XVI

LOS OJOS DEL DIABLO

La tarde se había metido en agua, como esperábamos, y al anochecer vimos unos negros nubarrones, lejanos pero amenazadores.
- Vienen de Toledo... ¡Tendremos tormenta! - indicó Espinosa.
- ¡Pues entonces es la noche indicada! Cenemos a conciencia, que nos puede hacer falta y preparémonos para las once. Debemos de llegar antes de que empiece.
- ¡De acuerdo! ¿Qué llevará usted, la pistola?
- Sí, la pistola, aunque no creo que nos preste mucha ayuda y ¡esto! - le dije, mientras le enseñaba el regalo que me había hecho el padre Manuel.
Se trataba de un magnífico crucifijo de unos veinticinco por veinte centímetros, todo él construido en oro y con incrustaciones de piedras preciosas. Aun sin ser muy experto en arte, podría asegurar que la joya tendría varios siglos de antigüedad.
- ¡Qué maravilla! - apreció mi amigo - ¡Es una verdadera reliquia!
- Sí. No creo que ahora se pueda construir nada semejante. Manuel me aseguró que Dios estaría con nosotros y ¡vaya si va a estarlo!
- ¡Pues me alegro de que lo lleve! Me da más confianza, aunque no sea muy creyente.
- Creer o no, Espinosa, es muy relativo. Como me dijo el cura, lo importante es amar. Y usted parece que aprecia bastante al prójimo...
- Sí - me aseguró - Pero como no sé si los que podamos hallar esta noche serán prójimos míos, ¡yo me llevaré, por si acaso, aquel garrote que tan buenos resultados nos diera!
- ¡Hará muy bien! - y le choqué la mano.
Siempre que he visto películas bélicas, sobre todo aquellas que relatan el desembarco de tropas anfibias en una playa o el lanzamiento de paracaidistas sobre territorio enemigo, he creído notar que los actores que encarnaban a los soldados que iban a enfrentarse posiblemente con la muerte se esforzaban por simular una tensión nerviosa, que combatían a base de mascar chicle o de leer novelas. Pero siempre atentos y preocupados. No cabe duda de que así nos sentíamos nosotros. Mas, curiosamente, el contacto con aquella Cruz me hacía tener el alma alegre. Impaciente, pero contento de saber que en nuestras manos podía estar el final de toda aquella maldición.
- ¡Y no se olvide de la petaquita de licor! - le dije - ¡También nos hará falta!
Llegó la hora convenida y bajé en su busca. Espinosa me aguardaba con el grueso bastón y la linterna. Nos embutimos en los impermeables, nos calzamos unas botas de lluvia y salimos al campo.
Aparte de las prendas mencionadas, nos habíamos puesto unos gruesos jerseys para abrigarnos de la fría noche. Íbamos, pues, bien pertrechados para combatir a los elementos que parecían haberse desatado en toda su magnitud. El agua caía a cántaros y ya se percibía el estruendoso fragor de los primeros truenos.
El director del cámping - hombre habituado al campo - llevaba sujeto de la mano a su perro favorito, un poderoso mastín que se removía inquieto. Le pregunté que para qué llevar al perro.
- Tal vez no nos sea de mucha utilidad, ya que imagino que se dará a la fuga en cuanto vea a los fantasmas. Pero, al menos, nos avisará de su presencia, estese seguro.
Me pareció buena la idea.
Tras un penoso caminar por sobre la tierra enfangada, llegamos al sitio que nos pareció oportuno. Desde allí podíamos ver perfectamente la caravana de N. y, por tanto, sería aproximadamente donde yo había contemplado brillar las luces.
- ¿Qué hora es? - me preguntó.
Consulté mi reloj de esfera luminosa y respondí:
- Van a ser las doce.
- Dicen que es la hora de las brujas...
- No sé. La otra noche era más tarde cuando ocurrió la aparición.
Nos acomodamos como mejor pudimos y nos dispusimos a velar. La tormenta estaba ya en todo su apogeo. Los rayos caían por doquier, trazando culebrillas en el encapotado firmamento y el furor de los truenos hacía sordos nuestros oídos, mientras sobre nuestra ropa impermeable chocaba un terrible aguacero.
- ¿Se ha traído el coñac? - le grité casi al oído.
- No, esta vez es whisky.
No le comprendí más que la última palabra pero, a pesar de ello, alcancé la petaca y me di un buen lingotazo. El oro escocés me calentó el estómago y alivió mi tensión nerviosa.
