¡Así que inspector de Hacienda y que trabajaba en Montalbán! ¡Qué hijo de puta!-. Lucas le puso a parir.
Unos días más tarde se enteró de que "don José" tenía pellas por todos los bares del barrio, los cuales frecuentaba por las mañanas después de pasar por EL HOBBIT. Y que su enfermedad, claro está, no era otra que la del cariño que sentía por la priva; o sea, por la bebida.
Menos mal que el inspector de Hacienda que le tocó en suerte fue comprensivo y solamente sancionó a Lucas con la máxima rigurosidad que le permitían las leyes. ¡No le metieron en "el talego" por puro milagro y porque la deuda no era tan importante! Y claro que tuvo que pagar, con un aplazamiento que consiguió de otro funcionario, pero hasta la última peseta. ¡Y todo gracias a don José, al cual, por lo menos, se le podía agradecer que en EL HOBBIT hubiese abonado todas sus consumiciones, no como en los demás sitios!
Lucas se vuelve y le mira caminar vacilante, dándose medios tumbos.
- ¡Más has perdido tú, pobre hombre! Al fin y al cabo, lo mío era cosa de dinero y eso siempre se arregla, de peor o mejor forma. Pero lo tuyo es de psiquiatra... De ser don José, has pasado a ser Pepón, el borracho del barrio.
Esto de mentir y adoptar falsas personalidades es uno de los rasgos más originales de los alcohólicos en activo, hacerse pasar por lo que no son, fingirse personajes ajenos a su realidad y que ejercen las profesiones más diversas: desde policías - como otro Jose que conoció Lucas y que iba hasta con una emisora de la frecuencia de dos metros, sobre la cual decía ser el medio de ponerse al habla con la Jefatura - hasta ingenieros, periodistas, médicos, etc... A toda esta caterva bien la conoció Lucas en el bar. Pero, tal vez, tan original como Inspector de Hacienda y, encima, amigo de hacer favores imposibles, capaz de fingir durante varios meses y pagando religiosamente, acompañado de nieta - como buen abuelito que era - no se encontró con otro caso.
Lo malo de estos actores del alcohol es que se ríen cuando recuerdan sus hazañas y no se dan cuenta del ridículo tan espantoso que hacen ante los que, avispados, se percatan del engaño. Entonces todo el mundo les desprecia, ya que las voces se corren sin querer. Lucas no mencionó el incidente de don José a nadie, exceptuando a Fabi y, éste, seguro que no lo comentó, pero al cabo de poco tiempo ya era del dominio público. En los demás bares se le acabó el crédito, no le aguantaron sus borracheras y hasta su hija, que la pobre poca culpa tenía, fue despedida del comercio donde trabajaba. Al parecer, el dueño oyó lo de que a él también "le había sacado de un apurillo". Se cabreó y lo pagó con la más débil.
Mientras Lucas se dirige al Rastro y medita sobre todos estos avatares, Pepe se defiende peor que bien en el bar. Ya se han ido Emilia y Pablo. Y Ricardo y María Teresa. Ha llegado Alfonso, el primo de su ex-mujer, y están hablando. Y es que Pepe se permite el lujo de ser separado, no por lo legal sino por la práctica del "¡ahí te quedas!", como es habitual en el barrio entre gente de pocos saberes y menores medios, aunque en este caso la que se "abrió" fue su mujer, que se largó con otro hombre y tuvo una niña con él, dejándole a Pepe con los dos hijos del matrimonio, chico y chica, y con más cuernos que un vitorino.
Menos mal que Pepe es bajito; si no, habría que haber hecho más altas las puertas de EL HOBBIT para que pudiera pasar bajo ellas sin rozar el cierre con la cabeza. Pero, las cosas como son: raro es el día en que su "ex" no viene con la niña por el bar y hasta, una vez, Lucas les pilló dentro de la cocina, "preparando unos aperitivos". Claro que esto sobrevino después que la mujer se percatase de que el dinero pasaba por las manos de Pepe antes de llegar a las de Lucas y, a partir de ahí, fue cuando las cuentas empezaron a fallar. Como le decía Lucas:
- Pepe, ¡que ata más pelo de coño que maroma de barco...! ¡Que se te va a meter otra vez en casa, con niña y todo! ¡Y hasta con el querido, si se le pone en las narices!
Pepe protestaba que de eso, nada. Pero cuando su hija, Marimar, se quedó preñada y parió malamente, claro que la madre se presentó en el cuchitril donde vivían, con la excusa de cuidar de su hija y del nieto que le había hecho el Manolo, el chocolatero. Le llaman así porque trafica con chocolate y da gusto ver las "piedras" de costo que lleva. Por eso maneja tanto dinero, a veces.
Así que, en menos de veinticinco metros cuadrados repletos de suciedad y de los más dispares objetos que no sirven para nada y solamente ocupan espacio, convivían el padre, la madre, la hija, el novio de la hija, la hija que tenía otro padre y el recién nacido. Y la suegra, que también venía a ver a las nietas y al biznieto. ¡La Biblia en verso! No es raro que Pepe, de por sí ya aficionado al morapio, aprovechase su trabajo en EL HOBBIT para empinar a gusto el codo. De alguna manera tenía que matar las penas.
Alfonso, el primo de la mujer de Pepe, es albañil y era quien le empleaba a aquél en las chapuzas, antes de que comenzase a trabajar en EL HOBBIT. Es buena persona y poco bebedor: Unos vinos de vez en cuando. De trabajador no parece tener mucho, pero se defiende. Las mujeres son las que sí que le pierden; siempre anda detrás de algunas faldas. Y eso que ya es talludito.
Cuando habla con Lucas, es muy correcto y siempre lo hace de usted. Él fue el primero en dudar cuando a Pepe se le contrató pero, como tampoco tenía una necesidad imperiosa de sus servicios, hasta casi le agradeció que se lo quitasen de encima. Es hombre de pocas palabras y siempre parece querer pasar desapercibido. Paga religiosamente sus rondas y para lo único que se aprovecha de EL HOBBIT es para convertirlo en almacén temporal de herramientas, cuando tiene una obra cercana.
- ¿Qué, ha estado el jefe por aquí hoy, no?-. Le pregunta a Pepe.
- Sí, ahora volverá. ¿Quién te lo ha dicho?
- Como te veo limpiando un poco...
Pepe suelta una palabrota. ¡Siempre tiene que estar alguien metiéndose con él, por lo mismo!
- Y seguro que venía por pastizara... Y tú no se la has dado.
- ¿Qué querías que hiciera? ¿Darle el dinero y quedarme sin comer? Él ya tiene bastante... Además, aquí el que curra soy yo.
- Tú curras y las otras se lo gastan. Cualquier día, Lucas, con lo buena persona que es, te va a mandar a la mierda. Y con razón. Porque tonto, lo es un poco. Pero debe estar hasta los cojones de que le cuentes historias. ¡Anda, que la que le metiste el otro día, con lo del robo..!
Unas semanas antes de aquel domingo, Lucas había llamado a Pepe y le había preguntado que cómo andaba de cuartos, para ir saldando cuentas. Era un lunes. Pepe se puso por las nubes:
- ¡No me jodas! ¡Ya se han ocupado otros de llevárselo antes que tú!
- Extraña contestación... -. Pensó Lucas -. ¿Qué ha pasado?
- Que ayer, domingo, nada más abrir, me entran tres fulanos... ¡Y el caso es que no tenían mala pinta! Me piden unos cafés y, cuando me vuelvo para ponérselos, me ponen una navaja en el cuello y me dicen que les dé todo lo que tenga en la Caja. ¡Ya ves lo que iba yo a hacer! Si no podía moverme... Pues hasta el último duro que les tuve que entregar.
La verdad es que el espacio entre la Caja y la cafetera es muy estrecho y que Pepe es muy gordo. Malamente podría resistirse.
- ¿Cuánto te quitaron?-. Quiso saber.
- Más de cuarenta mil. ¡Lo que te tenía preparado!
- ¡Qué casualidad, coño! ¿Y las tenías en la caja y no en la cocina, como siempre?
- Pues... ya ves. ¡Casualidades! Las acababa de sacar porque había que hacer aperitivos y no quería que estuviesen por en medio...
- ¡Sí que es casualidad, sí! -. Se lamentó Lucas-. ¿Llamaste a la Policía?
- ¡Naturalmente! ¡Claro que llamé! Y bien rápido que vino la pareja... Pero, como me dijo uno de ellos, poco podían hacer. Me preguntaron cómo eran y se lo dije. Dijeron que a uno ya le conocían y que le seguían los pasos. Que intentarían echarle el guante.
- ¿Presentarías la denuncia en Comisaría, verdad?
- Pues, no... -. Se turbó Pepe -. El policía me dijo que no era necesario, que ya andaban ellos detrás de los mangantes esos.
- ¡Pero, Pepe. ! ¿Tú no sabes que tenemos una póliza de seguros que nos cubre del robo? Pero para eso hay que presentar la denuncia y el estado de la Caja...
- Es que no quise cerrar el bar para ir a la comisaría y tener que perder la mañana. Además, que ya te digo que el policía me dijo que, seguramente, les enganchaban.
- Sí, muy bien. Que les enganchen. Pero, ¿y de la pasta qué? ¡A ésa sí que le pueden echar un galgo!
Lucas estaba irritado porque le sonaba a cuento chino. ¡Eso de que Pepe tuviera tanto dinero en la Caja y, sobre todo, que no le hubiera llamado a continuación y esperase a contárselo al otro día, cuando a él se le ocurrió llamarle...!
- ¡Chico, te pasa cada cosa! -. Y, cabreado, le colgó el teléfono.
Claro que, opinó Lucas, ¿qué más daba que hubiera denunciado el atraco? Para justificar la cantidad robada hubiera tenido que presentar las cuentas de Caja y, según la última vez que las había visto, podían tener "menos treinta y tantas mil pesetas". O sea, que Pepe marcaba los cobros como quería y los pagos cuando le venía en gana. Pero lo que él cogía, o no lo marcaba o lo marcaba dos veces, una como entrada y otra como salida. ¡Vamos, que no había contable que le entendiera! De poco le hubiera servido ir a la Compañía de Seguros y decirles:
- Que me han robado...
- ¿Y cuánto? -. Le iban a preguntar.
- No lo sé. -. Tendría que contestar, como un idiota.
Total, que el dinero se dio por perdido y otra semana sin cobrar.
