IX

REFLEXIONANDO

- Pero toda esta historia, muy triste por cierto, no nos da pie a pensar en nada raro, en nada paranormal - afirmé, cuando Espinosa terminó de relatarla.
Íbamos ya por la tercera copa y la imaginación del director del cámping se había disparado. No estaba muy seguro de si cuanto me decía era cierto, lo había aumentado o, simplemente, estaba tan contagiado por la creencia popular que hasta él mismo, hombre muy culto como ya había podido comprobar, se creía a pies juntillas cualquier conseja de alucinados.
- ¿Ah, no? Entonces, ¿por qué todos los accidentados que sobreviven, cinco ya han fallecido, hablan de una luz que les deslumbra y, lo más insólito, de un extraño motorista que, jinete en una extravagante máquina, toda derruida y con huellas de haber sufrido un fuerte impacto, se lanza sobre ellos a gran velocidad, surgiendo de nadie sabe dónde y provocando el siniestro? ¿De dónde puede salir tal visión fantasmagórica que, luego, se desintegra ante sus ojos, difuminándose en las sombras? Yo se lo digo: ¡Del chalet!
- ¿Está usted loco? - le pregunté.
Me respondió, triste:
- A veces pienso que empiezo a estarlo...
¡Dios! Verónica, los espectros del barranco y, ahora, el motorista del Más Allá...
- Espinosa, aquí no necesitan a la policía, ni siquiera a un "observador" como yo. ¡Ustedes necesitan a un exorcista! ¿Sobre qué COSA ha construido el cámping?
Guardó silencio. Se acabó la copa y sumergió la cabeza entre las manos. El hombre estaba deshecho y ahora comprendía su afán de abrir su confianza a mi posible ayuda. La necesitaba.
- A veces me lo pregunto. ¿Por qué me sucederán estas cosas?
- Bueno, bueno... - le animé - Vamos a intentar aclarar algo, si quiere que le ayude. Pero, por favor, dígame antes, ¿no le quedará algún "trasguito" más por ahí, guardado en el bolsillo y que yo no conozca?
Sonrió ante lo insólito de la pregunta.
- ¿Trasguito? ¡Ah, ya comprendo! ¿Que si hay algo más? Pues, sí. Lo hay.
Me eché a temblar. Pero ¡qué era aquello! ¿Dónde había ido a parar?
- Tranquilo, de verdad, que esto ya no es terrible, en absoluto. Por el contrario, yo diría que es hasta milagroso, divino, no sé como llamarlo...
- ¿De origen celestial? - pregunté.
- Sí, si queremos llamarlo así. Solamente le diré que si reza una oración en un rincón de la zona superior del cámping, instantáneamente se percibe un intenso aroma a rosas, fragante y maravilloso. Solamente dura unos minutos, pero le aseguro que se siente una plena sensación de calma y tranquilidad. ¡Ahí no puede tener nada que ver el Diablo!
- Espinosa, sinceramente prefiero que sean cosas de los ángeles pero, de todas formas, todo lo que no sea natural me escama...
- Prefiramos las cosas del Señor...
Hice un gesto de duda.
- ¡Vale! ¡De momento. !
Aquella noche, tras los acontecimientos ocurridos, decidimos dormir - si es que podíamos - tranquilamente y dejar nuestras investigaciones para más adelante. Necesitábamos descansar y poner en orden las ideas.
- Si acaso viese nuevamente las luces, me avisa - rogó Espinosa.
- Esperemos que no - deseé - Quiero estar descansado para mañana. Entonces nos enfrentaremos con todo lo que haga falta.
Aquella noche no bebí más y, tras de una ligera cena, me acosté, quedándome dormido plácidamente. Que yo recuerde, no tuve sueños raros ni nadie vino a atormentarme. Por si acaso, justo es decirlo, mantuve la pistola debajo de la almohada, no fuera que algún "vivo" quisiera abusar de la psicosis que nos habían creado los difuntos.

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