XIII

SAN GARROTE, ¡ORA PRO NOBIS!

Nos habíamos atrincherado enfrente del gran chalet. Por suerte, encontramos unas piedras sobre las que pudimos tumbarnos; de otra manera el barro nos hubiese empapado las ropas. Espinosa había llevado consigo una gran linterna que todavía no habíamos encendido, porque una brillante Luna nos concedía una excelente visibilidad en muchos metros en derredor.
También se había provisto, como anunciara, de un gran garrote, capaz de demoler a cualquier fantasma de un solo golpe.
- ¿Qué le parece?
- ¡Estupendo! Pero hoy tal vez no sea necesario - le mostré la pistola - Me fío más de ésta.
- No sé qué decirle... Un buen trancazo... y muchas almas en pena se libran de las mismas.
- ¡Quizá!
Sacó una petaca de licor de un bolsillo de su gruesa zamarra.
- Esto también vendrá a modo para pasar el rato.
Sonreí en la oscuridad.
- Usémoslo mejor para combatir el frío, que parece que va a hacerlo.
No me contestó, puesto que estaba dándose un trago. Se relamió de gusto y me pasó el botellín.
- Si algo ha de pasar hoy, será pronto. La hora es la acostumbrada, la noche propicia y en el bar había un grupo de motoristas.
- Pues confiemos en que podamos evitarlo.
El tiempo transcurría lentamente y mi mente no hacía más que darle vueltas. ¿Qué pintaba yo allí, de noche, tumbado sobre un pedazo de roca, manchándome de fango y a la espera de no sabía aún el qué? No supe dar con la explicación. ¡Siempre sería el mismo!
Más de una hora llevábamos aguardando cuando, en la lejanía, se escuchó el petardear de una moto que se acercaba. Íbamos a ver lo que sucedía.
- ¡Atento! - me susurró Espinosa. Yo le toqué el brazo, confirmando que estaba a su lado.
El ruido se hizo más próximo. Ya lo teníamos encima y, sin embargo, no divisábamos la moto. Yo miraba hacia la gran mansión, atento a cualquier movimiento extraño. Nada sucedía.
De repente, un rayo de luz alumbró la carretera. El ruido creció y el motorista, lanzado a todo gas, cruzó ante nosotros. Todo quedó en silencio.
Nos miramos el uno al otro, cariacontecidos.
- ¡Tal vez no sea hoy! - exclamé - ¡Por suerte para ese chico!
Espinosa me recomendó paciencia, con un gesto.
- Tranquilos. Esperemos. Ese canalla gusta de tener más de una víctima...
Volvimos a beber, para animarnos. Y otra vez a esperar.
Sin darnos cuenta de ello, tan ensimismados estábamos en nuestra vigilia, una fina lluvia comenzó a caer sobre nosotros. Rápidamente nos caló, a pesar de nuestras gruesas ropas.
- ¡Maldita sea! ¡Lo que faltaba! - protestó el del cámping.
- ¡Escuche! - creía haber sentido algo - ¿No son motos?
Espinosa aguzó el oído. El ruido de la lluvia nos lo ponía difícil. Tampoco veíamos apenas.
- ¡Sí! ¡Parece que vienen!
El zumbido de los motores se percibía ya claramente. Levanté la mirada hacia lo alto del chalet y observé.
- ¡Ahí están! - dijo Espinosa - ¡Y esta vez vienen dos!
Yo no le contesté porque la sangre me había empezado a golpear con violencia en el corazón: ¡En lo alto de la casa, allí donde según todos habían estado los restos de la moto de Juan Arias, se encendió un potente foco que alumbró hacia la carretera!
- ¡Mire!
Las motos empezaban a salir de la curva, disponiéndose a enfilar la recta a gran velocidad a pesar de lo resbaladizo del firme. Dentro de un momento entrarían en el campo de acción de la potente luz que, sin duda, les deslumbraría.
No lo dudé. Apunté fijamente con la pistola y abrí fuego sobre el foco. Una, dos, hasta tres veces apreté el gatillo, consiguiendo por fin ver cómo se apagaba la luz.
- ¡Muy bien! - aplaudió Espinosa.
Los chavales de las motos debían haber escuchado las detonaciones porque aminoraron la marcha. El peligro había pasado. Pero, súbitamente, nos quedamos paralizados de terror: de la rampa que bajaba de la gran mansión surgió, a toda velocidad y con los faros apagados, una fantasmal máquina que arremetió contra las que circulaban por la carretera.
Los sorprendidos conductores no pudieron evitar el impacto y se vieron proyectados al sembrado de la izquierda, donde rodaron en confuso montón. Todo sucedió tan rápidamente que no supimos qué hacer. La moto asesina se perdió en la lejanía, fuera del alcance de mi arma.
- ¿He visto bien o estoy borracho? - me preguntó Espinosa.
- No. Los dos lo hemos visto, pero... - pegué el oído al asfalto y me levanté deprisa - ¡Vamos, sígame!
Eché a correr, sin cerciorarme de si venía tras de mí. No hice caso de sus voces diciendo que había que atender a los heridos.
- ¡No, ése ha sido siempre el error!
Y corrí como un loco.
A regañadientes, Espinosa me siguió. Cruzamos la carretera, nos metimos por entre el pesado terreno que rodeaba el chalet, mojándonos a cada pisada y hundiéndonos en el barro. Mis pulmones estaban para el arrastre, pero algo me obligaba a seguir.
Llegué hasta el final de la valla y allí me detuve, resoplando. Espinosa, más en forma, estaba a mi lado.
- ¿Qué pasa? ¿A qué esperamos ahora? - me preguntó.
- ¡Calle! ¡Un momento! - miré hacia las sombras, intenté escuchar algo más que los latidos de mi propio corazón y, por fin, convencido, le dije:
- ¡Prepare el garrote! ¡Ahí viene su fantasma!
Y de la oscuridad, sin luces, surgió la figura de la moto asesina.
Se dirigió hacia donde estábamos, sin vernos. Iba a pasar a nuestro lado y, entonces, Espinosa hizo funcionar su gruesa garrota.
El golpe fue demoledor. Montura y jinete se vieron desequilibrados y rodaron por el barro. Espinosa cayó encima del aturdido motorista y le propinó otro zurriagazo.
A la luz de la linterna, después de despojarle del casco, vimos las facciones de un hombre maduro, con el pelo canoso.
- ¡Es el señor Arias! - gritó Espinosa.
- ¡Ahí tiene a su trasgo! - afirmé, satisfecho.
Poco más tarde, la Guardia Civil se llevaba al loco. La primera leyenda, el primer misterio, quedaba aclarado. Sin duda que Dios nos había prestado su ayuda, pero fue gracias al garrote de mi compañero por lo que el culpable se vio descubierto.

A capítulo XII                                A Menú                                  A Capítulo XIV

Hosted by www.Geocities.ws

1