XIV

SOBRE UNA TUMBA OLVIDADA

A la mañana siguiente, resuelto el misterio de la carretera y antes de comentar con Espinosa, me dirigí en el coche hacia la vieja ermita. Esta vez no encontré a Manuel y no pude comunicarle nuestro primer éxito. Lo lamenté, ya que me hubiera agradado que me acompañase en la tarea que me había propuesto realizar.
En la mano llevaba un ramo de rosas rojas que me había costado bastante lograr en tal época del año.
Caminando, me acerqué a las paredes del acantilado. Tuve que ir apartando maleza, esquivando obstáculos imposibles de salvar. Me guiaba por la sombra que proyectaba la gran roca, hasta que imaginé que me hallaba justamente a los pies de la misma.
Allí, el precipicio se hacía más suave. La pared se elevaba en un talud poblado de altas coníferas.
El suelo estaba cubierto de las puntiagudas agujas caídas de los árboles, que amortiguaban el pisar de mis recias botas.
¿Qué era lo que buscaba? No lo sabía todavía, ni estaba seguro de encontrar nada. Pero me consideraba bien pagado por el hecho de disfrutar de la paz que en aquel paraje reinaba.
Hacía casi novecientos años... ¿Qué habría sucedido en tanto tiempo? Seguro que los pinos que se erguían en la ladera no estaban allí cuando ocurrió aquello... El viento y la lluvia habrían alterado la fisonomía del terreno. La tierra habría rodado desde la cima, las piedras... Solamente, allá en la cumbre, permanecía inalterable la gran roca, castigada por los elementos pero aún resistente al transcurso de los siglos.
De repente, un silencio mágico me rodeó. El viento ya no soplaba. Alcé la mirada y me enfrenté con dos árboles que inclinaban sus ramas uno hacia el otro. Parecían fundirse en un abrazo... Me acerqué y me di cuenta de que me había confundido: se trataba de dos troncos que brotaban de una misma raíz. Habían nacido juntos del seno de la tierra y juntos querían aparecer en la altura de sus copas.
Miré a sus pies y, cubierto por la hierba, pude distinguir un puñado de milenarias piedras, amontonadas como por la mano humana y esparcidas por el paso del tiempo.
Emocionado, me arrodillé delante de ellas y, depositando el ramo de rosas, recé una sencilla oración por las almas de dos jóvenes enamorados que, muchos siglos atrás, no pudieron encontrar la comprensión de sus semejantes y tuvieron que refugiarse en su cariño, que perduraba a través de los tiempos reflejado en aquellos árboles gemelos.
Acabé de rezar, hice la señal de la Cruz y volví a escuchar el rumor del viento. Retrocediendo sobre mis pasos, torné a donde había dejado el automóvil. Un rato más tarde estaba en el cámping.
Espinosa salió a mi encuentro.
- ¿Hablamos ahora?
- No - le respondí - Suba usted.
Y, abriendo la portezuela, le franqueé el paso.
- ¿Dónde vamos? - me preguntó.
- Arriba, a la gran peña.
No me dijo nada, pero noté que estaba sorprendido.
El coche reptó por la cuesta hasta dejarnos al pie del roquedal. Eché a trepar sobre él. Espinosa me seguía en silencio.
Cuando nos encontramos en la cima recé en voz alta un Ave María, como la vez anterior. Pero, para mi dicha, el aire solamente nos trajo esta vez el olor de la tierra mojada. El olor a rosas ya no vagaría por aquella cumbre.
- ¿Qué ha sucedido, dígame? - quiso saber mi amigo.
- Nada. Simplemente que el amor ha sabido triunfar sobre el odio. Por fin, dos almas duermen el sueño eterno, juntas, unidas, como no les dejaron estar en este mundo. ¡Benditas sean!
- ¡Amén! - puso el colofón Espinosa. Por el rabillo del ojo vi como un agüilla brillaba en su mirada.
El segundo misterio, la Leyenda del Amor, quedaba satisfecho.

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