VIII

EL FARO DE LA MUERTE

La Leyenda de la carretera

Juan Arias estaba feliz y contento. En aquel mes de Junio había conseguido aprobar satisfactoriamente los exámenes y ya nada le separaba de su anhelado ingreso en la Facultad. Además, y según lo prometido por su padre, le aguardaba un espléndido verano viajando por toda Europa, conociendo países y culturas, perfeccionando su inglés y - ¿por qué no confesarlo? - aprendiendo las excitantes formas de amar de las muchachas extranjeras.
Este punto era uno de los que más preocupaba y llamaba la atención de Juan. No es que él fuera, ni mucho menos, un pacato, ya que sus aventuras y amoríos habían sido varios en su corta vida estudiantil. ¡Pero aquello de conocer a una sueca en su propia salsa. ! Aquello enardecía todavía más las ilusiones del joven.
Volvía a casa de su padre, el señorial chalet al borde de la carretera apartada, donde vivían desde hacía muchos años. La casa era magnífica, grande, con todos los lujos apetecibles. Tenía su piscina, su cancha de tenis y hasta un pequeño picadero en el que las hermanas de Juan trotaban a caballo. Todo le sonreía en la vida, pensaba, mientras apretaba alguna vez que otra el bolsillo de su camisa, donde guardaba la papeleta con los resultados de los exámenes. ¡Era magnífico!
La moto le rateaba a menudo. Debía estar sucia y habría que limpiarla. Pero, ¿para qué? Seguramente ya le estaría esperando la nueva máquina que le iban a regalar: una estupenda moto, de alto precio y prestaciones elevadas, con la cual el chico se las prometía tan felices.
Enfiló la última curva y se halló ante la mansión. ¿Continuaría su padre tan molesto como días atrás? Esperaba que no fuera así ya que, aunque él no tuviera ninguna culpa y el motivo fuera ajeno a cualquier miembro de la familia, los enfados del "viejo" siempre se traducían en menores atenciones para con sus hijos.
Detuvo el motor y procedió a despojarse del casco protector. No, su padre no estaba molesto con ellos sino con las urbanizaciones que, como colmenas, estaban proliferando en su derredor, privándoles del elegante aislamiento del que hasta ahora habían gozado, del derecho casi feudal que habían disfrutado. ¡Toda aquella plebe!, decía el viejo. Y nadie podía ni siquiera intentar convencerle de que aquello del "populacho" ya estaba pasado de moda.
Su padre no era, de ninguna manera, lo que se hubiera podido llamar una especie de tirano, no. Él había trabajado duro y sabía alternar con la gente llana. Pero hacía unos quince años que se le ocurrió construirse la casa en un lugar remoto, lejano del núcleo de la población. Y su trabajo le costó, ya que nadie quería venir a trabajar tan lejos. Tuvo que meter la electricidad, canalizar las aguas residuales, desbrozar un terreno inculto... pero, por último, consiguió tener lo que deseaba: su vivienda solitaria, sin vecinos en dos kilómetros a la redonda. ¡Y estaba orgulloso de su obra!
Mas en los últimos tiempos, poco a poco y sin que apenas se dieran cuenta, los terrenos cercanos se pusieron a la venta sin su conocimiento y los compradores no fueron otros que compañías inmobiliarias. El destino que le iban a dar a los terrenos estaba bien claro: la saturación populosa, la destrucción del bello entorno y, claro está, el final de aquella aristocrática soledad.
Al chico, todo esto no le parecía mal; antes, por el contrario, le brindaba oportunidades de ampliar su campo de relaciones, sus amigos y, en definitiva, de sentirse más cerca de la gente de su edad. Pero comprendía el rencor de su padre hacia los que él denominaba intrusos en "sus tierras".
Juan dejó la moto al abrigo del porche y penetró en la casa. Cuando manifestó el éxito alcanzado en los estudios, toda la familia saltó de alegría. No en vano, el muchacho era el más pequeño de los Arias y, también, el único varón. El señor Arias, asimismo Juan, se sintió orgulloso. Si hubieran sido otros tiempos, no cabe duda de que hubiera congregado a sus vasallos y les hubiera festejado para celebrar el triunfo de su vástago heredero.
