|
VII
ASFALTO FATÍDICO
Aquella tarde, cuando ya estaba oscureciendo, bajé
nuevamente al bar. Espinosa se hallaba ausente y no me supieron dar razón
de su paradero. Tuvo que ir a un recado y todavía no había vuelto.
Decidido a esperarle, me tomé una copa.
El local estaba más animado que la noche anterior, ya que el tiempo
parecía haber mejorado con la tormenta descargada. Observé en
derredor, dispuesto a matar el rato mientras aguardaba al director del cámping.
Jóvenes parejas que llegaban en potentes motocicletas bebían alegres,
riendo por cualquier cosa, jugando a incipientes amoríos. Ellas lucían
hermosas, radiantes de belleza en sus pocos años. Los muchachos, más
indolentes, se dejaban llevar. Algunos recuerdos melancólicos se
intentaron apoderar de mi memoria, pero los deseché de forma tajante.
¡Ya tenía demasiadas cosas raras encima para permitirme viejos
recuerdos!
- Le gustan, ¿eh?
Me volví y vi que a mi lado estaba el guarda de noche. Aquel hombre tenía
la virtud de aparecer siempre sin que se le sintiera llegar.
- ¿Y a quién no? - respondí - Las chicas jóvenes siempre son
atractivas, aun cuando no sean excepcionalmente guapas.
- Lleva razón. No sé qué tendrán...
- Pues eso... dieciocho años.
Los dos nos reímos.
- ¿Ha vuelto ya el jefe? - le pregunté.
- No. ¿Le está esperando?
- En efecto. Si es tan amable de avisarme cuando llegue...
- Así lo haré.
En aquel momento un grupo de jóvenes se despidió de sus amigos y,
saliendo al aparcamiento, pusieron en marcha sus ruidosas máquinas.
Parecían listos para empezar una competición, pensé.
- ¡Allá van a ir, como locos! - pareció adivinar mis pensamientos el
guarda.
- Son los pocos años... - les disculpé.
El hombre asintió con la cabeza.
- Los pocos años y la bebida. ¡Lo que no sé es cómo, conociendo esta
maldita carretera, se atreven a salir así!
- Sí que es mala, sí. Tiene tantas curvas...
- Si tan sólo fuesen las curvas... - rezongó, en tanto que se alejaba
de mí.
¿Qué habría querido decir? Mas, ¡qué importaba! Al fin y al cabo,
reconocí, teníamos envidia de aquellos muchachos, víctimas de una
enfermedad que, desgraciadamente, se cura por sí sola: la juventud.
Los chicos habían arrancado los motores y abandonaron rápidamente el
lugar, lanzándose por la estrecha carretera. En la lejanía se
escucharon los desaforados gritos de las cajas de cambios al ser
forzadas hasta el límite. Parecía que iban a romperse y se quejaban
del esfuerzo.
De repente nos llegó el chillido de un frenazo, el salvaje ulular de un
patinazo sobre el asfalto y, al instante, un atronador estrépito.
- ¡Ya se la han dado! - exclamó el camarero, mientras corría al
exterior.
- ¡Si es que están locos! ¡Y siempre en el mismo sitio, junto al
chalet del canalla ése! - le oí gritar al guarda, que también corría.
Aun dudando de que mi ayuda sirviese de mucho, les acompañé. Tuvimos
que recorrer unos trescientos metros por la carretera ya casi en
tinieblas. La noche se nos había echado encima sin darnos cuenta.
Al volver la curva pudimos ver un automóvil alumbrando con sus faros
hacia el campo. El conductor descendía del mismo. Era Espinosa.
- ¿Qué ha ocurrido, jefe? - le preguntó el muchacho del bar.
- ¡No sé! ¡He visto a lo lejos, en lo alto, como una luz y, después,
dos motos han cruzado ante mí, volando por los aires! No sé qué les
habrá pasado.
Ya estaba a su lado. Me detuve, jadeando con dificultad después de la
carrera.
- ¡Estaban en el bar y han salido como locos! - afirmó el guarda - ¡Y
ya sabe dónde se han ido a estrellar!
Espinosa me miró en silencio. Yo estaba cada vez más sorprendido. El
hombre había dicho ya tres veces algo parecido. ¿A qué se referiría?
El director del cámping me tomó del brazo y dijo:
- ¡Luego le explicaré algo! Ahora, vamos a ver qué se puede hacer por
esa gente.