Alfonso, muy cachazudo, mira a Pepe, tras de mencionarle lo del robo y el cuento que le metiera a Lucas. Se sonríe, irónico.
- ¡Pues claro que me robaron! ¿No te lo dije nada más llegar tú?
- Pues poco se ha hablado del tema por el barrio. Además, no se ha mencionado que viniera ningún coche de Policía esa mañana...
Pepe encuentra la excusa.
- Es que como había Rastro y la Comisaría está en todo el medio, vinieron andando. ¡Pero claro que vinieron!
- Ya... -. Alfonso apura su vaso de vino -. Tú sabrás. Pero eso no hay cristiano que se lo crea, tal como lo has contado. Anda, ponme otro vino, que me marcho.
Los vasos que deja Alfonso, una vez que ha bebido, están, siempre, como cubiertos de yeso. Se conoce que, aunque sea Domingo y se haya puesto de bonito, no se puede quitar el oficio de la piel.
-Ya te digo... -. Continúa, mientras bebe el vino. -. Lucas es un poco ingenuo. Se le nota que no es del barrio. Que es más fino y está poco picardeado. Pero de gilipollas no tiene ni un pelo. ¡Cualquier día..!
Pepe se mantiene en silencio. ¡No, si eso ya se lo teme él! Pero sabe que Lucas es más paciente que el santo Job, que le quiere y que, además, tiene guita para aburrir. Mientras le dure, ¡que ruede la bola!
La mañana se va animando en EL HOBBIT, poco a poco. Unos que entran y piden unas cañas. Algunos que otros botellines que toman otros y la tragaperras funcionando de vez en cuando, cumpliendo su misión después de cómo la ha dejado Lucas. Pepe se toma algunos cortos más de cerveza y va bamboleando su rechoncha figura de un extremo a otro de la barra, sin demasiadas prisas ya que tampoco la afluencia de público lo requiere.
De repente, como si se tratase de un terremoto, la puerta se abre y el bar se ve invadido más que visitado por la presencia de un muchachote enorme. Fuerte como un oso, pelirrojo de pelo y de barba, vistiendo una camiseta de manga corta que deja entrever la pelambrera de su robusto pecho y de sus anchos hombros, hablando a grandes voces a unos y a otros, riéndose hasta del lucero del alba, allí implanta sus reales Fabi, el fabuloso Fabi, protagonista de tantas divertidas y variopintas historias. A su lado, silenciosa como siempre y con sonrisa de mosquita muerta, entra Esperanza, su mujer, empujando el cochecito de la niña. La verdad es que, ante la enorme presencia del marido, Esperanza y su hija pasan casi desapercibidas.
- ¡Vamos, Pepe, mueve el culo y ponme un mini con derecho a escándalo!
Le hace un comentario a uno de los clientes y sus carcajadas atruenan el bar.
- ¡Hombre, Fabi, ha estado por aquí Lucas, buscándote!-. Le dice Pepe.
- ¿Y qué se cuenta el capullo del Luquitas? ¿Dónde ha ido?
- Al Rastro, a dar una vuelta, pero no tardará.
Fabián Amaya... El mejor amigo de Lucas en EL HOBBIT además de ser, seguramente, su mejor cliente. Es toda una institución en el barrio y en el bar. Se mete en cualquier fregado que haga falta, por su carácter noble, franco, cachondo a más no poder y con su corpachón robusto, demasiado gordo desde que se casara. Mete unas bofetadas, cuando es necesario y le tocan los busilis, que arde Troya. Fabián Amaya. Él solamente es casi EL HOBBIT entero. Si se tienen ganas de reír, se puede escuchar su larga retahíla de chistes. Si se siente uno inseguro, se pone a su lado. Y si se tienen ganas de acabar en la Casa de Socorro no hay más que meterse con él o con alguno de sus amigos. Bueno, si ya se meten con su mujer, como una vez hizo un pobre infeliz, mejor que antes se haga testamento y deje encargado y bien pagado el funeral por adelantado. Si Fabi no tuviera ese carácter infantil e inocente por el que es querido, se diría que es una mala bestia y un indocumentado. Pero se hace querer por todos, de lo puro bueno que es. Solamente le temen los mangantes y los camellos, los yonquis y, en definitiva, las gentes de mal vivir. Esos que no se le acerquen, que no quiere ni verlos.
Bebedor hasta la saciedad, apenas si el alcohol le hace más efecto que el estar un poco más alegre de lo que de por sí mismo ya es. Come como una bestia y rotundo es en su comentario:
- ¡Igual que come el mulo, caga el culo!
Se conoce que su juventud, su gran vitalidad y su enorme fortaleza se burlan de la bebida. Se bebe lo mismo un litro de cerveza de un trago que, después de pegarle a la birra, se mete tres cubatas de Dyc con cocacola. El caso es que nunca se le ha visto borracho, ni siquiera un poco mareado. Pesadillo sí que se pone, a veces, pero gracioso. Muchos le quieren y todos le respetan.
Lucas siempre se echaba apuestas con cuantos conocían por primera vez a Fabi, acerca de la profesión del mismo.
- ¿Mil duros a que no acierta usted a qué se dedica Fabi?
- No sé... ¿Camionero, descargador de frutas, boxeador?
Cuando se daban por vencidos, Lucas anunciaba, triunfalmente:
- Trabaja en una fábrica de pianos.
- ¡Ah, claro! Es el que los descarga... -. Decía siempre la gente.
- ¡Pues no, señor! Es quién los afina.
Y es que Fabián Amaya, con todo su aspecto de oso pardo, su corpulencia desorbitada, engrandecida si cabe por una no muy alta estatura, al cual se le podía predestinar para cualquier oficio que exigiera una musculatura sobrehumana, posee el mejor oído musical que tanto Lucas como Ricardo hayan conocido. Es capaz de distinguir y de saber qué nota en particular es la que suena en una canción, por mucho barullo que haya en el ambiente.
- ¡El día que yo me quede sordo, se me acabó el invento! -. No hace más que repetir. Y es el mejor afinador de pianos de Madrid. Claro que también los descarga cuando llegan al almacén; pero esto lo hace solamente por hacer gracia y por dar ejemplo a sus compañeros de lo que es ser trabajador, que lo es un rato.
Estando Fabi en el bar, llega Santos, callado como siempre. Se acoda en la barra y, sin que haga falta que lo pida, Pepe le planta delante el primero de una interminable serie de botellines del Mahou. Así se pasará las horas muertas hasta que diga que se va a comer o a cenar, según se lo pida el cuerpo. Santos no ocupa espacio en la barra y apenas si alguien sabe como habla; al contrario que Fabi, que llena con su inquieta presencia y su vozarrón todo EL HOBBIT. Santos es pintor de obra, de estructuras metálicas, de los que se suben a donde Dios no manda y sin atarse el cinturón de seguridad porque es molesto. Más propio sería decir que era pintor, porque lleva ya varios meses de baja. Él dice que es por cuestiones de vértigo, de algo del oído. Lucas siempre ha pensado que el exceso de botellines puede tener la culpa.
Santos y él se conocieron en la obra del Recinto Ferial, allá por el 1989, cuando Lucas trabajaba en el almacén de dicha obra. Una tarde, cuando se vieron en el bar, no hacían más que mirarse el uno al otro.
-Yo le conozco a usted... -. Dijo Lucas.
- A mí me pasa lo mismo.
Y hablando de por dónde habían vivido, de qué bares habían frecuentado, de en qué habían trabajado, cayeron en la cuenta, por el oficio de Santos, de que se conocían de la obra. Desde aquel día, Santos no fallaba y venía, puntualmente, a beberse su ración de botellines. Es vecino de pensión de Epi y, Lucas, siempre que le ve, le pregunta por éste. Nunca sabe nada.
Fabián deja medio mini encima de la barra y le dice a Esperanza:
- Aguarda, que voy a ver si está el Largo.
Y se va a los recreativos, como un niño más que en el fondo es, pero con cuerpo de coloso, como un Obelix. Allí juega al futbolín, a las máquinas de vídeo; se ríe con unos y con otros y le gasta bromas hasta al señor Félix que, arrastrando sus muchos años, encauza ya sus pasos, calzado en zapatillas de pana y acompañado de su mujer, hacia el bar.
- ¿Qué pasa, señor Félix? ¿A tomar el vinito?-. Le da un cariñoso palmetón en el hombro que por poco si estrella al anciano contra el suelo-. ¡Ah, perdone! Si es que está usted para pocos trotes. ¡A ver si nos cuidamos más!
- Cuando yo era joven y trabajaba en el tinte... -. Comienza su clásica batallita el señor Félix.
Fabi le sonríe y, sin decir palabra, se da la vuelta y se mete en los recreativos. El señor Félix es muy gracioso pero ¡cuando pega la hebra y te cuenta sus andanzas desde que naciera en Puertollano que, según él, es el pueblo de las dos mentiras, porque ni tiene puerto ni es llano, es insoportable! Su pobre mujer, delgadita, menuda, siempre sonríe al escucharle. Se nota que sigue tan enamorada de su viejito como cuando se hicieron novios, hace la tira de años.
El señor Félix siempre toma vino blanco con Casera y, para que no le siente mal, Lucas siempre le pone más cantidad de ésta que de aquél. Y es que el señor Félix, que vive en la calle de Santiago el Verde, todas las mañanas del año, haga sol, esté nublado, llueva, nieve o caigan chuzos de punta, se hace el "caminito". Lucas ha contado hasta catorce bares en la ronda que efectúa y, si en cada uno se toma un chato, por mucha Casera que le metan, son demasiados para sus años. Por la tarde, vuelve a tomar la misma ruta, solamente que esta vez un poco más corta y con menos paradas. Total que, entre lo que se gasta en vino y lo que se mete para el consumido cuerpo, pocos ahorrillos le quedarán, tanto de salud como de pesetas.
Su mujer nunca entra en los bares. Siempre se queda a la puerta, sentada en algún banco o hablando con una conocida. A Lucas, cuando le ve por la calle, siempre le saluda, sonriente. ¡Qué mujer! Calladita, obediente, cariñosa... Se nota que es de las de antes de la guerra.
Efectivamente, el señor Félix entra en EL HOBBIT y su esposa se queda en la puerta. Nada más verle, Pepe alcanza la botella de vino y la copa. El hombre se está buscando en el bolsillo las sesenta pesetas que cuesta el chato.