Después de la feliz comida, el mayor de los Arias rogó a su hijo que le acompañara al garaje. El chico imaginó lo que allí le esperaba pero, en su afán de complacer al padre, fingió una enorme sorpresa al contemplar la magnífica moto que le enseñaban.
- ¡Gracias, papá! Es más de lo que podía esperar.
- ¡Tú te mereces todo lo mejor, hijo mío!
Y era cierto. A don Juan Arias todo se le hacía poco para celebrar al hijo que Dios le había concedido cuando ya desesperaba de que viniera, tras de tener cinco niñas. Cuando nació Juanito, el señor Arias se sintió plenamente realizado porque, además, aquel año había publicado un libro, un pesado y aburrido mamotreto sobre economía, pero libro al fin y a la postre. Había, pues, realizado las tres cosas que dicen que son indispensables para un hombre: plantar un árbol - tenía muchos en su jardín -, escribir un libro y tener un hijo. Y con gusto se hubiera muerto si no hubiera sido porque en aquella época tuvo algún revés en los negocios y vio amenazada la fortuna que tenía decidido legar al pequeño Juan. Volvió con más fuerzas que nunca a sus empresas y se hizo aún más rico. ¡Todo era poco para su hijo y había que conservarlo!
El joven saltaba, ilusionado, alrededor de la moto. ¡Era estupenda!
- ¿Cuánto hace, papá?
- No sé... Creo que doscientos.
- ¡No me digas. !
- Pero me tienes que prometer que tendrás cuidado. Estas máquinas ya sí son verdaderamente peligrosas.
El muchacho protestó de su pericia.
- ¡Papá! ¡Ya sabes que soy bastante precavido! Además de que se me da muy bien conducir.
- Ya lo sé. Pero, a pesar de todo, tengo miedo. Úsala en la autopista, ahí sí. Pero por estas carreteruchas, ve con tiento.
El señor Arias empezaba a enfurecerse.
- ¡Y más ahora que las frecuenta tanta gentuza que en su vida tuvo coche!
¡Ya empezamos!, pensó Juan. Pero, como no quería que nadie le amargara su feliz día, cambió rápido el tema de conversación.
- ¿Me dejas que la pruebe ahora?
- ¿Por qué no? ¿Dónde vas a ir?
- ¡Solamente hasta el pueblo! Se la enseñaré a los amigos.
Y Juan Arias galopó a lomos de su espléndida cabalgadura, ciñéndose en las curvas, acelerando en las escasas rectas y maravillándose de las prestaciones de la nueva moto.
Pasaron los días y el muchacho, alucinado al principio por su vehículo, le iba tomando confianza. Cada vez se sentía más a gusto sobre sus mandos y batía sus propios tiempos. Tan entusiasmado se encontraba que había olvidado su viaje y fue el padre quien hubo de recordárselo.
- ¿Para qué día quieres los billetes? - le preguntó.
Vaciló. ¿A qué se refería su padre?
- ¿Es que no recuerdas que querías viajar por Europa?
Se dio una palmada en la frente.
- ¡Es cierto! ¡Llevas razón! Pues, para cuando te parezca...
- Cuanto antes mejor. No me gusta que andes por ahí con la moto, con todos esos malditos camiones que van y vienen de las obras.
El cámping estaba ya en construcción y aquello sí que había fastidiado al señor Arias. ¡Tener a menos de quinientos metros un campamento lleno de gitanos! ¡Aquello era superior a sus fuerzas!
Por más que hiciera para ignorar la presencia cercana de aquellas instalaciones rudimentarias, no podía dejar de verlas cuando se dirigía a Madrid. Tanto le fastidiaba su presencia que hasta fue capaz de crear un nuevo itinerario, dando un gran rodeo para evitar pasar por delante del odiado recinto.
Los días pasaron y Juan vio llegado el momento de partir. La verdad es que había perdido un poco el interés por el viaje, ya que se había echado una novieta, una chavalita encantadora, con la cual iba a todas partes con la moto. Por él, no se habría ido. Pero tampoco quería contradecir a su padre que, con tanta ilusión, había planeado su periplo. A la mañana siguiente partiría del aeropuerto de Madrid.
- ¿Dónde vas a estas horas, Juan? Mañana tienes que madrugar.
