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XII
PREPARADOS: ¡DIOS
CON NOSOTROS!
- Y así fue todo. El odio se impuso al amor,
como tantas veces ocurre desde que el hombre es hombre - concluyó
Manuel.
- Y el Espíritu del Mal quedó reinante sobre estos parajes... De esta
forma es posible que las ánimas en pena vaguen sin consuelo, que los
ahogados deseen el mal y hasta que un pobre loco busque la venganza de
un desgraciado accidente sobre las personas que no tienen culpa -
permanecí cavilando sobre el asunto - En verdad, cura, que el hombre es
un muñeco del Destino... El joven sacerdote negó rotundamente.
- ¡De eso nada! ¡Tú estás dispuesto a imponerte sobre ello!
Hice un mohín de desdén.
- ¿Y qué puede un hombre solo contra todas las fuerzas del Infierno?
Se puso en pie y en sus ojos pude leer una fuerte convicción. Su voz
tronó en la soledad del valle, dominando a la Naturaleza en pleno.
- ¡Todo! ¡Un hombre lo puede todo... con la ayuda de Dios! Y tú la
tienes, no lo dudes.
- Hasta Tomás dudó y Pedro le negó. No lo olvides. Eso es lo que tú
enseñas.
- Porque somos hombres y, como tales, tenemos nuestros momentos de
debilidad. Pero, ¡ya está bien de cháchara! ¿Me invitarás a un vino
en tu cámping?
Sonreí. Aquel muchacho era estupendo.
- ¿Bebéis vino los curas?
- ¡Todos los días! En Misa. ¿O es que no lo recuerdas?
- Llevas razón.
Subí al coche y lo puse en marcha.
- Vete yendo tú. Yo voy a recoger una cosa y enseguida te alcanzo.
- ¿Con ese trasto? - le pregunté irónico, señalando su viejo coche.
Hizo un gesto con la mano como de que me iba a excomulgar por impío.
- Este trasto corre tanto como tu potente máquina... por este camino de
cabras.
Y tuve que volver a estar de acuerdo.
Procurando evitar los baches, me dirigí al cámping. Por el retrovisor
vi que Manuel entraba en la ermita y ya le perdí de vista.
Después de dar tumbos por el sendero, llegué a la bifurcación y seguí
adelante. Fue a los pocos metros cuando me di cuenta de que me había
confundido y tuve que volver marchar atrás, al serme imposible dar la
vuelta en aquellas angosturas. Tomé, por fin, la carretera y llegué a
mi destino. Entré en el recinto y estacioné el coche en la misma
puerta. Pasé al bar.
Espinosa estaba solo en la barra y me sonrió.
- ¿Un vino?
- ¡Que sean dos! Tenemos visita - le expliqué.
Por la puerta hacía su entrada el cura.
- ¡A la paz de Dios, hermanos! - saludó.
- ¡Ya está don Manuel con sus cosas! - exclamó afable el director del
cámping - Por cierto, nunca le había visto con barba. Le sienta
perfectamente.
- Hay que cuidar la imagen. Si mis feligreses llevan el pelo largo, ¡habrá
que ir a la moda!
Los tres celebramos el buen humor del sacerdote.
- ¿Quieres que lo bendiga? - me preguntó, cuando tuvimos los vasos de
vino ante nosotros - Te advierto que también sirve...
Espinosa se quedó extrañado. Yo me eché a reír. La cara que había
puesto el hombre era de chiste.
- ¿De qué te extrañas, hijo? ¿Acaso no murió Jesús entre ladrones?
También un pobre curita puede alternar con ellos.
- No, si no he dicho nada...
- ¡Ya! Pero lo ibas a decir.
Manuel me entregó un paquete que llevaba en la mano. Era como una caja
de zapatos, rudimentariamente atada.
- Llévalo cuando vayáis de caza. Tal vez te haga falta... ¡Ah! Y no
te olvides de la pistola. A veces hay fantasmas que con un buen tiro en
las posaderas dejan de arrastrar sus cadenas.
Esa también era mi opinión y le prometí seguir su consejo. Le vi muy
ilusionado.
- ¿Por qué no vienes con nosotros? - le invité.
- No. Esa cacería es vuestra - dijo señalándonos a Espinosa y a mí -
Si después me necesitáis, siempre estaré a vuestro lado.
Espinosa estaba hecho un verdadero lío, aunque ya empezaba a
comprender.
- De modo que el cura está en el ajo, ¿no?
Manuel le asió de la mano y le miró a los ojos.
- Sí. Y siempre, repito, lo estaré.
Guardamos silencio. No había nadie en el bar aparte de nosotros. El
cura aprovechó tal circunstancia y, alzando su mano derecha, trazó en
el aire una bendición.
- ¡Animo! Y espero vuestras noticias...
Se encaminó a la puerta y poco después oímos el sonido del motor de
su coche.
- ¡Es un chaval estupendo! - comenté.
Espinosa, apoyado en el mostrador, contemplando su terciado vaso de
vino, no pudo por menos de comentar:
- Sí, lo es. Pero hoy le veo muy cambiado. Será la barba...
- O por la historia que me ha contado. ¿La conoce?
Hizo un gesto de no saber de qué hablaba.
- Me refiero a la doncella y al caballero moro...
- ¡Ni idea! ¿Es que hay más?
Atroné con mis carcajadas el local.
- ¡Está usted sentado sobre un polvorín, amigo Espinosa! Pero esta
noche empezaremos a despejar la broza. Después le contaré el cuento.
- De acuerdo. Usted llevará una pistola, ¿verdad? Pues yo me llevaré
un buen garrote. En eso estoy conforme con el cura...
Sopesé el paquete que me había entregado y, adivinando su contenido,
aseguré:
- Hoy veremos lo de la carretera. Mañana, en el barranco, tal vez nos
sea más útil esto otro. ¡Hasta la noche!
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