Alumbrados por los faros, penetramos dificultosamente por el terreno
embarrado, hundiendo nuestros pies en los numerosos charcos. Tuvimos que
bajar por un terraplén y, por fin, encontramos a los accidentados.
Chicos y chicas yacían en confuso montón entre las máquinas
retorcidas y los arbustos arrancados en su vertiginoso descenso.
- ¡Allí están! - gritó Espinosa.
Algunos coches habían comenzado a detenerse en la carretera. La morbosa
curiosidad impulsaba a los viajeros a enterarse de lo sucedido. Después
llegó la policía, se sacó a los heridos - por fortuna, de poca
importancia - y se les trasladó al hospital más próximo. Luego, el tráfico
se reanudó, como si no hubiera ocurrido nada.
Cubiertos de sangre, barro y suciedad, volvimos al cámping. Espinosa se
había producido un pequeño corte en el brazo al intentar sacar a una
de las chicas de debajo de una moto.
- Tendrá que curarse esa herida - le apunté.
- ¡No es nada! Lo malo es que ahora llegarán los de Atestados y a ver
qué les digo...
- ¿Por qué? Dígales la verdad.
Y, con una sonrisa triste, casi como si estuviera llorando, Espinosa
preguntó:
- Como dijo aquél... ¿y qué es la verdad?
- No le comprendo. Diga que les vio salirse de la carretera y que casi
se le llevan por delante. ¿No es eso lo que ocurrió?
El hombre hizo un gesto de rabia. ¿Sería que yo no sabía entenderle?
- ¿Y cómo les cuento lo de la luz? ¿Cómo les digo que,
positivamente, sé que ese viejo chalado del chalet lleva causados ya más
de siete accidentes en dos años, siempre en el mismo sitio y ninguno
con la menor causa?
¡Era, más o menos, lo que había dicho el guarda!
- Le espero más tarde a tomar una copa - invitó Espinosa.
En su cara se leía un gesto decidido, una expresión bastante torva que
no pronosticaba nada bueno para quien quisiera ponérsele por delante.
Ya estaba harto.
Me duché con un agua tibia que me gratificó un tanto el espíritu y me
metí en la caravana, acostándome entre las suaves sábanas, al calor
de la estufa eléctrica. Luego, tras de friccionarme con una buena
colonia, sentí mi cuerpo lo suficientemente confortado.
Me vestí con una ropa más ligera que la noche anterior y me dirigí al
bar.
Espinosa había despachado ya a los policías y también se había
aseado. El corte del brazo no tenía mal aspecto. Sin decirle nada, me
senté a una mesa y le di el primer sorbo al vaso de whisky que me habían
puesto delante. Al momento se acercó a mí y se sentó a mi lado.
- ¿Por dónde quiere que comience?
Hice un gesto de no saber nada y le animé a hablar.
- Señor, usted ha venido en busca de la solución del asunto de Verónica...
Y ya se ha encontrado con otro misterio más, el del barranco - al decir
esto bajó la voz, mirando en derredor por si había oídos ansiosos -
Pero le aseguro que, si tiene bemoles para quedarse más tiempo, va a
descubrir que lo de la piscina es una nimiedad comparado con el resto.
¡Es por lo que no quería yo que se hablara de aquello!
Continué en silencio, dejando que el hombre se explayara. No perdía
comba y estudiaba a conciencia cuanto me decía y, al tiempo, las
expresiones de su rostro. Acaso éstas me hablaran más claro que sus
palabras.
- ¿Le han dicho algo sobre el loco del chalet? - me preguntó de
repente.
- No... Bueno, a decir verdad, algo me han dejado entrever ustedes. Esta
mañana, cuando yo me iba a pasear, a usted se le escaparon unas
palabras. Esta noche, antes de ocurrir el accidente, el guarda también
lo ha mencionado y, después, mientras descubríamos el siniestro, volvió
a insistir en ello. Claro que, usted también habló sobre el tema.
Callé un instante y me eché un trago. El whisky caldeó mi estómago.
No sabía si continuar hablando o esperar sus palabras. Decidí jugar a
ambas cosas.
- Así que, como ve, algo he oído sobre el asunto, pero nada conozco
sobre el mismo...
- ¡Pues es muy fácil! Ya que veo que le gustan, va a saber algo que
cualquiera podría tildar de "leyenda". Pero yo le aseguro que
no se trata más que de los torpes manejos de un loco, una mente que ha
perdido la razón a causa de una gran tragedia y que, desgraciadamente
para todos, se ha convertido en un asesino sin escrúpulos...
A capítulo VI
A Menú
A Capítulo VIII |