XI

EL PERFUME DE LAS ROSAS
La Leyenda del Amor

- ¡Albricias! ¡Festejad a nuestro rey Don Alfonso, que ha ganado la villa de Magerit para el mejor provecho de la Corona de Castilla! ¡Alabado sea!
Los heraldos recorrían las calles esparciendo la buena nueva. El pueblo se arremolinaba a la llamada de las trompetas y prorrumpía en vítores a su soberano. La pequeña villa había sido conquistada sin necesidad de fieros combates, gracias a las hábiles negociaciones que forzaron al rey moro de Toledo a entregar el poderoso alcázar.
Los festejos duraron varios días y durante ellos se celebraron justas y torneos, a los cuales también fueron invitados los recientes aliados musulmanes.
Todo el fasto de la Corte se vio reflejado en aquellos actos. Los más valerosos caballeros asistieron a mostrar ante sus damas, felizmente engalanadas, su pericia en el manejo de las armas, su galanura en el dominio del caballo, lo esforzado de su espíritu. El palenque fue testigo de hazañas que, durante mucho tiempo, corrieron de boca en boca a través de los cronicones.
Madrid, futura capital de España, lucía en las torres de sus murallas el pendón de Castilla.
Mientras, los valientes guerreros moros se retiraban de sus posiciones sin haber tenido oportunidad de batirse con el enemigo. Tristes y abatidos, habían sido derrotados por los manejos políticos y no por las armas.
- ¡Volveremos! - prometió el joven caballero.
- No. Ya nunca será nuestra - le aseguró su padre, el veterano jefe de la guarnición.
- Mas..., habréis de permitir que asista a los torneos - suplicó el hijo - El Alférez del rey de Castilla nos ha invitado a los mismos.
El emir asintió, pensativo.
- Nos han concedido tal honor, es cierto. Pero, tratados que comienzan con luchas... No, hijo mío, no debes asistir. Deja que los cristianos diriman entre ellos el honor y la gloria. Algún día nosotros tendremos ocasión de conseguirlos nuevamente, en el campo de batalla.
- ¡Padre, sería descortés rechazar tal favor!
Y, contra el parecer del viejo guerrero, cinco marciales caballeros, la flor del ejército moro, decidieron concurrir a las justas deseosos de mostrar en el campo del honor lo que no habían podido lucir en la defensa de la plaza.
- Sólo os permitiré asistir a los concursos de arqueros. ¡Nada de luchas cuerpo a cuerpo!
Los combates, a pie o a caballo, en solitario o en grupo, eran presenciados por un abigarrado público que animaba a unos y a otros con encrespados gritos. Los nobles contemplaban el espectáculo desde las engalanadas tribunas, apoyando también con ardor a los combatientes y cruzando entre ellos elevadas apuestas.
La doncella se hallaba junto a su padre, en la tribuna de honor, muy próximos al rey. Seguía con emoción el desarrollo y los lances de las diversas suertes, contemplando como el hermano querido conseguía trofeos y victorias.
El joven caballero embestía una vez y otra a sus contrarios, tirándoles por tierra de un bote de su potente lanza o de un mazazo bien aplicado. Los abollones de su pesado escudo reflejaban el ardor que había puesto en el combate. Su juvenil sonrisa denotaba el orgullo de sentirse uno de los soldados preferidos del rey de Castilla.
Todo discurría entre aires de fiesta, jaraneros y asordantes, hasta que los cinco moros solicitaron permiso para tomar parte en el torneo.
El público enmudeció ante la osadía ya que, si bien se les había ofrecido tal honor, nunca se imaginó que habrían de recoger el guante.
Los moros entraron al palenque jinetes sobre sus ligeros caballos y mostrando su habilidad en el dominio de los mismos. Con las riendas prendidas de los dientes, tenían las dos manos libres para manejar el flexible arco con el que disparaban, implacables, las certeras saetas hacia los blancos para ello dispuestos, en tanto dirigían tan sólo con los pies a sus monturas.
Los aplausos premiaron su actuación y Don Alfonso les concedió premios valiosos por su habilidad.
- ¡Roguemos al Señor Don Jesucristo que no deseen, asimismo, participar en los combates! - deslizó al oído de su Alférez.
- ¡Así sea, Majestad! Que nuestros jóvenes no tengan que enfrentarse contra ellos. Podrían surgir desplantes...
Los caballeros moros se retiraban satisfechos cuando el hijo del emir se detuvo ante las tiendas donde reposaban los combatientes cristianos. Tomando una afilada lanza que le aprestó un servidor, se dirigió hacia los colgados escudos.