- ¿Qué hay, señor Félix? ¿Hace buen día?
- Ni bueno, ni malo. Para ir pasando. -. Y se ríe de la gracia que cree que acaba de decir.
Éste es el señor Félix, de segundo nombre Traslación de Santiago, según siempre cuenta. Por lo que dice, nació el mismo día en que se produjo el traslado de los restos del Apóstol a Compostela y por eso le llamaron así. ¡Vaya usted a saber si es cierto o es una de sus bromas habituales, porque es muy bromista aunque también gasta muy mala leche cuando habla de algún vecino a quien tenga manía! Ha vivido en el barrio desde que llegó a Madrid y ha trabajado en un tinte de la calle Casino, donde entró de aprendiz y se jubiló de oficial, hace ya años. Su vida entera ha transcurrido en Embajadores y no le sacarán de ahí si no es con los pies por delante.
- ¡No me eches la Casera fría! ¿Eh?-. Exige.
Y es que el señor Félix es muy mandón.
- Tranquilo. -. Le asegura Pepe. -. No quiero que se me constipe.
Mientras estas cosas están ocurriendo en el bar, Lucas camina por la calle Casino en busca de la Ribera de Curtidores. Al cruzar la calle de Peña de Francia ve, estacionada, la furgoneta de Jose Pladur.
- ¿Qué habrá sido de él? ¡Qué pena de hombre! -. Piensa -. ¡Cómo se echó a perder!
Y recuerda los ratos pasados con el simpático de Jose, que venía al bar a tomar las copas del licor de manzana que Lucas adquiría, exclusivamente, para él. Algunas veces traía a su hijo y siempre le compraba chucherías en el puesto de periódicos. Claro que semejaba raro que pasara tantas horas con Lucas, sin acudir al trabajo, pero parecían irle muy bien las cosas. Decía que tenía obras y que mantenía una cuadrilla de montadores de pladur. De ahí su apodo.
Los sábados por la tarde se conoce que dejaba al niño con alguien y, entonces, venía a EL HOBBIT a por una botella de cava, bien fría, que Lucas le cobraba no muy cara, para tomársela con la parienta a solas y mientras retozaban juntos. Pero un día se torció algo en su vida, se le fue el negocio de las manos, la mujer resultó que no era la suya... Lucas no consiguió aclarar nunca lo sucedido. Pero debió ser muy gordo porque Jose cambió el licor de manzana por el brandy y consumido en grandes cantidades. Empezó a dejar a deber y cuando Lucas le recordaba que tenía una cuenta, decía que ya... Estuvo mucho tiempo sin verle hasta que apareció con un aspecto desastroso, los pelos largos, sin afeitar, con la ropa sucia, hecho un verdadero Adán. Pagó lo que debía y dijo que se había comprado una Renault Express nueva porque tenía un trabajo muy importante. El caso es que le pidió a Lucas cincuenta mil pesetas para materiales y cuando se encontró con una rotunda negativa, preguntó que por qué.
- Mira.... -. Le contestó Lucas -. Hace tiempo que no te veo y no sé qué te ha pasado. Ya sé que si te niego el dinero, pierdo el cliente y el amigo. Pero si te lo dejo, pierdo el amigo, el cliente y el dinero. Y puestos a elegir... pues, prefiero conservar el dinero, ¿sabes?
- ¡Pero mira que eres cabrón! ¿No me he dejado yo en esta mierda de bar mucho más que esa pasta?
Lucas se echó a reír.
- ¡Puede que te la hayas dejado, hombre! Y bien agradecido que te estoy, pero tú eras libre de venir a gastártelo aquí o a otro sitio. Y venías aquí. Luego eras libre. Si ahora, porque te digo que no, ya me empiezas por llamar cabrón, tú sí que no respetas mi libertad. Me estás forzando a que te lo preste. ¿No crees que existe una pequeña diferencia..?
Lucas había aprendido que cliente que te deja a deber un día, a la larga, y aun a la corta, es malo. Recordaba una leyenda que había visto escrita, hacía años, cuando él era el cliente, en un mesón: SI BEBES PARA OLVIDAR, PAGA ANTES DE EMPEZAR... Y es que, el que un día deja a deber cien, al otro deja doscientas. Así, rodando, rodando, al final pasa al capítulo de incobrables. Y Lucas ya tenía varios. Así que si ahora pagaban justos por pecadores, pues... ¡mala suerte!
Meses más tarde y por mediación de Miguel, el Mimi como le llama Pepe, que también trabaja en lo del pladur, se enteró de que Jose había realizado unos trabajos para la empresa de aquél y que ni tan siquiera los había terminado; que se pasaba las horas de trabajo visitando el bar próximo y dándole a la coñac. Se había llevado, para trabajar con él, a un hermano de Bea que era un poco tartaja y al que no le pagó ni un duro. Cuando el muchacho, que fue el único que dio el callo en la obra, le llamó por teléfono para exigirle su dinero, la mujer de Jose Pladur le saltó con cajas destempladas, burlándose de su forma de hablar. El caso fue que, sin saber cómo ni quiénes, a Jose le pegaron una paliza y, desde entonces, ya no apareció ni de lejos por EL HOBBIT ni por ninguno de los demás bares de las cercanías. Pareció que se lo había tragado la tierra y tan sólo se veía su furgoneta, aparcada siempre en el mismo sitio. Era la Ley del Silencio; la "omertá", que se diría en Sicilia. En el barrio, cualquiera lo sabía todo de todos, pero nadie hablaba nada de nadie.
Allí, en la calle de Peña de Francia, también vivían dos parejas de cuidado: Manuel y Arancha y la pareja de drogatas, Miguel y Santi. ¡Vaya cuatro patas para un banco!
A Manuel y a Arancha siempre les había apreciado Lucas. Él era muy borracho, siempre de "sol y sombra", y ella no le iba a la zaga, pero de vermouth al mediodía y de whisky por las tardes. Entre los dos, y no se sabe cómo, criaban una niña preciosa, Isabelita, a la cual no estaba claro qué papel le reservaba la vida: Hija de padres alcohólicos, viviendo en medio de una miseria poco paliada por el sueldo de Arancha, que trabajaba en el INEM, y algún que otro jornalillo que aportaba Manuel cuando curraba durante pocos días, hasta que le echaban por borracho, en cualquier sitio. Pero como se lo gastaban en bebida...
Lo cierto era que a la niña no le faltaban muchas cosas y que siempre iba bastante arregladita. Se conoce que, entre los vapores del vino, les quedaba tiempo y algunas ganas de cuidar a su hija. Tenían un amigo, Pedro, Perico como se le conocía, que aquél sí que también las cogía dobladas y, además, era mala persona. Nunca se supo si vivía con ellos - Lucas sospechaba que sí - o si pasaba temporadas en su compañía. Si el tal Perico tenía líos con Arancha cuando Manuel estaba borracho o si también los tenía con Manuel - porque éste parecía hacer a pelo y a pluma por el amaneramiento que le salía, sobre todo cuando estaba como una cuba - esto tampoco se sabía, pero ambas cosas podían ser probables.
Pedro acabó a malas con Lucas y éste le ordenó no volver a pisar por EL HOBBIT. Como estaba Fabi cuando ocurrió el incidente, parece ser que se lo tomó muy en serio y ya nunca más se volvió a saber de él, afortunadamente. Arancha continúa viniendo pero Manolo también se dio la espantada el día que Lucas le pidió el dinero por adelantado.
- ¿Te he dejado yo a deber alguna vez?
- Muchas, Manuel...
- Y, ¿ no te he pagado siempre?
- Cuando te ha salido de los cojones, Manuel...
La voz de Lucas sonaba calmosa, tranquila, como dando largas.
- ¡Eso es mentira! Te he pagado cuando he podido.
- Claro, eso es lo que quise decir. Cuando has podido.
- Entonces, ¿por qué hoy no me fías, hoy que no te puedo pagar?
- Pues, porque hoy tengo un problema...
Manuel, que ya venía medio borracho de otro sitio, estaba muy confuso para comprender las ironías de Lucas.
- ¿Que tienes un problema? ¡Todos tenemos problemas!
- Sí. Pero es que el tuyo es de dinero y el mío es más grave. Es algo sexual. ¿Sabes?
El otro no entendió ni palabra.
- ¡Sí, hombre! Es que, hoy, al que no le sale de los cojones es a mí...
Y es que, a Lucas, si de primeras le cogieron de pardillo, con el paso del tiempo se le fue retorciendo el diente. En los tres primeros meses de existencia de EL HOBBIT le habían dejado una lista de varias deudas por un total de más de quince mil pesetas; lo cual en cañas, vermhouts y cafés era mucho dinero. Hasta que se plantó y, sin necesidad de poner el cartel - que más tarde sí pondría Pepe - de HOY NO SE FÍA, MAÑANA SÍ, acabó con la caradura de los que se querían escaquear. Si no lo veía claro, pedía el dinero por adelantado y si, a pesar de todo, se equivocaba y se veía pillado, pegaba un puñetazo en el mostrador, se acordaba con malas palabras de Dios bendito y aquella parecía la panacea para cobrar. Si el cliente no tenía dinero o ganas de soltarlo, ya sabía que su presencia en EL HOBBIT no era grata y que se podía ir con viento fresco y para no volver.
Emilia y Pedro vivían en la misma casa que Manolo y Arancha y los vecinos les denunciaron varias veces a la Policía, ante los escándalos que, a altas horas de la noche, organizaban. Pero era en vano. No podían pasar sin discutir por ¡un tráeme acá esa copa que es mía! o porque, cuando Arancha venía del trabajo, Manuel no había ido a recoger a la niña al colegio, de lo borracho que estaba, y tenía ella que ir y se encontraba con su hija solita, llorando, en el patio de la guardería, salvo que alguna vecina de buen corazón se la hubiese acercado.
Arancha y Manuel se separaban cada poco tiempo, aunque volvían a vivir juntos rápidamente. Se conoce que no podían pasar sin compartir alguna que otra borrachera, con la subsiguiente bronca, como si les gustase darse de golpes y tirarse los trastos a la cabeza. Pero un día, Arancha dijo que ella no mantenía vagos y que borracheras... se pagaba las suyas. Que con su trabajo se bastaba para sacar adelante a su hija.
