XVII

SAN JUAN, 8,6

Durante tres días permanecí en la cama, agotado por tantas conmociones como sufrí aquella noche. No era mi cuerpo, sin embargo, el que se encontraba enfermo, a pesar de la intensa mojadura que me llevara y del frío que me agobió. No. Era un cansancio anímico, un agotamiento del alma causado, sin duda, por la violenta lucha que tuve que realizar contra el Detestable Espíritu que quiso llevarme a sus dominios. La resistencia que le opuse me había dejado postrado, pero estaba feliz de saber que, gracias al valor demostrado por Espinosa, habíamos ganado definitivamente la partida.
Mi buen compañero me había alojado en su cabaña y procuró atenderme a cuerpo de rey. Varias veces insistió en que me visitara algún médico, pero le respondí que mi salud no estaba en peligro, que contaba con buenas fuerzas. Lo que sí le rogué fue que avisara al padre Manuel, a fin de relatarle la extraordinaria historia y poder restituirle el valioso Crucifijo.
- Espinosa... usted me alabó hace unos días, cuando las anteriores peripecias. Ahora debo ser yo quien le agradezca lo que hizo por mí, al tiempo que pondero su valor.
El hombre me miró a los ojos y, francamente, me dijo:
- Yo le aseguraría que no me di cuenta de nada. Nunca en mi vida me creí capaz de realizar lo que hice. ¡Atacar a aquella "cosa" con un palo! Después, alguna fuerza exterior me impulsó a hacer lo mismo pero con el crucifijo y, al primer golpe, sentí que la victoria estaba a mi alcance. ¡Entonces sí que le aticé con ganas! De todas formas, el mérito no me corresponde a mí. Hubo algo, como he dicho, que empujaba mi brazo.
Asentí a cuanto había dicho. Estaba totalmente de acuerdo.
- No olvide que Dios, como nos dijo el cura, estaba con nosotros...
- Así fue. No tengo la menor duda. ¡Era la mano de Dios la que dirigía los golpes!
Cumpliendo mis deseos, llamó a la parroquia. Le dijeron que don Manuel no estaba y dejó el encargo de que le rogaran que se pasase por el cámping en cuanto pudiera.
Al día siguiente me encontraba en la cama, leyendo por enésima vez el manuscrito que me enviara la esposa de mi amigo N., cuando la mujer de Espinosa vino a anunciarme que don Manuel había llegado. Le pedí que avisara a su marido, para que estuviera presente en la conversación, pero me respondió que había tenido que salir a hacer gestiones propias del negocio. Insistí para que no dejase de decírselo cuando llegase y le rogué que hiciera pasar al sacerdote.
Me volví para depositar la carta de mi amigo sobre la mesilla y sentí unos pasos que se acercaban al lecho. Giré mi cuerpo sobre la cama para enfrentarme al cura.
- ¡Buenos días, Manuel. !
Mi saludo se interrumpió ante la sorpresa de verme ante un desconocido.
- Buenos días, hijo.
El recién llegado era un hombre también joven, de mirada seria y elegantemente vestido con chaqueta y corbata.
- ¡Encantado! - saludé - ¿Qué pasa? ¿No le ha sido posible venir al señor párroco?
Rápidamente había imaginado que no pudieron darle el recado a mi amigo y que otro sacerdote, desconocedor del motivo de mi llamada y creyendo que se trataría del cumplimiento de algún motivo de su ministerio, se había personado a visitarme.
El hombre se quedó de una pieza. Mis palabras parecían haberle sorprendido.
- Creo que está usted en un error. Yo soy el párroco - aseguró.
El que se quedó ahora mudo fui yo. Pensé que, tal vez, todavía me encontraba débil y que todo aquello era un sueño. ¡Pero no! Ya entendía. Por equivocación, Espinosa habría telefoneado a la parroquia del otro pueblo vecino y aquel amable sacerdote, tan joven como Manuel, había acudido sin falta.
- Usted perdonará, padre, pero ha habido un error. Yo indiqué que llamaran a una persona y parece ser que se ha localizado a otra. Disculpe por haberle obligado a hacer un viaje en balde.
Ya estaba todo aclarado. El cura comprendió y se dio por satisfecho.
- ¿Así que no necesita de mi ayuda? - preguntó, cortés.
- Pues... no. Solamente quería charlar con mi amigo Manuel, el párroco del pueblo.