- ¡Dios sea loado! - exclamó el Alférez - ¡Ese moro pretende desafiar a los nuestros!
El emir, que presenciaba los festejos junto al rey castellano, reconoció a su hijo bajo el velo que ocultaba el rostro del paladín.
- ¡Alá! ¡No me ha hecho caso!
Don Alfonso miró al viejo guerrero y le preguntó:
- La juventud siempre es imprudente. ¿Conocéis a ese caballero?
- Sí, Majestad. Es hijo mío.
El soberano guardó silencio.
La lanza del moro golpeó uno de los escudos. Desafiaba al dueño de tales armas a combate singular.
El castellano aceptó el reto con presteza. El Juez de justas impuso las condiciones: las lanzas deberían ser embotadas, a fin de que sus puntas no dañasen a los contendientes.
Los dos caballeros se dirigieron a sus correspondientes extremos del campo y, a la señal convenida, arremetieron el uno contra el otro. El cristiano, embutido en su pesada armadura, era la imagen viva del poder y la fuerza. El agareno, luciendo sus ligeras vestiduras sobre una fina cota de malla, se asemejaba al viento en sus ágiles ademanes.
Apenas cubierto por una pequeña y manejable adarga, dirigió su lanza hacia el cristiano, controló a su cabalgadura con las rodillas y se dispuso a dar el golpe.
Momentos después, el castellano rodaba por el suelo, perdido el equilibrio ante el acertado envite de su oponente.
Los asistentes hubieron de aplaudir la destreza del musulmán. El rey de Castilla felicitó al emir.
- ¡Habéis un bravo hijo! Y un experto guerrero.
El padre no pudo agradecer el cumplido porque, ante su sorpresa, vio como el jinete se dirigía nuevamente en busca de otro desafío.
Tres castellanos más fueron vencidos por el moro, todos con destreza, limpiamente y sin apenas denotar esfuerzo.
Los aplausos atronaban las gradas. El pueblo, hasta ayer súbdito de la Media Luna, expresaba su júbilo ante la victoria del esforzado campeón.
Se acercó éste a la tribuna real, cumpliendo las órdenes del heraldo y, galantemente, con exquisita cortesía, inclinó su victoriosa lanza ante el rey de Castilla.
- ¡Caballero! ¡Sois el más valeroso enemigo que jamás tuve! Ahora desearía teneros para siempre como aliado - invitó Don Alfonso.
Un murmullo de aprobación celebró las palabras del monarca. Todos estaban rendidos ante el temple de aquel jinete moro.
- Señor - agradeció el campeón - Me honráis sobremanera...
Pero se vio interrumpido por el sonido del clarín. Un nuevo caballero solicitaba licencia para justar.
Todos volvieron la mirada y contemplaron al cristiano vencedor en anteriores lides que, jinete sobre su montura, mantenía la lanza apoyada sobre el estribo, a la espera del favor real.
La doncella temió por el hermano, pero no pudo evitar sentirse orgullosa. Al volver la vista hacia su rey, indagando si éste permitiría proseguir la lucha, sus ojos se cruzaron con los del caballero moro. Resaltando sobre el hermoso velo y enmarcados por el blanco turbante, contempló dos negras pupilas que devoraban su belleza, fieras, altivas y, a la vez, melancólicas.
Quiso apartar la mirada pero algo más fuerte que las costumbres, que el saber que se trataba de un enemigo, que no era de su religión, la obligó a sostener el mensaje de aquellos ojos. Y correspondió al mismo.
- Parece que tenéis contrincante, caballero - señaló el rey.
- ¡Por favor, majestad! - intervino el padre - ¡No permitáis que prosiga la justa! Ya ha habido demasiada lucha por hoy...
El rey iba a acceder al ruego cuando el caballero solicitó:
- ¡Señor, creo que, como mantenedor de esta justa, soy el único con derecho a aceptar o rechazar este reto! Si me lo permitís...
El Alférez de Castilla se inclinó sobre el monarca y le aseguró:
- Lleva razón. No se lo podemos negar.
- ¡Pero será la última vez! Después, vos, caballero, vendréis a departir a nuestra mesa. Me concederéis el honor de tener a mi lado a un valiente.
El moro llevó su diestra al corazón, a los labios y a la frente, inclinándose ante el rey.
Hizo girar el caballo y, a paso lento, se acercó a la altura de la doncella. Se detuvo y, extendiendo la lanza, solicitó el permiso para llevar sus colores.