Manuel, entonces, se fue a vivir con Luis, en el piso de la abuela de éste, en Provisiones. Eran amigos de toda la vida y compañeros de todas las botellas. Manuel con su Sol y Sombra y Luisito con su Castellana... Siempre quiso venderle a Lucas un magnífico equipo de alta fidelidad, por una miseria de dinero. Pero Lucas, a fuer de ser honrado, no se lo compró. El caso es que hizo el tonto, porque lo que le hubiera dado por él habría vuelto al poco tiempo a su Caja transformado en copas de anís a ciento quince pesetas la copa y en vermhouts con ginebra a doscientas veinticinco, que de todo bebía el bueno de Luisito, aunque la Castellana era lo que más le privaba. Raro era el día en que no estaba borracho desde primera hora de la mañana, cuando no empalmaba con la del día anterior, hasta que se derrumbaba en el camastro maloliente que le servía de refugio y del cual poco iban a tardar en echarle, ya que su abuela había fallecido y él no tenía derecho a subrogarse en la vivienda. Y eso que sus padres vivían en el mismo edificio, pero no querían saber nada de su hijo porque ya les había dado bastantes disgustos. El caso es que Luis, cuando se encontraba sereno, lo cual era muy de tarde en muy tarde, era un buen trabajador y manejaba los cables eléctricos que era un primor; pero cuando se liaba con el anís ya no acertaba cuál era el polo positivo ni el polo negativo. Simplemente, se convertía en neutro.
En Miguel y en Santi, o Santiaga que era su verdadero nombre en los archivos policiales, prefirió no pensar siquiera. Parecían haberse esfumado del barrio y ojalá que Dios se les hubiese llevado bien lejos y no volvieran. ¡Mira que le dieron guerra!
Y es que Lucas era un ignorante o no se enteraba de la Misa la media. El caso es que tardó más de dos meses en darse cuenta de la profesión del matrimonio. Porque esos sí que estaban casados como Dios manda; lo que no se sabe es para qué. De lo que no tardó fue en percatarse de su afición, que se les notaba a la legua: la droga.
Santi y Miguel eran mangutas, carteristas. Ella lucía sus encantos, que no estaba pocha la chica (salvo los dientes que los tenía un tanto podridos) y dejándose achuchar las carnes en el Metro, que siempre hay mucho individuo que no hace ascos de nada, daba lugar a que Miguel le birlase la cartera o la guita si la llevaba suelta. El día veintitrés de Diciembre de 1991, mientras Lucas consultaba la Lista de la Lotería de Navidad, Miguel le rogó que le mirase varios números. Y sacó más de veinte décimos del bolsillo.
- ¡Coño, pues sí que te gastas dinero tú en el juego! -. Exclamó Lucas, sorprendido.
- No. Es que me los he encontrado.
Poco tardaron Luis y Manuel en contarle lo de las carteras y, entonces, Miguel le hizo una exhibición de su arte. Verdaderamente era fantástico manejando las manos y eso que ya, con los temblores del "mono", había perdido mucho.
- Pero, ¿y la Policía no te pilla?
- Los "maderos" me conocen en todas partes y, mientras que no les toque los huevos, me dejan en paz. Además, no me pueden condenar, porque, como soy drogadicto, - y se vanagloriaba, el miserable - tengo que buscarme la vida. Mientras que no haga daño a nadie... Si el chorlito me pilla con las manos en la masa, no tengo más que tirar la cartera o devolvérsela. Y si me pega una leche, pues me aguanto. El caso es no resistirme. A los que temo es a los "topos" del Metro. ¡Esos sí que son unos hijoputas! Si te cogen, te pegan de hostias y te dejan tirado como una colilla... Sin avisar al médico ni nada. Si la palmas, ¡peor para ti! A eso no hay derecho; yo tengo una enfermedad y necesito asistencia. Pero, como ya te he dicho, son muy hijoputas, y te miran como si fueras un criminal.
Y es que tanto Santi como Miguel se hablaban de tú a tú con el "caballo" y justificaban su medio de vida por la enfermedad que padecían. Siempre vestían con ropas anchas, con chandal, por los picores que causa la heroína, y tomaban mucho Sol y Sombra por aquello del azúcar. A veces Santi pedía un zumo. Miguel era también adicto a las tragaperras. En suma, un dechado de virtudes: alcohólico, heroinómano y ludópata. Tenían una hija que vivía con los padres de Santi y a la que solamente una vez vio Lucas.
Después de que les echase del bar, palo en mano, ya que Miguel a sus muchas taras sumaba las de la cobardía y la envidia pestilente y tuvieron una trifulca en la que amenazó a Lucas, lo cual colmó el vaso de su paciencia, se enteró de que Santi se había quedado embarazada y que había tenido un crío. Pero les nació muerto o se les murió al rato de nacer. La heroína se cobra serios tributos.
Metiéndose por el callejón de las Américas, donde tienen sus puestos los vendedores de zapatos, herramientas y juguetes, Lucas alcanza la calle de Mira el Sol. Allí tiene su bar, esquina a la Ribera de Curtidores, el padre de Fernando.
Fernando... y su hermano Daniel, al que le llaman Dani. Los dos iban por EL HOBBIT, junto con su amigo Gabi que trabajaba como una bestia en la frutería del mercado. Los dos hermanos, por el contrario, fingían que estudiaban algo pero sin ningún fruto y atendían, los domingos por la mañana, en el bar de su padre.
Tenían un hermano más mayor, Oscar, que éste sí era serio y no se juntaba apenas con ellos. Se limitaba a estudiar, mucho y de verdad, y también ayudaba a su padre.
Fernando era novio, a sus diecisiete años, de una chavalilla preciosa y con más cuerpo que el que sus quince añitos demandaban: Sonia, morena y con unos ojos negros que quitaban el hipo. Demasiada mujer para lo jovencita que era. Y demasiado alcohol el que trasegaban, siendo tan niños. Todas las tardes las pasaban en EL HOBBIT, hasta bien entrada la noche, bebiendo minis, botellines, tercios y, los días que manejaban más pasta, hasta dándole a los cubatas. Sobre todo Fernando y Gabi. Gabi, por su tamaño, no las cogía tan gordas. Fernando sí que las enganchaba a modo. Dani estaba siempre, desde por las mañanas, borracho. O es que era así de tonto y lo parecía.
A aquellos chicos, el hecho de que sus padres tuvieran un bar les había perjudicado en extremo: Se habían convertido en alcohólicos, sin darse cuenta.
Después, Gabi, que cuando cobraba a últimos de mes se dejaba el sueldo en la tragaperras, se marchó a Canarias, a trabajar con sus padres. Fernando y Sonia lo dejaron (tonteando con otros chicos, ella se había dado cuenta del problema que Fernando tenía con la bebida) y los hermanos no volvieron más que de Pascuas a Ramos por el bar. Desde entonces, cuando venían, ya no eran los amigos que un día tuvo Lucas, a los que enseñó a jugar al mus a costa de ganarles cubatas. Entraban en plan chulo, despreciativos con todo el mundo. Y es que a Fernando le molestó bastante el personal que fue contratando Lucas. Ya no era el amigo del dueño, sino solamente un conocido del jefe. Son los extraños delirios que originan las desorbitadas ingestas de alcohol a edades demasiado tempranas.
Los padres de Fernando y Dani habían trabajado, como empleados, en EL HOBBIT, años antes de que lo tuviera Lucas, cuando se llamaba de otra manera, y conocían bien todos sus intríngulis. Después, el matrimonio se atrevió a alquilar un tascucho, pegando al Rastro, y allí se iban defendiendo. Claro que lo que los padres ganaban, trabajando duro, los hijos se lo fundían con creces en sus juergas.
Lucas se asoma al bar y ve a los dos Fernandos, padre e hijo, atendiendo la barra, que tienen llena a tope. Los domingos trabajan para toda la semana, a base de pulguitas, bocadillos y latas frías que venden a los de los puestos. El resto de los días, y dada su ubicación, languidecen de aburrimiento. Solamente cuentan con los cuatro clientes habituales que todo bar tiene siempre. Pero los días en que hay Rastro hay que aprovecharlos.
Saluda al padre; el hijo apenas si le mira. Tiene cara de bobo, colorado y embrutecido por la bebida. Por allí detrás, ayudando malamente a su madre que trabaja como una descosida, deambula Dani, sin saber demasiado lo que hacer y equivocándose en todo lo que hace.
- Hola, Lucas, ¿Tomas algo?-. Invita el padre.
- No, gracias, Fernando. Solamente venía a dar una vuelta y, de paso, a saludaros.
- ¿Qué tal te va?
- Bien, como siempre.
Se despiden dándose la mano. El hijo, a todo esto, ha estado callado, sin soltar palabra, mirándole con gesto ceñudo, como perdonándolo la vida. ¡Tan amigos como fueron y con los consejos que siempre le pidiera!
- ¡Que le zurzan! -. Piensa Lucas para su coleto. Y sale del bar.
Ya inmerso en la vorágine del Rastro, da una vuelta por los puestos y observa toda clase de mercancías: cintas de cassette, vídeos pornográficos, libros, - tanto nuevos como viejos, recubiertos estos últimos de una pátina de mugre que no aconseja el leerlos -, discos antiguos, colecciones de tebeos y mil y un artículos más, todos chalaneados por los vendedores, aunque hay alguno serio que pone el precio fijo y no se apea de su burro. Lucas no compra nada; se limita a observar.
De repente, una chica de facciones macilentas y muy delgadas le ofrece tabaco. Le pide un cartón de Cámel y lo saca de una bolsa. Se va rápidamente, antes de que vengan los Municipales.
Lucas se dirige directamente hacia la tienda de discos. Allí encontrará, con suerte, lo que no puede buscar en cualquier otro sitio especializado. Y a buen precio. Entra, mira y remira. Al final adquiere la MARINA, de Arrieta, por los hermanos Kraus, y EL TROVADOR, de Verdi. Son versiones muy antiguas pero que merecen la pena conservar. También compra, asesorado por el vendedor, que sabe de sus gustos, un disco de música celta.
- ¡Hasta otro día, señor! -. Le despiden amablemente.
Ya sí marcha hacia su habitual proveedor de cintas y música para el bar. Tiene un puesto allí cerca y Lucas le compra desde hace dos años. Siempre le hace una rebaja. Y es que se cayeron simpáticos desde un principio. Ignora su nombre y siempre le saluda con un: -¡Hola, amigo!