- No te preocupes, papá. En seguida vuelvo. Voy a despedirme de la gente.
El muchacho, ansioso por ver una vez más a su nuevo amor, subió a lomos de la moto. La noche era muy calurosa y poner la aguja a tope aliviaría en algo el calor.
Arrancando, salió por las artísticas puertas forjadas, descendió la rampa hasta la carretera, miró a derecha e izquierda y no vio venir a nadie. Confiado, aceleró y se sumergió en las sombras del asfalto.
Nada hacía suponer que, con tantas precauciones como tomaba, Juan Arias no volvería jamás a su casa.
Torció la primera curva. Las potentes luces alumbraban de perlas el camino. Y, sintiéndose totalmente a gusto, apretó el acelerador.
El camión se hallaba detenido, averiado. Como la carretera era tan estrecha, habían procurado sacar a la cuneta el vehículo pero gran parte de él quedaba todavía obstruyendo el camino. El conductor había dispuesto una pequeña señal de emergencia a la distancia reglamentaria y se afanaba por concluir el arreglo. La noche era clara, lo suficientemente iluminada por la Luna para que se le viese pero, a pesar de ello, el hombre quería terminar cuanto antes.
Ya estaba dándole los últimos toques a aquel maldito carburador que se obstruía a la más mínima cuando se escuchó el bramido de una moto que se acercaba. Se asomó por detrás de la caja y lo que vio le puso los pelos de punta: los dos faros de la motocicleta se dirigían rectos hacia el camión. ¿Es que no le habría visto?
No le dio tiempo ni de hacer señales.
Juan iba pensando en sus cosas cuando notó que las luces de sus faros se apagaban. Duró un solo instante, algún cablecillo suelto, pero lo suficiente para quedarse a oscuras. Cuando nuevamente lucieron, se vio precipitado sobre la trasera de un camión aparcado y ya era demasiado tarde para evitarlo.
Se empotró de lleno, dejándose los sesos, a pesar del casco, contra la trampilla de metal.
El camionero corrió en su auxilio, pero todo fue en vano. Juan Arias, el heredero y único hijo varón de don Juan Arias, había muerto instantáneamente.
Días después del entierro, cuando ya las dolorosas escenas iban remitiendo, cuando la familia se resignaba a la pérdida del muchacho, el señor Arias tuvo una idea que no fue celebrada en absoluto por su esposa ni por sus hijas: en lo más alto del promontorio donde se alzaba el chalet, hizo colocar los restos de la moto de Juan, como postrer monumento al hijo que le habían matado.
Porque para Arias estaba muy claro: su hijo había sido asesinado. Todo aquello de la fatalidad y de los fallos humanos estaba muy bien para los demás, pero no para su Juan. Su Juan era un experto piloto y la moto no podía tener el menor fallo. Las declaraciones del camionero, de que venía sin luces, no podía creerlas. ¡Se lo habían matado y eso era todo!
Y allí, en lo alto de la flamante construcción, se pudo ver durante algún tiempo el espectro de la moto: los hierros retorcidos, arañados, solamente limpios de sangre, con sus apagados faros mirando hacia la carretera. La mantuvieron de esa forma hasta que la Guardia Civil les rogó que la retiraran ya que, en los dos primeros accidentes que se produjeron a orillas del chalet, los conductores siniestrados afirmaron haber sido deslumbrados por unos faros que provenían de aquel lugar.
Se comprobó que no era posible ya que la moto carecía de batería y no hubiera podido ni alimentar una linterna. Pero, por lo que pudiera ser, se les solicitó que la guardaran. Así se hizo y los destrozados restos fueron almacenados en un rincón del garaje.
Para aquel entonces, el señor Arias ya había comenzado a dar síntomas de rareza. Los mejores médicos que le visitaron hablaban de una depresión aguda. El pueblo, más sabio, fue mucho más explícito: se había vuelto rematadamente loco.

A capítulo VII                                   A Menú                                  A Capítulo IX

Hosted by www.Geocities.ws

1