Era costumbre de la Caballería solicitar a alguna dama de su complacencia que cediese una prenda, por lo común un pañuelo, para portarlo en el combate. El musulmán, prendado de la belleza de la joven, no hacía más que cumplir con dicha norma, halagadora a la vez para la mujer elegida.
Mas las protestas del viejo caballero que se encontraba al lado de la doncella le hicieron comprender que algo no iba bien. Los cristianos no le consideraban digno de rendir pleitesía a sus damas... La ira le dominó.
- ¡Maldito! ¡Atreverse a lidiar con mi hijo y pretender los favores de su hermana! ¡Majestad, justicia!
Don Alfonso terció:
- Caballero musulmán, lo que habéis pretendido es imposible. ¡Olvidad vuestro proyecto y cese el combate!
- ¡El combate es mío! - rugió el joven. Y, espoleando a su caballo, se dirigió hacia su contrincante para recoger el reto.
- ¡Perdón, Majestad! ¡Es tan impulsivo! - le excusó su padre.
- ¡Ambos lo son! - exclamó el castellano.
Había visto que, cuando el moro llegaba a su encuentro, el caballero cristiano, conocedor de la osadía de su enemigo, ofendido en su honor por tal conducta, había golpeado su adarga con la punta desnuda de su lanza, desafiándole a un combate con armas vivas, sin protección ninguna.
El sarraceno aceptó y, volviendo grupas, se dirigió a su extremo.
- ¡Es una locura! - advirtió el viejo emir, sabiendo que aquello no traería nada bueno.
Pero antes de que se pudiera tomar cualquier decisión, los caballeros hicieron volar a sus cabalgaduras hacia un encuentro feroz, sin tregua.
La lanza del hermano ofendido buscó destrozar de un golpe al atrevido que había querido mancillar el honor de la doncella. El moro estudiaba la forma de penetrar la armadura de su rival por un punto fatídico, valiéndose de su mayor facilidad de movimientos.
En el centro del palenque chocaron los contendientes, pero sus armas no hallaron presa para las afiladas puntas. Se alejaron al galope para dar la vuelta y embestirse de nuevo.
- ¡Alto! ¡Deténgase la lid! - ordenó el rey.
Los combatientes hicieron caso omiso de la advertencia y se lanzaron otra vez al combate.
El castellano se consumía en su furor e iba dominado por la ira. Aquella fue su perdición. Su lanza no encontró el cuerpo de su enemigo, en tanto el sarraceno acertaba a introducir la suya por entre las uniones de la armadura del cristiano. Éste vaciló sobre su caballo y, volcándose sobre el cuello del animal, se dejó llevar, en tanto que la sangre brotaba copiosa de la herida.
- ¡Detened al moro! - gritó el rey.
- ¡Perdonadle, señor! ¡Sin duda, no escuchó vuestro mandato! ¡Tampoco el caballero cristiano lo hizo!
El Juez de la contienda se dirigía con sus auxiliares hacia el vencedor, prestos a hacerle preso. De repente, éste taloneó a su montura y, dirigiéndose hacia la tribuna, saltó felinamente hacia donde estaba la doncella. La tomó entre sus poderosos brazos y, con un ágil brinco, volvió a lomos de su caballo. Después, antes de que nadie pudiera reaccionar ante la sorprendente acción, azuzó al corcel y huyó al galope. La muchacha había perdido el sentido.
Arropado por sus cuatro compañeros, el sarraceno salvó las guardias cristianas y se perdió hacia la tierra de nadie. Había incumplido con el tratado y sabía que su más acérrimo enemigo habría de ser su propio padre.
- ¡Esto es traición! - sentenció el rey Alfonso, dirigiéndose, irritado, al emir.
- ¡Rey de Castilla! Mi rey me concedió el triste honor de entregaros esta plaza y de rendiros pleitesía. Si unos locos, amparándose en las Normas de la Caballería, han manchado nuestra honra, ¡a nosotros toca castigarlos! ¡Y así lo haremos!
El Alférez de Castilla aconsejó:
- ¡Majestad, ved que el traidor es su hijo! No debemos fiarnos de estas palabras.
El moro le miró, colérico. Luego, serenándose, respondió:
- ¡Señor! Cuando yo os traiga a mi hijo cargado de cadenas, habréis de responderme de lo que acabáis de decir. ¡Tomad!
El veterano militar arrojó a los pies del cristiano un guantelete.
- ¡Sea como queráis! Mas posponed vuestra cuestión hasta que la doncella esté en libertad. ¡Aprestaros a marchar en pos de ellos!
Y cristianos y moros cabalgaron juntos en persecución del rebelde y de sus compañeros. No cesarían hasta encontrarles. En tanto, en la tienda del físico, el joven caballero cristiano era atendido de una profunda herida.