Mientras camina, se va fijando a ver si de una vez descubre el puesto de ropa de Bareta, el gitano que viene por EL HOBBIT. Nunca ha conseguido encontrarlo, a pesar de que le ha preguntado mil veces que dónde lo tenía y se lo ha dicho otras mil, asegurándole que siempre está él allí con su padre. Pero habrá dado la coincidencia de que todas las veces que le ha buscado habría tenido que ir a por alguna prenda y nunca le ha visto. Bareta vende cazadoras de piel, buenas, a bajo precio y de ignorada procedencia; también vaqueros de marca y otras muchas prendas. El caso es que debe ganar un riñón y la yema del otro, porque el niño vive que tira de espaldas. Eso sí, no se gasta ni un duro cuando va con la novia, Paquita, que es paya, como dicen ellos. Siempre es Paquita la que paga los cafés. Bareta, alias de Juan Carlos, no se ha metido ni una sola vez la mano en el bolsillo salvo para jugar a la máquina, que con ésa sí que tiene vicio. Y aun así, es Paquita, también, la que casi siempre pone el dinero. Ella trabaja de encargada en el DIA de Vallecas y gana sus pesetillas que, después, malgasta con el novio.
Porque Bareta y Paquita son novios formales, aunque cuando vienen los gitanos viejos, que solamente toman un café y diez vasos de agua, deja a la chica en un extremo de la barra y él se pone en el otro. No quiere que nadie sepa que sale con una paya. Está mal visto. Después, con sus amigos, sí se gasta bien los duros en el OSS y, a veces, en EL HOBBIT, pero siempre que estén los "calorros" solos. Cuando van con sus amigas, son ellas las que cotizan. Y es que son así de guaperas. O las chicas así de tontas, piensa Lucas.
- Bareta, ¿por qué no trabajas en algo, que ya eres mayorcito?
- ¡Ay, no, señor Lucas! ¡Que mi padre no me deja, porque dice que soy muy joven..! -. Y cuenta el muy caradura con más de veintitrés años. Pero es majo el Bareta. Siempre que le ha pedido algo, se lo ha traído: Una cazadora, camisetas para el verano, hasta un equipo de música nuevo. Y todo rebajado de precio.
- ¿De dónde sacan los gitanos el género que venden?-. Se ha preguntado Lucas muchas veces -. Porque robarlo, éstos no lo roban. Debe existir alguna conexión con los manguis o con los yonquis, pero...
El caso es que mueven el dinero que es un primor. Trabajar, no trabaja ninguno, ya que deben tenerlo prohibido por su religión; pero vestir, visten como marqueses, con sus camisas de seda, sus pañuelos al cuello, sus cazadoras de piel auténtica y, sobre todo, sus zapatos, siempre tan relucientes que parecen recién estrenados. Y los padres, los patriarcas, gastan de Mercedes para arriba, tocados con sus distinguidos sombreros y sus trajes de buen paño. Las mujeres parecen sacadas de una zarzuela o de una fiesta de la alta burguesía, con sus enormes collares, recargadas de joyas ostentosas y, a menudo, hasta con mantilla. Las jovencitas siempre van en grupo, muy cerca de sus madres, bien vigiladas por si a algún payo se le ocurre echarles un piropo. No se hablan con nadie que no sea de su raza y como para sus hombres, padres, maridos o hermanos - y hasta para los primos, que eso lo son casi todos - no son más que objetos de decoración, reliquias de un ayer hoy ya obsoleto, intocables como la Santísima Virgen, (y vírgenes han de conservarse hasta su matrimonio) están las pobres un poco salidillas, pero se cuidan mucho de demostrarlo.
Raro es el payo que se decide a cortejar a una gitana. Y el que se decide las debe de pasar muy canutas, actuar de soslayo, pasar desapercibido y, después, ya decidido, dar la cara y hablar con el padre de la joven, pertrechado de una buena cuenta nada corriente y asegurándole que mantendrá eternamente a su hija como a una princesa. Siendo así, suele ser aceptado, siempre que no se meta en los asuntos de la familia. Parece, como se dijo, que estemos en Sicilia. Después se quejan de que se les discrimina, de que los payos son racistas, cuando es totalmente al contrario: Los racistas son ellos y ellos son los que evaden las obligaciones que les convertirían en ciudadanos normales. Lucas, que tiene varios clientes gitanos en edad de hacer el Servicio Militar, jamás les ha visto vestir el caqui ni, siquiera, preocuparse de hablar de ello. ¿Cómo lo hacen? Ése es otro de los misterios que nunca, acaso, tenga explicación. Y si la tiene, él no ha conseguido encontrarla. Tampoco es su problema.
Llega al puesto de música, saluda y pregunta qué guardan para él. Le ofrecen unas copias de cintas de "bacalao". Ve unos compactos de Sintetizador y, por último, le ofrecen el último de Juan Luis Guerra. Paga y se despide, diciendo:
- ¡Ya me has sacado bien las pelas!
- ¡Anda, que te llevas de lo que no hay! ¡Si pierdo dinero contigo!
- ¡Ya será menos! Tú no pierdes ni aún queriendo...
El comerciante se sonríe:
- Hay clientes con los que no importa no ganar mucho, de lo majos que son. Y tú eres uno de ellos. Oye, por cierto, ¿vas a abrir el pub?
- En ello estamos. Ya veremos... No están las cosas para alegrías. Mejor tener el dinero amachambrado, ¿no crees?
- De eso sabes tú bastante. Haz lo que te convenga.
Lucas, cargado con los discos, las cintas, los compactos y el tabaco, se vuelve para EL HOBBIT. En el camino se detiene ante un puesto en el que venden libros. Encuentra LA BODA DEL SEÑOR CURA, de Vizcaíno Casas, lo observa, pregunta el precio y lo compra. Le gusta cómo escribe y tiene casi todas sus obras.
En su retorno hacia el bar tira por la llamada "calle de los pájaros", Fray Ceferino González. La verdad es que éste es el verdadero motivo que le ha llevado al Rastro. Anda buscando un gatito para regalárselo a su mujer. El último día que vino había un magnífico ejemplar de persa, pero demasiado caro y, además, era macho. Decidió no comprarlo.
En la calle de los pájaros, los animales que se venden, primordialmente, son toda clase de aves, desde canarios, jilgueros, palomas y hasta algún que otro loro. También hámster y ardillas. Perros y gatos son más difíciles de hallar, ya que las Autoridades exigen certificado de vacunación y nadie va a gastarse el dinero en llevar al veterinario a los cachorrillos de extraños cruces, para que luego no se los compren. Es la zona que más castigan los Municipales y si pillan a alguien que vende un perro le echan con cajas destempladas o hasta le denuncian por tráfico ilegal de animales. De todas maneras, las Ordenanzas están para incumplirlas y, de forma simulada, manteniendo al cachorro oculto debajo del abrigo, los vendedores ofrecen su mercancía.
Lucas mira unos gatitos muy graciosos. Son de la misma camada y se diría que son hijos de diferentes padres. No es lo que busca. Ya se va a marchar cuando ve a dos chicas jóvenes, con muy buen aspecto, que enseñan algo que se encuentra dentro de una caja de zapatos. Un grupo de pequeños les rodea y se oyen grititos de alegría. Se acerca y, cuando los niños le dejan el campo libre, mira el interior de la caja. ¡Hay dos preciosos gatitos siameses, de color blanco!
- ¿Te gustan?-. Le pregunta la muchacha. Lucas la mira y piensa que tiene tan buena pinta como sus gatos.
- Sí. Son preciosos. ¿Qué son, machos?
- No. Las dos son hembras.
- ¿No tienes la parejita?
La muchacha hace un gesto de pesadumbre.
- No. El hermano lo vendí la semana pasada. Solamente me quedan estas dos.
- ¿Cuánto pides por cada una?-. Pregunta.
- Seis mil pesetas. Muy poco. Son puras de raza.
Lucas acaricia a las gatitas. ¡Qué piel más suave! ¿Cuál le gusta más? Una es muy blanca y la otra luce un tinte más oscuro.
- Son muy ricas. Casi tanto como la dueña. -. No puede dejar de piropear a la joven.
Ésta se echa a reír.
- Muchas gracias. ¿Qué, no te llevas una?
Lucas vacila. Él quería una gata, pero le parece una faena separar a las dos hermanitas.
- Te doy diez mil pesetas. Por las dos.
La chica pone un gesto de alegría; después lo trueca por otro de pena.
- ¿Las dos? ¿No quieres solamente una?
- No me parece bien separarlas. Las dos juntitas. -. Insiste.
La chavala se lo piensa.
- ¿Las cuidarás bien?
- No te preocupes. Van a estar más que mimadas.
Le da la cajita, cubriéndola con la tapa que asegura con una goma y que perfora en varios puntos para dejar pasar el aire. Lucas le paga.
- Oye, dame tu teléfono. Por si mi mujer necesita saber algo de ellas.
- Sí, tómalo. Me llamo Katy. -. Y le apunta en un papel un número.
- ¿Qué tiempo dices que tienen?
- Nacieron el veintitrés de Febrero...
- ¡Vaya! -. Se ríe Lucas-. ¡Así que son medio golpistas y eso que no son de color verde!
Y dejando a Katy, que se parte de risa ante la ocurrencia cuando cae en el sentido político de la misma, tira calle arriba, camino de Embajadores. Las gatillas van maullando, como protestando del destino que les ha puesto en otras manos que las que siempre han conocido desde que nacieran.
- Tranquilas, bonitas. ¡Vais a ver lo bien que estáis! -. Les tranquiliza Lucas.
La verdad es que entre la caja con las gatas, los discos, el libro y la bolsa con las cintas y el tabaco, va algo apuradillo. ¡Y la cuestecita se las trae!
Por fin llega a la calle de Embajadores. Desde allí hasta EL HOBBIT es todo cuesta abajo. Pasa ante la panadería donde pensaba comprar las dos barras que le ha encargado su mujer, pero ya no tiene manos para más bultos, así que pasa de largo. Cruza las calles de Rodas y Mira el Sol. Ya está enfrente del Mercado de San Fernando, donde tiene Rafa su bodega. Pasa delante del MENOYO y de EL JAMÓN, los bares que le hacen la competencia. Apenas si tienen gente. En éste último, en EL JAMÓN, están Miguel y Santi jugando a la máquina. ¡Vaya, siguen por el barrio! No se han ido al infierno, sobre todo él, como hubiera deseado Lucas. Hace como que no les ve y sigue su camino. Se detiene un instante para arreglar los bultos, delante del OSS y ve, dentro, a Bea, a Paco y a Angelito. Están tomando cerveza y charlando entre ellos. Se imagina la conversación:
- ¿Cuántos gramos?
