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LA ERMITA

Me desperté de buena mañana, tranquilo, relajado. Era sorprendente que, con todo el galimatías que tenía en la cabeza, el sueño me hubiera sentado tan bien. ¿Sería que me hallaba con la conciencia tranquila? Tal vez. Lo que sí sentí fue una fuerte disposición de ánimo para enfrentarme con lo que pudiera venir, a pesar de que intuía que habría de ser terrible.
Después de asearme y servirme un gratificante desayuno, me dispuse a rondar por el cámping. No quería hablar aún con Espinosa, porque me había dejado intrigado con aquello del perfume de las rosas. Preferí averiguarlo por mi cuenta.
Subí paseando lentamente hasta los extremos del campamento. Apenas si encontré a dos personas de las que moraban allí habitualmente. Me saludaron, amables, y prosiguieron su camino.
Cuando llegué al punto que me habían indicado, me detuve. Una extraña calma reinaba en el lugar. La vegetación era exuberante ya que, al parecer, Espinosa no había intentado todavía la limpieza, pues le sobraba sitio para sus actuales inquilinos.
Una enorme roca de varios metros de altura, clavada - sin duda - profundamente en la tierra, se alzaba majestuosa. Costaría un imperio arrancarla de allí. Vagué por la zona sin percibir nada extraño y, entonces, quise poner en práctica lo que me habían contado.
Como mejor supe, dirigí con el corazón un pensamiento a Dios y, después, murmuré en voz baja un Ave María.
No había terminado la oración cuando un embriagador perfume me envolvió. Mi corazón se sentía feliz. Aquella debía de ser la Paz de Dios, la antesala del Paraíso. Intenté averiguar de donde emanaba aquella maravilla pero me di cuenta de que, al parecer, no existía fuente alguna, sino que el aroma nacía y flotaba en el ambiente.
Escalé la roca, no sin esfuerzo, y llegué a lo alto de la pesada mole. Desde allí oteé el horizonte.
Mi sorpresa fue grande cuando observé que, traspuesta la verja del cámping, el terreno descendía casi a pico, desplomándose hacia un pequeño valle, una hondonada profunda en la cual, rodeado de maleza y abrigado por frondosos árboles, se hallaba un derruido edificio.
Las formas del mismo me fueron familiares, a pesar de la distancia. Hubiera jurado que se trataba de una ermita en ruinas, de las que tantas reproducciones había visto en los libros de Arte e Historia.
Me lamenté de no haber llevado unos prismáticos e intenté aguzar la vista todo lo que pude. De esta forma pude descubrir unos andamios que me hicieron sospechar que estaba siendo reparada.
En aquel momento vi como, por un pequeño camino, se acercaba a las ruinas un desvencijado automóvil. De él descendió un hombre que se introdujo en el edificio.
Rápidamente, descendí de la roca y me encaminé hacia la caravana. ¡Tenía que ver de cerca todo aquello!
Tomé las llaves de mi coche, parado desde que arribé al cámping y encendí el contacto. Arrancó sin dificultad.
Bajé por la cuesta y, al no ver a nadie, penetré en el bar. Solamente estaba el camarero.
- Oye, ¿cómo puedo llegar hasta la ermita?
- Bueno... - el chico se lo pensaba - Tire por la carretera y, como a tres kilómetros de aquí, hallará un sendero. Entre por él y sígalo hasta llegar a un lugar donde verá que se bifurca. Tome el camino de la izquierda y siga de frente. Llegará, si no pincha alguna rueda, porque estará lleno de baches y agujeros.
- Gracias - le respondí. Y volví al coche.
Siguiendo sus indicaciones, me sumergí al cabo de un rato en un espeso bosque. El camino era verdaderamente malo, pero si aquel otro turismo había conseguido llegar también lo haría el mío.
Dando tumbos, esquivando baches y conduciendo casi todo el rato en primera, alcancé por fin a salir de las frondas. A poca distancia se encontraba la gran ermita y, a su puerta, el automóvil que había visto desde la gran peña. Dirigí la vista hacia donde supuse que estaría el cámping y allí arriba, muy lejos, vislumbré la roca, sobresaliendo majestuosa, perfilada contra el cielo.
Bajé del coche y me dirigí hacia la ermita. Llamé en voz alta.
- ¡Oiga! ¿Hay alguien?
Una voz me contestó desde dentro.
- ¡Un momento, por favor, ahora voy!
Era, sin duda, un hombre joven el que había hablado. ¡Menos mal, no se trataba de ninguna aparición! Y sonreí al pensarlo.
Al momento, el hombre surgió de entre los escombros. No me había confundido. Se trataba de un individuo de poco más de treinta años, de elevada estatura y fuerte complexión. Lucía una cuidada barba y presentaba una agradable y curiosa sonrisa. Llevaba manchadas de yeso la abundante cabellera y las manos. Me agradó, a simple vista.
- ¡Buenos días! ¿Deseaba algo? - me preguntó.
Correspondí a su saludo y le expliqué que estaba en el cámping y que había descubierto la ermita, cuya existencia desconocía. Se presentó a sí mismo como el párroco del pueblito cercano.
- ¡Encantado de conocerle, padre! - exclamé.
- Prefiero que me llame por mi nombre, como hacen todos: Manuel - aclaró.
- Como quiera, pero no le choque que se me escape el tratamiento. Es la costumbre de mi infancia, ¿sabe?
El curita se rió. Era alegre y comprensivo.
Empezamos a charlar acerca de la ermita y de las obras de reconstrucción que, a ratos, y cuando disponía de materiales, realizaba en ella.
- ¡Es una lástima que edificios como éste se pierdan! Veremos si soy capaz de salvarlo.
- ¿No le ayuda nadie?