La sangre había sido derramada. Sería difícil restañarla...
Los jinetes, en su huida, se dirigieron hacia poniente. El camino hacia el norte lo tenían cortado por los cristianos. Al sur, desconocían como serían recibidos por sus correligionarios. Eran conscientes de que lo sucedido habría supuesto una ruptura de la tregua y temían las consecuencias.
El joven llevaba firmemente sostenida a la muchacha, temiendo que el violento galope del caballo pudiera hacerle daño. Contemplaba, admirado, sus lindas facciones y sentía su corazón cada vez más violento por lo que había hecho. Fue un instante de locura, se sintió poseído por un deseo extraño... pero, a pesar de todo, no sentía remordimientos.
Su honor de caballero, la confianza que los suyos depositaran en él... ¡Todo le parecía tan lejano y fuera de lugar mientras acariciaba las mejillas de la cristiana!
Tras un largo y rápido galopar, se detuvieron a orillas de un riachuelo para dar un respiro a los caballos. Con exquisito cuidado, el joven depositó a su bella prisionera sobre la mullida hierba y, luego de contemplarla una vez más, se dirigió a sus compañeros:
- Debo agradeceros vuestra ayuda...
Los cuatro sarracenos no dijeron nada. Sus miradas buscaban el suelo, rehuyendo la suya.
- No podremos volver a Toledo sin saber lo que piensa el rey... - siguió hablando.
- Deberíamos ir al encuentro de las tropas de tu padre - le sugirió un amigo.
- ¡Nunca! ¡No me perdonaría! - negó.
- Devuelve a la cristiana... - aconsejó otro.
- Eso... ¡jamás! ¡Antes me enfrentaré con todos los ejércitos del orbe!
Todos guardaron silencio. Se sentían culpables de haber traicionado a sus banderas.
- Mi padre no me perdonará - afirmó el caballero.
Los demás opinaron lo mismo.
Un leve quejido les hizo mirar hacia la doncella. Había recobrado el sentido y, aterrada, miraba a sus captores y el lugar donde se encontraba.
Él se acercó a su lado. Dulcemente se arrodilló ante ella y murmuró:
- Amada...
La muchacha quedó prendada de sus ojos, en los cuales vio brillar la amarga perla de las lágrimas. El guerrero se descubrió del velo que había lucido en el torneo y su fino rostro quedó a la vista de la cristiana.
- Amada... - repitió.
- Devuélveme con los míos - rogó ella.
Asió su mano con cuidado, como el que acaricia los pétalos de una rosa y le dijo:
- No. Ahora yo soy los tuyos y tú eres los míos. Tú y yo somos todo.
Ella no respondió. Solamente cerró los ojos y musitó:
- Huele a rosas...
Apartados respetuosamente, el resto de los guerreros aguardaba la oportunidad de hablar con su joven capitán. Pero no se atrevieron a interrumpir el éxtasis de los dos amantes.
A lo lejos resonó un galopar de caballos. Les buscaban, sin duda.
Se alzó, impávido, con la mirada perdida en el horizonte y se dirigió a sus compañeros:
- ¡Huid! ¡Marchad adonde queráis! ¡Id al encuentro de mi padre y solicitar su perdón! Vosotros no tenéis nada que temer. Yo sólo soy el culpable...
Protestaron. Les había conducido en cien combates y querían seguirle hasta la muerte.
- ¡No! Es inútil. ¡Partid!
Los agarenos montaron en sus caballos, marchando en busca de las tropas que venían a su encuentro. Atrás, quedaron solos los dos enamorados, envueltos en un maravilloso aroma de rosas.
Días después, arribaron a una pequeña ermita y rogaron al sacerdote que en la misma vivía que santificara su unión. El moro fue bautizado ante los ojos de su amada y el matrimonio se llevó a cabo. Más tarde, se alejaron, escalando las alturas que dominaban el valle. Aquella tarde sintieron cercano el galopar de numerosos caballos.
- Amado, tengo miedo de perderte...
- ¡No temas! Mi brazo sabrá proteger nuestro amor.
- No. No debes luchar. Mejor será implorar clemencia.
Y, envueltos en este diálogo, vieron acercarse una partida de numerosos caballeros castellanos. A su frente, el padre ultrajado galopaba en compañía del Alférez del rey.
- ¡Allí! ¡Coged al maldito!
Los guerreros apercibieron sus armas. El moro, ahora cristianado, embrazó también su aguda lanza pero, cuando se disponía para la lucha, la joven se interpuso entre los combatientes.