Esta vez, el hombre se quedó mucho más extrañado que yo antes. Imagino que su experiencia en visitar enfermos le ayudó a reponerse y replicar:
- ¡Pero yo soy el párroco y, efectivamente, me llamo Manuel! ¿No es conmigo con quien deseaba hablar?
La cabeza me empezaba a dar vueltas. ¿Tan enfermo estaba? Porque ya estaba seguro de que allí no cabía ningún tipo de error.
Le pregunté que si él era el párroco del pueblo próximo y, al aseverarme que así era, callé. No tenía palabras ni fuerzas para intentar aclarar aquel enredo.
- Pero, padre, usted y yo no nos conocemos, ¿verdad? - y proseguí, ante su negativa - Entonces, ¿dónde está el otro padre Manuel?
No sé si el sacerdote creyó que le estaba tomando el pelo o, simplemente, que estaba delirando. El caso es que se acercó y, dulcemente, me dijo:
- Hijo mío, ¿puedo hacer algo por ti? ¿Quieres que te oiga en confesión?
Estaba claro que su idea era que se hallaba ante un moribundo delirante.
Y, efectivamente, a punto estuvo de darme un síncope cuando, al verle cerca de mí, contemplé su rostro a satisfacción. Aquel hombre, si se hubiera dejado barbas y el pelo largo, vestido con la ropa de trabajo que llevaba el cura de la ermita, bien hubiera pasado por el doble de mi amigo. Solamente la expresión de la cara les diferenciaba un tanto: Manuel era simpático espontáneamente. Éste tenía que esforzarse para serlo.
- No, gracias - musité con voz extremadamente débil a causa del vértigo y de la angustia que sentía - Tal vez en otra ocasión. Ahora, si es tan amable de avisar a la señora... Me siento un tanto mareado.
- Ahora mismo, hijo. Tranquilízate.
Y salió para llamar. Cerré los ojos, sintiendo como si mi cabeza estuviera dando vueltas en un tiovivo. Necesitaba dejar la mente en blanco, no pensar en nada. Ya tendría tiempo de reponerme.
En medio de esta penumbra mental, escuché claramente la voz de Espinosa hablando en la otra habitación.
- ¡Hola, don Manuel! ¿Ya ha visto a nuestro enfermo?
El tono del director del cámping era sumamente familiar hacia aquél con el que hablaba.
- Sí - respondió la ya conocida voz del sacerdote - Pero parece que no se encuentra nada bien. Cree confundirme con otra persona...
- ¡No es de extrañar! Sin la barba y con el pelo corto, bien arreglado, parece usted otro.
La respuesta me llegó como desde muy lejos.
- Yo no he llevado nunca barba, ni el pelo largo.
Hubo un momento de silencio. Imaginé a Espinosa tan perplejo como yo mismo. Después, apenas si pudo responder:
- Perdóneme, pero creo que sí la llevaba cuando estuvo el otro día...
El sacerdote respondió, esta vez con un tono un tanto irritado:
- Señor Espinosa, yo no he venido por aquí desde hace más de seis meses. Desgraciadamente, sus parroquianos no parecen necesitar los servicios de la Iglesia.
Ahora sí que me convencí de que aquel sacerdote no era el que yo había conocido. Aquellas palabras y el duro tono con que las pronunció no eran propias de él.
- Y, ahora, si no se me necesita para nada más... Tengo otras cosas que atender. Si el enfermo precisa de mí en algún momento, no dejen de avisarme...
Era una fórmula de puro compromiso. Oí que la puerta se abría y, tras de un instante, volvía a cerrarse. Momentos después, Espinosa apareció en mi habitación.
- ¿Qué opina? - sabía que lo había escuchado todo y supuso que mi sorpresa era tan grande como la suya.
- No sé qué pensar en estos momentos. Por favor, déjeme dormir ahora. Mañana hablaremos...
Obedeció y me dejó a solas. Rápidamente me sumí en un profundo sueño.
Al despertar a la mañana siguiente, probé a levantarme y, para mi satisfacción, comprobé que mis fuerzas respondían mejor de lo esperado. Me vestí y me animé a salir. La mujer de Espinosa me detuvo.
- Pero, ¡hombre de Dios! ¿Dónde quiere ir?
- Necesito ver inmediatamente a su esposo.
- Pues aguarde, que ya le llamo yo...
Me senté en un sillón y aguardé. En mi mano sostenía el Crucifijo, acariciándolo con mimo. Mi cabeza ya estaba más firme y, a lo largo de mis horas de sueño, había descubierto la verdad de lo sucedido.