La espera se hacía larga. De vez en cuando Espinosa me pedía la hora, haciéndome señas para que le mostrara el reloj. Era ya más de la una y allí no sucedía nada, salvo que nos estábamos poniendo igual que sopas. Como no podíamos fumar - el tabaco se arruinaba con el agua - busqué en qué entretenerme y a la luz de la linterna me puse a contemplar el crucifijo. Era, verdaderamente, una obra maestra, tanto por su talla como por los materiales en que había sido construido.
Enfocando el haz de luz para examinarlo detenidamente, observé algo que me sorprendió, ya que lo hacía diferente de cuantas imágenes del Crucificado había visto hasta el momento: el Cristo no tenía el clásico rictus de dolor y de sufrimiento. Más bien, o al menos así me lo pareció, mostraba un gesto complacido y hasta dijérase que risueño. Imaginé que se trataba de un error óptico, debido a las precarias condiciones de visibilidad en que nos hallábamos.
Estábamos ya hartos de esperar y empezábamos a meditar en dejarlo para otro día cuando vimos que el perro comenzaba a dar muestras de inquietud. Primero se trató de repentinos movimientos de su enorme cabeza, respingando como si venteara el aire. Más tarde se alzó sobre sus patas y se quedó mirando fijamente, primero a un punto y luego a otro. Por último, gruñó amenazador, lo cual nos puso definitivamente en guardia.
- ¡Alguien viene! - exclamó su dueño, teniéndole fuertemente sujeto por la correa.
Eché mano de la pistola.
El animal seguía gruñendo torvamente, con rabia. Pero, de súbito, aquel gruñido se tornó en un aullido profundo, un gemido de terror, y se tumbó cuan largo era. ¡Estaba aterrorizado! Aquel valiente can, como lo definiera Espinosa, parecía un conejo asustado. Empezó a dar tirones de la cadena, cada vez más fuertes, hasta que al dueño no le fue posible soportarlos. Entonces salió de estampida.
- ¡Atentos! - grité sobre el bramido de la lluvia y de los relámpagos - ¡Ahí vienen!
Y, saltando de mi abrigo, me puse en pie y me hallé ante el espectáculo.
¿Cómo podría describirlo? No creo que existan palabras ni vocabulario en idioma alguno para expresar lo que veía ni lo que sentí en el corazón. La única frase que se me vino a la mente en aquel instante supremo fue: ¡Dios está con nosotros!
Por el fondo del riachuelo, sumergidos hasta media caña de sus indescriptibles huesos, hasta dos docenas de ¿esqueletos?, cubiertos por podridos y repelentes harapos, venían hacia nosotros. En lo que quedaba de lo que en tiempos fueran manos, portaban unos extraños cirios cuyas llamas no se apagaban al contacto con la lluvia. Marchaban en dos hileras, una por cada margen, entonando un triste y solemne cántico que mis regulares conocimientos de la lengua latina no me permitieron descifrar.
Espinosa, a mi lado, estaba atónito. La encendida linterna enfocaba hacia el suelo, incapaces sus manos de sostenerla en posición correcta. Por otra parte, la luminosidad de los continuos relámpagos, nos permitía contemplar la escena perfectamente.
Sin decir nada - el habla se le había quedado congelada de terror - me ofreció la petaca de whisky, la cual rechacé rotundamente. ¡Quería mis sentidos bien despiertos para aquella extraordinaria ocasión!
Por entre los fantasmales esqueletos, pudimos ver cómo los restos descompuestos de dos hombres se perseguían, golpeándose, luchando entre las aguas que corrían embravecidas. Los pingajos de carne que todavía conservaban caían desgarrados por la macabra lucha.
Chillaban, se daban gritos uno a otro con aquellas desnudas gargantas que dejaban al descubierto las traqueas horripilantes. Una vez era uno el que aplastaba a su contrario y, a continuación, era aquél el que se revolvía y hacía presa en su oponente.
En tanto, los demás espectros, ajenos a ellos, proseguían con su caminar y sus cánticos funerarios.
Ya estaban a pocos metros de donde nos hallábamos y comprendí que o nos retirábamos o se daban de narices con nosotros. Entonces, nuevamente escuché en mi corazón lo que me dijera el sacerdote: ¡Dios está con vosotros! y, empuñando la reluciente Cruz, salté de mi escondite, me planté enfrente del tremendo cortejo y, alzando la reliquia frente a las descarnadas órbitas vacías de sus ojos, grité con toda mi voz:
- ¡Dios está con nosotros! ¡Amor! ¡El Amor vencerá!
