|
XV
ECHANDO CUENTAS
Nos detuvimos en la caravana, a echar un trago.
No deseaba que nadie nos pudiese escuchar en la cafetería y preferí el
aislamiento del vehículo de N.
Luego de brindar por los éxitos que hasta entonces habíamos obtenido,
comenzamos las explicaciones. Espinosa tenía mucho que aclararme sobre
los sucesos de la noche anterior y acerca del viejo Arias. Y yo debía
relatarle la cuestión de las rosas. Nos acomodamos y comenzó nuestra
conversación.
- Parece que, tras de la muerte de su hijo, Arias perdió totalmente la
cabeza, como ya se rumoreaba por el pueblo - empezó a decir - El pobre
loco veía en todos los motoristas jóvenes la imagen de su hijo
asesinado, como él creía, por el camionero. Y no cabía en su
disparatada cabeza que otros muchachos gozaran de lo que a su hijo le
había sido arrebatado por la muerte. Juró vengarse.
Hizo un alto para beber un poco de vino y aclarar la garganta. Le ofrecí
un cigarrillo y los dos fumamos.
- Al principio, se limitó a situar la moto del accidente en lo alto de
la explanada del chalet. Desde allí jugaba con los faros, deslumbrando
a los viajeros. Algún accidente provocó, pero no le era suficiente.
Deseaba más sangre. Además, coincidieron las declaraciones de la gente
en el sentido de que las luces podían provenir de la motocicleta. La
Guardia Civil, atendiendo a las denuncias y con el debido respeto hacia
Arias - no olvidemos que es toda una institución en la zona -, le rogó
que quitara la moto de aquel sitio, cosa que realizó pero con una idea
aún más siniestra: reparar la máquina y crear la figura del motorista
fantasma. Don Juan es un manitas de la mecánica - así comenzó sus
negocios - y reparó la moto a su entera satisfacción y sin la ayuda de
nadie. No le sacó los golpes ni la pintó de nuevo. No. Se limitó a
dejar en condiciones el motor y a soldarle una viga metálica en la
parte delantera, con la cual arrollaba a los desprevenidos motoristas a
quienes, previamente, había deslumbrado con un juego de luces instalado
en un lugar estratégico, las cuales podía disimular en cualquier
momento si le llegaba una inspección y hacerlas funcionar cuando le
convenía. Esos fueron los focos que destellaban en la noche y que usted
apagó con sus disparos. Por cierto, que le felicito por su excelente
puntería... ¡Parece que siempre se hubiera dedicado a pegar tiros!
Me hicieron gracia la ocurrencia y el interés de Espinosa por saber
cosas de mi pasado. ¡Pues se iba a quedar con las ganas!
- Gracias - le dije - ¡Pero siga, hombre!
- No, si ya no hay apenas más que contar. Las noches en que la locura
se le subía a la cabeza, se acercaba a nuestro bar o al pueblo. Allí
espiaba la presencia de las pandillas de motoristas y, cuando estaba
seguro de que los chavales iban a salir de estampida, corría a la mansión,
encendía las luces en el momento oportuno y se disponía a rematarlos
con la "moto fantasma". De esta forma causó numerosas víctimas.
- ¿Y nadie sospechó jamás de él? - pregunté.
- Sí. Pero era muy difícil demostrarlo. Y lo de la acometida con la
moto... ¡no digamos! Todo parecía señalar hacia una aparición. Ya
sabe, es más fácil
creer en lo imposible que en aquello que tenemos delante de nuestras
propias narices...
- En efecto, así suele ocurrir.
- Hay una cosa que no acabo de explicarme... Usted disparó contra las
luces. Muy bien. Después, vimos ambos el espectro de la moto, o lo que
aparentaba ser... Pero, ¿cómo sospechó que volvería hacia la parte
posterior del chalet?
- Tal vez tuve una corazonada o, acaso, es que sentí el bramido de la
moto sobre el asfalto. ¿No recuerda que me agaché a escucharlo? - le
respondí.
Accionó con las manos como indicando que aquello ya lo sabía, que no
le tomara el pelo.
- ¡Todo eso está muy bien! Mas, ¿cómo supo que iba a volver por allí
y me hizo correr hasta casi partirnos el alma?
- Es muy fácil, Espinosa. Siempre que ocurre un accidente, la primera
reacción de los testigos es acudir en ayuda de los heridos. Así había
sucedido todas las veces. ¡Mientras, dejaban libre el campo al asesino
para que huyera tranquilamente! Se daba un paseo hasta una distancia
prudencial, alcanzaba el sendero por el que se va hacia la ermita, lo
seguía y, después, se desviaba en el cruce, volviendo por un camino
que le conduce directamente al chalet...
Mi amigo se había quedado con la boca abierta. No acertaba a explicarse
cómo había yo sabido todo aquello.
- ¿Cuándo supo lo del camino? - balbuceó.