- ¿Cuándo?
- ¿Dónde y a cuánto?
Éstas más o menos serán sus palabras. Paco hablará poco, porque sólo acostumbra a triturar las palabras. Bea guardará silencio, como siempre, y el que llevará la voz cantante será Angelito, que es el hermano de Emilia y el jefe del trapicheo. La verdad es que está hecho una pena. La cocaína también pasa su factura y Ángel está en los huesos. A Paco parece no afectarle, porque está más gordo que nunca y sigue teniendo la misma cara de cerdo. Lleva la melena tan larga como de costumbre. Y Bea continúa lo mismo, igual que cuando trabajaba en EL HOBBIT.
- ¡Qué bien que me la pegaron! -. Medita.
Ya no era tan pardillo como cuando abrió el negocio, que estaba más despistado que un burro en un garaje. No. Ya sabía, mejor o peor, lo que se cocía por el barrio. Pero nunca llegó a pensar que lo tendría dentro de casa. Es más: Que él mismo le abriría la puerta, sin quererlo, pero de par en par.
Porque que Bea y Paco, su marido, el mensajero, eran gente rara, un tanto hippy, eso se veía a la legua. Que tenían aficiones fuera de lo normal, también. Que fumaban canutos, de dominio público. Que Paco se tomaba las copas de gorra, cuando no estaba Lucas, y que comía con su mujer a costa de EL HOBBIT, no tardó en darse cuenta. Pero que el bar servía de punto de cita para el trapicheo, eso nunca pudo ni imaginárselo. Sobre todo por el odio que el melenudo mostraba hacia los moros, los que pasaban la heroína. ¡Qué mal hablaba de ellos! ¡Cómo le insistía en que, si continuaba dejándoles entrar, le iban a arruinar el negocio, que la gente normal no volvería al bar! Y en eso llevaba razón. Pero lo que no le dijo, ni por asomo, fue que si los yonquis y sus camellos le daban asco no era por otro motivo sino porque no consumían su producto y le quitaban los clientes.
Cuando una tarde, por medio de Fabi que estaba muy hablador y se fue de la lengua, - llevaba varios Dyc con cocacola - se enteró de que Paco había estado en la cárcel, no imaginó la razón. Tampoco Fabi, en aquel instante, quiso decírsela, arrepintiéndose quizás de haber hablado demasiado. Más tarde se enteró. Paco y Bea, por medio de Angelito que era el que les pasaba la coca, distribuían desde su casa, en la esquina con Tribulete, a todos los clientes del barrio. ¡Por eso Lucas notó un incremento en el negocio! ¡Por eso veía caras nuevas de amigos que venían a verles, se tomaban una copa y subían con ellos a su casa!
¡Hasta llegó a pensar en que, si recibían tantas visitas, era porque Bea se dedicaba a hacer trabajos extraordinarios con la complacencia de su marido! Aunque no era tan guapa la muchacha como para eso... Pero, entonces, ¿para qué trabajaba? ¿Para qué le habían insistido tanto en que necesitaba el trabajo y las ochenta mil pesetas que Lucas le pagaba, sin tenerla dada de alta y sin cotizar por ella? ¡Si luego se las gastaban, en la máquina ella y en cubatas él! Porque un día, el chaval de Lucas, que de números sabía mucho, le echó las cuentas:
- Papá, si dividimos el sueldo entre treinta días, sale a unas dos mil setecientas pesetas diarias. Y si tú mismo dices que entre máquina y copas se dejan más de tres mil... no es comprensible.
- Pues llevas razón, hijo. Pero, de esta manera, con el sueldo de ella se pagan los vicios y con lo que gana él pagan el alquiler y los gastos. Ella come en el bar y donde come uno, comen dos. Cuando yo era más joven, no era de recibo eso de tener a la mujer trabajando para pagarte las juergas. Pero en estos tiempos, es la moda. Las mujeres, en casa, dicen que se aburren. Así, ganan unos cuartos y, de paso, la que quiere, zorrea cuando le viene en gana.
- Seguro que te quitará dinero de la Caja...
- ¡No, eso no! Por las mañanas, estando ella sola, se hace la misma cifra, o similar, que antes, conmigo o con los otros. Tal vez no marque algo. ¡Pero eso es el chocolate del loro! El tema viene por lo que te digo. Y por los desayunos que se toma Paco por la cara y las copillas a media mañana y después de comer.
Una tarde se presentó en el bar, inopinadamente, dos horas antes de lo acostumbrado, y le chocó ver que Paco y Bea estaban comiendo con Angelito. Se habían bebido una botella de un vino de reserva, que no era del bar; tenían ante sí unas copas de ponche y, Ángel, un Chivas. Cuando acabaron de tomárselas, Ángel, muy fino él, dijo:
-¡A ver, Bea! ¿Qué te debo de las copas? Y un café para el jefe.
Quedó muy bien, pero a Lucas le mosqueó la situación. No dijo nada y lo dejó correr, a ver qué pasaba. Y la verdad es que, si no llega a ser por lo que dijo Fabi y porque en Nochevieja se pasaron de rosca, no habría sucedido gran cosa y todo hubiera seguido lo mismo.
Dejando a los camellos de la nieve en polvo entregados a su charla y a sus trapicheos, Lucas cruza la calle e intenta abrir la puerta de EL HOBBIT. Con tanto bulto como lleva encima se le hace difícil, pero el Nani, que le ve venir, le abre.
- ¿De dónde vienes tan cargado, hombre?-. Le pregunta.
- Ya ves, Nani, de hacer unas compras.
Nani, Jesús, "el chispa", un tío chiquitín pero más grande que un imperio. Sabe más de electricidad que el que la inventó. Y, cosa rara en el barrio, se dedica a ser honrado y a trabajar en lo que le sale. No bebe más que cerveza sin alcohol y siempre viene con su mujer y, ahora, con su hijo recién nacido.
- ¿Qué? ¿Qué pasa con lo del pub? Ya sabes que estoy loco por montarte una buena instalación.
- Estoy en ello, Nani, estoy en ello...
EL HOBBIT está de bote en bote. Después se quejará Pepe y le llorará, pero la verdad es que ahora casi no cabe un alfiler. Por allí anda Fabi con su mujer. Y con el Largo, Antonio. Está la portuguesa - Lucas nunca ha sabido cómo se llama - con su falda demasiado ajustada, que se le marca hasta la cicatriz de la cesárea. Santos sigue consumiendo botellines, apretado contra la barra y sin soltar prenda.
También está Marimar, la hija de Pepe, un poco más seria y menos frescachona de lo que en ella es habitual. Pero ésa no pierde la risa vulgarota que le caracteriza aunque se le hunda el mundo, que hace poco que se le ha venido abajo con lo de su niño.
Está una de las amigas de Pepe, otra que Lucas tampoco sabe cómo se llama y que siempre anda buscándole las vueltas al pobre gordo. Con esa sí que tiene algo que ver, seguro, a cambio de algunas copas. Y, por último, para mezclar más las churras con las merinas, está la ex-mujer de Pepe.
Se oye la música del equipo, la voz del televisor, el vozarrón de Fabi, las impertinencias de Marimar... Y todo ello crea un ambiente confuso que parece ser del agrado de la gente. Lucas no lo entiende, pero debe ser que el barullo entretiene al público.
Apartando a unos y a otros, llega hasta el final de la barra, donde está Fabi.
- ¿Qué hay, chiquitín mío? -. Le pega un abrazo que casi le rompe el espinazo y a punto está de hacerle caer todo lo que lleva encima. -. ¿Cómo está mi amiguita Lucía?
- ¡Bien, muy bien! Aquí le llevo un regalito.
Lucas destapa la caja de las gatitas.
- ¡Pero, coño! ¡Qué cosas tan pequeñitas!
Está visto que para Fabi, tan grandote él, todo en esta vida cuenta su valor por el tamaño. Esperanza sonríe al ver los animalitos. Se arma un buen revuelo en el bar, porque todos opinan sobre ellos. Luego, poco a poco, se van tranquilizando y tornan a sus bebidas.
Pepe está sudando la gota gorda. Entre la cerveza que se debe haber bebido y los paseos que le han hecho dar, está que echa el bofe.
-Ya ves, ahora se ha animado un poquitín.
- ¿Un poquitín?-. Se extraña Lucas. -. ¡Pero si los demás bares están vacíos y tú lo tienes lleno!
- Ha sido sólo un ratillo...
- ¿Quieres que te eche una mano?-. Se ofrece.
- ¡No! Si ya se van a ir yendo a comer.
Lucas sabe de sobra que si no estuviera él y si no se hubieran juntado las tres mujeres, - la portuguesa, la ex y la otra - alguna estaría dentro de la barra, ayudando a despachar. Pero, como entre ellas se tienen una rabia que no saben disimular, (y el caso es que no se tiran de los pelos, sino que, incluso, se hablan) ninguna se ha pasado al interior. Tan sólo Marimar entra y sale cuando le apetece, a recoger algo.
Lucas habla con Esperanza y con Fabi. El Largo apenas si dice palabra. Desde el verano pasado no se lleva muy bien con Lucas, aunque no quiera demostrarlo. ¡Buen chico este Antonio! Antes trabajaba en una fábrica de medallas, en Mesón de Paredes. Cuando le venció el contrato y le echaron, Fabi se lo llevó a lo de los pianos y allí está, de ayudante. Pero es un muchacho un poco raro. Tal vez tenga complejo de su estatura, dos metros, de tener que mirar a los demás siempre desde arriba.
Como había predestinado Pepe, la gente va desfilando. Lucas se fija en que todos pagan, más o menos, lo que se han tomado. Eso es porque está él presente.
Al final se queda solo, con Fabi y su mujer. El Largo también se ha ido, que ahora parece que se ha echado de novia a una amiga de Paqui, la de Bareta.
- ¡Bueno! Pues vamos a comer en EL JAMÓN, ¿quieres, cariño? -. Fabi siempre consulta estas cosas con Esperanza. Ésta accede, con su sonrisa perenne.
- ¿Te quedas a comer con nosotros?
- No. -. Dice Lucas-. He quedado en ir a casa.
Marimar está dentro de la cocina preparando un guiso para su padre y para ella. Pregunta que dónde está la sal, que dónde está el aceite, que dónde está el... ¡La verdad es que Pepe es un desastre de organización!