- ¡No! ¡No debéis luchar! ¡Padre, es mi esposo y es cristiano como nosotros!
Por un instante, las armas detuvieron su mortífero avance. Los caballeros quedaron a la espera. El joven guerrero bajó su lanza y, descendiendo de su corcel, abrazó a su amada.
- ¡Nunca! - aseguró el padre - ¡Prendedlo!
Y los soldados rodearon al moro, que no ofreció la menor resistencia.
El Alférez quería recabar de la joven desposada el relato de cuanto les aconteciera. Ella, entre sollozos, contó de su matrimonio, del cristianar del musulmán que ahora era su legítimo marido ante los ojos de Dios y de los hombres; por último, rogó el perdón para ambos.
El padre, colérico, exigía la muerte del raptor. No perdonaba el agravio de que había sido objeto.
Pendientes estaban de la justicia, cuando el fragor de numerosa tropa de caballería llegó hasta ellos. Inquietos, los castellanos buscaron de dónde procedía y descubrieron el avance de multitud de jinetes moros. Al mando, el emir, padre del caballero contrito, dictaba órdenes para el combate.
- ¡Traición! - exclamó el Alférez - ¡Es una emboscada!
En el otro bando, el veterano emir exigió a sus hombres que capturasen a su hijo.
- ¡No haya perdón para el traidor!
En medio del equívoco, los dos esposos sostenían sus manos enlazadas.
- ¡Matadle! - fue la orden del jefe cristiano.
Y los soldados avanzaron a su encuentro.
El guerrero, sosteniendo con una mano el afilado alfanje y llevando de la otra a su adorada, huyó. De vez en cuando se revolvía para asestar un golpe al más próximo de los enemigos y, a continuación, reanudaba la huida.
A fin de saberla a salvo, ascendió por una gran roca desde donde creyó poder mantener a raya a sus contrincantes. Desde tan ventajosa situación, hizo morder el polvo a varios cristianos.
- ¡No podremos salvarnos! - gritó ella.
- ¡Sí, confía! ¡Mi padre acudirá a salvarnos!
Efectivamente, el jefe sarraceno, viendo al hijo amado a punto de ser víctima de sus eternos enemigos, se negó a permitir que otros le castigaran.
- ¡Es mi hijo! ¡Solamente yo puedo sancionarle!
Y, complaciendo a sus aguerridos caballeros, que solamente aguardaban la orden, cargó contra las tropas castellanas.
El choque fue tremendo. Caballos y caballeros rodaron por el suelo, cubiertos de sangre y de polvo. Parecía que las furias sofocadas durante la corta tregua tuvieran ansias de tomarse el desquite.
- ¡Moriremos, sí! Pero el traidor nos abrirá el camino... - gritó el padre de la muchacha.
Y mandó a los arqueros que abatieran al joven moro.
Una lluvia de flechas partió hacia las alturas de la roca. Ella presintió las agudas puntas que buscaban la carne de su esposo y se interpuso en su camino, recibiendo los dardos a él destinados.
- ¡No! - gritó el caballero.
Y, abrazando su cuerpo, abandonó las armas.
Nuevamente los arqueros lanzaron sus proyectiles. Esta vez alcanzaron al hombre. Heridos los dos, unieron sus labios en un beso postrero y, en aquel último instante, un embriagador perfume a rosas frescas les envolvió, dominando por sobre el olor de la sangre de los moribundos.
Abrazados cayeron por una honda sima, precipitándose lejos del alcance de la vista de los hombres, sometidos solamente a la clemencia y al perdón de Dios. Sus cuerpos quedaron ocultos entre los arbustos del fondo, unidos en la muerte como no les permitieron estarlo en la vida.
Los enconados caballeros de ambos bandos proseguían su lucha sin cuartel, buscando el exterminio de sus contrarios. Durante horas, la sangre fluyó hacia el riachuelo cercano, tiñendo sus aguas de un tétrico matiz. Como siega la hoz las espigas del trigo, así la muerte cercenó las vidas de los combatientes. Los heridos luchaban entre sí, rematándose con furor homicida. Al final, quedaron tan sólo, frente a frente, cubiertos de heridas y exhaustos en sus fuerzas, los padres de los dos enamorados.

Ciegos de furia, se arremetieron uno al otro, ensartándose cada cual en la enemiga espada. En aquel trance, siguieron golpeando a su rival con los puños, hasta que el alma huyó colérica de sus heridos cuerpos.
Después, el silencio. La muerte se hizo soberana del campo de batalla.

A capítulo X                                  A Menú                                  A Capítulo XII

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