- ¡El día que estuve en la ermita, con el padre Manuel! Al volver, me
confundí en la bifurcación y, sin quererlo, me presenté casi a las
puertas de la casa de Arias. Y además, sobre todo, noté que algunos árboles
presentaban huellas de haber sido golpeados o rozados como por un vehículo
ancho. Usted sabe que mi coche es grande, pero cabía perfectamente por
el sendero. Un camión no entraría por aquellos parajes, regularmente,
por temor a quedar atrapado en los múltiples baches. ¿Cuál podría
ser el causante? Ya lo hemos comprobado: una motocicleta con una viga en
su frente de más de dos metros de longitud. La misma con la que barría
la carretera.
Se dio una palmada en la frente.
- ¡Y nadie más había caído en ello! ¡Es usted extraordinario!
- Observador, como le dije. Simplemente... un observador.
Me metí al coleto otro vaso de vino.
- Pues tiene ahora que contarme la historia de las rosas, de la roca y
de los moros... - solicitó Espinosa.
- ¡Es que no para de pedir, amigo!
No dijo nada, pero supongo que por dentro se estaría acordando de mis
familiares difuntos. El hombre quería saber y saber. ¡Nos parecíamos
bastante!
- Todas las maldiciones que pesan sobre su cámping - comencé -, todas
las cosas sorprendentes que en este sitio han venido ocurriendo durante
muchos años, tal vez siglos, pero que a nosotros no nos han llegado
noticias, nacen de una única causa: el triunfo que hace mucho tiempo
consiguieron las fuerzas del Mal sobre una de las más grandes virtudes
del hombre, el Amor. A partir de aquel momento, hace poco más o menos
novecientos años, los Infiernos han campado por sus respetos sobre
estas tierras. Seguramente han sido multitud las "leyendas"
que han corrido de boca en boca por estos pagos desde muchos años antes
de nacer nosotros. En nuestra época hemos conocido al "fantasma de
la carretera"...
Tuve que rogarle que me dejara continuar, ya que empezó a protestar
sobre la autenticidad de aquel "fantasma".
- ¡Sí! De acuerdo que ahora ya sabemos que no se trataba de nada
sobrenatural... salvo que creamos que la locura es algo lógico. Pero
estaremos de acuerdo conque "algo" o "alguien"
pudieron influir en que el viejo Arias se volviera loco y en que su
demencia tuviera tales manifestaciones. Por esa razón, yo insisto en
que podemos considerar los hechos como una leyenda.
- ¿Y cree usted que, a través de los siglos, se pueden haber producido
sucesos naturales que se tomaran, a juicio de quienes los presenciaron,
como acontecimientos extraordinarios?
- ¡Pues, claro, querido amigo! No los conocemos y no podemos juzgarlos,
pero solamente piense que si en este siglo en que vivimos, en el cual la
Ciencia ha descubierto las razones de casi todos los misterios de la
Naturaleza, la voz de la leyenda ha surtido su efecto, ¿qué no ocurriría
en tiempos en que cualquier fenómeno natural era tomado por gesto de
Dios u obra del Diablo? ¿Cuántos murieron en la hoguera por mucho
menos de lo que hoy en día tomamos por normal? Sí. Las leyendas, estoy
bien seguro, se han sucedido a lo largo de las décadas, unas veces con
motivos y muchas sin ellos.
- Pero, las luces del barranco...
Y, al decirlo, no pudo evitar volver la vista hacia su espalda,
contemplando la verja por debajo de la cual corría el riachuelo. Yo
también me revolví inquieto en mi asiento. Dentro de pocas horas, si
la ocasión nos era propicia, nos enfrentaríamos a misterios terribles.
- Las luces pueden existir solamente desde que se produjeron los
fusilamientos. No nos consta que anteriormente las viera nadie... Y,
aunque así hubiera sido, las causas pudieron ser muy otras y otros los
personajes.
- Entonces, dígame de una vez, ¿cuándo comenzó todo? ¿Qué es lo
que produjo aquel dominio del Maligno que propició que estas tierras
quedaran encantadas?
- La causa estuvo en unos festejos...
Y, ante el enorme gesto de sorpresa de Espinosa, tuve que relatarle la
historia que me contó el cura Manuel, leída - según me dijo - en
viejos codicilos.
Cuando concluí la narración, fue él quien dejó medio vacía la
botella. Ni siquiera tuvo la gentileza de llenar mi copa.
- ¿Y esta mañana ha descubierto la tumba?
- No puedo asegurarlo... - vacilé - Pero lo que sí es cierto es que,
al ofrendar unas flores sobre aquel montoncillo de piedras, el viento
volvió a soplar entre los árboles, sentí una paz interior desconocida
y, lo que más importante es y que los dos pudimos comprobar, cesó en
la cumbre el fenómeno del perfume de las rosas.
Quedamos en silencio, pensando en los dos infelices amantes. Luego,
Espinosa habló con su voz potente:
- ¡Pues vuelvo a felicitarle! Porque, si yo no he comprendido mal toda
la historia, su generoso acto ha devuelto las cosas a su sitio...
Me levanté de la silla, me acerqué a él y puse una mano sobre su
hombro. Sonreí. Estaba satisfecho, pero no quise hacerme muchas
ilusiones.
- Eso, amigo mío, si todo marcha como debe... ¡lo comprobaremos esta
noche!
Se le atragantó el vino que estaba bebiendo.
A capítulo XiV
A Menú
A Capítulo XVI |