- Fabi, ¿me ayudas a llevar estas cosas al coche? No sé cómo voy a abrir la puerta.
- ¡Sí, bonito mío, cuando tú quieras!
- Espera un momento, que voy a decirle una cosa a Pepe.
Lucas se mete tras de la barra, se va directo a la Caja y, sin más preámbulos, la abre. Dentro ve unas treinta mil pesetas en billetes, más todas las monedas que él sacó de la máquina. ¿No decía que no tenía dinero? Hace rápidamente una equis y ve lo que se ha vendido.
- ¿Esto es lo que se ha hecho esta mañana?-. Pregunta.
- No. Bueno... Ya te he dicho que tenía que pagar al del barril y a Rafa. Esta mañana no se ha hecho nada más que el ratinín...
- ¡Ya sé lo que se ha hecho esta mañana, Pepe! ¿O es que te crees que no sé manejar la registradora? Bueno, por lo menos sé lo que has marcado. Me llevo veinticinco mil.
- ¡Coño, no jodas! ¡Que no voy a poder pagar mañana!
- No te apures, esta tarde haces mucho más. Ya vendrán tu amigo Jesús y otras hierbas y te dejarán buen dinero. Además, no quiero que te roben otra vez.
Pepe pone un gesto compungido, como el niño al que le quitan un juguete, al ver que no puede impedir que Lucas se lleve lo que le pertenece. En éstas, sale Marimar de la cocina.
- ¡Qué! ¿Ya te estás llevando el dinero de mi padre? ¡Qué caradura!
Pepe interviene:
- Calla, hija. ¡No sé a qué tienes que meterte tú en estas cosas!
- ¡Porque me jode que venga aquí, de señorito, y se lleve lo que tú te has currado! ¡Y porque yo necesito dinero!
¡A Lucas le están dando unas ganas de sacudirle un tortazo..!
- Oye, niña, tú te callas, que es lo que tienes que hacer. Y, además, no sé lo que pintas ahí dentro, en la cocina.
- ¡No te jode! ¡Como si no pudiera estar donde quiera, dentro de mi bar!
Lucas se la queda mirando, estupefacto. Piensa que está como una cabra, que no sabe lo que dice o que es más cría de lo que su cuerpo de mujer aparenta.
- Mira, niñata de mierda... Por si no lo sabes, ¡éste bar es mío! Tu padre es mi empleado y no quisiera que dejase de ser mi amigo por culpa de una gilipollas como tú, ¿te enteras?-. Lucas se ha despachado a gusto. Hacía ya tiempo que tenía que haber puesto las cosas en su sitio.
- No le hagas caso, no le hagas caso... -. Repite Pepe, que ve peligrar las habichuelas, porque sabe que cuando Lucas se calienta no se para en barras.
- ¡No, Pepe, tú tranquilo! ¡Pero es que estoy hasta los cojones de que esto parezca un harem, coño, que estás siempre rodeado de tías que te mangonean por todas partes! Y tú, con lo tuyo, haces lo que quieras. Pero mi dinero es sagrado, ¡joder!, y tú lo estás tirando en hacer el idiota...
- Que sí, que sí... Que llevas razón. ¡Si es que las tenía que mandar a todas a tomar por culo!
Fabi, desde fuera de la barra y hablando por primera vez muy en serio, dice:
- Eso es lo que debes de hacer, Pepe. Si no, se te suben a la chepa y se te comen con patatas.
Marimar se ha callado, roja de rabia. De repente coge el jersey que tenía dentro de la cocina y sale como alma que lleva el diablo. Tira de la puerta y se va para su casa.
- ¡Me voy con mi madre! -. Grita desde la calle.
- ¡Anda, sí, vete con la cacho puta ésa! -. Le suelta Pepe.
- Y si la tratas de puta, Pepe, ¿por qué le dejas que viva contigo? -. Le reconviene Lucas -. De verdad que no te entiendo. ¡Te tienen hecha la picha un lío y el caso es que a ti parece que te guste que te la hagan!
Pepe se ha ido para un rincón y allí se pone a llorar. Fabi intenta consolarlo.
- ¡Me cago en Dios, me cago en Dios! ¡Si es que soy un gilipollas, siempre arruinado por culpa de todas esas hijas de puta! -. Se lamenta.
Lucas quiere hacer un gesto de cariño y de comprensión.
- ¡Pero es que ya son demasiadas veces, leche! -. Dice. Y añade: - Siempre que vengo, pasa lo mismo. ¡Se ve que voy a tener que dejar de venir y, así, podréis hacer lo que queráis!
- No, si la culpa es mía, que no sé qué hacer ni con la madre ni con la hija -. Se disculpa Pepe.
- Y ni con la portuguesa ni con la otra, Pepe. Ya te digo: ¡lo tuyo es de ser un califa, siempre rodeado de mujeres! Lo peor es que te sacan los cuartos. Y te los seguirán sacando por muchas lágrimas que viertas y por mucho que te cagues en Dios, mientras que no te pongas en tu sitio, trabajes para ti sólo y, a las demás, que les den morcilla. Si no, ¡malo!
Están hablando cuando entran los Pollán, los carniceros, el matrimonio que tiene la tienda por encima del OSS, al lado de la casa de Pepe.
- ¡Hola, familia! ¿Se puede tomar algo o es tarde?
Lucas les saluda cordialmente y le ordena a Pepe que les sirva. ¡Ya va siendo hora de que se sepa quién es el jefe y de que si va de señorito es porque puede!
- Pues yo ya me iba, pero ustedes... como en su casa. Tomen lo que quieran.
Pepe se ha limpiado las lágrimas y está echando las cañas.
- Muy serio te veo, Pepito. ¿Qué pasa?
- Lo de siempre, Juan. La cría...
Juan Pollán es un hombre ya maduro. Su negocio funciona bien, dentro de lo que cabe, y sabe mucho de la vida; sobre todo de la de Pepe, porque oye las trifulcas que arman en la casa.
- Ya. Como siempre. Le vino mal lo del crío, pero el desenlace fue peor...
Lucas no está para aguantar filosofías baratas. Se dirige a Pepe, por lo bajo:
- ¿Necesitas el dinero?
- No. Puedes llevártelo. Ya me las apañaré.
- ¡Vale! Pues, señores, queden ustedes con Dios. Fabi, ¿me acompañas al coche y me ayudas con todos estos trastos?
- ¡Ahora mismo! -. Y salen juntos a la calle.
- La verdad, macho, es que o te pones en tu sitio o éstos, en tres días, se te comen el bar. Peor que Paco y Bea. -. Asegura Fabi.
Lucas asiente con la cabeza. ¡Está tan claro que su amigo lleva razón..!
- En tres días, no, Fabi. Se lo están comiendo ya. O, a lo peor, ya se lo han comido. Y yo lo siento por Pepe, porque es un buenazo, pero no estoy dispuesto a que me tomen el poco pelo que me queda entre el uno y las otras, ¡hombre!
- ¡Pepe, lo que es, es un cabrón! ¡No te creas nada de lo que te cuenta! ¡Que sí, que la hija y la madre y las otras tienen mucha culpa, pero él es peor que todas juntas! Y a mí, como comprenderás, no me atañe en nada, pero me jode que se quieran reír de ti.
- Por ahí, tranquilo, Fabi, que yo llevo los números bien echados y en cuanto se pase un pelo le pongo en la calle.
Han llegado a Provisiones. Esperanza lleva empujando el cochecito de su niña y Fabi y Lucas marchan un par de metros por delante, portando los paquetes. Las gatas no dejan de maullar.
- ¡Contenta se va a poner Lucía con las gatitas..! -. Dice Fabi. Cuando va a seguir hablando, se detiene y exclama:
- ¡Oye! ¿No es ése tu coche?
Y ambos ven a los dos muchachos que, aprovechando que la puerta de atrás del Ford no cierra con llave, lo han abierto y se están llevando la rueda de repuesto.
- ¡Serán hijos de puta! -. Dice Fabi -. Espera.
Muy tranquilo, le da los paquetes a Lucas; se dirige, andando por medio de la calle con su paso pachorrón, como si estuviera montando a caballo, hacia los chicos y, sonriendo, les pregunta:
- ¿Qué, chavales? ¿Vendéis esa rueda? Podría venirme bien para el coche de un amigo.
Los dos se vuelven y le miran. No parecen conocerle porque, si así fuese, sabrían que Fabi no es de los que compran género robado. No serán del barrio.
- Pues, si te interesa... -. Le contesta uno.
- A ver como está... -. Hace que la examina -. Un poco gastadilla, ¿no? No sé si le servirá. -. Les dice muy cordialmente, sonriente, ganándose su confianza. Los otros no ven en él más que un "pringao" al que le pueden sacar unos duros, fácilmente.
- ¡Si está como nueva! ¡No he hecho más de tres mil kilómetros con ella. Lo que pasa es que he comprado otras cuatro, de competición, y ésta ya no me sirve. -. Miente uno de los muchachos.
- ¡Ah, claro! ¿Y cuánto pides por ella?
Lucas les está mirando desde unos metros de distancia. Apuesta cuánto tardará Fabi en sacudir el primer golpe.
- Menos de medio minuto... -. Se dice.
Y no se equivoca, no.
- Entonces, ¿cuánto?-. Vuelve a preguntar Fabi.
- Pues... ¿hacen dos talegos?
- ¿Dos talegos? ¡Es mucho! ¿No te conformas con uno?
- Pero, mira, ¡si está guay! ¿No lo ves?
Fabi se mira la mano. Hace gesto de llevársela al bolsillo.
- ¡Ahora le casca! -. Sigue mentalmente Lucas con su apuesta.
- ¡Vale! Pues dos talegos. ¡Toma!
Y le mete un guantazo en toda la cara al chico, que éste cae despatarrado como un buey ante la puntilla.
-Ya decía yo que con un talego bastaba... -. Asegura el Fabi.
El compañero del caído se ha quedado de piedra. ¡Eso sí que no lo esperaba! Instintivamente, se echa mano al pantalón y saca una pequeña navaja con la que amenaza a Fabi.
- Está visto que no nos ponemos de acuerdo en el precio. Al final van a tener que ser dos talegos... -. Se lamenta Fabi.
Y le larga una patada con su bota de puntera de acero que alcanza al otro en una cadera. Después, cuando se vuelve para huir, renqueante, recibe otro patadón en todo el culo. La navaja y el tío salen por los aires.