- A veces viene algún peón a echarme una mano, pero las más de las veces ya ve, solo...
- ¡Pues buena tarea tiene!
Nuestra conversación iba de un tema a otro, sin detenernos en particularidades. No deseaba llamar su atención y no quise enfocar directamente el asunto. Además, el sacerdote me había dicho que llevaba menos de dos años en la parroquia. ¿Qué podría saber él de todos aquellos misterios? Y tampoco quería que me tomara por un loco, que sería lo más probable si le hablaba de los aparecidos.
- Estas ruinas perdidas - dije - así, en medio de los bosques, sin conexión con las villas cercanas... siempre sugieren ideas extrañas, ¿verdad?
- Efectivamente - respondió mientras su mirada se fijaba en lo alto de la sima, allí donde se encontraba la gran roca - Ideas, hechos, leyendas... ¡Solamente Dios lo sabe!
- ¿Leyendas? - fingí interés - ¿Es posible, padre, que por estos contornos, tan cerca de la gran ciudad, se hable de esas cosas?
La risa pugnaba por brotar de sus labios cuando me contestó, a sabiendas de que le estaba intentando engañar.
- Sí, hijo. La gente del campo es muy ingenua y cree en miles de cosas que, vosotros, los que vivís entre cuatro paredes, no podéis ni siquiera soñar que existen.
- Pero, padre...
- ¿No habíamos quedado en apear el tratamiento?
- ¡Es cierto! Perdona. Dime, Manuel, ¿a estas alturas del siglo veinte?
El sacerdote hizo un ademán enérgico con la mano, indicando que no siguiera.
- ¿A quién quieres engañar con tus palabras? ¿No sería más lógico que habláramos con las cartas sobre la mesa?
Y, sentándose sobre una piedra, me invitó a hacer lo mismo. Yo me había callado, en espera de que soltara contra mí todo lo que quisiese. ¡Me había pillado!
- Creo saber a qué has venido y cual es tu interés en este asunto. Tu alma se encuentra acongojada por una tarea que te has impuesto y que piensas pueda ser superior a tus humanas fuerzas... ¡Pero puedes vencer!
- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te ha hablado de mí?
Me miró fijamente a los ojos y supe que no me estaba mintiendo.
- Nadie. Pero solamente con ver el interés que demuestras, conocer de tu estancia en el cámping, de tu visita a estas ruinas y de tus ansias por saber de historias, lo puedo adivinar.
Decidí confesarle la verdad que él ya sabía.
- Y bien, amigo Manuel, es cierto. Vine por saber de un amigo, a desentrañar un misterio y... ¡estoy hecho un verdadero lío porque me he hallado con otros tres tan tremendos como el que me trajo!
Y le relaté la historia de N. y todo el resto.
No perdió el hilo durante todo mi relato. Mis palabras se iban desgranando en sus atentos oídos que las recogían ávidos, mientras su mente trabajaba a enorme velocidad. No me interrumpió ni una sola vez, aunque hubo ocasiones en que le noté ganas de hacerlo. Pero se contuvo. Lo único que hizo, que me pareció faltar a la atención que prestaba, fueron unos dibujos en la arena con una pequeña vara. No me pude dar cuenta de qué eran, ya que su pierna izquierda me los ocultaba.
- Y eso es todo... - concluí.
Creía que me iba a preguntar, pero quedó en silencio, meditando. Sin darme cuenta, yo también permanecí mudo, descargada mi alma por haber contado a alguien todas aquellas cosas.
- ¿Y qué esperas hallar? - me preguntó al rato.
- No lo sé. Sinceramente, no lo sé. A Espinosa le dije que la paz para unas almas, pero dudo mucho de ello.
- No dudes, amigo, no dudes. ¡El Señor estará con vosotros! Y, tal vez, enfrentándoos al misterio, cosa que nadie ha hecho, podáis servir de ayuda.
- ¿Por qué sabes que Dios estará con nosotros? ¿Por qué no será el Diablo? Parecen más bien cosas de El...
Se espantó e hizo una rápida señal de la Cruz.
- ¡No, no le menciones siquiera! Ya tendrás tiempo de verle, si es que tienes valor.
¡Caray! ¡Aquello era demasiado duro para oírlo sin inquietarse!
- Mira, escucha: los terrenos donde están situados el cámping y el chalet, incluso esta santa ermita y su bosquecillo, fueron poseídos por el Maligno hace muchos años, a causa del desamor, de la impiedad, del odio de las gentes incultas. Yo también tengo mi historia, historia que he podido leer en los viejos códices que he ido encontrando en esta pequeña iglesia. Y te aseguro que Satanás está de por medio...
- ¡Me asustan tus palabras, cura! Yo pensé en enfrentarme, como te dije, a una fantasma, a una serie de visiones espectrales, pero ahora...
Intentó tranquilizarme.
- Calma. Tienes valor, experiencia y sabiduría. Tal vez te falta, únicamente, un poquitín de fe. Pero enseguida la hallarás, porque tú no la has perdido nunca.
- Llevas razón, pero me parece un plato demasiado fuerte para mis fuerzas.
- Tranquilo. Tú amas. Sabes amar al semejante. Por eso estás aquí, tratando de ayudar a tu amigo. Y será ese amor el que te haga triunfar.
Me sentí reconfortado.
- ¿No puedes explicarme lo de la tierra maldita? Necesito saber...
Señaló con su mano hacia la gran roca. Mis ojos siguieron su gesto y también quedé contemplándola.
- ¡Allí comenzó todo! Por eso, tal vez, hueles las rosas.
Sentí nuevamente la comezón de saber, el ansia que desde días atrás me poseía.
Y el joven cura habló. Ahora era mi turno de escuchar. Y me quedé maravillado.

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