Entró Espinosa.
- ¿Cómo nos encontramos hoy? Parece que con mejor cara.
- Sí, estoy mejor, gracias. Pero vamos al grano. ¿Tiene usted una Biblia?
La expresión de asombro que se dibujó en su rostro no habría sido superior si le hubiera solicitado un elefante rosa.
- ¿Una Biblia? Pues... imagino que sí. Tal vez en Recepción.
- ¡Tráigala, por favor!
Sin decir nada, salió en busca de lo pedido. Su cabeza se meneaba de un lado a otro, como dudando de si no tendría que haber llamado al médico.
No tardó en volver con un grueso libro en las manos. Estaba sin estrenar. Se conocía que en el cámping no privaba la devoción.
- La tengo por si algún cliente... - se justificó.
No le dejé terminar la frase y le arrebaté el libro de las manos. Frenéticamente, comencé a pasar las hojas en busca de lo que quería. Por fin lo hallé. Leí el versículo y sonreí. ¡Ya tenía la clave de todo!
Al ver mi plácida sonrisa, Espinosa se debió convencer de la conveniencia de avisar al médico, pero a un especialista en enfermedades mentales. Más tarde me confesaría que atribuyó todos mis males a los esperpénticos trances que habíamos vivido.
- Siéntese - le rogué - Empecemos por el principio.
Intenté situar mis pensamientos en un orden lógico, para conseguir que los entendiese. Por fin consideré que ya lo había logrado. Y hablé:
- Está muy claro para los dos que el padre Manuel que ayer estuvo a verme no era el mismo que vino hace días, ¿de acuerdo?
- De acuerdo - asintió.
- Pero usted creyó que el de las barbas, el que yo me encontré en la ermita y me contó la leyenda, era el cura Manuel... a pesar de que le pareció un poco singular.
No hizo falta que pidiera su conformidad porque nuevamente aprobó con la cabeza.
- Y el de ayer, el que negó haber estado aquí antes y dijo no conocerme, también era el cura Manuel. Luego, o se da el caso de una doble personalidad o, mejor dicho, de dos hombres con la misma. Un conflicto clínico para el mejor psiquiatra...
- ¡Así es! ¡Todo lo que ha dicho hasta ahora es una verdad como un templo!
- Pero aquí no hay caso clínico, ni nosotros estamos chalados, Espinosa. Yo acabo de comprobar en esta Biblia lo que empecé a sospechar esta mañana. ¿Recuerda si le conté con detalle mi encuentro con Manuel en la vieja ermita?
- Creo que sí... Al menos, así me pareció.
- ¿Qué le dije que fue lo único que me extrañó de su conducta mientras le hablaba de "lo nuestro?"
Espinosa hizo memoria. Se veía que le costaba trabajo recordar un momento aislado entre tantos sucesos extraordinarios como nos habían ocurrido. Por fin, exclamó:
- ¡Ya lo tengo! Me dijo que, mientras usted le hablaba, él se distraía haciendo unos dibujos sobre la arena, ¿no es eso?
- ¡Exacto! ¡Ahí está la clave del asunto! ¡Mire! - abrí la Biblia por el Nuevo Testamento y busqué - Escuche, San Juan, 8, 6: "Decían esto para probarle y tener de qué acusarlo. Pero Jesús, agachándose, escribió con el dedo en la tierra...". Después, continúa: "Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que de vosotros no tenga pecado, que tire el primero una piedra. Y de nuevo, agachándose, se puso a escribir en tierra..."
Guardé silencio. Espinosa cogió el libro y confirmó lo que había oído. Me miró, incrédulo.
- ¿Adónde quiere ir a parar?
- ¿Por qué simula no saberlo? - le pregunté, exaltado - ¿Cuántas veces nos repitió que Dios estaba con nosotros? ¿Es tan difícil de creer, después de haberle machacado el cráneo al mismísimo Demonio? ¡Pues bien! ¡Aquí tiene la prueba! ¡Mire las facciones del Cristo del Crucifijo que me entregó!
Espinosa lo tomó en sus manos temblorosas, lo examinó de cerca y, después, me lo devolvió con sumo respeto.
- Y, además..., - pensó en voz alta - nos dijo que se llamaba Manuel...
Concluí su pensamiento:
- ... que, según aprendimos de pequeños, en el Ripalda, significa DIOS CON NOSOTROS.
Apreté con cariño la Cruz contra mi pecho. Me sentí muy dichoso.

A capítulo XVI                              A Menú                                  A Capítulo XVIII

Hosted by www.Geocities.ws

1