- Ésa de propina, por el buen servicio.
El del puñetazo se levanta a duras penas y se escabulle hacia Mesón de Paredes.
- ¡Malditos mangutas! Ya no respetan ni los coches viejos.
Lucas se ha acercado a él.
- ¿Por qué crees que no vengo con el Opel? ¡Y, anda, que por una miserable rueda que está más que chunga! ¡Menos mal que estabas tú! Gracias.
- No, si ya sabes que a mí estas cosas me entusiasman.
Y es que Fabi se parece al Quijote. Le gusta hacer justicia, sólo que en plan bestia y no peleando precisamente contra molinos de viento.
Esperanza se acerca y pregunta qué ha pasado.
- ¡Nada! ¡Que nos vamos a comer! ¡Se me ha abierto el apetito! A mí estas cosas siempre me dan hambre. ¿Te vas, Lucas?
Éste le dice que sí, abre el coche, mete las cosas, coloca con sumo cuidado la caja de las gatitas y se vuelve hacia ellos. Le da un beso a Esperanza y le hace una caricia a la pequeña Noelia que duerme en su cunita..
- ¡Qué guapa es! ¡Menos mal que se parece a su madre!
- ¡No, si quieres hubiera salido tan burra como yo! -. Se ríe Fabi.
- Pero será tan buena como su padre -. Asegura Lucas.
Le da un abrazo y Fabi le corresponde con otro.
- ¡Cuidado, que me vas a romper las costillas!
¡Y es que este Fabi es demasiado cariñoso!
Después se sube al coche, mete la llave en el contacto y arranca. Se despide de ellos.
- ¡Ya os llamaré! O nos veremos por aquí.
- ¡Dale un besazo a Lucía!
- De tus partes, cachondo. -. Bromea Lucas.
Y toma la calle para subir por Embajadores y, después, bajando por Mesón de Paredes, dirigirse hacia Atocha. A su lado, las gatitas siguen maullando cada vez con más fuerza.
- Tranquilas, bonitas, que llegamos pronto.
Sube por la cuesta de Moyano y enfila Alfonso XII. Mientras conduce, va pensando en todo lo acaecido. ¡Qué mezcolanza de gentes! Fabulosa, como Fabi; decente y trabajadora, como el Nani; infelices y mentirosos, como don José y el mismo Pepe... También gente con mucha clase y pocos posibles, como María Teresa y Ricardo. Gentes de ir y venir, como Alfonso y Pablo; borrachos, como Santos y Fernando y su hermano y, sobre todo, destacando por su miseria, gentes de mal vivir y de ir tirando a costa de pasarse la Ley por donde les apetece, como Bea, Paco, Angelito, Miguel el yonqui, y su mujer... Toda una serie de seres que viven entre las sombras de un barrio que antes era humilde pero decente y que ahora se ha convertido en una pocilga de maleantes. Y todos cociéndose en la misma olla; unos porque no cuentan con medios para cambiar de aires y otros porque están en su ambiente. ¡Mira Fabi, que se ha ido a vivir a Villaverde en cuanto ha podido, qué bien lo ha hecho! Doña María Teresa y Ricardo, porque no pueden y ya son mayores. Y el señor Félix que, a su edad y con sus vinos, sigue creyendo que el barrio es como cuando él era joven.
Las gatas aumentan sus maullidos.
- Tranquilitas. A partir de hoy vais a vivir muy bien. Vosotras maulláis por instinto, porque sois animalitos y tenéis miedo, pero, ¡anda!, que atrás sí que nos dejamos gente que no habla sino que gruñe, del pánico que siente ante sus vidas. Es una especie alucinante. Una fauna un tanto extraña que vive dentro de su selva. ¡Y vaya selva! ¡Para vivir en ella hay que ser como Tarzán! Y Tarzán era más fuerte que el Fabi...
Cuando esa tarde, después de comer, Lucas se sienta a contemplar la televisión, no puede por menos de recordar todos y cada uno de los sucesos de la mañana. Ha cobrado a Pepe una pequeña parte de lo que le debe y, lo que es mucho más importante, ha dejado bien claro que no está dispuesto a que se abuse de su confianza lo más mínimo. En cuanto vea que las cifras no le cuadran con lo que debe de pagarle, o sea, cuando se cerciore de que se la está jugando, pegará el cerrojazo y a otra cosa. Lo que pueda pasar con el contrato no le importa; ya se ocuparán sus abogados. Lo que no va a consentir es volver a soportar las palabras de Marimar de que ella, "en su bar", hace lo que le da la gana. Ha tenido que contestarle muy duramente, con un lenguaje que no es el suyo habitual o, para ser más exactos, que no ha empleado nunca hasta hace pocos años. Ni, incluso, cuando trabajaba en la obra (y mira que allí la blasfemia vulgar y dicha sin motivo era el saludo habitual que utilizaban los obreros) se contagió demasiado de aquel vocabulario zafio y soez. El que mama la buena educación desde su niñez no puede dejar de demostrarla ni en las ocasiones más desagradables. Y Lucas es un hombre bien educado. Tacos sí que puede soltar, a veces, pero no por norma. Blasfemar, lo que se dice blasfemar, nunca lo había hecho.
Pero allá, en la obra del Recinto Ferial donde se vio sumergido en un trabajo muy por debajo de sus posibilidades pero en el que encontró la única tabla de salvación a la que asirse después del fracaso económico de la empresa familiar, se ocuparon de limar la fineza de su carácter; unas veces a base de trabajos que no eran de su agrado, otras teniendo que dar la razón a quien sabía que no la llevaba y tenía menos conocimientos que él pero más mando y, por último, machacándole los oídos con un lenguaje que, hasta entonces, no le había sido común. También conoció las diferentes ideologías de los obreros y de los jefes; tendencias políticas, más bien sindicales, las cuales, hasta aquel momento, había ignorado totalmente. Siempre había sido apolítico. Y si no exactamente, sí agnóstico en tal materia y conformista con los diferentes regímenes que había conocido y bajo los cuales se había limitado a vivir. Pero para mantener su puesto tuvo que oír charlas y mítines de los distintos representantes sindicales y llegó a la conclusión de que todo era pura filfa, todo mentira.
Lo único que para Lucas merece la pena es el trabajo honrado, agotador si es preciso y sin ansia de hacerse rico; porque rico, solamente trabajando, no ha conocido a nadie que se haya hecho. Especulando, sí. Y aprovechándose del trabajo de los demás, también. Pero, doblando el lomo... Ha visto mucha gente que, tras de una larga vida de esfuerzo y sacrificio, se ha hecho con unos ahorros, ni siquiera con lo que pudiéramos llamar una fortuna, para, cuando las fuerzas fallen y los años pesan como losas, poder gozar de un merecido descanso.
Y ahí, Pepe le ha fallado. Él le conoció como cliente y currante, honrado a carta cabal y, encima, terció lo del paisanaje con su esposa. Los dos eran de la provincia de Toledo y de zonas más bien próximas. El hombre tenía la vida hecha un desastre, a pesar de contar que se cocinaba, limpiaba y mantenía su casa como los chorros del oro. Malvivía con las chapuzas que le proporcionaba Alfonso y se quejaba de que éste le pagaba menos de lo que debiera. El caso es que, tras del fracaso de los demás empleados que había ido teniendo en el bar y considerando - después se percató de que no estaba en lo cierto - que Pepe era persona bien conocida en el barrio y querido por mucha gente, buscó en él la solución. La solución de un bar que se había ido deteriorando principalmente por culpa de Bea y de sus actividades ajenas a EL HOBBIT - aunque mientras duraron batieran records de ventas, por las causas que se han explicado - y por la presencia, cada vez mayor, de traficantes de droga, casi todos de origen marroquí que, de tener en el bar un punto de descanso entre una operación y otra donde tomar un zumo o un refresco, - algunos había, muchos, que ignoraban el Corán y le daban a los botellines -, lo habían convertido en el punto de cita con sus clientes. Entraban, pedían, ojeaban al comprador que se encontraba allí hacía ya rato, pagaban y salían juntos a la calle. Enfrente, sin el menor disimulo, se producía la transacción. ¡La de cosas que había visto Lucas desde detrás de la barra! ¡Las personas, de las que nunca hubiera sospechado, que vio tratar con los camellos! Sería el cuento de nunca acabar el reflejarlos a todos...
Unos de los que más le sorprendieron fueron la pareja, tan elegantemente vestida y de tan agradable aspecto, que venía por las tardes. Él decía que era periodista; a ella se le veía una mujer muy culta. Tomaban unos cafés o unas cervezas y después, cuando llegaba el moro, salían a la calle; el otro les seguía, casi ni hablaban y, fingiendo un apretón de manos, intercambiaban la papelina por el dinero.
También estaba la madre que iba a comprar para su hijo. El chaval tenía un aspecto alucinante, medio terminal. Y la madre comprándole "caballo", no se sabe si para acabar de matarlo o para que, proporcionándoselo ella misma, evitar que él le robara para procurársela.
- ¿Este bar se llama EL HOBBIT? -. Le preguntó la madre, la primera vez.
- Sí, señora. Como el personaje del cuento.
- Pues aquí debe ser donde hemos quedado. -. El hijo tenía unos temblores que daba lástima -. Hemos quedado con unos amigos. Nosotros también tenemos un pub que se llama HOBBIT, sin lo del "El". En Leganés. Y también se lo pusimos por lo mismo.
- ¡Pues qué bien! -. Se limitó a decir Lucas.
Llegó el moro y se marchó con ellos.
EL HOBBIT... El por qué de aquel nombre surgió de la mente de sus hijos, basándose en la saga de los cuentos de Tolkien. A Lucas no le ha gustado nunca esa historia pero, años después, ha leído el primer libro, el de El Hobbit, con su señor Bolsón. Ése sí le ha agradado; no como los demás, que ha sido incapaz de terminarlos.
Un cuento... ¿Y todo empezó por un cuento? No, de ninguna manera. Todo empezó...
Y, mientras las dos pequeñas gatitas apenas si se atreven a asomar las cabezas del barreño en donde su mujer las ha colocado, oteando la casa desconocida y las personas que acaban de ver por vez primera, la mente de Lucas se pierde en la lejanía, en una especie de ensueño en el que los recuerdos se van sucediendo, continuadamente, uno tras otro, a veces sin sucesión cronológica...

 

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