Y los fantasmas de aquellos pobres seres que tanto habrían padecido, sin duda, en vida y que continuaban su purgatorio después de muertos, se detuvieron. Hasta aquellos dos que peleaban cesaron en su particular y sañudo enfrentamiento. Todos quedaron expectantes durante un largo instante que a mí se me hizo eterno y, luego, el cántico Miserere pareció convertirse en un Te Deum, entonado por aquellas voces huecas, sin timbre, pero en las que empezaba a vibrar la esperanza. Las figuras comenzaron a caer de rodillas y a difuminarse sus contornos, como si se diluyeran en el Más Allá...
Súbitamente, un pestilente olor nos envolvió. Parecía que un gigantesco monstruo defecara sobre nosotros la sanguinolenta digestión de una horripilante comida. El fétido tufo me corrompió los pulmones y me obligó a dar varios pasos atrás, como queriendo alejarme en busca de aire puro. Entonces los vi. Eran dos puntos rojos, inyectados en sangre, que me contemplaban irritados. Sentí que el alma se me iba de los miembros y me sentí arrebatado por el fulgor colérico de tan asquerosa mirada. ¡Eran los ojos del Diablo! ¡Satanás en persona acudía a luchar por lo que durante siglos había sido suyo! Intenté, en vano, levantar la Cruz. Mis miembros no me obedecían. Y un soplo infecto, arrojado por su terrible boca, me derribó al suelo, golpeando mi cabeza contra una roca. Perdí la conciencia de la realidad.
Vi que me sujetaban unas tremendas garras y cómo me izaban por los aires, en un fantástico viaje por espacios desconocidos. Ahora más que nunca me inundaba el mefítico olor que me asfixiara anteriormente. Los jadeos de aquel inmundo Ser ahogaban mis sentidos. Así vi, desde un lugar remoto, rebaños de infelices condenados que adoraban a su terrible Amo, en tanto que eran sometidos a tormentos irrelatables. Desgarradores alaridos de dolor surgían de las profundidades, hiriendo mis oídos con sus enormes quejas.
Al momento me hallé en el centro de una satánica orgía, en la que los comensales devoraban con placer sus propios miembros, vertiendo ríos de sangre que corrían por un canal establecido para que Satanás bebiera su inmundo contenido. Otros se dedicaban a satisfacer su lujuria en formas que no alcanzo a relatar. Sobre todos ellos se alzaba, poderosa, la vigilante mirada de aquellas pupilas encarnadas.
De repente me encontré tendido sobre una especie de ara dominada por un crucifijo vuelto del revés, ante la cual se hallaba un ministro totalmente enmascarado. El oficiante ofrecía a los asistentes a la ceremonia una especie de Hostias sobre las que, primeramente, escupía un asqueroso esputo, a la vez que dejaba escapar apestosas ventosidades que enrarecían el ambiente.
Al término de tan singular acto, se volvió hacia donde yo estaba y, empuñando una especie de monstruosa cuchilla, se dispuso a herir mis miembros. Grité aterrado, temblando de pánico. En aquel instante vi cruzar por delante de mí la figura de un hombre que arremetió a golpes contra el matarife. Recuperé el sentido.
Ante mis dilatados ojos, Espinosa estaba lanzando tremendos garrotazos contra el monstruo que me había atenazado con su poder hipnótico. El grueso bastón descendía una y otra vez contra el horroroso Ser sin que, al parecer, causara mucho estrago. Algo invisible empujó a mi amigo, que se desplomó a mi lado y pareció, por un momento, estar vencido. Pero, sacando fuerzas de su valor inmenso, se rehizo y, alcanzando el Crucifijo de entre mis manos, se levantó a hacer frente a tan horrendo adversario. Esta vez le propinó un golpe con la pesada Cruz de oro y pude ver como una nube de humo brotaba de la figura del Diablo. Un fuerte olor a pelo chamuscado llegó hasta mis sentidos. Volvió a golpear y escuché un pavoroso alarido de dolor. Espinosa continuó machacando con toda su fuerza, usando el Crucifijo como si de un martillo pilón se tratase.
De repente, agobiado por tantas emociones, perdí definitivamente el sentido.
Ignoro cuanto tiempo estaría en ese estado, pero al despertarme me hallé en una muelle cama, arropado por varias mantas y gozando del calor de una bolsa de agua. Poco a poco abrí los ojos y pude ver a mi amigo, que se encontraba sentado cerca del lecho. No tuve fuerzas para hablar y solamente pude sonreírle. Volví a conciliar el sueño, contento porque sabía que habíamos obtenido la victoria en nuestra lucha contra las fuerzas del Mal: el tercer misterio, la leyenda del odio, había sido desvelado. Ahora, todas aquellas almas en pena habrían alcanzado la Paz Eterna.

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